Hacía dos meses que había ocurrido el terrible accidente de sus padres, y ahora la pequeña Alba ya no estaba en cuidados intensivos. ¿Cómo había ocurrido todo? A veces el destino te juega malas pasadas y no ves la salida, te hace ir entre desgracia y desgracia.
Vanessa estaba desconsolada, sentada en un amplio diván de uno de las salas de espera. Trabajaba en la planta de pediadría, como pediatra, y había vivido en primera persona todos los sucesos con Alba.
Le prometió a su madre que cuidaría de ella. Ambas eran amigas íntimas desde el instituto, y aunque se distanciaron brevemente en su época universitaria (la madre de Alba, Leticia, había elegido periodismo mientras que Vanessa se decantó por medicina), nunca dejaron de escribirse, llamarse y reunirse varias veces al año y, sobre todo, durante los periodos vacacionales.
Leticia conoció a Joaquín y se enamoraron locamente, al año estaban casados y fruto de esa relación concibieron a su hija Alba. En uno de esos avatares del destino, de esas curvas trágicas de la vida, en un corto desplazamiento que realizaron con su coche resultaron ambos muertos y Alba, milagrosamente, logró salir con vida.
Cuando Vanessa tuvo en sus manos la niña no lo dudó lo mínimo en acogerla, puesto que así había sido de clara la voluntad de sus padres. La pequeña tenía apenas un mes de vida, y Vanessa se vio en la tesitura de su alimentación. Su madre, Leticia, siempre había defendido darle el pecho, y la pequeña, acostumbrada a la leche materna y al calor de las mamas de su madre, le resultaba muy difícil adaptarse a un alimento lácteo artificial y al frío contacto del vidrio. Vanessa no lo dudó ni un instante: la alimentaría con su propia leche, haría que sus pechos produjeran el rico alimento para su criatura. Además, no tenia novio, por lo que no tendría que consultar con nadie ni preocuparse de nada.

Tras unos dias de intentos vanos, ayudada también, aparte de por su propia insistencia y estimulación, por la boca de la pequeña que la ponía a mamar y la cria comenzaba a succionar intentando que por los pezones de la joven doctora manase algo de alimento, comenzaron a emerger unas pequeñas gotas de calostro que la infante deboró al instante con avidez. ¡Por fin, la joven chica ya comenzaba a poder amamantar a su niña!

Tras las primeras semanas de lactancia, las secreciones lácteas ya emerguían en cantidad suficiente de los senos de Vanessa. Cuando regresó al trabajo dejaba al cuidado de una señora a la niña, no sin antes, cada mañana, depositar en el frigorífico un biberón colmado de leche que previamente se había extraido, al levantarse, con un sacaleches.

A media mañana abandonaba el trabajo y se diriguía en coche a su residencia, para volver a amamantar a la pequeña, que ya gozaba de buena salud y estaba totalmente repuesta. La sabrosa y rica leche materna de la joven doctora había logrado que la pequeña recuperara la vitalidad.

Durante una salida de fin de semana su coche se estropeó en medio de la autopista. Fue algo repentino: comenzó a salir humo de debajo del capó y se detuvo el motor. Vanessa no intentó arrancarlo por miedo a que el daño fuera mayor o, incluso, que explotase y acabase dañando a su pequeña y a ella misma.

Sin dudar, llamó al teléfono de atención en carretera. No sabía dónde se encontraba, puesto que el lugar era totalmente desconocido y siempre pasaba por allí a toda velocidad. Desde el otro lado del hilo le contestó una voz sin tono, femenina, que en seguida acudiría asistencia de un taller local para socorrerla. Mientras esperaba, la cria, en el asiento de atrás, lloraba a ratos. Vanessa sabía que era debido al hambre, se acercaba la hora de darle el pecho, pero no quería hacerlo todavía hasta que llegaran las asistencias.

Así que se colocó al lado de Alba y la recostó contra su mama derecha, para que, por lo menos, la niña sintiera el calor de su «madre».

-Tranquila, cariño -le decía – aguanta un poquito, pronto te doy tu leche. Mira que rica, está aquí todita, esperándote.- Decía, al ver que la niña abría la boca y con su manita oprimía el pecho y cogía el negro sujetador, que se le asomaba un poquito por el escote, tirando de él en busca del pezón de la mujer.

Afortunadamente, una luz amarillo-auto no tardó en aparecer por el espejo retrovisor. La joven volvió a depositar a la pequeña en la sillita del asiento, entre las protestas y llantos de esta, y salió del vehículo.

Delante del utilitario averiado se quedó parada la grua, y de ella salió un joven moreno, no muy alto – de la estatura de Vanessa, aproximadamente – dando un portazo a la portezuela.

