LA PRINCESA DE VEGETASEI (4)


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El casto aunque atrevido beso de la Princesa fue interrumpido abruptamente por Zarbón. – Aguardad… – La frenó sin saber qué decir o hacer. Por primera vez en mucho tiempo se sentía bloqueado. Veget le miraba atenta esperando una resuesta afirmativa a su ruda “petición” de matrimonio. De haber sido cualquier otra persona la que tenía en frente tan sólo la habría despedido con la advertencia de jamás volver a tocarle, pero se trataba de la chiquilla que había criado desde que era apenas una niña, y la situación resultaba ser súmamente delicada.

Por un lado, debía cumplir con la misión que Freezer le había encargado, sin olvidar que estaba en aquel planeta en calidad de emisario de su Maestro, y que las competencias que le habían sido asignadas eran exclusivamente asegurarse de que los saiyajins eran controlados adecuadamente y que su lealtad al Imperio no se viera resquebrajada en momento alguno.

Involucrarse sentimentalmente estaba implícitamente prohibido, y en esos momentos estaba pisando arenas movedizas. Si se descubría de algún modo los planes que tenía para ayudar a la Princesa, la ira del Rey Vegeta se desataría y posiblemente, una rencilla contra el Imperio que podría tener consecuencia nefastas. Si eso sucedía, la siguiente ira en estallar sería la de Freezer, y a esa había que temerla… Racionalmente lo mejor era olvidarse del destino de esa niña y disfrutar de su cómoda vida palaciega. Pero encontró que no podía ser tan frío en este punto de su vida. La Princesa sería la siguiente Reina y máxima gobernante de Vegetasei y él se iba a encargar de ello.

– Escúchame bien. – La tomó de los hombros rindiendola sobre la cama aprovechando la enorme fuerza que su cuerpo musculoso y bien entrenado le otorgaba.

La chiquilla se retorció en su agarre de modo rebelde ignorando la protesta que sus doloridas costillas le enviaba. – ¿Quereis ser la futura Reina de este planeta?. – Preguntó encarándola.

La lucha cesó tras esa declaración. – Si. – Afirmó con fuerza en su voz, con esa fuerza que sólo las personas avocadas al triunfo poseen.

– Pues entonces, escuchad atentamente lo que tengo que deciros. En primer lugar no sabeis de la vida nada, ni de las almas, ni de los cuerpos. Os jactais de vuestra inteligencia, cuando lo único que teneis son conocimientos teóricos en todas las disciplinas y prácticos tan sólo en las artes marciales. –

La ira de los ojos azules comenzaba a evidenciarse ante tan duras declaraciones pero el deseo de saber dónde quería llegar con aquel discurso la obligaba a permanecer en silencio.

– Si quereis llegar a gobernar a los Saiyajins tendreis que aprender cosas prohibidas, cosas… que nadie debe descubrir que estais aprendiendo. –

Zarbón recordó de pasada cómo él mismo había aprendido todo lo que sabía…

Con apenas 9 años de edad, su planeta fue conquistado por el Imperio. Acabaron con su especie, en una lucha terrible y sangrienta que duró tan sólo dos días.

Era costumbre de Freezer ordenar que se guardase un especimen de cada una de las especies que eran extintas por su Imperio, y así fue como uno de los generales le tomó prisionero antes de exterminar al resto de la población. – Eres muy hermoso para ser un macho. – Le dejó caer con un tono lascivo y una mirada que le paralizó de terror.

Ingresó en su cuerpo de esclavos particular y padeció sus abusos físicos, psicológicos, y después sexuales. Pero se prometió a sí mismo que acabaría por destruirle, que ascendería a lo más alto y le aplastaría como a un insecto haciéndole pagar por la destrucción de sus congéneres, tanto como por la destrucción de su infancia y de su vida. Así fue como se dedicó a aprender, observar, vigilar, intrigar, aguardar…

Apartando cientos de alegaciones mentales, tanto como el dolor de sus brazos machacados por la fuerza de Zarbón, quien parecía estar absorto en miles de pensamientos, la curiosidad la pudo por encima de los deseos de replicar. – ¿Qué cosas me enseñarás?. –

Vovió a la realidad con la nueva pregunta aflojando el agarre de sus dedos al darse cuenta de a quien estaba sujetando. – Debo tener vuestro juramento solemne de que jamás direis a nadie acerca de lo que voy a enseñaros. –

Pensó unos instantes. En su mirada se leían cientos de posibilidades, y un intento de descrifrar el misterio sin necesidad de recurrir a un juramento de caracter sagrado. Después de una mirada fija en los ojos ambarinos del guerrero asintió. – Lo juro solemnemente. – Sabía que podía confiar en Zarbón.

