La conocí en el metro

Mi nombre es Juan; tengo 30 años, soy de estatura mediana y no soy lo que se diría un Adonis, más bien soy delgado, moreno y no muy atractivo, por eso me sorprendió lo que sucedió ese día.Hacía ya mucho tiempo que no me subía al metro, pues como tengo un buen empleo y un auto, no necesito del transporte público; pero ese día tuve que dejar el auto en el taller para que le hicieran el servicio y como iba a ser tardado, lo deje desde en la mañana y regresaría por él en la tarde. Para mi mala suerte, tuve que salir de la oficina a hacer un encargo y después regresar; hice el encargo y para regresar me subí al metro.

A la hora que me subí, no iba mucha gente, así que alcancé asiento y me puse a leer el periódico. Dos estaciones más tarde, el vagón se llenó con un montón de muchachos y muchachas que acababan de salir de la escuela, ya que todos iban uniformados.

NeoPene

Junto al asiento en el que yo iba, había uno de dos plazas, en él se sentaron un chico y una chica de unos 16 años ambos, que parecían novios, nada más que se llevaban un poco pesado, pues el chico al subir la empujó a ella para sentarse primero y todo el camino iban jugando a empujarse y diciéndose cosas fuertes; pero luego se besaban y jugueteaban.

Noté que el chico de repente quería pasar su mano por debajo de la falda de ella, pero ella nunca lo dejó; también noté que la chica me miraba de reojo. Yo disimulaba con el periódico, pero la verdad es que iba entretenido viéndolos a ellos y viendo los muslos de la chica, que para su edad iba demasiado pintada; llevaba una falda tableada muy corta; la blusa blanca de la escuela la llevaba desabrochada de los botones de abajo y anudada debajo de sus tetas, enseñando su ombligo e iba peinada con dos simpáticas coletas.

Llegamos a la estación en la que me tenía que bajar, pero no lo hice por dos motivos: el primero, que estaba muy atento viendo como el chico quería fajársela y quería ver en que terminaba, si él podría lograr su objetivo o ella lograría contenerlo, y el segundo, porque tenía la verga tan parada que no me podía mover sin que se me notara, así que me quedé sentado.

Dos estaciones más adelante el chico se levantó, le dio un beso a la chica y se bajó del tren. Me alegró un poco que él no lograra lo que quería. Me concentré en la lectura del periódico pensando en bajarme a la siguiente estación, pero una mirada sobre mí me hizo voltear; la chica me miraba insistente y coquetamente; le sonreí y me levanté; de inmediato me imaginé que sucedería si yo tuviera una aventura con una chiquilla así, a la que casi le doblaba la edad y me sacudí la idea de mi mente, pues mi verga ya comenzaba a levantarse de nuevo.

Me bajé del tren y como el andén se encuentra en medio de las vías de los trenes que van en diferentes direcciones, caminé hacia el otro lado para tomar le tren de regreso. En eso, escuché una tenue voz a mi espalda que me decía: â??Disculpa, ¿podría hablar contigo?â?; volteé y grande fue mi sorpresa al ver a la chiquilla del tren anterior sonriéndome con las manos cruzadas adelante, a la altura de su falda y meciéndose como una niña.

â??Si, dimeâ?, respondí, sin salir de mi sorpresa.
â??es que… bueno, me da un poco de pena, pero quería pedirte algoâ?
â??A ver, dime, si puedo, con gusto te ayudoâ?.
â??Bueno, lo que pasa… es que… eh… pues verás, ya me tengo que ir, pero aquí por donde salgo el rumbo está medio feo y un poco peligroso y, pues, a veces hay unos chicos que me molestan al pasar y yo pensé que… tal vez… si tu me acompañaras, iría un poco más seguraâ?.

Era evidente que la niña estaba inventando algo para que yo la acompañase, pues el rumbo no era tan feo y ella bajaba ahí todos los días, supongo; además, ¿porqué pedirle ayuda a un desconocido que apenas había visto en el metro y no a su novio que apenas se había bajado una estación antes? Pero me pareció buen pretexto para acompañar a la muchachilla y ver que información me proporcionaría para vernos en un futuro.

Salimos del metro.y caminamos sobre una avenida muy concurrida y sobre la cual hay muchos hoteles; empezamos a platicar; dijo llamarse Esmeralda, pero que podía decirle â??Esmeâ? y que tenía 18 años (desde luego que estaba mintiendo, era notorio que tenía unos 15 o 16 años, a lo mucho 17, pero no creo que llegara a esa edad); dijo también que el muchacho que iba con ella en el metro no era su novio, que él quería serlo, pero ella no quería tener novio pues prefería dedicarse a la escuela (otra mentira).

Me di cuenta de que la chica era bastante mentirosilla, supongo que quería impresionarme; por lo tanto, yo también comencé a decirle unas cuantas mentirillas; por ejemplo, le dije otro nombre, le mentí acerca de donde trabajaba y que hacía e incluso le di un número de teléfono erróneo.

En la plática ella me insinuó que ya había tenido sexo; yo puse en entredicho esto y ella, al ver que no le creía me dijo que me lo demostraría como fuera. Esa fue una oportunidad que no desaproveché y la reté a demostrármelo; ella preguntó como y yo le dije que entráramos a un hotel para ver si era cierto; está por demás decir lo caliente que ya me encontraba.

La chica dijo que no entraría a un hotel con un hombre que acababa de conocer y le dije que estaba bien, que respetaba su decisión, pero que no le creía que ya no fuera virgen. Esto picó su orgullo, pues me dijo que iría conmigo siempre y cuando solo fuera para demostrarme que estaba equivocado y yo le dije que estaba de acuerdo.