Se saludaron y, tras revisionar el motor, el joven dijo:

-Con esto no podrá llegar a la ciudad, tendrá que ir conmigo y volver desde el pueblo.

Vanessa accedió. El mecánico les pidió que subiera con su cria a la grua, mientras el colocaba el utilitario detrás. Una vez hecha esta tarea, se acomodó en su puesto de conductor.

-¿Quien es, su hija? – Preguntó a la joven, amablemente. Vanessa sonrió:

– Sí, pero no estoy casada… es… sus padres murieron, la tengo en adopción. – Y, tras un suspiro, continuó: – Bueno, aún no es legal, pero es solo cuestión de tiempo, ya que no tiene otra familia.

El conductor asintió, y se dio cuenta de que no paraba de llorar. La chica le comentó que era porque tenía hambre, a lo que el joven dijo:

-No se preocupe, llegaremos pronto.

Efectivamente, tras abandonar la autopista por la primera salida, en menos de diez minutos ya estaban en el pueblo. Era un pueblo pequeño, pero muy coqueto, con casas rústicas a ambos lados de la calle principal. Al final de la misma, bordeando una amplia plaza con jardines, aparcamientos y parques, detrás del edificio de la escuela, se encontraba el taller de reparación.

-El taller – comentaba el mecánico, cuyo nombre era Rubén – es propiedad de un amigo y mia, lo abrimos hace algunos años por nuestra gran afición a la mecánica.

Entraron en dicho taller -muy ordenado y cuidado, de aspecto moderno- y Rubén le comentó a la joven:

– Puedo dejarle un coche si quiere regresar, no tengo inconveniente. O puedo recomendarle un hostal en el pueblo… como usted desee.

El taller se hayaba vacío. Rubén explicó a Vanessa que era la hora del almuerzo y que solo estaba él, de guardia.

– Este fin de semana me toca a mi de guardia -dijo- Andres, mi compañero, se ha ido de pesca, que es una afición que le apasiona. Bien, señorita, ¿usted que desea hacer? El coche no estará listo hasta mañana, trabajaré en él toda la noche, se lo prometo.

Vanessa agradeció el gesto, le gustaba aquel chico, de aspecto sencillo y agradable mirada. Redundaba confianza. Pero la pequeña Alba no cesaba de llorar y Vanessa no sabía cómo calmarla ya.

-Verá… necesito darle el pecho a la pequeña… ¿tiene un lugar…?

Rubén lo comprendió en seguida:

– En la oficina puede hacerlo, es un sitio cómodo y tendrá tranquilidad. Sígame.

Vanessa se lo agradeció y siguió al chico hasta un recinto, en un lado del taller, donde un cartel prohibía el acceso a personal no autorizado. Abrió la puerta y señalo un sillón verde, amplio, a la joven:

– Ahí puede amamantarla, yo estaré aquí afuera.

-Muchas gracias, se lo agradezco, de verdad. – Dijo ella. Y el joven, sonriendo, cerró la puerta tras él.

El mecánico volvía hacia el coche cuando sonó el teléfono. Tenía altavoz, y el ruido era muy molesto. Se acercó a la oficina y, desde afuera, gritó: «cuélgelo, no se preocupe», pero la joven dijo, invitándolo a entrar:

-Entre, entre, no se preocupe.

Rubén dudo, pero al final entró en el despacho. Cogió el teléfono, y miró hacia la chica, que le sonrió y bajó la mirada para mimar a su niña mientras le daba el pecho. El mecánico observó sus pechos: no eran muy grandes, pero sí firmes y con dos globosas y dulces bolitas rojas, como fresas sabrosas: los pezones. La niñas succionaba con avidez por la teta derecha. Vanessa levantó la vista y se encontró con la mirada de Rubén; le dijo:

-Tenía mucha hambre, ya ha acabado con este -con un dedo, apuntaba a su pecho izquierdo- y lo dejó seco. – La joven volvió mirar a la pequeña y le dijo con suavidad :- venga cariño, chupa todo lo que quieras.

Sobre el sillón, a un lado, estaban los dos protectores de pechos, suaves, de algodón, cuyo cometido era que no rezumara la mama femenina cuando estuvieran llenos o aprisionados por el sujetador.

– ¿Me la coje un momentito, por favor? – Dijo Vanessa, estirando a la pequeña, que ya estaba saciada, hacia él.-

-Sí, por supuesto.- Dijo el joven, cogiendo a la niña. Vanessa, entonces, se colocó el negro sujetador con suavidad. Los hermosos pechos volvieron a estar cobijados por la prenda de lencería.

