La flor de la Inocencia

NeoPene

Primera parte

NeoPene

Hacía los deberes en el gabinete, sentado frente a la angelical Marisa. No había pasado una semana que ya estaba enamorado hasta las cachas de mi preciosa y seráfica compañera que, por entonces, preparaba el curso de ingreso al bachillerato.
Era muy tímida, no se atrevía a mirarme con sus preciosos ojos azules de pestañas largas y curvadas. Y yo, por hacerme el simpático, hacía tantas payasadas que ni Charlot las hubiera mejorado. Se reía con una risa tan cantarina como un cristal de Bohemia. Me tenía embobado. Lástima que fuera tan apocada.

Un día me miró fugazmente, bajó de nuevo los ojos con timidez y continuó con sus ejercicios y una media sonrisa en los labios que acabó de embobarme.
Si mal no recuerdo creo que fue al día siguiente mientras realizaba un dibujo a lápiz que exclamó de pronto:

â?? ¡Vaya por Dios!
â?? ¿Qué pasa, Marisa? â?? pregunté levantando la cabeza.
â?? Se me ha caído el lápiz en la alfombra.
â?? No te preocupes, yo te lo recojo.

Me agaché bajo la mesa, mirando a un lado y al otro buscando el lápiz. El lápiz no aparecía, pero lo que sí apareció ante mis atónitos ojos fueron sus muslos tan separados que se le veía claramente, al no llevar bragas, el imberbe y carnoso sexo, tan cerrado como el de la virgen que seguramente era. Mi corazón se paró un segundo, encabritándose luego como un potro salvaje, aunque no fue lo único que se encabritó.

¡No podía ser! ¿Cómo era posible? Mi inocente alondra, mi virgencita de ojos cándidos y azules me estaba enseñando su flor de pasión con todo descaro. No podía creerlo, pero no había más remedio. Lo tenía delante de mis narices.
Hipnotizado como un pajarito por una serpiente, estuve un buen rato mirando sin moverme. Un buen rato estuve sin que ella hiciera otra cosa que balancear sus preciosas y rellenitas piernas. Tenía unos muslos regordetes fantásticos. Y de pronto la oí exclamar:

â??¡Uy, qué tonta soy, si lo tengo en la falda!

En vez de aproximarme y acariciárselo, que era seguramente lo que esperaba, salí de debajo de la mesa colorado como una guindilla. Me senté mirándola de refilón, esperando encontrar algún signo de turbación. ¡Una mierda! Se mostraba tan angelical como si acabara de comulgar.
Se mordía la punta de la lengua mientras dibujaba de nuevo, tan seráfica y encantadora como siempre.

Ya no podía concentrarme en mi ejercicio. Intentaba mirar las letras pero no las veía. La miraba furtivamente de cuando en cuando esperando no sé qué. Me dije que, si volvía a caérsele el lápiz, no me quedaría hipnotizado de nuevo. Lo que pensaba hacerle no es para contarlo, pero no pararía hasta que se le saltaran las lágrimas de placer. Pero no se le cayó. No, sin embargo, la oí preguntar sin levantar la cara del dibujo:

â?? ¿Te ha gustado?
â?? ¿El qué? â?? pregunté como un imbécil.

Y sin levantar la cabeza del dibujo, susurró:

â?? Lo que has visto debajo de la mesa, tonto.
â?? Ya lo creo.
â?? ¿Y por qué no me enseñas el tuyo?

Me quedé como el que ve aterrizar un extraterrestre en su dormitorio. Pero me repuse rápido. Me saqué la tiesa herramienta y, en un momento de inspiración, comenté:

â?? Se me ha caido el lápiz en la alfombra.

Dejó el dibujo, se deslizó de la silla al suelo y me quedé esperando muy excitado. Supongo que es fácil de comprender. La oí que exclamaba en voz baja:

â?? ¡Madre mía, que barbaridad!

Permanecí en silencio. No sabía que decir.
De pronto sentí sus deditos recorriéndola de arriba abajo, estirando el prepucio hasta que todo el glande quedó al descubierto. Me incliné en la silla hacia atrás para ver que hacía y vi que se la acercaba a la boca intentado tragarla. Solo pudo meterse la punta del glande pero lo chupó como si fuera un pirulí.

¡Por Júpiter Capitolino! Aquella angélica y seráfica criatura de doce años me la estaba chupando con más ansia que Doña Nuria. Casi se tragó el glande entero, volvió a soltarlo y se pasó la palma de la mano por los labios húmedos de saliva. Ya no esperé más. Me deslicé bajo la mesa y le pregunté:

â??¿Quieres que te lo chupe yo a ti?
â??Bueno â??respondió tan tranquila.

Y allí, debajo de la mesa, sobre la alfombra, se montó encima de mí separando sus preciosos muslos para dejar delante de mi boca su cerrado sexo de virgen. Lo abrí con los dedos. Su carne íntima tenía un color rojo intenso y un sabor delicioso a marisco. Acaricié con la lengua su encantador botoncito, duro como una piedra, y comenzó a temblar y a estremecerse en cuanto se lo aspiré titilándolo con la lengua. Se corrió en seguida. Su esmegma tenía un saber a mantequilla salda algo amarga. Volvió a correrse de nuevo antes que yo. Cuando lo hice, mi miembro saltó en su boca como un caballo salvaje y ella lo agarró con las dos manos por la raíz para mantenerlo quieto, mientras seguía chupándome y corriéndose hasta que sentimos pasos por el pasillo.

Volvimos a nuestras sillas como rayos, enfrascándonos en los deberes tan intensamente como si tuviéramos que resolver la cuadratura del circulo. >

La puerta del gabinete se abrió y entró Doña Luisa con la merienda de la nena. Su vasito de leche, su tostada con mantequilla y mermelada y una servilleta azul celeste que hacía juego con el vestido de raso y organdí de la preciosa criatura. La nena, con virtuosos modales dignos de la más consumada actriz, apartó los libros y el bloc de dibujo para merendar despacito y con mucha corrección Todo un poema.

Continuará.

Relatos Similares:

  • No hay relatos similares
NeoPene

1 comentario en “La flor de la Inocencia

  1. fantasia o verdad…. te felicito por escribir un relato que aborde la sexualidad a una edad previa a la permitida legalmente…. tengo experiencia en ese tema y te digo, sucede muchisimo mas de lo que la hipocrita sociedad esta dispuesta a admitir.

    gracias por abordar ese tipo de sexo y por hacerme volver a vivir con mi imaginacion algunas situaciones similiares

Deja un comentario