LA PRINCESA DE VEGETASEI (2)

Por
3 julio, 2019 12:37 pm

Contiene BDSM, sexo gay, lesbianas, heteros, virgenes, salidas, malvados, violaciones, orgías, etc. Segundo Capítulo.

– Ahhhhhhhhhhhhh. – El público gritaba ensordecedoramente desde las gradas de un enorme círculo que encerraba la arena de combate.

Abajo de ese estadio enorme, en un espacio de 100 metros cuadrados, luchaba una mole de más de dos metros de altura y de gran musculatura, contra una chiquilla que apenas podría pesar la carne de una de las piernas de su oponente.

Sus ojos azules como el cielo, tan dulces y hermosos engañaban a los incautos que tenían la desgracia de subestimarla, hacían ver a la Princesa como un bocado exquisito, sencillo de dominar, más sus pupilas encerraban la furia de un alma tan rebelde, contradictoria y salvaje, que hasta el momento, nadie había logrado derrotarla en la arena. Su pelo era azul, largo hasta la cintura estrecha, que dejaba adivinar un cuerpo muy distinto al de las hembras saiyains típicas. A diferencia de ellas, de corpulencia más andrógina, la princesa poseía una rara belleza extremadamente femenina y sensual. Su musculatura no era tan desarrollada, pero la hibridación saiyain humana, le aportaba una fuerza incomparable. Sus pechos eran grandes, separados y tersos, piel blanca y cuerpo esbelto de caderas marcadas aunque no excesivas. Era el vivo retrado de su madre, heredera de su inteligencia además. Su apariencia humana sólo se alteraba por la presencia de una cola de mono marrón con la que jugaba haciendo las veces de señuelo inconscientemente erótico para distraer al enemigo, eludiendo por cierto, la pose correcta y oficial, que mandaba llevarla siempre enrollada en la cintura.

Sus facciones eran delicadas al punto de hacerla ver como una princesita de cuento a falta de una diadema de flores para adornar sus delicadas formas. Sus manos eran tan suaves y finas como las de una pianista. ¿Quién podría adivinar que detrás de ese aspecto débil e ingenuo se escondía un alma tan violenta y turbadora?. Vestía un traje de combate constituido por un cuerpo ajustado tipo bañador que dejaba poco a la imaginación. Las manos al descubierto de guantes, algo inusual en una saiyain de la realeza, pero que hacía por llevar la contraria, y unas botas blancas y negras hasta la rodilla completaban un atuendo realmente excitante.

Quien tenía en frente era opuesto a lo descrito, un ser enorme, una mole de músculos sin fin con facciones duras, mirada heladora y rasgos bastos. Debía doblarla en edad, y aparentaba cuatriplicarla en fuerza, a juzgar por su aspecto. Pero este, a diferencia de otros gigantes contra lo que había luchado, tenía fama de ser un experimentado guerrero, elogiado con medallas de honor por sus méritos en la dirección de batallas complejas contra enemigos difíciles. Debía tener algo de cerebro por lo tanto, y no convenía subestimarlo.

Todo se hizo silencio de repente, cuando la daga fue arrojada a la arena por el mismo Rey.

La lucha comenzó cuando la punta tocó el suelo, con el ataque de Talos. Fue contundente, esperaba pillarla desprevenida con una entrada fuerte, pero su puño se perdió en el vacío y el golpe que jamás conectó con su blanco, apenas arrancó una risita irónica en la bella ninfa burlona. El público dijo un ohhh colectivo.

– Ese idiota va a caer en su trampa. – Juró un saiyajin con el ceño fruncido que pertenecía al grupo de los vencidos por la princesita.

– Si. – Asintió el otro. – Esa niña merece que alguien la ponga en su sitio, pero Talos no tiene nada que hacer, ella es mucho más rápida. Sólo juega a cansarle y deprimirle impidiendo que ninguno de sus ataques la toquen. Pobre infeliz… seré yo quien la venza y la despose. – Aseguró orgulloso.

– JA. ¿Olvidas la paliza que te dió Cum?. – El aludido agachó la cabeza y apretó los dientes por la rabia de recordarlo.

