Follando con un amigo delante de mi marido

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Si han leído otro relato mío, sabrán que soy una mujer felizmente casada. Como muchas otras parejas, cuando nos calentamos fantaseamos con que nos atrevemos a hacer mil cosas. Fue esta pasada primavera, por allá por el mes de mayo, cuando descubrí algo realmente nuevo en mi marido. Habíamos salido a cenar y tomar una copa. Yo me había puesto un vestido azul marino entallado en su parte superior y cintura, no muy largo y de falda con cierto vuelo y caída. Por sentirme más sensual, me había puesto unas medias negras que, al sentarme y subirse el vestido, se veía la banda elástica de la media alrededor de mi muslo.

Durante la cena mi marido llamó mi atención diciendo que esa visión de la media, me hace parecer mucho más sexy. Así mismo llamó mi interés al decirme que más de un hombre en el restaurante no dejaba de mirarme las piernas. Como a muchas mujeres, sin querer sonar presuntuoso, me sentí alagada al saber que resultaba atractiva a desconocidos. Y, ¿por qué no voy a admitirlo…? sentía cierto morbo al saber que atraía ciertas miradas de admiración o incluso deseo de hombres que estaban acompañados por sus mujeres o por sus novias.

Después de cenar nos encontramos con un viejo amigo de ambos, al que llamaré Pedro. Fuimos los tres a tomar una copa juntos. Buscamos un local tranquilo en el que poder sentarnos y charlar tranquilamente. Nos situamos en rincón, alrededor de una pequeña mesa redonda baja (a la altura de nuestras rodillas al sentarnos). Tenía a mi marido ligeramente a mi izquierda y a Pedro a mi derecha, ambos en una posición en oblicuo respecto a mí.

Durante la animada y afable tertulia observé las miradas que Pedro me lanzaba. En principio mi ego se sintió adulado. Pedro era un buen amigo, de esos que aunque pasen meses sin tener noticias, sabes que siempre están ahí, y era un apuesto hombre divorciado de 40 años. Guapo. De cuerpo cuidado en el gimnasio cinco días a la semana. Después de un buen rato hablando me di cuenta que cada vez eran más frecuentes las miradas de nuestro amigo. Me percaté que sus miradas se dirigían descaradamente a mis piernas. Intenté ser una dama y juntar bien las rodillas e incluso poner una mano sobre la falda del vestido para impedir que se viera algo más de lo que el vestido dejaba al descubierto.

Ya sobre las tres de la madrugada habíamos dejado a Pedro y llegamos a nuestra casa. Sabía, por el modo en que mi marido me había abrazado y besado en el ascensor, que estaba caliente y deseaba hacer el amor. Desnudos y retozando en la cama. Excitados. Envueltos en besos y caricias. Subió el tono y empezamos a fantasear. Pero esta vez más que fantasear mi marido empezó a hablar de Pedro. Me dijo si me había dado cuenta del modo en que me había estado mirando toda la noche. Si me había dado cuenta de los ojos de deseo que tenía.

Intenté hacerme la tonta y mentí al decir que no me había dado cuenta.

-Ya sabes, cariño, que la mayoría de nuestros amigos varones dicen que eres muy guapa y que estás muy bien.

-¿Sí? –intenté hacerme la ingenua. –Es que son muy cumplidos y educados.

-Es verdad.

-Te creo. –repuse. -¿Y qué piensa Pedro? ¿Alguna vez te ha comentado algo?

-Esta misma noche. –contestó mi marido.

-¿Qué ha dicho?

-Cuando te has levantado para ir al servicio… Ha dicho que estabas especialmente radiante. Que seguías teniendo un tipazo. Y finalmente ha dicho que te respeta porque eres mi mujer, pero que realmente estás muy buena.

Continuamos haciendo el amor. Y de repente mi marido me pregunta:

-¿Y tú? ¿Qué opinas de Pedro?

-Que es muy majo.

-No me refiero a eso. Quiero saber qué te parece como hombre. Imagina que no le conocemos de nada. Imagina que estás soltera y le ves. ¿Qué te parecería?

Me quedé dudando unos segundos. Estaba tan encendida que, cerrando los ojos, respondí con la sinceridad que me proporcionaba el estado de excitación, respondí:

-En ese caso y sólo en ese caso, y estando en medio de una fantasía subida de tono, diré que Pedro está muy bien.

-¿Te dejarías seducir por él?

-Posiblemente.