El guerrero de la trenza sonrió un poco soltándola, pero para desilusión de Veget, se levantó dispuesto a marcharse. Ya hablarían por la mañana cuando la capacidad de regeneración saiyajin hiciera efecto y sus heridas estuvieran más cicatrizadas. – ¿Dónde vas?. – Sacando fuerzas de flaqueza se levantó.

– Descansad. –

– NO. Quiero aprender eso que dices. – Gritó interponiéndose delante de la puerta.

La trenza de Zarbón se soltó por la velocidad del movimiento de la princesa haciendole recordar de nuevo un suceso de su pasado que le marcó profundamente.

Era un día caluroso en el planeta Celionar. Zarbón estaba practicando artes marciales en la parte de detrás de la gran mansión en la que servía. Los 45 grados de temperatura impactaban sobre la piel del muchacho, que ya era un hombrecito de facciones finas, y cuerpo de Dios griego, haciéndole sudar profusamente. Sus ojos ambarinos destellaban con cada golpe que enviaba a un oponente imaginario. – Acabaré contigo Sephar… ya encontraré el modo. – Juraba una y otra vez mientras su cuerpo semidesnudo, atabiado tan sólo por un escaso taparrabos de color blanco se inflaba en cada movimiento luciendo unos perfectos músculos. El sonido de la nave del dueño de la casa le impidió continuar sus árduos entrenamientos. Corrió a asearse sabiendo que si le veía sudado y sucio le castigaría duramente.

En la ducha, mientras el agua bañaba su cuerpo escultural, escuchó unas voces que se dirigían hasta donde él estaba. La cortina se abrió exponiendole a la vista del general y otro hombre que jamas había visto.

– Este es. – Indicó Sefhar con un gesto de desprecio.

El misterioso hombre habló con una voz ronca, susurrante y fría. – Sal de la ducha. – Zarbón deseó no haberse ido a duchar, pero ya era tarde para lamentaciones.

– VAMOS IDIOTA. ¿Crees que tenemos todo el día?. – Increpó su Amo.

– Lo lamento. – Susurró agachando la mirada y saliendo mientras trataba de cubrir con sus manos su entrepierna.

– Quita esas manos necio. – Cerró los ojos esperando el golpe pero sólo escuchó un sonido siseante cortando el aire.

– No. – Abrió los ojos y vió que la mano de su dueño había sido frenada por el látigo de su invitado.

Los ojos gris oscuro de quien manejaba tan diestramente el látigo le dieron un repaso de pies a cabeza analizando cada detalle de Zarbón con detenimiento. Su estatura era como la de él, sólo que su cuerpo era más delgado y estilizado, menos musculoso, y con todo, parecía ser más peligroso que todo lo que había conocido hasta el momento.

Sintió el tacto del látigo invitando a quitar las manos que le cubrían. Hipnotizado por la intensidad de sus ojos apartó las manos y creyó ver el destello de una leve sonrisa en quien le miraba. – Me lo quedo. – Entonces supo que había sido vendido.

Los ojos grises de quien más tarde supo que se llamaba Slash, se transformaron en unos azules espectantes recordándole nuevamente que todo aquello pasó hacía mucho tiempo atrás, que sólo eran recuerdos que ni siquiera el mismo sabía por qué le asaltaban en esos instantes.

– Mañana hablaremos. – En un intento de ignorarla la apartó y alcanzó el pomo de la puerta,

– Quiero empezar ahora. – La princesa le sujetó del brazo con fuerza. Sus uñas se clavaron en su piel debido al dolor que sintió al forzar de nuevo las costillas. La fiebre le impidió mantenerse en pie y Zarbón la tomó en brazos llevándola nuevamente a la cama.