El silencio sumó a ambos jóvenes mientras observaban los ataques de energía, el juego de brazos y piernas, las maniobras de acrobacia imposible que efectuaba ella para esquivar al adversario, el derroche de golpes que jamás lograban alcanzar su objetivo. La gente de la grada comenzó a abuchear al guerrero ineficaz. Las pocas mujeres que visualizaban el espectáculo reían hasta que sus ojos se llenaban de lágrimas y aplaudían como locas apoyando a su heroina.

El Rey Vegeta se levantó enojado de su asiento. Esa maldita niña volvía a contradecirle. La princesa se distrajo en ese instante y zas, un golpe la envió al suelo de bruces para exaltación del estadio, conformado mayoritariamente por machos.

A este golpe aturdidor le siguieron otra serie de golpes que la comenzaron a propinar una paliza severa.

– ¿No te ries ahora niña?. – Susurró Talos mientras no dejaba de atontarla golpe a golpe, sin permitirle espacio para recuperarse o iniciar una contra.

El Rey se sentó nuevamente algo más tranquilo por el giro de los acontecimientos. Quizás había una esperanza de que alguien la metiera en cintura de una vez por todas. Si perdía tendría que casarse con Talos. No era el que había elegido, pero había que reconocer que de todos contra los que había combatido para evitar sus desposorios, este era el único que la había logrado poner en apuros.

– Espero no dejarte muy mal parada porque pienso consumar nuestra unión en cuanto te venza. – Advirtió obteniendo un silencio absoluto de la boca de la peliazul, quien estaba demasiado mareada como para responder.

La batalla seguía siendo despiadada. Ningún problema para nadie con que ella fuese mujer y su oponente un hombre que la estaba llevando al límite de lo razonable. Se trataba de ganar o perder. Pero no estaba dispuesta a perder, así que apretó los dientes y sus ojos se llenaron de furia y determinación.

– Si te venzo, ¿me harás un favor?. – Preguntó doblada por el dolor del golpe en el estómago y tratando de hacerle equivocarse con esa pregunta.

– Por supuesto, pero si yo te venzo tú me harás «el favor». – Dejó caer mientras reía golpeándola con una patada en las costillas y en la espalda seguidamente.

– ¿Lo que sea?. Ahh. – Puñetazo en la mandívula.

– ¿Trato?. – Estrelló su cabeza contra el suelo tomándola del pelo.

– Lo que sea. – Juraron ambos mirándose a los ojos. La adrenalina de aquella promesa pulsó su cuerpo ensangrentado dándole una energía extra. Talos no parecía cansarse jamás y eso jugaba en su contra, ya que ahora sólo podía defenderse y esperar que el agotamiento o un error le valieran un contraataque efectivo. Pero el experimentado guerrero estaba cometiendo un terrible error, y es que quería humillarla dándole aquella paliza pública para demostrar su superioridad ante todos aquellos que habían sido derrotados anteriormente. Su sobervia le impedía darle un golpe de gracia que la dejase fuera de combate demasiado pronto. Y ese error le iba a costar caro, se prometió ella.

Un tercero se acercó a los dos saiyajins que observaban la batalla con el ceño fruncido. – Quizás habría que darle una lección en otro tipo de «pelea»… – Los otros dos le miraron sorprendidos por el tono lascivo de la frase.

– ¿Qué tipo de «lucha» tienes en mente Dish?. – Puntualizó otro de ellos reconociendo a su amigo de escuadrón.

– Hmm. Quizás si unos encapuchados… desconocidos… lograsen capturarla un par de horas… y doblegarla en las lides del sexo, estaria más tranquilita… Aunque Talos no lo está haciendo nada mal, la verdad. – Los dos saiyajins volvieron a mirar la lucha algo preocupados por la última declaración y rezaron interiormente para que la princesa contraatacara y le venciera. No por ella, sino porque así su humillación sería compartida por un nutrido grupo de machos. Cuantos más, mejor.

