Se acercó a la pareja y, plantando sus rotundas tetas a la altura de la cara de Mariana, le dijo en tono sugerente: â??¿Podría darme fuego, por favor?â?. Su interlocutora le hizo una seña al hombre, que de inmediato le tendió un encendedor dorado, ya preparado para encender un cigarro. Susana lo acercó a la llama sin dejar de mirar a la mujer, a la cual contestó con un meloso â??gracias, guapaâ?, antes de retirarse a su asiento contoneando del modo más sexy que sabía su potente culazo. Tras los pasos de Susana por Tami con el apoyo de Lado Oscuro 4
La historia de Susana me cautivó, desde que mi amigo Lado Oscuro me habló de ella. Morena, alta, de casi 1,80 metros, con dos poderosas razones en su pecho para que hombres y mujeres perdieran el sentido por ella y con un cuerpo escultural, de curvas de vértigo, que volvía a anchearse en sus prodigiosas caderas, enmarcando un potente culo capaz de demoler cualquier resistencia. Susana era una bomba sexual que además sabía como utilizar sus encantos para manejar a su antojo cualquier conciencia. Esta voluptuosa hembra ya contaba a sus veintipocos años con una larga lista de sumisos adoradores de ambos sexos y a varios de ellos les había partido el corazón o, en el mejor de los casos, les había privado de todo indicio de voluntad propia.
Eso fue lo que le sucedió a Mariana, una orgullosa viuda que superaba la treintena. Después de casarse con un millonario hombre de negocios, al que desde el primer momento utilizó para contar con todo el dinero que necesitara, aprovechó su riqueza para disponer de todos los hombres que se le cruzaran en el camino. A su marido, lo mató a polvos en apenas dos años, exigiéndole un esfuerzo que lo llevó a la tumba irremisiblemente y, ya como viuda heredera, siguió coleccionando amantes masculinos de usar y tirar. Los invitaba a lujosos viajes y alquilaba casas con piscina para que la cabalgaran a su gusto e incluso llegó a contar con algunos de ellos como esclavos personales, a los cuales despedía cuando se cansaba de ellos. Rubia, 1,75 de altura, con un cuerpo delicado de diosa de lujuria, que siempre vestía con la más fina lencería y sedas de la mejor calidad. Su vida era envidiada por cualquiera que conociera los detalles, hasta que Susana entró en ella.

Fue en un viaje a Buenos Aires, cuando en un restaurante de lujo, Mariana cenaba con un joven atlético al que había convertido en su servidor. En una mesa cercana, Susana les observaba de reojo mientras daba cuenta de su comida. Primero se fijó en el varón, musculoso y atractivo, pero pronto se percató de que la mujer lo traía por la calle de la amargura. Algo de esa hembra cautivó a Susana, mientras contemplaba como masajeaba con su pie descalzo la entrepierna de su acompañante por debajo de la mesa. La joven sintió algo perverso en su interior, quizás había encontrado a su próxima víctima en esa señora que empleaba métodos muy parecidos a los que ella había utilizado en miles de ocasiones y, desde luego, optó por actuar. Se acercó a la pareja y, plantando sus rotundas tetas a la altura de la cara de Mariana, le dijo en tono sugerente: â??¿Podría darme fuego, por favor?â?. Su interlocutora le hizo una seña al hombre, que de inmediato le tendió un encendedor dorado, ya preparado para encender un cigarro. Susana lo acercó a la llama sin dejar de mirar a la mujer, a la cual contestó con un meloso â??gracias, guapaâ?, antes de retirarse a su asiento contoneando del modo más sexy que sabía su potente culazo.
Con esa simple argucia ya consiguió captar la atención de su nueva presa, que desde aquel momento pasó a vigilar de reojo la mesa de Susana, la cual siguió con su estrategia, sostenía la mirada de la mujer y, después de un par de caladas, apagó el cigarro en el cenicero, con una sonrisa dedicada a Mariana. Con movimientos casi imperceptibles conseguía mover sus tetazas hasta conseguir que se convirtieran en foco de la atención de la viuda, que al poco rato, nerviosa, pidió la cuenta y pagó con su tarjeta de crédito.