Allí mirándo su expresión de dolor, mientras pasaba el paño húmedo sobre su frente ardiente, su mente se perdió de nuevo en sucesos de un pasado muy lejano…

Fue transportado a una nave espacial. Le encerraron en una celda de 2 metros cuadrados que le daba claustrofobia. La angustia de pensar qué clase de penurias le esperarían le aceleraban la respiración y el pulso. La celda se abrió por la noche, cuando debido al cansancio y al hambre se quedó dormido. – Sal. – Era esa voz nuevamente. La temió tanto como le intrigó. Y a su pesar, reconoció que aquel hombre le parecía excitante.

Obedeció y le siguió por los pasillos de luces lóbregas de tonos azulados hasta una sala ámplia con forma redonda. – Desnúdate. –

No rechistó y se despojó de la ropa que le cubría. – Tienes un cuerpo bonito, proporcionado, tus músculos están bien formados, tus facciones son finas, tienes una polla grande y tu piel mejorará con algunas cremas reparadoras de cicatrices. –

Le sorprendieron aquellos extraños halagos. – Gr… gracias. –

– Jajajaja. – Rió al escuchar el agradecimiento sentándose en un sillón enorme en el centro de la sala. – Mi nombre es Slash, aunque eso a tí no te importa porque jamás utilizarás mi nombre para hablarme. Puedes dirigirte a mi como Amo a partir de ahora ya que te he comprado a tu legítimo dueño. Ahora eres de mi propiedad, y debes saber que estas sirviendo a alguien que posee una de las fortunas más impresionantes del Universo. –

Hizo una pausa en la que le miró de arriba a abajo analizando sus reacciones, estudiándolo. – Mi vida es ociosa, despreocupada y dedicada al placer. Organizo fiestas bastante a menudo, y son famosas en todas partes las orgías que en ellas tienen lugar. Te he comprado porque eres único, el último de los que queda de tu especie, y esa rareza va a otorgar un caché superior a mis festejos, pero no tengas ninguna duda de que no repararé en matarte si veo que no cumples con las espectativas que en tí tengo puestas. –

Zarbón tembló interiormente y sintió una enorme verguenza de estar excitado ante él. Slash sonrió acercándose para tocar su pene erecto. – Si eres un buen muchacho y aprendes bien, te prometo que tu vida será muy llevadera y que gozarás de ventajas que hasta el momento sólo has podido soñar. Pero tu entrenamiento será duro. – Le apretó con fuerza el falo.

– ¿Entrenamiento?. – No pudo evitar preguntar aquello pese a saber que era una incorrección dirigirse a su Amo directamente y más para preguntarle.

– ¿Qué es lo que voy a aprender?. – Veget se había vuelto a despejar sacándole de sus recuerdos nuevamente. La situación era irónicamente similar, quizás por eso estaba recordando todo aquello, pensó Zarbón.

Aunque la prudencia la impidió hacerle pasar a ella por la primera sesión que él pasó. – Debo organizar todo para vuestra primera lección, lo cual no va a ser sencillo en absoluto… – De hecho ni él mismo tenía demasiado claro como iba a poder organizarla. Sobre todo porque lo que pretendía hacer con la princesa no era someterla, sino transformarla en una perfecta dominadora. ¿Sabría él hacer eso?. El lo era, pero aprendió desde el otro lado, desde el puesto del sumiso. ¿Debería aprender ella desde esa misma posición o podría enseñarla sin atravesar esa etapa?. Todo esto era nuevo para él. Había sido sometido y había sometido a muchos, pero no había enseñado a dominar a nadie.

– Acudid mañana por la noche, a las 12 en punto a mis aposentos, pero procurad burlar a la guardia real al escaparos y entrar por la ventana de modo que no os vea nadie. Hasta entonces disimulad y jamás hableis en público ni comenteis con nadie lo que os he dicho. – Se dió la vuelta de nuevo con el objeto de marcharse.

– ¿Por qué me apartaste así?. – Preguntó apenada y resentida refiriendose al beso roto.