Sus oraciones fueron escuchadas. Talos jadeó una décima de segundo debido al cansancio de su fulgurante ataque, y la princesa, que había estado ahorrando energía mientras permitía que la golpease, sabedora de su resistencia física a los golpes, contraatacó con la potencia de un tornado. Le dió un rodillazo en el pecho, preciso, en el punto exacto que le dejaría sin respiración aturdiéndolo para aparecer en su espalda y enviarlo con un ataque a manos cruzadas en un puño a comer arena en un crater que se formó en el suelo. Luego un preciso ataque a un punto vital situado en la nuca y el KAO fulminante.

El Rey gruñó levantándose. Otro pretendiente derrotado. Sus planes se irían al garete si la cosa seguía así. La princesa a la que cambiaron de nombre por el de Veget, femenino del apodo que todo descendiente de la casa Real debía llevar (Vegeta), era tan rebelde como lo fue su padre, su verdadero padre, cuya existencia por supuesto, ella ignoraba.

– Lo que dices, como fantasía está bien, pero recuerda que es alta traición, el Rey nos mataría por tocar a su hija… si ella no lo hace primero, claro está. – Recordó mirando el cuerpo inconsciente de Talos.

– Bueno… todo es cuestión del plan que se tenga… – Los dos saiyajins le miraron interesados en sus ideas. Escuchar un poco no haría daño a nadie. ¿Verdad?. Rieron al unisono mientras se dirigían a un lugar más discreto.

El monarca se alejó por los pasillos con direccion a su harem particular. Necesitaba desfogar su rabia. La Reina le vió pasar ofuscado. – Por tu expresión, supongo que «nuestra» hija ha debido vencer a su oponente… No va a ser fácil casarla, no señor… – Se burló.

Vegeta la cogió del cuello estampándola contra la pared. – Leek… te lo advierto… – La soltó sabiendose capaz de matarla, lo cual sería un escándalo por más que él fuese el Rey.

La Reina a estas alturas temía poco de lo que pudiera hacerle, además, con los años había tramado suficientes intrigas como para protegerse de las amenazas de su esposo, aunque con alguien tan retorcido como él, ninguna medida de seguridad era suficiente. – Al final veo que la próxima monarca de Vegetasei será una mujer, jajaja. – Rió divertida.

El Rey se dió media vuelta y apresuró el paso hasta el harem. Las cosas no salían como tenía pensado. Veget debió haberse casado con 14 años, haber parido un descendiente varón y de ese modo, el niño sería su heredero legítimo al trono, saltando una generación, pero esa muchacha del diablo tenía ya 18 años, él se hacía más viejo cada día que pasaba, y la muy zorra había combatido contra cualquiera que quisiera casarla. ¿Por qué las hembras eran todas tan estúpidamente complicadas de manejar?. Lo peor de todo es que las más viejas leyes de Vegetasei la amparaban, y si no salía al paso un macho capaz de vencerla, nunca se casaría y lo que su odiada esposa Leek decía, bien pudiera cumplirse. Pero no iba a permitir tal cosa, una mujer no podía gobernar Vegetasei, aunque fuese su mismísima nieta.

El harem estaba conformado por bellezas incomparables traidas de todas partes del Universo. No podía igualarse a la colección de Freezer, por supuesto, pero era envidiado por muchos monarcas de planetas poderosos. Cuando entró en la sala, un montón de mujeres hermosas corrieron a ponerse en fila presurosas.

Las había bajitas y altas, de razas dispares, con ojos de colores diversos, con cuerpos lisos como la seda, con colitas y orejas de felinas, con cabellos de colores variados, desde el rosado, hasta el verde, desde el negro hasta el blanco nacarado, pasando por colores plateados y oro. Como un general que pasa revista, el Rey se complacía en revisar una a una a sus esclavas de placer. Más cuando alguna de ellas comenzaba a perder la turgencia y la belleza de la juventud, desprovisto de cualquier implicación sentimental hacia alguien que le había servido tan íntimamente durante años, la aniquilaba cruelmente delante del resto. Esta advertencia las obligaba a mantenerse siempre jóvenes y hermosas para él.

Esta vez, alguna tenía que pagar su frustración, así que fue mirándolas una a una, determinando de cual de ellas podría prescindir. Localizó a una vieja amiga, que guardaba un parecido con Leek, sólo que más hermosa e infinitamente más complaciente. Iba a lamentar deshacerse de ella… Miró a otra joven que había engordado algunos kilos de más. – Tú, ven aquí. – La llamó.