El juego no continuó porque mi marido se corrió y se dedicó a complacerme hasta que tuve dos orgasmos. Reposando, ya a oscuras, tendidos en la cama y a punto de dormirnos, no sé porque dije:

-Me miraba con cierto deseo, ¿verdad?

-Yo creo que sí. –respondió mi marido. –Pero es normal, tienes unas piernas preciosas. Y con ese vestido esta noche estabas muy sexy.

-Lo mismo se ha empalmado. –repuse a modo de broma.

-No creo. –se apresuró a decir mi marido. –Si se hubiera empalmado te aseguro que lo habríamos notado los dos.

-¿Por qué?

-Porque tiene una polla muy grande, y estoy seguro que si se empalma no hay pantalón que lo pueda disimular.

Se hizo el silencio. Me dormí con la imagen  de un ser sin rostro, sentado a mi lado, que no paraba de mirarme con ojos de deseo, y cuya polla descomunal se dibujaba en los pantalones.

Puedo confirmar que el eco de aquella afirmación de mi marido me turbó varios días. No es que mi marido tenga una polla pequeña, la tiene normal. No es que yo necesite más. Pero da mucho morbo una polla bien grande. Y cuando tu propio marido te confirma que alguien conocido tiene una polla anormalmente grande, incita tu curiosidad.

Pasamos varias semanas teniendo fantasías mientras follábamos con un hombre de polla muy grande. Ninguno mencionamos a Pedro. Pero estoy convencida que igual que yo, mi marido pensaba en él cuando hacíamos esos comentarios. Y fue una de esas noches cuando mi marido me hizo una confesión que nunca antes se había atrevido a hacerme. Me confesó que la noche en que Pedro me miraba tanto se había excitado. Que desde ese día no había parado de darse cuenta de lo mucho que le excitaba que otros hombres me desearan. Le afirmé lo mucho que a mí me excitaba saber que eso le ponía caliente. Y va y me pregunta:

-¿Te gustaría realmente ver una polla muy grande?

-Claro. –aseguré sin dudarlo.

-¿Qué más te gustaría hacer con una polla así de grande?

-No sé. –dudé. Intenté seguir con total franqueza y sinceridad.-Realmente no necesito hacer nada con ningún otro hombre.

-Y si a mí no me importase que lo hicieras. Y si a mí, incluso me excitase que hicieras algo y te lo pidiera.

-Si te excitase. Si supiera que no tendría consecuencias en nuestra relación. Haría todo lo que tú me pidieras.

-¿Le besarías?

-Sí.

-¿Le acariciarías y te dejarías acariciar?

-Por supuesto.

-¿Se la tocarías y se la lamerías?

-Todo lo que a ti te excitase y te gustase que hiciera con él.

-¿Y te le follarías?

-Todo, te he dicho que todo…

Mi marido me miró. Sonrió de un modo, no sé cómo definirlo. Como si tuviera un pensamiento pecaminoso.

-Pues el sábado por la tarde vendrá Pedro a resetear mi portátil. –anunció con una voz pícara.

-¿Y?

-Que podrías vestirte sexy y coquetear con él un poco.

-¿Eso te gustaría? –pregunté.

-Me encantaría.

-¿Sólo coquetear?

-Sí. Lucirte. Exhibirte de un modo ocasional, como si fuera casual. Vemos cómo reacciona él.

-¿Y qué esperas sacar de todo esto?

-No sé. Tal vez nada. Pero si conseguimos embaucar a Pedro, lo mismo…

-Lo mismo, ¿qué? –inquirí. -¿Lo mismo hacemos un trío con él?

-Puede.

-¿A ti realmente te excita, realmente te apetece que folle con Pedro?

-Me excita sí. No sé si tanto como llegar a hacer un trío. Pero sí me gustaría que pasase algo… Recuerda que tiene una buena polla.

Mi marido intentó endulzarme su propuesta con el tamaño del miembro de nuestro amigo.

El caso es que dejamos en el aire lo de llegar a follar con Pedro. Pero lo que sí le apetecía a mi marido era que coquetease con él. Que reclamase su atención y le provocase. Que incluso llegase a besarme con él. Que llegase a verle la polla. Que se la acariciase y le hiciera una mamada.

No me lo podía creer. Me dejé llevar por el entusiasmo de mi marido. Y me sentía muy excitada con la posibilidad de ver una polla que, presuntamente era grande.