Zarbón se arrodilló junto a la cama. ¿Estaba preparada para lo que él tenía en mente?. ¿Le haría un bien o un mal enseñándole un mundo que él aprendió a conocer por pura supervivencia?. ¿No se trataba también de supervivencia en su caso?. Miles de preguntas le atormentaron mientras Veget le miraba sostener una de sus manos acariciándola. La niña que aprendió a querer ya no era tal. Si no le enseñaba él, aprendería sóla, quizás del trato rudo de un marido que procuraría destruir cualquier atisbo de libertad en su alma. Eso la mataría. La conocía demasiado bien y sabía que si alguien trataba de aniquilar su esencia libre y salvaje, moriría aunque estuviera viva. El hombre de cabellos verdes la acariciaba como un hermano. Entristecido de tener que avanzar por un camino que esperaba que ella pudiera asimilar. – Nunca habíais besado a nadie, ¿verdad?. – Se conmovió de su virginidad.

– Nunca. – Reconoció ruborizándose.

– Mañana aprendereis a besar. Esa será vuestra primera lección, pero no seré yo con quien vais a practicar tales artes, sino con uno de mis hombres de confianza. –

– ¿Qué?. ¿Pretendes que bese a otro que no seas tú?. Me niego. No besaré a ningún otro. ¿Por qué?. – Sus ojos le recriminaban que pretendiese convertirla en una vulgar mujer que besa a cualquier desconocido. ¿Uno de sus hombres de confianza?. No entendía nada. ¿Qué hombres de confianza tenía él en Vegetasei?. Zarbón no tenía guardia personal, tampoco la necesitaba. ¿A quién se podría estar refiriendo entonces?. ¿Por qué se negaba a ser él quien la enseñara a besar?.

– Hoy aprenderás a chupar una polla correctamente. – Indicó Slash bajándose los pantalones. – Ven. – Su voz sonó más susurrante y seductora que nunca.

Zarbón se acercó arrodillándose delante de él y metió toda la longitud en su boca hasta que le llegó a la garganta. Sintió un sonido siseante y acto seguido, el escozor de una herida que el látigo había abierto en su espalda. Miró a su Amo con incomprensión. ¿Por qué?.

– Así no se hace esclavo. Hazlo con pasión, como si comieras algo que ansías más que vivir. Repítelo. – Las palabras inspiraron gran excitación en Zarbón quien volvió a repetir el proceso, sólo que esta vez comenzó a chuparlo con verdadero placer. Sintió unas manos acariciar su pelo. Era la primera vez que alguien le acariciaba desde que fue convertido en un esclavo. ¿Por qué?.

Y esa misma mirada de incomprensión la vió en los ojos de Veget. ¿Por qué?. – Pronto lo comprendereis, princesa… – Acarició su pelo. – No temais porque estaré en todo momento con vos, y os orientaré para enseñaros, por eso mismo debo veros desde fuera, y vos debeis practicar con uno de mis pupilos… – No era exactamente una verdad. Si en lugar de una princesa Veget fuese un príncipe, Zarbón no dudaría en ser él quien practicase con tan exquisito vocado, pero eso es algo que de momento no deseaba explicarle. Ella no entendía nada de nada. ¿Su pupilo?. ¿Enseñaba a algún otro?.

POM POM POM

Las nuevas preguntas fueron cortadas por una llamada en la puerta que sobresaltó a ambos. Algo serio debía estar sucediendo para que llegasen a molestar cuando ya era de noche.

Fueron congregados en la sala del Consejo de ancianos. En el centro de la misma permanecían abrazadas la Reina y su doncella, desnudas y ultrajadas por la mirada de unos espectadores implacables ante las demostraciones impúdicas, más aún por parte de la máxima representante de la realeza.

Veget no podía creer que quien estaba allí delante fuese su propia madre. La verguenza agena, el dolor de saber que un castigo terrible le acontecería la inundaron haciendo que su expresión delatase un profundo malestar, ya no sólo físico, sino mental.