Ella acudió presurosa, convencida de ser la elegida para la noche, de ser la preferida por sobre las demás. – Mi señor. – Le saludó sonriente, pero sus ojos se convirtieron en dos tazas de incontenible incomprensión cuando sintió un rayo atravesándole el pecho. Después se desplomó en el suelo muerta, mientras que un grito colectivo inundó la habitación seguido de algunos llantos.

– Tú. – Llamó a la de cabellos rosados.

– Piedad. – Se tiró en sus pies sacándole una sonrisa de satisfacción.

– Tú y tú. – Señaló a una rubia y a otra de cabellos verdes que imitaron a su compañera.

– Preparad mi baño. – Susurró para alivio de las tres muchachas que corrieron a realizar su voluntad. – Vosotras, FUERA DE MI VISTA. – Todas ellas corrieron asustadas a esconderse de unos ojos que cuando estaban turbados podían ser los últimos que vieran.

Mientras tanto, la Reina, sabedora de las costumbres de Vegeta, fue en busca de su querida Amadís, su amante desde hacía media vida casi. – Señora. – Se presentó presta y sumisa, sólo que con una mirada que buscaba la presencia de alguien más en la habitación.

– Estamos sólas, ven… – Susurró y la muchacha la miró con alegría agitando su pelo corto y castaño mientras corría a abrazarla.

La Reina la atrapó con su capa. Amadís comenzó a desvestirla privándola de su armadura primero. Sus manos pequeñas rozaban la piel de Leek haciendola estremecer. Sus bocas se sellaron en un beso largo, tras el cual la doncella siguió quitando las mallas que cubrían el cuerpo de su amada. La amaba con locura, la admiraba. – Mi reina. – Susurró. Leek la acarició conmovida por su infinita ternura. La servil muchacha comenzó a besarla por todas partes en la que iba dejándola desnuda. Léntamente, con ceremonia, sin prisas, sin agitación alguna, con la quietud de un lago en primavera. Mientras lo hacía cantaba una vieja canción que sabía de niña, de un planeta destruido ahora, de unos congéneres esclavizados, con una voz tan infantil y dulce que pareciese que un angel era quien la cantase.

Qué inocencia tenía Amadis, que bella inocencia… se repetía la reina mientras dándole la vuelta le levantaba la falda y aún con las manos enguantadas, metía un dedo dentro de su sexo haciéndola desestabilizar el canto debido a un suspiro. Sus ojos violetas miraron con amor y con deseo. Leek metió otro dedo más y comenzó a masajear al mismo tiempo su clítoris mientras la acomodaba de espaldas a su pecho.

Amadis, de estatura mucho menor que su contraparte, agitaba la cabeza entre sus senos removiéndose contra ellos como si fuesen una mullida almohada, mientras cantaba sílabas incoherentes aunque hermosas, que ya eran susurros, cuasi jadeos, respiraciones ahogadas por el placer administrado magistralmente.

Mientras tanto, la princesa Veget salía de la arena indemne en apariencia del combate. No podía cometer el error de parecer herida, si lo hacía, muchos otros probarían suerte. Tenía que aparentar estar fresca como si todo lo acontecido hubiera sido una diversión retorcida. Zarbón la esperaba a la salida. Sabía bien que aquellos golpes la habían alcanzado demasiado duramente.

– Vamos a mi habitación. – Le dijo sacando sus últimas fuerzas de flaqueza mientras miraba de reojo a sus protectores reales, que la seguían a todas partes. Cuando atravesó el umbral y se cerró la puerta, se deplomó desfallecida entre los brazos de su querido maestro, casi un hermano, casi un padre, como una madre, su mejor amigo, el enviado de alguien que había que temer.

Zarbón había sido durante años el amante y la mano derecha de Freezer. Pero un buen día hacían años atrás…

– Ah, Maestro. – Gemía encadenado a una tabla con los brazos en cruz. Era sin duda el guerrero más hermoso de toda la flota de Freezer. Poseía una larga melena de color verde que siempre recogía en una trenza que olía a flores. Sus ojos ambarinos tenían fuerza y contaban una historia de vida difícil, de las que marcan a la gente de por vida. Sus facciones eran las de un Dios griego, su piel poseía un tono verdoso propia de la genética de su raza, casi extinta. De talla era alta, medía al menos 1.90 de estatura, y su musculatura era muy desarrollada, pero con elegancia y finura. Se movía con la gracia de una aristócrata, hablaba con la seducción de una serpiente, y todo él era definitivamente exquisito.