Llegó el sábado. Y poco antes que Pedro llegase me duché. Me perfumé. Y me puse una falda corta negra tableada y con vuelo. Y una camiseta de tirantes muy ajustada y con un generoso escote por el que asomaban parte de mis pechos embutidos en el sujetador negro y el principio del canal que separaba ambos.

Cuando salí de nuestra habitación ya estaban los dos hombres en la salita. Dudé si entrar de golpe a saludar a Pedro. Antes de eso me giré de nuevo para verme en el espejo de la habitación y vi sobre la coqueta el móvil de mi marido. Lucía el símbolo de un nuevo mensaje. No lo pude evitar y lo miré. Era un mensaje de whatssap de Pedro. Al abrirlo pude leer las conversaciones que los habían tenido los últimos días. Me indigné y me cabreé, principalmente con mi marido. Porque habían estado los dos hablando de mí como de una mujer desconocida. Habían hablado de lo caliente que me ponía cuando me excitaba. Mi marido le había contado muchas intimidades nuestras. De lo mucho que me gustaba follar. De cómo me gustaba que me follara en esta o aquella postura. Y las respuestas de Pedro no eran menos soeces y desafortunadas. Le decía que le ponía muy cachondo pensar en mí desnuda, follando como una loca. Que se había tocado más de una vez imaginando mis tetas con los pezones grandes hinchados, imaginando mi culo duro y redondo, imaginando que me inclinaba sobre su polla y le hacía una buena mamada.

Pero lo que más me indignó fue que ambos habían planeado que aquella tarde-noche sucediera algo. Habían pensado en beber los tres para animarnos y desinhibirnos  y dejarnos llevar por la excitación del momento. No sabía bien que me molestaba más, si la falta de sinceridad de mi marido para ocultarme sus planes, cuando realmente habíamos acordado hacer algo los dos con nuestro amigo; o que ambos hombres hubieran estado desnudando mi intimidad a mi espalda.

Me senté sobre la cama, más bien me dejé caer, con ganas de llorar. Volví a leer algunos comentarios de su conversación. Y lejos de minimizar mi enfado, empecé a fraguar mi venganza. Mi marido quería morbo y excitarse al verme hacer algunas cosas con otro hombre. Decía que era una mujer muy caliente cuando me excitaba. Pero no sabía bien lo zorra que podía llegar a ser estando cabreada. Me excité pensando en la venganza. Pensaba ser una auténtica putita caliente. Una verdadera guarra insaciable. Y a todo ello me ayudó pensar en la polla grande de Pedro. Y en tener a dos hombres para satisfacerme.

Antes de salir de la habitación e ir a saludarle me quité la ropa interior. Y me dejé simplemente la faldita corta y la camiseta. Que era tan ajustada, que se notaban perfectamente mis pezones. Así abrí la puerta de la salita y entré a saludarles intentando que no se notase mi estado de excitación y enfado. Intenté parecer esa amiga y esposa que ignoraba sus maquinaciones.

-Hola chicos. –dije al abrir la puerta y quedarme justo en la entrada.

Ambos hombres se giraron y se me quedaron mirando. Repasaron mi cuerpo con sus miradas. Clavando los ojos justo donde yo quería: en mis tetas. Se levantaron y Pedro se acercó a saludarme con dos besos, sin poder evitar el siguiente comentario:

-Como siempre, un placer verte. Estás tan guapa y sexy como cada vez que nos vemos.

Respondí con una simple sonrisa y me fui al salón. Pasó un buen rato hasta que escuché sus pasos por el pasillo. Yo estaba sentada en medio del sofá de dos plazas, justo frente a la puerta del salón, tomando una copa de vino blanco y unos Snakes. Procuré separar ligeramente las rodillas. Con una separación relajada y natural. Pero levanté el culo y me subí lo suficiente la falda como para que se me pudiera ver perfectamente mi coño recién afeitado.

No os imagináis la cara de ambos al entrar y contemplar el espectáculo. Sentí sus ojos de deseo y a la vez de incredulidad clavados en lo más íntimo de mi cuerpo. Se sentaron sin saber qué decir. Le pedí que se sirvieran una copa. Mi marido se sentó a mi lado. Pedro en el otro sofá. Me giré un poco hacia nuestro amigo para charlar de frente a él. De ese modo me di cuenta que, aunque intentaba quitar su mirada de mi entrepierna, no lo conseguía más que por breves segundos. Ese juego empezó a gustarme y excitarme.

