El silencio es casi insoportable. Solo el ladrido entrecortado de un perro a lo lejos, perdido en algún lugar de la noche, me dice que todo esto no es una pesadilla, que mi cuerpo entumecido es real, tan real y sólido como la lápida que esta frente a mí. Me dan ganas de llorar, pero no encuentro el motivo. Intento escapar, irme de este lugar, pero algo más fuerte que yo me lo impide. Algo que emana desde esta tumba anónima y que me obliga a permanecer expectante a pesar del temor que me provoca. Miro a mi alrededor y solo distingo las siluetas de los árboles a través de la neblina, casi tan fantasmagóricos como mi solitaria figura recortada por la débil luminosidad de una luna que se desvanece. Entonces, y sin poder contenerlas, mis lágrimas comienzan a deslizarse tibiamente por mis mejillas…

Repentinamente, a mi espalda, salida desde algún punto de la oscuridad, una mano se posa suavemente sobre mi hombro y me interrumpe bruscamente sacándome con horror de mi especie de trance. Giro instantáneamente, en un reflejo automático, hasta quedar frente a un rostro desconocido, semioculto tras una espesa barba que me hace ir hacia atrás en pánico, dando un traspiés que casi me hace caer sobre la lápida. Un nuevo movimiento de su brazo me lo impide…

– No te asustes –me dice con un tono familiar que me desconcierta.
– ¡Suéltame! –le grito mientras trato de quitarle su mano que me tiene cogida del brazo- ¡Suéltame!
– No me gusta verte así…
– Por favor, no me hagas nada…
– No temas. Jamás osaría hacerte el menor daño…

Me sorprendo haciendo un gesto nervioso que lo mantenga alejado de mí, a la distancia de mis brazos. Entonces, mirándome dulcemente, me pide que deje de llorar, que no hay motivo para ello, que seguramente en mi nueva condición he olvidado algunas cosas de mi pasado, pero que él me conoce muy bien, que siempre ha estado a mi lado cuidándome…en secreto…

– Te juro que no entiendo –le digo tapándome el rostro con mis manos.
– No quiero confundirte más –me dice acercándose, tratando de alcanzarme con sus brazos – Dame solo una oportunidad…
– No, no…no…

Lo niego ya sin fuerzas casi esperando que me abrace. Algo en él me calma, me hace confiar. Aún así me resisto, pero inexplicablemente termino dejándome rodear, exhausta, entre sus brazos. Brazos fuertes que me aprietan suaves y firmes a la vez y me dejo apoyar sobre su pecho y eso me hace sentir segura y me tranquiliza y me hace sentir mejor y mis lágrimas cesan y…

– Dime quien eres ¿Por qué me siento así contigo? –te pido mirándote hacia arriba un poco avergonzada de encontrarme con tu mirada.
– Eres una chica muy dulce…
– Contéstame, por favor..
– No es el momento aún. Solo ten la seguridad que soy tu especie de guardián, un visir lejano que vela por tu felicidad…deja que te guíe tu intuición…
– Pero…

No me deja seguir. Su dedo se posa sobre mis labios y me aprieta fuertemente contra su cuerpo. Algo en ese abrazo me da pena, como si fuera uno de resignación. No sé que pensar, tengo tantas preguntas sin respuesta, tantas piezas que no encajan y su mirada triste no me ayuda. Entonces me separo de él sin dejar de mirarlo ¿Por qué no puede decirme nada? Necesito tanto saber que es lo que me pasa, qué es este sentimiento, por qué me siento tan bien entre sus brazos…

– Sé que todo debe parecerte tan confuso –me dice acercándose unos pasos.
– No te acerques, por favor –le suplico- Es tu presencia la que me provoca todo esto…
– No…lamentablemente te equivocas.
– ¡Basta…no ves que me haces sufrir! ¿Si quieres mi felicidad por qué me haces esto?

Sin responderme, siento como me mira con infinita ternura, mientras bajando su rostro, como disculpándose, comienza a descubrir su antebrazo. Y sin que yo pueda creer lo que sigue, lo veo herir su muñeca desde la cual comienza a brotar un hilo se sangre…

– Ven –me dice mientras lo miro desconcertada- Acércate…

Entonces algo sucede conmigo. La vista de su brazo herido, de su muñeca sangrante me estremece. Una sensación de vértigo se apodera de mí, me enceguece y un segundo después me descubro pegada a su muñeca succionando su tibio líquido, sintiendo un fuerte bombeo que se funde con los latidos de mi corazón.

La presión de su mano sobre mi frente, despegándome de su antebrazo, pidiéndome dulcemente que ya me detenga, me hace volver en mí…

– Es suficiente querida niña –sigue agregando mientras con una de sus manos limpia mi boca húmeda y enrojecida, y entonces comienzo a comprender…
– Entonces es esto lo que me ocultabas…pero…¿cómo ocurrió? ¿Qué me has hecho?…
– No te exaltes. No fui yo. Aunque hubiese sido un honor. Más bien creo que esta noche me lo has hecho tú…
– ¿Qué? Pero…
– Escúchame…tengo que confesarte que esto no debería haber ocurrido, pero nunca deberás olvidar lo mucho que te he querido. Que todo esto lo he hecho con la intención de quedarme a tu lado por toda la eternidad. Me he dejado morder para volverme uno más de tu especie y así seguir contigo a lo lejos…cuidándote en secreto…
– Pero…
– No digas nada, no hay tiempo. Solo recuerda mis palabras y todo el cariño que siento por ti…ahora mira hacia atrás tuyo…

Quizás fue el énfasis con que lo dijo o aquella lágrima que comenzó a escurrirse por su rostro, pero sin perder tiempo miré hacia mis espaldas, hacia la noche, hacia la profunda oscuridad donde pude divisar como una alta y delgada figura envuelta en un largo abrigo comenzaba a recortarse entre la neblina. Un escalofrío recorrió mi cuerpo entero. Entonces miré hacia donde hasta hace un momento estabas tú, pero habías desaparecido. Volví a mirar aquella enigmática silueta. Su bello y pálido rostro acercándose hacia mí con su mirada penetrante, inquietantemente seductora, fija sobre la mía. Con una intensidad tal que me hizo bajar la vista hasta fijarse en la lápida que siempre estuvo delante de mi. Algo había cambiado. Algunas letras impresas en la losa habían aparecido, unas bellas letras que en estilo gótico mostraban mi nombre…volví a mirar la etérea figura que estaba cada vez más cerca, pensé en aquel misterioso visir y al fin comprendí todo…

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