Freezer le miró con una sonrisa torcida y con esos ojos sádicos que sólo un tirano como él podía tener. El era su mascota preferida, llevaba años de disfrutarle, y sin duda lo que más le sorprendía era que su afecto era sincero. Debía ser el único ser en todo el Universo que le amaba con sinceridad. Era su esclavo, su mano derecha, y su consejero en diversas lides, aunque un consejero molesto en cuando a sus sermones respecto a costumbres como la adicción a las drogas. Le molestaba que tratase de cuidar de su salud constantemente… ¿Qué sabría él?. ¿Qué se había creido?. Sin duda había cogido demasiada confianza.

Enfureció y su tono de voz se transformó en una estridencia cortante. – No te atrevas a pronunciar el nombre de tu Amo si no te doy permiso para ello. – Paseó el dedo índice sobre su pecho. Clavó la uña en su piel obteniendo un grito de dolor que fue música para sus oídos. Luego arrastró la misma por el pecho de su esclavo deleitándose en el color que la sangre otorgaba al cuerpo, ahora marcado por un bello corte.

Acercó la lengua hasta él y lamió la sangre que brotaba. – Sabes tan bien… hembra. – Zarbón se derritió ante las atenciones de aquel que le enseñó el placer más sádico. Cuando le llamaba hembra su pene se erguía y su interior se agitaba excitado. – Va a ser una lástima que tengamos que separarnos. – Pronunció introduciendo su ancha cola reptiliana de golpe en su ano.

No estaba seguro de haber escuchado correctamente. ¿Separarse?. ¿Por qué?. ¿Cuándo?. ¿Cuánto tiempo?. No se sentía capaz de vivir sin su tacto. Vivía aguardando a que se dignase a mirarle, a que le dedicase alguna palabra sucia, a que le follase una y otra vez mientras le repetía que era una hembra, su hembra aunque tuviera pene. El placer de sentir la anchura de la cola de Freezer en su interior le impidió pensar con coherencia. El lagarto ordenó a otro de sus esclavos que se acercase hasta su mascota de cabellos verdes.

– Vamos, dale a Zarbón un poco de leche. – El muchacho tenía un aspecto más varonil. Sus ojos y su pelo eran marrones, pero su cuerpo era fibroso y bien formado, quizás demasiado delgado, 1.80 de estatura, pero infinitamente atractivo, con su piel canela y su contorno firme. Se acercó algo cohibido. Era el invitado de honor de aquella sesión, alguien que se prestaría para un juego de placeres tan exquisitos como peligrosos. Aproximándose a la tabla, colocó su pene erecto en la boca del guerrero de ojos ambarinos. – ¿A que lo estás deseando hembra?. – Susurró el Maestro para turbarle.

Zarbón asintió, comenzó a lamerlo y chuparlo. Era tan delicioso… – Espero que le saques todo el jugo, no quisiera que se perdiera ni una sóla gota. – El muchacho se acercó más aún para asegurarse de que toda la longitud permaneciera dentro de la boca del encadenado.

Freezer se aproximó por detrás. El chico ni siquiera se había percatado del movimiento rapidísimo. Elevándose en el aire, aprovechando su capacidad para volar, el Amo, que era de apenas 1.50 de estatura en su primera transformación, le penetró arrebatándole la virginidad de un sólo tajo, mientras afianzaba los movimientos de su cola en el ano de Zarbón.

El chico gritó de dolor y sintió como un hilo de sangre caliente corría por su pierna, pero sabía que nada podía hacer más que rendirse ante estos juegos. Freezer era demasiado poderoso, demasiado fuerte como para oponerse a uno de sus deseos. Llevarle la contraria supondría su muerte y lo sabía. – ¿Quieres más?. – Susurró en su oido.