Les dije que se quedaran sentados mientras que yo preparaba la mesita baja de los sofás para cenar los tres algo de picoteo. Así conseguí ponerles los dientes bien largos. Procuré inclinarme estando de espalda a ellos para que vieran bien mis piernas y algo de mi culo bajo la faldita. Procuré inclinarme lo suficiente de frente a ellos para que al ahuecarse la camiseta se  vieran las tetas.

Durante la cena me senté en una silla intentando estar en frente de los dos y algo más alta que ellos para que siguieran excitándose con la visión de mi coño y de mis tetas. Admito que dominar de aquel modo la situación, que exhibirme sin preocupación y ver sus caras desencajadas de lujuria y deseo me excitó tanto que estaba a punto de gritar: “follarme de una vez”.

Fue después de la primera copa tras la cena cuando al fin me desaté. Mi marido se fue al servicio. Me quedé a solas con Pedro. Y le dije:

-¿Sabes que a mi marido le excita pensar que me lío con otro hombre?

Me pareció ver sonrojarse a nuestro amigo.

-¿Sabes que me ha dicho que tienes una polla muy grande?

Realmente estaba incómodo. No paraba de mirar la puerta esperando ansioso que mi marido regresara.

-¿Sabes que me ha propuesto coquetear contigo, y casi que te seduzca esta noche?

Pedro movió la cabeza, gesticuló, no sabía qué decir.

-Así que he pensado que lo voy a hacer. Pero a mi manera. –le dije, mientras me ponía en pie.

Caminé con parsimonia estudiada, recorriendo los dos escasos metros que me separaban de nuestro amigo. Le tendí mis manos invitándole a que me las cogiera y tiré de él para que se levantase. Justo en el momento en que me pareció escuchar los pasos de mi marido por el pasillo, desabroché el pantalón de Pedro y se lo bajé hasta los tobillos junto con la ropa interior. Le saqué ambas prendas torpemente junto con los mocasines. Ante mí apareció la famosa polla de Pedro. No estaba empalmado. Pero doy fe que no estaba en completo reposo. En ese estado a medio camino de su máximo esplendor, me di cuenta de que realmente era muy grande. A simple vista en ese preciso instante ya era más larga y gorda que la de mi marido.

Justo cuando sentí los pasos de mi marido detenerse en la puerta del salón, sosteniendo la polla de Pedro sobre la palma de mi mano derecha, me giré ligeramente hacia mi esposo y dije:

-Tenías razón, cariño. Tiene una polla inmensa. Así deberían ser todas las pollas. Y encima ni siquiera está completamente empalmado.

En ese momento con mi mano derecha como bandeja de descanso de su virilidad, comencé a acariciarla como a un animal doméstico con la mano izquierda. Me encantó ver y sentir cómo se hinchaba, el modo en que se endurecía y crecía sobre mi mano. Era realmente descomunal. No sé. Por un momento pensé que no me cabría en el coño, que no podría metérmela sin hacerme daño. Cuando la sentí dura como una vara de metal, intenté rodearla con la mano derecha. Increíble… No era capaz de rodearla de lo gorda que la tenía. Levanté el capullo hacia el techo y me incliné hacia Pedro. Empecé a lamerle los huevos con lentitud. Luego, con mi coño empapado en lujuria y deseo, subí mi lengua por su gigantesco rabo. Parecía que no llegaría jamás hasta el capullo. Su verga latía en mi mano. Yo ardía cada vez más en deseos. De cuando en cuando, intentaba mirar por el rabillo del ojo a mi marido. Estaba inmóvil, de pie, boquiabierto.

Empecé a meterme aquello en la boca. Era imposible. Sólo me cabía el capullo y me llenaba la boca como nunca antes me había llenado nada. Intenté ralentizar la mamada. Pero estaba tan exaltada que me aceleraba sola, y al poco volvía a aminorar el ritmo. Así estuve todo el tiempo que me apeteció hasta que intuí por lo gemidos de Pedro que podría llegar a correrse.

Me levanté del suelo. Mi marido comenzó a andar hacia mí. Con un gesto de la mano le paré. Le indiqué que se sentase en la silla y permaneciese en silencio.