Mariana despidió a su amante, que se marchó desorientado dejando sola a su dominadora. Siempre se había permitido todos sus caprichos sexuales, tirando de talonario, pero nunca se había sentido atraída por una mujer y eso la confundía al observar a la joven y exuberante mujer que no dejaba de sonreir discretamente. En su inocencia pensó que seguía controlando la situación y se levantó garbosa, meneándose en su minivestido de raso morado, bailando casi sobre los altos tacones.
Al llegar frente a la mesa de Susana, le soltó con una enorme seguridad en sí misma: â??¿Quieres que me siente contigo?â?, pero la respuesta de la joven la dejó de piedra: â??No tengo mayor interés, pero si no tienes con quién irte, puedes sentarte un ratoâ?. Mariana pensó en abofetear a la insolente, pero una mezcla de sensaciones se apoderó de su cabeza y terminó por tomar asiento, tímidamente. Mientras tanto, Susana no perdió la sonrisa socarrona en ningún instante, pero no abrió la boca hasta que su nueva acompañante balbuceó: â??Cre-e-eo que has estado mirándome toda la nocheâ?. â??¿Eso te pareció? Sólo pensaba como me quedaría tu vestido en un cuerpo de veinteañeraâ?. Fue todo un golpe bajo para la señora, que veía desvanecerse gran parte de su orgullo, pero después de unos segundos, consiguió iniciar una conversación, sobre moda, sobre la decoración del restaurante o sobre las muchas cosas que podía comprar con su dinero. Susana siguió comportándose con total naturalidad, con la jovialidad de una chica provocadora e insidiosa. De vez en vez, adelantaba su torso rozando casi con sus pechos en la mesa, sin que Mariana apartara su mirada un instante de los hermosos melones. Pronto notó como Mariana cruzaba y descruzaba sus piernas, alterada por su cercana y arrebatadora figura. Fue cuando Susana se volvió más descarada, cuando la mujer comenzó incluso a temblar: â??Si eres viuda, supongo que tendrás que utilizar tu dinero para saciar tu hambre de sexoâ?. La ex esposa del millonario ya no sabía como revalorizar su dignidad y su orgullo: â??A veces, no necesito dineroâ?, contestó con voz insegura. El anzuelo estaba lanzado y Mariana se lo tragó por completo: â??¿Le pagarías a una mujer como yo?â?. La rica heredera dudó, sin apartar la vista de las voluminosas tetas, pero terminó por soltar un â??ssiâ? casi inaudible.
Esta vez fue Susana la que le hizo una seña para que pagara la cuenta y se levantó majestuosa, dejando a la millonaria con el maitre del restaurante. La siguió con la vista y después se fue corriendo tras ella que le esperaba en el umbral de la puerta. â??¿Dónde tienes tu automóvil, bonita?â? y Mariana le señaló un lujoso deportivo rojo, al cual se dirigieron. Una vez instalada al volante, la viuda intentó posar su mano en la minifalda de Susana, todavía hipnotizada por sus tetorras, pero la joven le apartó la mano con seguridad: â??No, bonita, aquí hasta que pagues no puedes tocarâ?. Con gesto contrariado, la heredera metió la llave en el contacto y comenzó a conducir hacia su mansión, a la cual llegaron en apenas 15 minutos. Tras abrir con el mando a distancia el garaje, Mariana subió sin decir palabra al primer piso e invitó a su joven acompañante a sentarse en un lujoso salón, mientras ella se dirigía a un escritorio cercano y sacaba una chequera de un cajón. La viuda sacó fuerza de flaqueza y orgullo de su pluma estilográfica, con la cual firmó un talón de 1.000 dólares que extendió a la recién conocida: â??¿Te basta esta cantidad para hacer todo lo que te ordene?â?. Susana le dedicó una reiterada sonrisa al tiempo que se levantaba y se colocaba a escasos centímetros, frente a ella: â??Guapa, con eso sólo te llega para que te haga una mamadaâ?. Guardó el cheque en su bolso y prácticamente rozó con sus enormes pezones, que despuntaban en el vestido, los de la mujer que la observaba incrédula.