– Me… me duele. – Se quejó apenas y el lagarto estalló a reir a carcajadas.

– Zarbón, consuela mejor a nuestro invitado. – Su voz sonaba melosa, pero tras su oración, volvió a clavar su pene como una estaca en aquel culo virgen, arrancando nuevamente un grito.

Cómo adoraba escuchar el sonido de los gritos, ver el terror en los ojos de sus víctimas, arrancarles cualquier atisbo de alma, cualquier recuerdo hermoso que hubieran vivido, torturarles hasta que pidieran morir por clemencia… Era un sanguinario, lo sabía, le encantaba, adoraba serlo. Era adicto a la sangre del mismo modo que lo era al vino caoba que consumía, el cual, era una potente droga que le hacía, si cabía, ser aún más perverso y sádico de lo que era normalmente.

Se separó para ver la dilatación que había causado, sonrió al ver el amplio agujero que lucía en el culo regado por sendos ríos de sangre, tomó con sus dedos una parte de ella y la lamió. – Pero no sabes mejor que Zarbón… Oh, mi hembra es tan adictivo… – Susurró masajeando su pecho y su cabeza. Zarbón gimió bajo el tacto de las manos frías de su amante.

En cambio, el invitado, temblaba bajo su tacto como una hoja de papel. – No sigas. – Detuvo a su esclavo preferido. – Ahora, creo que ha llegado el momento de devolverle el favor que te ha hecho. – Miró el pene erguido de Zarbón fíjamente.

El chico sintió que las lágrimas se le escapaban del rostro. – Oh, jajaja. – Rió el tirano. – Pobrecito. ¿Nunca has probado a otro hombre?. –

– No, Maestro. – Reconoció con la esperanza de que le dejasen marchar.

– Bueno, siempre hay una primera vez. ¿A que si?. Quiero que lo hagas lentamente… – Los ojos marrones se abrieron de par en par al percatarse del lugar que la cola de Freezer tenía dentro de Zarbón.

Nervioso por tener que agacharse con su ano expuesto, temeroso de una muerte lenta si se negaba, procedió a lamer con timidez y asco el pene de quien monentos antes se lo estaba haciendo a él.

– Parece que no has aprendido nada. – El chico se separó un instante y Freezer le enculó para castigarle con tanta fuerza que casi pensó que sus huevos habían entrado de lleno dentro.

– Ahhh. Por favor… – Suplicó.

– No te apures por el dolor, pronto será aún peor… si no te esfuerzas más en la tarea. – Ronroneó en su oido. – Odio a los inexpertos y escrupulosos. Vamos. Dejaselo reluciente. – Gritó mordiendole la espalda.

Casi sin poder moverse por la presión que sentía en su interior, el muchacho continuó lamiendo con todo el ímpetu que podía, y tratando de aguantar a duras penas las arcadas que le sobrevenían de cuando en cuando.

– Si vomitas te vas a comer el vómito. – Advirtió Freezer manteniendo su pene dentro sin moverlo, pero sosteniendole las caderas con fuerza de modo que cada vez estaba más clavado.

Más lágrimas corrieron por las mejillas de aquel chico. Zarbón terminó por correrse, por fin, después de una larga sesión, le había permitido hacerlo. Llevaban 3 horas con juegos. Sintió que las cadenas de sus brazos se liberaban. El invitado no pudo contenerse y vomitó al sentir el semen del otro hombre en su boca.

Tal y como Freezer ler ordenó, comenzó a lamerlo. – ¿Te gusta como está siendo tu fiesta de despedida?. – Susurró a Zarbón, que le miró desamparado. – Oh, mi pobre hembra. – Le acarició las mejillas sin poder contenerse en pellizcarlas. – No te aflijas. Oh. – Suspiró. – Eso es lo que adoro en tí. Eres tan entregado y me amas tanto… que estoy seguro de que darías tu vida por mi si te lo pidiera. ¿No es así?. –

– Maestro, ¿puedo preguntaros algo?. – Freezer asintió. – ¿Dónde he de partir?. –

– Luego… disfruta de mi regalo ahora. – Señaló con la mano y Zarbón entendió.

