LA PRINCESA DE VEGETASEI (1)

Contiene BDSM, sexo gay, lesbianas, heteros, virgenes, salidas, malvados, violaciones, orgías, etc. Capítulo 1

En este Universo alterno, Vegetasei nunca llegó a ser destruido por Freezer, de modo que los Saiyajins continuaron durante años trabajando para él, dedicándose a purgar planetas para anexarlos al Imperio de los temibles Icejins, una raza de aspecto reptiliano y fuerza incomparable, que tenía subyugado bajo su poder a millones de planetas y especies.

El príncipe Vegeta permanecía en el exilio. Fue un escándalo que trataron de silenciar discretamente. En una de sus misiones de conquista, había osado traicionar a su propia raza. Su crimen fue enamorarse de Bulma, una insignificante humana, una científico hermosa, que por más que poseía el cerebro de un genio, carecía de habilidades algunas para la lucha. Su matrimonio, concertado por su padre con la más hábil de las guerreras saiyajins, como era de esperar en su raza de guerreros legendarios, había sido suspendido cuando se supo que de la unión del príncipe con Bulma, había nacido un niño llamado Trunks. En una reunión tensa, Vegeta se negó a asesinarles ni a renunciar a ellos.

Siendo incapaz de matar a su propia descendencia, temeroso a la vez de que en un combate a muerte su hijo le venciera, el Rey le expulsó de Vegetasei privándole de todos sus derechos como heredero al trono y haciendole jurar solemnemente que jamás trataría de volver de su exilio, so pena de muerte para su familia y él mismo. La versión oficial, sin embargo, fue que el joven príncipe había muerto en combate. A cambio de su promesa solemne, se le concedió el favor de jamás atacar el planeta Tierra donde residiría.

Pero el destino es caprichoso, en ocasiones burlón. Y el viejo Rey a pesar de haber contraido nuevas numpcias con quien debió ser la desposada de su hijo, no había logrado concebir un heredero nuevo en todos los años de casado. Su edad avanzada y una afección incurable, le privaron de poder concebir más hijos a pesar de gozar de una esposa tan joven que podría ser sobradamente su hija, e incluso su nieta.

Los años pasaron y las habladurías, los rumores acerca de que la línea real quedaría extinguida, comenzaron a ser peligrosos, hasta el punto de que las familias más destacadas de la nobleza saiyajin empezaban a hacer albricias imaginando cual de ellas sería la próxima regente en el planeta Vegetasei.

La desesperación del Rey era cada día mayor. Se hacía viejo, sería vulnerable a un intento de derrocarle. Sin un heredero, su estirpe estaba condenada a la desaparición. Pero su posesividad y el deseo de que fuera su sangre la que continuase en el trono, le impedía permitir que su compañera concibiera un heredero con otro saiyajin; puesto que él no podía ya hacerlo y la ciencia médica, por más avanzada que era, no podía lograrlo tampoco, el Rey sólo alcanzó a idear una salida posible. Así que su corazón se endureció y decidió un plan tan desesperado como perverso. Raptaría la prole de su hijo. Pero no podía ser el muchacho, ya que Trunks contaba con 15 años a estas alturas. Pidió informes recientes de los espías que controlaban cualquier movimiento del príncipe fuera del planeta, corroborando un evento que venía siguiendo hacía meses atrás. Tenían un nuevo descendiente. Se trataba de una niña a la que llamaron Bra por nombre. El hecho de que fuera una mujer le molestó profundamente, pero dado que el tiempo apremiaba, pasó por alto ese “detalle”.

Aprovechando el silencio de la noche, ocultos entre las sombras, dos esbirros, profesionales en su sucia empresa, robaron el bebé de su misma cuna, depositaron en esta una pequeña bebé saiyajin nacida de una familia tercera clase, y le prendieron fuego a la habitación para simular una muerte accidental.

Ya en Vegetasei, el feliz abuelo la recibió como si fuera su propia hija y la entregó a su esposa para que la admitiera como tal, fingiendo de cara al resto de los súbditos, que aquel bebé había nacido de su unión. Para salvaguardar el absoluto secreto de estos acontecimientos, los esbirros que la raptaron fueron asesinados al igual que todos aquellos que habían estado enterados de la trama.

Pero la joven reina, no fue tan fácil de engañar. Por más que le aseguró que ese bebé había sido creado a partir de la genética de ambos, en un laboratorio secreto, ella tenía la sospecha de que aquello era una farsa. Sus temores se comprobaron cuando utilizando uno de los cabellos de la pequeña, pidió en absoluto secreto, la confirmación de su maternidad. Así fue como descubrió que la princesa era descendiente del Rey, más no de ella, la Reina.