– Mantened la mente fría princesa. – Advirtió Zarbón mirándola de reojo y casi en un susurro. – De lo que resulte aquí, a vos no os compete más que el silencio absoluto. –

– Es mi madre. –

– Si, vuestra madre, que jamás ha ejercido como tal más que para atormentaros. –

El silencio siguió a aquellas verdades tan dolorosas. Veget agradeció poder tomar asiento, porque de nuevo sus fuerzas estaban flaqueando. Lo que no podía evitar es sentir una tremenda rabia interior.

Una vez presentes los 13 ancianos, el Rey, con sus consejeros Zorn y Sullión, la Princesa con su tutor Zarbón, la avergonzada familia de Leek y algunos miembros de la nobleza, junto con los siempre presentes guardias reales, el juicio comenzó.

– Reina Leek, habeis sido acusada de un grave crimen de traición a vuestro esposo y Rey. Existen testigos que afirman haber presenciado una escena sexual en la que participaba vuestra doncella como contraparte. –

– ES CIERTO. – Gritó cortando el discurso del más anciano de los saiyajins. – Dado que el Rey, mi esposo era incapaz de satisfacerme sexualmente. – Sonrió al ver la cara de rabia de Vegeta. – Me tomé la libertad de solicitar ciertos servicios a esta doncella. ¿No tiene mi esposo sus esclavas de placer?. ¿Por qué no habría yo de gozar de los mismos privilegios?. No en vano, soy la Reina. –

El padre de Leek se levantó y clavando un puñal en su asiento se alejó de la sala. Todos sabían lo que significaba aquel gesto. Dejaba el puñal y lo ponía a disposición de los presentes para que con él acabasen con la vida de su hija. Había desonrado a su familia con aquellas declaraciones. Ahora sólo les quedaba el escaso bien de reparar tal afrenta a la sociedad, de pagar la verguenza con sangre.

Los hermanos, tíos, primos, incluso la madre de Leek, todos ellos se alejaron clavando sendos puñales en sus asientos, no deseando escuchar más de lo que ella estaba diciendo.

– ¿Es cierto que mi padre tiene esclavas de placer Zarbón?. – Preguntó Veget sorprendida.

– Si. –

– ¿Por qué castigan a mi madre así cuando ha cometido el mismo mal que mi padre?. –

Zarbón la miró con algo de miedo esperando que no se le ocurriese decir tales palabras en voz algo más alta. – Guardad silencio, más tarde os explicaré… –

– No es justo. –

– Princesa, clavad vuestro puñal en el asiento y abandonemos la sala, es lo mejor que podeis hacer. –

– No. – Susurró sin poder contener la rabia que sentía. “No es justo” se repetía, no lo sería aunque quien estuviera siendo juzgada no fuera su madre.

– Viendo la desverguenza de semejantes declaraciones, el Consejo la considera culpable de la pena de traición. No será necesario el testimonio de los testigos y se deja en manos del Rey Vegeta, verdadero afectado por las acciones de su esposa, imponer el castigo que estime oportuno, sin límite alguno en la sanción. –

Veget miró espectante a su progenitor. Rezaba interiormente para que no la condenase a morir. – La doncella pasará a formar parte de mi harem privado. –

– NOO. – Gritó Leek turbada. Amadis calló de rodillas al suelo llorando desesperada. Quería compartir destino con ella, si era morir moriría. Existía un cielo, y si era cierto serían felices en la otra vida. Pero el malvado Rey ni siquiera pensaba darles ese respiro.

– En cuanto a Leek, ya que parece que se siente insatisfecha, será entregada como hembra de desahogo a cuantos aquellos deseen poseerla, sin límite alguno de número o de práctica que deseen realizar con ella. Así pasará los próximos días, sin descanso alguno, sin alimento, ni agua, hasta que se produzca su muerte. –

Veget se levantó para protestar, pero ninguna palabra salió de su boca más que un grito de dolor al sentir que sus costillas habían sido definitivamente quebradas. Zarbón bajó su mano aún temblorosa por el movimiento rápido y sostuvo a la princesa que se dobló en el asiento sentándose nuevamente mientras le miraba con furia por el golpe propiciado.

El Rey miró la escena intrigado. Doncella y Reina fueron llevadas entre gritos, llantos y juramentos de venganza fuera de la sala. – ¿Qué le pasa a mi hija?. – Preguntó acercándose a su asiento.