Vió el ano dilatado, la sangre de quien estaba arrodillado lamiendo su propio vómito, algo dentro de él se removió con calentura y en parte compasión. Le penetró con sutileza esta vez, amasando su pene con una mano, sosteniendole de la cadera para estabilizarlo con la otra mano. – Relájate y te prometo que gozarás de esto. – Su voz era como la miel. Freezer se sintuó detrás de Zarbón enculándolo, sólo que él ya estaba más que acostumbrado a su potencia y tamaño, y lo gozaba como loco. No mintió al muchacho cuando le prometió placer, pues al poco tiempo, las caricias de Zarbón le estaban consiguiendo excitar de un modo que jamás imaginó. Sonrió feliz. Después de todo el sufrimiento del principio había merecido la pena, incluso se calentaba de pensar sólo en la siguiente sesión. Gemía bajo el tacto experto al punto de estar al borde del extasis a la par que los otros dos, que llevaban ya un ritmo de vértigo.

Zarbón fue el primero en acabar, luego el muchacho. Pero su dicha fue efímera, pues aún convulsionándose con el delirio del orgasmo sintió algo frío atravesándole. Miró abajo, su vientre tenía algo… No sintió siquiera dolor, la cola de Freezer le había atravesado desde la espalda arruinando sus terminaciones nerviosas, por fortuna. La cola serpenteaba ahora apareciendo, sangrienta en el otro extremo de su cuerpo.

Se preguntó cómo era que no había muerto, quiso estarlo. Zarbón gemía aún más alto. Freezer acompañaba aquellos sonidos con otros roncos y viscerales de placer, de lujuria, de sed de muerte, estaba a punto de correrse. Su cola penetró más profundamente el cuerpo del invitado y buscó su boca.

– NOOOOOOOOOOOOOOO. – Gritó tratando de zafarse de lo intuía que venía. Zarbón lo sostuvo de las caderas para impedir que se moviera. Y Freezer le dió el golpe de gracia metiéndole la cola por la boca y encrespándola en su interior. Y en ese justo momento, su nivel de excitación subió al máximo y el extasis del orgasmo arremetió por todo el cuerpo del lagarto, que sacudió violentamente a Zarbón, a quien tenía enculado, haciéndolo sentir más placer del que su cuerpo podía ya soportar.

Después de varios minutos de convulsiones y de un charco de sangre en el suelo, el cuerpo del infeliz quedó sostenido por la quietud de la muerte.

Pero los ojos de Freezer prometían noticias poco halagíŒeñas, y así fue como le comunicó a Zarbón que abandonaría su puesto a su lado, para cumplir una misión en Vegetasei. Habiendo llegado a los oídos del lagarto que los saiyajins adquirían cada día más poder, y que la heredera al trono era una niña rebelde con un poder prometedor, necesitaba tener un espía infiltrado en el seno de la misma casa real. No se le podía ocurrir alguien más idoneo para esta misión que a su acomodado amante, del cual, todo sea dicho, ya estaba algo cansado por más que gozase de tener a su lado a un compañero de juegos tan perverso como él mismo. Así fue que en una reunión con el Rey Vegeta se acordó que Zarbón pasaría ser el «niñero» de la princesa. Era la coartada perfecta, que le valdría estar lo suficientemente cerca de ella como para controlarla. No podían permitirse que los monos, como les llamaban a modo de burla, se sublevasen contra el Imperio, eran demasiado útiles.

Al principio, la noticia fue tomada por el guerrero como un jarro de agua fría. Ir a vivir a un planeta de brutos estoicos y rudos, de costumbres animales, hacer de niñero y espía de los intereses del Imperio, separándose de su adorado Maestro, obligándole a vivir una vida desprovista del glamour del cual el siempre se había rodeado…

Pero la tragedia se transformó en alegría cuando descubrió que su lado más femenino gozaba del hecho de cuidar de aquella niña tan falta de afecto como el mismo. Con un padre tan cruel como el Rey vegeta y una madre que parecía aborrecerla, la pequeña, a la que él crió desde los 6 años, crecía encariñada con su niñero, le buscaba por todas partes y él la peinaba, la vestía y la cuidaba como si fuese una muñeca.