Tras ello, volvió a coger a la pequeña Alba y le pidió a Rubén consejo sobre qué hacer, si había un lugar para alojarse digno en el pueblo. Rubén no lo dudó:

– Puede alojarse en mi casa, o yo mismo la puedo llevar en mi coche a su ciudad. Como desee usted. Mi casa no es gran cosa, pero le resultará cómoda, ya lo verá.

Vanessa dijo que no queria molestar, pero Rubén insistió. La joven no sabía que hacer, si volverse a su ciudad o aceptar el ofrecimiento del chico y quedarse en su casa el fin de semana. Lo cierto es que le gustaba el mecánico, además, había sentido, cuando la miraba mientras daba de comer a la niña, como un cosquilleo y una humedad entre sus piernas que hacía mucho que no experimentaba. Podía resultar… hacía mucho tiempo que su abertura femenina no se abría para ningún miembro masculino, y tenía deseos de ofrecer su conejito a algún chico que la excitase. Y ese, desde luego, le ponía el chochito a mil.

De modo que sin hacerse mucho de rogar aceptó el ofrecimiento.

Cuando llegó la noche, tras acostar a la pequeña, se quedaron a solas en el sofá del salón. A su izquierda estaba una gran ventana, por la que se veía un cielo plagado de estrellas, no como en la ciudad en donde la contaminación lumínica no dejaba contemplar el espectáculo del espacio.

Se contaron brevemente sus vidas, su situación. Rubén supo que la bella joven, de largo cabello y muy negro, era doctora en el hospital Central Memorial de la ciudad. Y ella descubrió que él no tenía novia, que su vida era el negocio y los coches. Tras una pausa, se dieron cuenta de que casi estaban pegados el uno al otro, casi abrazados. Se besaron sin dudar.

Rubén, por encima de la blusa, cogió uno de los pechos de la chica:

– ¿Están bien? ¿Los tienes relajados ahora?

– Sí .- Dijo ella.- Aunque necesitarían un masaje…

– ¿Puedo? – Dijo él, sin dudar, ofreciéndose.-

– Claro… pero antes… quiero pedirte algo.

– Dime.

– Quiero que seas mi novio.

El respondió:

– Por supuesto.- Y la besó apasionadamente.

Le quitó el sujetador y cogió con delicadeza los hermosos pechos de la joven: «Â¡Qué preciosidad de tetas!», dijo el chico. Ante una presión sobre el pezón derecho, fluyó de éste un hilillo de leche…

– ¡Oh, lo siento!

– No pasa nada! – Dijo ella- Es normal, estoy lactando. Bébela si quieres.

– ¿No dejaré sin leche a la niña?

– No, mi amor, tengo para los dos. Mámalos tu también, por favor.

Rubén no tuvo nada mas que acercar su boca y apretar sus labios un poco sobre el bello y globoso pezón, y éste le ofreció inmediatamente un chorro de leche, muy sabrosa y caliente.

– ¡Qué rica, mi amor! – dijo él. Y, efectivamente, estaba sabrosísima.

Ella no dudó y llevó las manos al pene de él, por dentro del pantalón, que estaba erecto y lo había notado ponerse duro en su muslo:

– Yo también quiero leche de esto. – Dijo ella.

Se bajaron los pantalones y ella comenzó a mamar del pene de él. ¡Y como mamaba, la joven! Parecía que el glande le explotaba de excitación, quería eyacular ya, pero no en su boca… la vulva de ella estaba vigorosa, fresca y radiante de humedad, muy hinchada y con los labios hacia el exterior completamente, pidiendo que la penetraran.

-¡Te voy a hacer mi mujer, amor, Vanessa, mi vida!

-Sí!! . – Pidió ella, abriendo ante él toda su femenina rajita- ¡í?ntrame entero!

Nada mas penetrarla, y tras unas breves embestidas, eyaculó con fuerza dentro de ella, llenando su vagina, su útero, de su esperma. Ella lo sintió y, a la vez que le venía el orgasmo, de sus pechos brotaron unos chorritos de leche que rápidamente corrieron por sus mamitas y que Rubén se abalanzó a lamer, dejando los pezones limpitos.

– Es mi regalo para tí, amor mio.- Dijo ella, abrazándolo con fuerza- Mi leche te agradece que me des la tuya.

– Mi leche siempre será para tí y estará a tu disposición, Vanessa, preciosa. Eres mi chica.- Asintió él con franqueza.

Fin

©opyleft L. Dojer
All rights reserved – Todos los derechos reservados.
Se permite copia y distribución libremente siempre y cuando se cite el autor.