– Según parece sus costillas salieron mal paradas de la batalla. – Explicó disimulando su tutor.

– Estoy bien. – Aseguró rabiando de dolor y tratando de ponerse en pie ayudada por Zarbón.

– Es una lástima, porque justo ahora me había comunicado Tirias su deseo de retaros a un duelo para desposaros. – La sonrisa de un triunfo seguro dolió más en el alma que Veget que las costillas fracturadas.

– Aguardad, Rey Vegeta… – El monarca miró amonestadoramente a Zarbón. – No podeis hacer tal cosa. –

– ¿Quien eres tú para indicarme lo que puedo o no hacer?. –

– Lo lamento, alteza, pero no soy yo, sino las leyes de su planeta las que me obligan a comunicaros como tutor de la Princesa, que su hija ha elegido un varón para que sea su esposo. –

– ¿Cómo?. – Vegeta no podía creer lo que aquel guerrero le decía. La princesa estaba también bastante perdida en el discurso aunque imaginaba por donde avanzaría la argucia. – ¿Quién es?. –

– Os lo presentaré dentro de 3 días. – Se apresuró a decir la peliazul. – Así lo mandan las leyes. –

– Leyes… leyes… – Maldecía el Rey. – Espero que sea digno de unir su sangre a la de la realeza. –

– Es un noble, fuerte y valeroso, de buena familia, padre. – Aseguró la princesa odiandose por estar diciendo todo aquello, y sobre todo por no tener a tal candidato en lista siquiera.

– Jurad entonces que os desposareis con él una vez os de mi visto bueno. –

– Cuando le deis vuestro visto bueno dentro de 3 días, pondremos fecha a los desposorios, y juro solemnemente casarme con él. – Aunque complacido, no estaba convencido de aquella situación. Miró a Zarbón unos instantes como pidiendo una explicación.

– El amor es así de extraño. La princesa ansiaba que ese joven se decidiera a combatirla para desposarla, sólo que aún no se ha decido, razón por la cual deseaba combatir con cualesquiera otros machos que la tratasen de conseguir. Pero dadas las circunstancias, hoy hemos estado hablando y su hija me ha confesado su deseo de sentar cabeza y contraer sus desposorios de una vez. – Explicación razonable, creible, la coartada perfecta…

– ¿Conoces al aspirante?. – Interrogó muy serio.

– Estoy absolutamente seguro de que se sentirá complacido con la elección de su hija. –

– Le he prohibido decir su nombre padre, no intenteis sonsacarle, porque ha jurado silencio solemnemente. – Intervino ella nerviosa de escuchar algún nombre que la comprometiera de antemano.

– Si no me complace, te lo advierto, yo mismo te romperé las costillas nuevamente por tu necia elección, y después tendrás que combatir contra Tirias igualmente. – La tomó de la ropa alzándola.

– Estoy seguro de que esas medidas no serán necesarias. – Declaró Zarbón exigiendo calma.

La soltó. Ella le miró desafiante. Ningún sonido de queja por el dolor que sentía. No le daría esa satisfacción. Sonrió complacido en la bravura de su sangre. – Haz que la atienda un médico. – Y se alejó de ellos.

Fue depositada en una cámara de regeneración. Por suerte que le había roto las costillas porque tenía también una herida interna bastante seria que le hubiera ocasionado serias complicaciones de no haber acudido al médico. Ahora a maquinar… pensó Zarbón, pero sin querer, de nuevo se le sumergieron la ideas en su mundo de recuerdos…

Estaba encadenado, casi colgado del techo por unos grilletes que lo sostenían al límite de lo soportable. Las paredes eran todas de espejos, ofreciendo una imagen perfecta de su cuerpo y dejándole presenciar el daño, los cortes, la sangre que le recorría por las piernas y por los brazos, por el culo y la espalda, por su torax amplio, por todo su cuerpo. Sus pies rozaban el suelo apenas de puntillas pero cada uno de los golpes le desestabilizaba y le hacía pender por completo de las muñecas.

– Ahhhh. –

– 77, 78, 79,… – Cada número era un latigazo que le marcaba las nalgas, la espalda, el pecho.