Al final había sido una bendición, ya que después de unos meses de vida en Vegetasei, se sintió de algún modo limpio de crímenes. el hecho de cuidar de Veget le hacía sentirse bueno, por primera vez en su vida, y amado de un modo tan inocente y sincero, que jamás pensó que pudiera ser cierto ese tipo de cariño.

A medida que fue creciendo, se mostraba interesada en las mismas cosas de hembra que el adoraba, como era el maquillaje, la ropa, las joyas, el peinado, las cremas, y todo aquello que tuviera que ver con la belleza. Zarbón era vanidoso, coqueto y exhibicionista. Le gustaba verse admirado y deseado por los machos saiyajins, y con el tiempo, se había hecho con un grupo de amantes fijos, de los cuales gozaba de modo algo sádico, pero sin llegar a los extremos de violencia y muerte que protagonizó cegado por el amor y la admiración que sentía hacia su Amo Freezer. Nunca más, se prometió.

Fueron los 12 años mejores de su vida, los que había pasado en Vegetasei, años limpios, donde respirar aire puro, alejado de los vicios del planeta Imperial, alegre de la tranquilidad y la paz de su nueva vida. Todo sería perfecto de no ser por las constantes intrigas de la Reina contra su propia hija, las cuales no comprendía, pero evitaba, y por los designios del Rey, que desde que la princesa había cumplido 14 años, pretendía casarla contra su vountad. Y él, de pronto obraba milagros aconsejándola y cuidándola para que todo eso que la envolvía y amenazaba jamás pusiera dañarla.

Veget era brava, pero sensible, cálida y afectuosa. Era una saiyajin extraña. Ninguna otra hembra saiyajin se mostraria interesada en modelos de ropa, o en cremas exfoliantes, ella sí. Quizás por la influencia de Zarbón, quizás por su genética humana, era más espontanea y afable que el resto. Había sido confinada desde la infancia a vivir en el palacio, esperándose de ella que fuese una perfecta dama de la nobleza, al estilo guerrero de Vegetasei, por supuesto, pero no más que eso.

Había recibido una educación cuidada, y sorprendía su inteligencia tanto como su fuerza, destacandose como una gran estratega que sería digna de dirigir los ejércitos de élite. Sin embargo, ese era un destino que le era privado, ya que el Rey, temiendola tan parecida a su padre, no deseaba cometer los errores del pasado, no sea que acabara uniendo su sangre y destino enamorandose de un científico insignificante. Así que pese a sus protestas constantes, no se le permitía salir del planeta ni de la Corte. Su misión, la única que le reconocían era su deber de casarse con el mejor de los guerreros, procrear un heredero, y relegarse a un perpetuo segundo plano permitiendo que este asumiera el trono. Pero no estaba dispuesta a dejarse conducir por esa planificación.

Despertó en la cama – Ah. – Gimió acuciada por el dolor de las costillas que Zarbón vendaba con cuidado.

– Lo mejor sería avisar al médico para que os examine, podría haber algún daño interno. –

– NO. – Increpó testaruda. – Lia esa venda maldita y traeme uno de tus tes para que pueda dormir un poco. Los saiyajins somos resistentes, mañana estaré mucho mejor. – Jadeó por el esfuerzo de hablar y se derrumbó en la almohada de nuevo.

Zarbón hizo como le pidió, él mismo sabía que no debía correr riesgos innecesarios, pero tenía miedo de que un día los golpes fueran demasiado fatales para su protegida y querida niña.

Mientras tanto, la habitación real, mostraba a las dos mariposas en acción. Leek había tomado la delantera y lamía los senos de su amada y servil Amadis haciendola gemir constantemente.

Más entonces, la puerta se abrió, y la sombra sobradamente conocida del otro inquilino de esos aposentos se dibujó en la pared sobresaltando a ambas. Sus ojos la destriparon con anticipación. Leek escondió a Amadis detrás de sí misma. Era el fin…

Entradas recientes

Por
22 octubre, 2019 6:00 pm
Por
22 octubre, 2019 10:00 am
Por
22 octubre, 2019 2:00 am
Por
21 octubre, 2019 2:00 am

Deja un Comentario

Tu dirección de Email no sera publicada. Los datos requeridos están marcados*