Sabiendo que debía mantener el secreto a recaudo, temiendo por su vida si se enfrentaba contra el monarca, encolerizada por estar sentenciada a no poder tener hijos jamás, la admitió a duras penas, fingiendo una fría alegría y conspirando internamente contra el tirano que la había casado sin siquiera pedir su consentimiento. Ese día, mientras veía los ojos azules de la princesa que dormía en sus brazos, juró venganza y esperó el momento adecuado para consumarla, aunque hubieran de pasar años para que eso fuera posible.

Poseido por la locura de creer su propia mentira, el Rey la cogió por la cintura abrazándola contra su fuerte cuerpo musculoso y potente, clavándole la dureza que palpitaba en su entrepierna contra su trasero, mientras le decía mirando la cuna donde dormía la niña. – Ven Leek, dejemos a nuestra hija por hoy y gocemos de nuestros cuerpos. –

La sóla propuesta le producía repulsión. En el pasado, Leek amó a otro saiyajin. Años atrás, sintió suma alegría de ver anulada su boda concertada con el príncipe, más esta duró poco al enterarse de que tendría que casar al padre en lugar de al hijo siendo apenas una niña de 14 años. Obligada por su familia y por las propias leyes de Vegetasei, fue sentenciada a renunciar a su vida, a su amor y su felicidad, a quien más quería y ahora, incluso a los deseos de mujer que aspiró un día a parir un hijo. Y por si esto fuera poco, la mentira delirante que debía aceptar como verdad, la asqueaba más aún que el sólo hecho de soportar las manos del Rey Vegeta en su cuerpo.

Pero era demasiado tarde para lamentarse de esas “caricias”. Durante todos los años que llevaban juntos, Vegeta no la repudió por más que Leek hiciera todo lo posible por lograrlo. ¿Qué goce podría encontrar él en una mujer que hacía el amor con la frialdad de un cubo de hielo?. Tenía sus concubinas, sus esclavas sexuales para darle placer. ¿Por qué la torturaba con su tacto día a día?. Ahora no podía poner como excusa el deseo de procrear un heredero. ¿Por qué?.

Salieron de la habitación que quedó custodiada por dos saiyajins fornidos en pose de estatua marcial con sus dos lanzas cruzadas a modo de candado que guardaba la estancia de la princesa, y atravesando pasillos marmoreos, tan fríos como lujosos, entraron en su alcoba, que quedó igualmente protegida por otros dos guardias. La habitación, de enormes proporciones, estaba decorada con pieles de animales salvajes por todas partes. El suelo era de color púrpura, brillante, de un material similar al marmol, aunque más puro. Las paredes de piedra blanca y lisa, se adornaban con columnas que se extendían hasta un techo alto de unos 4 metros de altura, de estilo sobrio, adornado apenas con luminarias alargadas de potencia de luz graduable con un sistema de voz. La cama era grande, de unos 2 metros, cuadrada, y firme. La ventana era amplia, de unos 3 metros de altura, terminada en un balconcito breve oculto tras un cortinaje blanco de visos purpureos y marfil.

El Rey no se contuvo por más tiempo, y tomándola sin ceremonia ni delicadeza, la alzó en el aire para tirarla sobre la cama. Lo hacía a propósito, para enfurecerla, porque no había nada que le excitase más que esa mirada penetrante de odio y rencor, que su mujer le daba cada noche. Con una sonrisa maligna, se acercó a ella, que le encaró con altanería, haciendo gala de su alta casta.

La reina era una mujer hermosa, de una estatura mediana para ser mujer, tenía unos ojos negros profundos y de pestañas marcadas, que se enmarcaban en un rostro de facciones duras pero femeninas. Su cuerpo, bien formado por sus entrenamientos diarios y su experiencia en batalla, era fibroso y muscular, aunque sin excesos. Sus senos eran redondos y de mediano tamaño, turgentes y perfectos. Toda ella era la reencarnación de la figura de una amazona, una mujer guerrera, de ojos fríos y caracter sobrio, quizás amargado por una vida que le asqueaba a pesar del lujo y del honor de ser la Reina de sus congéneres.

Se acercó a su rostro tomándola de la barbilla y pronunció la última palabra que ella esperaba escuchar. – Chúpamelo. – Y era una orden.

– ¿QUE?. – Gritó ofendida. – Para esa labor tienes a tus esclavas de placer. Ve con ellas si es eso lo que deseas. – Se indignó recobrando la compostura y zafándose de las manos de su compañero sin dejar de mantener su pose de mujer de hielo.

– Lo vas a hacer tú. – No era una afirmación, ni siquiera una pregunta, era una frase en tono imperativo.

– Me niego. – Respondió entre dientes conteniendo su ira escasamente.

– ¿Te niegas a obedecer a tu rey?. – Preguntó con una calma que le puso la piel de gallina.