Mariana no podía sostenerle la mirada y bajaba la vista, encontrándose con el desafío de las poderosas tetas de la joven, que en tono autoritario pronunció las palabras mágicas: â??Tócalasâ?. Casi como una autómata, Mariana comenzó a acariciarlas sobre la tela, como si quemaran, como si pudiera quedarse pegada a aquellos redondos y electrizantes trozos de carne. Susana, juguetona, iba retrocediendo en pequeños pasos y la mujer que comenzaba a sucumbir a sus deseos, la seguía, acercándose cada vez más, hasta pegar prácticamente su nariz al canalillo que separaba ambos pechos. La portentosa morena terminó por sentarse en el sillón y la viuda se arrodilló entre sus piernas, quedando su cara a milímetros de las tetas de quien ya la había pescado en su red.
Con un lento y sensual movimiento que a punto estuvo de derretir a Mariana, Susana se bajó los tirantes del escotado vestido y le mostró dos pezones oscuros y erguidos. Sólo le bastó una palabra más: â??Comeâ?. La reacción de la joven fue la de una pequeña lactante, chupando, prendiéndose e incluso mordiendo el abultado pezón derecho. Fue Susana la que con las manos en su nuca le recordó que tenía otro pecho más, después de un par de minutos. La tierna escena se prolongó durante casi media hora y la calentura de la dominadora fue en aumento con el obligado trabajito de su nueva esclava, hasta llevarla a una nueva fase de sus planes.
Entonces fue cuando comenzó a pensar como iba a disfrutar del desencajado cuerpo de la que había pagado por una sesión inolvidable, que desde luego, iba a quedar grabada en su memoria. La audaz Susana ya había abierto el vestido de la millonaria, mientras acariciaba su espalda, la cogió del pelo y la invitó a levantarse, con lo que su vestimenta cayó a sus tobillos dejándola a su vista en un impecable conjunto de lencería de encaje blanco. La joven entreabrió los labios le dejó ver su lengua a Mariana, que intentaba rozarla con sus labios cuando un nuevo tirón de su cabello le echó la cabeza hacia atrás. Así jugó Susana con su víctima dos o tres veces, hasta que comenzó a mordisquearle suavemente el labio inferior, mientras su mano se apoderaba de la nalga derecha de Mariana. Cuando le metió la lengua en la boca y le ofreció su saliva, notó que la treintañera temblaba, presa del orgasmo, la había calentado tanto, que no pudo resistir la primera embestida.
â??Sí que tenías ganas, putita, o ¿es que nunca lo habías hecho con una hembra de verdad?â?. Los ojos de la viuda se quedaron en blanco y no pudo contestar, pero se arrodilló ante ella, acariciando su delicioso culazo y colocando la nariz justo a la altura del sexo de su cautivadora.
Sabedora de su dominio, Susana insinuó que era tarde y que se marchaba, pero la millonaria apeló a su chequera: â??No lo hagas, te pagaré lo que quieras, quédate un poco más, haré lo que sea para que te quedesâ?. La joven sonrió con amplitud y terminó de desvestirse, siempre a escasos centímetros de su nueva esclava. Dándole la espalda, colocó su hermoso y carnoso trasero frente a sus ojos: â??Lameâ?. Fueron minutos y minutos, durante los cuales Mariana recorrió con su lengua el camino que separaba los dos agujeros de la escultural hembra. Cuando se detenía en uno de ellos, la más autoritaria guiaba su boca enredando una de sus manos en su cabellera rubia. Así la tuvo hasta llenar toda su cara de fluidos femeninos que embriagaban a la dueña de la casa, hasta el punto de entregarle todos sus sentimientos. Cada orgasmo de la morena provocaban otros dos enlazados en su presa, que también en el aspecto físico comenzaba a quedarse sin fuerzas.
Más de una hora después de su llegada a la casa, Mariana quedó tendida y desmadejada sobre la alfombra persa, con los ojos cerrados y recuperando el aliento. Susana no podía desperdiciar la ocasión y, mirándola satisfecha, colocó sus pies a cada lado de la cara de la desfallecida. Sus dientes blancos asomaron entre sus pechos, cuando dejó caer su chorrito amarillo, acertando de pleno en la boca de la viuda, que comenzó a beberse lo que para ella era un exquisito néctar. Después fue doblando las rodillas hasta sentarse en su cara. Sólo cuando las manos de la rubia se aferraron a sus caderas, se levantaba un poquito para dejarla respirar y, cuando le pareció oportuno comenzó a refregar su abultado clítoris entre la nariz la barbilla de la señora convertida ahora en su juguete.