Entramos al siguiente hotel que encontramos, di un nombre falso al encargado que no dejó de mirarnos todo el tiempo; supongo que vio que la niña era menor de edad, pero no me dijo nada.

Subimos a una habitación y entramos; la chiquilla se sentó en la cama y me preguntó como le haríamos para que me demostrara que ya no era virgen; yo le respondí: â??No sé, tu debes saber que es lo que me tienes que enseñarâ?. Ella dudó un momento y me dijo: â??pues… te enseñaré la vaginaâ? y le dije que no sería suficiente, que yo tendría que meter un dedo para verificar que ya no tuviera himen, a lo que ella respondió que solo si le prometía no lastimarla y detenerme cuando ella dijera; ya que ella me había dicho tantas mentiras, le dije una más; le prometí que solo metería mi dedo hasta comprobar lo que me dijo y luego lo sacaría. Pero de inmediato se me ocurrió otra idea; le dije que teníamos que apostar algo; ella preguntó que tenía en mente y le dije que si ella me había dicho la verdad, es decir, si no era virgen, le daría doscientos pesos, pero que si era mentira, entonces ella me dejaría besarle los senos.

La muchachita lo pensó por un momento, al verla dudar le dije: â??Ya sabía que me estabas mintiendoâ?, ella de inmediato lo negó y me dijo que estaba de acuerdo con la apuesta. Me puse nervioso, pues pensé que si había aceptado la apuesta, tal vez estaba diciendo la verdad, pero decidí que doscientos pesos era poco dinero por meterle el dedo y tal vez… algo más.

Le pedí que se quitara la falda y la tanga y ella obedeció; la hice acostarse en la cama y abrir las piernas; noté que ella sudaba nerviosa y cerró los ojos al momento que me dijo que lo hiciera despacio, yo le prometí que si se relajaba no le dolería.

Preparé mi dedo medio para meterlo en la panochita de la chica. Lo coloqué en la entrada de ella y noté que estaba sumamente seca; le dije que se relajara para que fuera más fácil y que el sudor ya perlaba su frente; tomé un poco de lubricante que encontré en un cajón del cuarto y me lo unté en el dedo; volví a intentar meterlo y fue un poco más fácil; poco a poco lo fui introduciendo en la panochita de la chica que apretaba los labios y clavaba las uñas en las sábanas.

Por fin logré meter el dedo lo suficiente y logré sentir que chocaba con algo; no supe si era un himen o no, pero le dije a la chica que ya lo había encontrado. Ella me dijo que no era cierto, que me fijara bien, para esto, ya tenía las mejillas rosadas y había colocado sus manos en sus pechos, los masajeaba discretamente, como tratando de que yo no me diera cuenta. Empecé a mover mi dedo dentro de ella y sentí como se empezaba a lubricar y noté que mi dedo se mojaba; lo saqué un poco y vi que se había manchado de sangre; orgulloso se lo mostré a Esmeralda y le dije que le había ganado, que tendría que pagar la apuesta. Ella se hizo la extrañada, pero al final aceptó que había mentido y me dijo que podía besarle los pechos; pero yo había vuelto a meter mi dedo y ella no dijo nada, solamente gimió; le dije que se quitara la blusa y lo hizo, me incliné sobre sus pechos y empecé a lamerlos; ella de nuevo cerró los ojos y gimió de placer; yo aproveché para desvestirme con la mano libre; lo cual fue bastante complicado, pero ya no la dejaría ir.

Quedé desnudo y ella estaba prácticamente igual; después de besarle los senos le besé el cuello mientras me acomodaba para que mi verga parada sustituyera mi dedo en su panochita, prácticamente no encontré resistencia hasta que ella sintió mi verga en la entrada de su panocha; en ese momento me pidió detenerme e intentó empujarme, pero yo estaba encima de ella y no la dejé rechazarme; con mis manos detuve las suyas, aunque tal vez no era necesario, pues no había mucha fuerza en su rechazo; así que mi verga poco a poco entró en su panocha mientras la besaba en la boca con mi lengua enredada en la suya.

Una vez que entré totalmente, empecé a moverme adentro y afuera, solté sus manos y coloqué las mías en la cama, a los lados de ella; me levanté un poco, liberándola de mi peso y seguí entrando y saliendo de ella, primero despacio y luego más fuerte; Esmeralda también comenzó a moverse gozando con la entrega y fue cuando me abalancé de nuevo sobre sus pezones; los besé los lamí, los mordisqueé y al parecer eso levantó la calentura de la chica, pues unos minutos después gimió más fuerte y soltó un gran grito mientras su panocha me mordía la verga; sus ojos se abrieron como platos y luego se cerraron con fuerza. Supe que la chica había llegado a su primer orgasmo.

Seguí metiéndosela un buen rato, hasta que unos diez minutos más tarde sentí que me venía y sin salirme de ella solté grandes descargas de leche al tiempo que le apretaba las tetas; ella gimió, pero no se quejó. Al terminar, la solté y me derrumbé a un lado de ella. Saqué un cigarro mientras ella me miraba; me preguntó que pensaba de ella y yo le dije que nada, que solamente es una mujer que necesitaba cariño y yo se lo di. (Que buen rollo me aventé).

Un poco más tarde nos vestimos y nos fuimos; la acompañé a su casa, pero me pidió que la dejara a una cuadra para que no tuviera problemas. Ya ni regresé a mi oficina ese día, por lo que me gané una llamada de atención, pero valió la pena. No he vuelto a saber de la chavita, ni me he vuelto a subir al metro.

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