De pie, en medio de los dos hombres, con toda la calma que fui capaz, me saqué la camiseta por la cabeza y la tiré al sofá. Dejé por unos segundos que los dos se recrearan con mis pechos desnudos, con mis pezones oscurecidos y endurecidos por la excitación. Entonces desabroché la falda y la dejé caer al suelo. Le pedí a Pedro que se sentase en el sofá un poco de lado, para que mi marido tuviera un buen plano de lo que pensaba hacer. Le separé las piernas y me coloqué entre ellas, de pie, con mis tetas justo a la altura de la cara de nuestro amigo, y le pedí:

-Cómeme las tetas…

Miró a mi marido y empezó a lamerlas. Con una mano en una teta y la boca sobre la otra, fue dándome placer con sus lamidas, con sus caricias. Saltaba de una a la otra. Le cogí la mano que tenía libre y me la coloqué en el culo. Mi marido no nos quitaba ojo. Su cara lo decía todo. Excitación. Incredulidad. Lujuria. Deseo. Me encantó su cara. Me excitó más si cabe.

Cuando me aparté, cogí otra silla y la coloqué en medio del salón. Hice que se levantara Pedro. Le pedí que se pusiera detrás de mí. Apoyé mis manos en el respaldo de la silla, inclinándome hacia delante y dejando mi culo indefenso y expuesto a la voluntad de nuestro amigo. Procuré colocarme de lado al frente de mi marido para que pudiera verlo todo sin perderse ningún detalle. Separé bien los muslos, y dije:

-Fóllame Pedro. Estoy deseando sentir esa descomunal polla abriéndose camino en mi coño…

Y sucedió. Con sumo cuidado apuntó y empezó a meter aquel monstruoso rabo en mi coño. Aunque lo hacía con  consideración, me hacía un poco de daño y no conseguía abrirse camino. Ese forcejeo me hizo gritar. No de dolor de placer. Jadeé como una loca, lo sé.

-Por Dios, qué grande… No pares… Métemela entera…

No conseguía meterla entera; pero era tan gorda que me sentía llena. La metía y la sacaba hasta hacerme sentir el capullo en la entrada. Seguía sin entrar completamente. Pero mi placer se doblaba al mirar a mi marido, que se había sacado la polla y se estaba masturbando. Eso me hizo sentir la mayor de las pasiones, la mayor de las lujurias y grité:

-Fóllame… Fóllame como a una perra salida…

Cuando me cansé de la postura, le pedí a nuestro amigo que se sentase en la silla. La giré de frente a mi marido. Y me senté de frente a Pedro y de espaldas a mi consorte, clavándome en aquel rabo. Poco a poco sentí que mi coño se abría como nunca antes se había abierto. Lo forcé un poco y al fin conseguí que entrara por completo. Esto me arrancó el grito más maravilloso y excitante de toda mi vida.

-¡Oh, sí…! Por fin es mía. Por fin la tengo toda dentro. No la saques nunca. Quiero tenerla para siempre dentro de mí.

Empecé a frotar mi clítoris contra su pubis. Le cabalgué con desenfreno. Ahora ya entraba y salía con facilidad. Sentí todo mi ser explotar en un jubiloso e increíble estallido de placer. Gemí, grité y casi lloré de placer. Me desplomé unos segundos sobre Pedro. En cuanto recuperé un poco el aliento me moví en círculos pinchada en su polla, muy despacio, dejando que un mar de placeres fluyeran por mi entrepierna.

Me levanté y aún seguía queriendo disfrutar de su polla. Por lo que me giré. Di la espalda a Pedro y miré directamente a mi marido mientras cogía la polla de nuestro amigo y me volvía a clavar en ella. Volví a gemir al sentirla tan dura y grande dentro de mí. Sollocé y comencé nuevamente a cabalgar. Cada vez más de prisa. Pedro me besaba la nuca y me tenía agarras las tetas con ambas manos, pellizcando mis pezones. Bajé una mano, y mirando directamente a mi marido, le sonreí, me sonrió, y comencé a frotar mi clítoris hasta alcanzar un segundo orgasmo.

Volví a dejarme caer unos segundos sobre el pecho de Pedro, sin sacarme su polla. Recuperé nuevamente la compostura y la realidad. Me levanté. Mi marido me sonrió complacido. E hizo ademán de levantarse. Con un gesto le pedí que se quedara sentado.

Cogí un cojín del sillón y lo puse sobre la mesa alta del comedor. Me subí a la mesa. Me tumbé boca arriba  con el culo al borde de la mesa. Y dije:

-Ven Pedro y fóllame otra vez.

Pedro se levantó, me separó los muslos, y me penetró una vez más.