Cuando Mariana superó los trece o catorce orgasmos se desmayó y Susana se vistió, cogió la tarjeta Visa Oro del pequeño bolso de la millonaria y dejó apuntado su teléfono, antes de marcharse en el deportivo rojo. Como imaginaba la morena, a primeras horas de la tarde siguiente, recibió la llamada de su admiradora, a la cual le pidió el pin de la tarjeta y le dijo que la llamaría otro día. Durante semanas, la viuda estuvo suplicando a la explosiva joven que la visitara de nuevo, pero esta le dio largas, hasta que le ordenó reservar una suite en uno de los más caros hoteles de la ciudad. Allí le dio su segunda lección, ahogándola entre sus muslos y obligándola a chupar y lamer a conciencia todos sus agujeros. En otra ocasión también la visitó en su despacho de la ciudad, donde la obligó a tenderse en la alfombra para sentarse sobre ella y llamar a la secretaria particular de Mariana para que les sirviera unos tragos. Pensó en follarse a la bella muchachita, pero se le escapó de entre los dedos. La expresión de azoramiento de la chica, al ver a su jefa buscando aire entre las poderosas nalgas de Susana, desapareció tras una veloz huída.
Si su dueña tardaba dos días en llamarla, Mariana rogaba desesperada que no se olvidara de ella, así que la joven decidió romper su propio récord y para ello eligió un viaje a la isla de Jamaica. Ya en el avión, Susana metió varias veces a la viuda en el estrecho lavabo y le hizo limpiar su coñito con la lengua e incluso le obligó a chuparle los pezones en el asiento del avión, ante más de una insidiosa mirada. En el hotel comenzó lo que sería todo un maratón de la excitada Mariana. Por primera vez la joven masturbó a su víctima mientras se sentaba en su cara, consiguiendo que sus orgasmos pasaran de la docena en sólo una mañana. Tras intentar recuperarla con zumos y vitaminas, por la tarde la cubrió de arena, dejando sólo su cabeza que cubrió con sus poderosas nalgas mientras tomaba el sol. Ese programa se repitió durante casi una semana, pero el último día, Susana no la dejó salir de la habitación. Con su complejo vitamínico preparado en la mesa de noche, ambas hembras convirtieron la cama en un charco de sudor y fluídos vaginales y la joven le preparó a su mujer una gran sorpresa de final de vacaciones. A horcajadas sobre la cara de Mariana, le ordenó tensar la lengua para meterla en su culo y así la cabalgó durante más de media hora, mientras sus flujos inundaban su nariz. Como en otras ocasiones, Mariana terminó desmayándose entre los muslos de su ama, pero el despertar fue más dulce que nunca, porque los dedos de la morena estaban clavados en los dos agujeros de la viuda. El culo que le había hecho perder la dignidad e incluso la razón seguía a medio milímetro de su nariz y cuando logró articular su lengua para lamerlo no tardó mucho en comprobar como la diosa se corría y le dedicaba la mejor meada de su vida. La rubia sabía que cuando recibía el caliente líquido había aprobado el examen y, a lo mejor, la joven hembra nunca la abandonaría.
Sin embargo, después del viaje han pasado varios meses y Mariana no sabe nada de Susana, sólo le contó una vez por teléfono que estaba convenciendo a una joven modelo para que deje a su marido, por lo que estaba muy ocupada. â??Seguro que lo conseguirá prontoâ?, pensó esperanzada la viuda sometida.
Pero para hablar de esa historia tendré que consultar a mi amigo Lado Oscuro. Sólo él conoce bien las andanzas de la irresistible Susana.
Tami
Tami es una deliciosa lesbianita española y puedes escribirle a tdeza@yahoo.es
Lado Oscuro 4 es un perverso hetero argentino, y puedes escribirle a ladooscuro4@hotmail.com.
Nos gustaría conocer tus impresiones, ¡hasta pronto!