– Ahhhh. –

– 80. – Pero esta sesión de latigazos tenía algo que la hacía tormentosamente excitante.

Cada 10 latigazos le penetraba por el ano y le acariciaba el pelo susurrándole lo buen chico que estaba siendo.

“Lo estás haciendo muy bien” le decía. “Así me gusta”. Mientras le enculaba despacio con el mango grueso del látigo. “Aguanta un poco más…” Y otros 10 latigazos le calentaban el cuerpo haciéndole hervir de deseo.

– 81, 82, 83… – Pensaba que no sería capaz de aguantar otros 10 más. Se le salían las lágrimas y se sorprendió llegando a la conclusión de que tenía miedo de no aguantar, no por el dolor que sentía, sino porque si no lo hacía, jamás podría obtener el placer intenso que estaba conociendo.

– 84, 85, 86, …. –

– Ahhhh. – Gritaba exhaustó. “Sólo quedan 4 más…” se decía a si mismo.

– 87, 88, 89, …. – Su pene se erguió tremendamente y estaba seguro de que estaban brotando de él algunas gotas de semen. – 90. – Jamás nadie había tenido con él atenciones tan “especiales”.

“Todo esto lo hago para que aprendas”. Y moría por sentir el roce de sus manos heladas sobre la piel hirviendo por los golpes. Anhelaba el grosor de su pene en su culo entrando lentamente. – ¿Te gusta esclavo?. –

– Si, siii… – Reconoció al sentir como el mango del látigo le llegaba hasta el fondo. Quería más, deseaba que se lo clavase de un modo salvaje, sentir por detrás toda esa energía que ponía en cada latigazo. – Siiii. –

– 91. –

– Ahhhh. –

– 92. –

– Mas… –

– Jajaja 93. – El latigazo fue más fuerte arrancando un gemido de dolor largo seguido de llantos.

– 94, 95, 96, 97, 98, 99. – Estos fueron rápidos y seguidos de una pausa breve.

Zarbón jadeaba esperando el último de ellos. Slash estaba detrás de él. ¿Qué hacía?. ¿Le miraba?. ¿A que esperaba?. ¿Por qué le excitaba tanto aquella situación?.

– 100. – El golpe fue el más fuerte de todos y le sacó un aullido de dolor que se calmó después con un “Ssssss” en su oído mientras le introducía, ahora sí, el pene caliente dentro de su culo ensangrentado por los golpes.

– Ahora que has aguantado los 100, me has demostrado que mereces que te entrene. –

Y dicho esto, dos mujeres hermosas se le acercaron a lavarle las heridas mientras que lentamente, el Amo le penetraba haciéndole conocer el placer más intenso. Ese escozor mientras le curaban los cortes con una crema especial para que no quedasen marcas ningunas, mezclado con los sonidos que se escapaban de la garganta de su Amo ahora que lo estaba follando era tan delicioso y tan tremendamente erótico que él mismo derramaba semen a raudales y sentía como su verga permanecía erguida ansiosa por estallar.

Pero no se le permitió acabar. Su tortura iba a continuar muy pronto. Escuchó unos aplausos y las paredes de la habitación se descorrieron apareciendo tras ellas un público selecto que presenciaba todo sentado en unas mesas mientras bebían algunos afrodisiacos. – No me has decepcionado muchacho. – Le susurró al oído. – Se buen chico y da la bienvenida a nuestros invitados. –

– Bien… bienvenidos todos. –

– Y ahora que mi nueva adquisición está preparado, deseo invitar a mi muy querido y apreciado amigo… a nuestro Maestro, al cual todos seguimos, respetamos y amamos, a gozar de este muchacho que es único en su especie. Gran Freezer, se que os deleitais con aquellos que son los últimos de una raza, ha sido árduo encontrarle pero nada es poco comparado con el placer de ofreceros una sorpresa. –

La Reina fue atada sobre una gran piedra de madera. 10 saiyajins se aproximaron a ella con miradas hambrientas de lujuria. Mientras tanto, Amadis había sido conducida a lo aposentos del Rey. Ahora le iba a demostrar a esa doncellita lo que es follar.

Continuara…


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Author: zedionne

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