-Sí… Fóllame. Fóllame duro. Como a la zorra insatisfecha que me habéis vuelto. Fóllame hasta correrte. Y córrete encima de mí.

En una cuantas, rápidas y casi salvajes embestidas, Pedro sacó su polla y entre gritos placenteros derramó su semen sobre mi vientre. ¡Qué corrida más grande…!

Mirando a mi marido, que seguía pajeándose complacido por el espectáculo, empecé a restregarme su leche por las tetas y los muslos. Luego me llevé los dedos llenos de su semen a la boca y los chupé lascivamente. Me levanté y me agaché en el suelo a los pies de nuestro amigo. Le cogí la polla con una mano y empecé a lamérsela hasta limpiarla bien. Aún permanecía dura.

Mi marido creyó que era su turno. Pero sentándome en el sofá, desnuda junto a Pedro, le dije:

-¿Te ha gustado, cariño? ¿Esto era lo que querías ver?

Nervioso y excitado asintió con la cabeza.

-¿He sido lo suficientemente guarra?

-Sí.

-¿Estás deseando follarme?

-Sí.

-¿Quieres correrte?

-Sí.

Me levanté. Me arrodillé entre las piernas de mi marido. Y le terminé la paja que él se estaba haciendo. Sólo con las manos.

Nos vestimos los tres. Cuando al fin nos quedamos solos, mi marido esperaba follarme. No me hubiera importado, porque aún seguía excitadísima. Pero me hice la dura y simplemente le dije:

-Hoy no me vas a follar por no haber sido sincero conmigo. Sé que igual que lo habías planificado conmigo, también lo tenías planificado con Pedro. Y has tenido suerte que me ha encantado.

-Yo…, yo…, realmente, no sé… -empezó a tartamudear.

-Te voy a consolar haciéndote una mamada. Pero si quieres ser perdonado, tendrás que pagar penitencia.

-Por supuesto. –contestó aliviado.

-A partir de ahora, me follaré a Pedro cada vez que quiera. Eso sí delante de ti.

-De acuerdo.

-Tú participarás cuando a mí me apetezca. Y cuando yo quiera, simplemente mirarás igual que hoy.

-Bueno. –aceptó de no muy buen agrado.

 

La verdad es que ya han pasado muchos meses. Aún me excito al recordar aquella noche. No me he vuelto a follar a Pedro. Y sí a mi marido recordándolo. Aunque los dos tenemos muy claro que tarde o temprano me lo volveré a follar.

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13 thoughts on “Follando con un amigo delante de mi marido

  1. A mi me encantaría que hicieramos algo así con mi novia, ella misma me dijo una ves desnuda en la cama cuando estabamos follando que quería que otro hombre se la follara delante de mi, me impactó lo que me dijo, pero a los pocos segundos el morbo me superó y me encantó la idea. Quizas lo hagamos alguna ves, le dije bromeando un día que se la follaría un negro con una enorme pinga me miró se sonrió muy maliciosamente y me respondió si se lo hecharía en cara si lo hacía, ahí en ese momento me di cuenta que mi broma la tomó en serio, entonces le dije que no que nunca se lo hecharía en cara y si le gustaba la idea, me dijo que le causaba curiosidad, le volví a preguntar si le gustaba la idea y me dijo que la exitaba. Entonces le dije que si le gustaría ser la protagonista de un relato erótico que le mandé donde un negro se folla a una chica en un viaje con el concentimiento de su marido y me respondió que le encantaría. Me dejó muy exitado, no lo hemos hecho pero es muy posible que lo lleguemos hacer. Creo que será un placer tanto para ella como para mi verla haciendolo y participando también yo que es lo que ella desea.

  2. muy buen relata amigos los felicito alos dos y pues desgraciadamanete no todos tenemos la usrte de tener una esposa que guste de ese estilo de vida ,fantacias o experiencias y le dire que hay varios le comento que tnego esa fantacia yme rrecomiendan hacer puras pendejadas que no van pues se supone que esto deve de ser en comun acuerdo con nuestras parejas u no forzarlas ni mucho menos darles ah beber cosas para que ellas no tnegan nocion ni consiencia de lo que paso asi que los felicito amigos le mando un cordial saludo desde teziutlan estado de puebla mexico

  3. Me ha gustado mucho vuestro relato , yo tb tuve una experiencia parecida con mi marida y un chico arabe que conocemos en una playa nudista en Menorca . Besos

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