La reina miró hacia otro lado guardando la compostura y se dispuso a acostarse. Pero Vegeta la sostuvo del brazo con tanta fuerza que a pesar de que ella no se quejó del dolor que le causaba, estaba segura de que al día siguiente tendría sus dedos marcados a modo de cardenales.

– Podría repudiarte por esto, mujer. – Advirtió.

– Hazlo. – Sonrió. Era lo que estaba deseando después de todo.

– ¿Sabes?. – Su tono cambió a otro más tranquilo. – He promulgado recientemente una nueva ley. Dado que en Vegetasei el porcentaje de hembras es mucho más inferior que el de machos, se ha decidido que aquellas que sean repudiadas, serán conferidas al Estado en calidad de esclavas, con fines reproductivos… El índice de natalidad debe crecer para asegurarnos un mayor poderío en el Universo. – Las pupilas de Leek se dilataron siendo únicas testigos de la turbación que aquella frase había ocasionado.

– No es posible… – Susurró.

– Las repudiadas serán confinadas en un área científica en el que se estudiarán aspectos interesantes acerca de la reproducción saiyajin, con el fin de mejorar nuestra genética. – Prosiguió narrando con un tono complacido.

– Yo soy la Reina, no puedes degradarme hasta el punto de un conejillo de indias. – Quiso gritar, pero sólo pudo emitir un susurro.

– Reina o no, eres una hembra, y yo debo ser consecuente con las leyes de este planeta. Las promulgo para que sean cumplidas por todos y yo debo ser un ejemplo para mis súbditos. Además, deja que te cuente lo mejor de esta nueva Ley. Ya sabes que hay muchos machos sin pareja, debido a la descompensación de número entre sexos, así que aquellas mujeres que sean repudiadas, servirán para el… “desahogo sexual” de los saiyajins que obtengan méritos en las batallas. Será un incentivo ideal para hacerles luchar con aún más bravura de la que tienen. ¿No crees Leek?. – Comentaba aquello con tal naturalidad, que más que una amenaza, parecía apenas que le contaba la rutina del trabajo diario.

– Si me repudias y me obligas a caer así de bajo, mi familia y demás miembros de la nobleza se escandalizarán, por no mencionar que nuestra hija te odiará de por vida y vivirá clamando por una venganza. – Jugó su última baza.

– Al contrario. Tu propio padre está encantado con esta nueva Ley, él mismo ha sido uno de sus defensores en la reunión con el Consejo, y he de decir que la medida ha sido acogida con alegría por parte de los representantes de la nobleza. En cuanto a “nuestra” hija, ambos sabemos que alguien aquí ha estado jugando a los médicos… ¿Verdad Leek?. – Pasó su dedo jugueteando con el pelo salvaje y negro de la reina. – ¿Pensabas que no me enteraría?. Se muy bien que solicitaste unas pruebas genéticas. –

– SI. – Reconoció furiosa. – Se que no es hija mía. ¿Quién es su madre?. ¿Una de tus putas?. – Escupió irónica incapaz de contenerse por más tiempo.

Vegeta le cruzó la cara con un puñetazo que ella no vió siquiera venir. Limpiando estoicamente la sangre de su labio sonrió con cinismo. Pero se reservó los pensamientos, que juraban venganza, y optó por seguir las órdenes. Ya llegaría su momento, ya llegaría… y ella tenía paciencia para esperar y para maquinar. Quería una puta en la cama, y ella lo sería, le dejaría pensar que podía controlarla, dejaría que soñase con que la dominaba a su antojo, y cuando menos se lo esperase, como el escorpión que oculta su aguijón esperando el momento para clavarlo, ella aguardaría preparando su veneno y luego le destruiría.

– No es necesario que me golpees, mi rey, convencedme con uno de vuestros besos y haré lo que me pidais… – Sus ojos negros y fríos le miraron con descaro y con un brillo que hechizaba. Vegeta sonrió satisfecho y tomándola de la cintura, la estrechó entre sus brazos profundizando un ardiente beso mientras magreaba su culo firme. Sus cuerpos se fundieron en una lucha de lenguas que llevaba en si misma una carga de violencia subconsciente.

Sus colas de mono, vestigio y secreto de su fuerza de Ozharu, a la par que vulnerabilidad de su potencia como guerreros, se entrelazaron como dos serpientes ajustándose en una lucha de poder, mientras las manos del Rey recorrían cada centímetro de su cuerpo. Tal y como prometió, la Reina descendió hasta su entrepierna arrodillándose al borde de la cama entre sus muslos de musculatura poderosa.

Allí estaba a su merced, la hembra que se le había resistido durante 15 años. No quiso forzar las cosas con ella en ese periodo de tiempo, dado que sus deseos de procrear un heredero primaban por sobre otros asuntos, pero ahora iba a demostrarle como debe comportarse con su esposo, con su hombre. – Ahh. – Jadeó al sentir la calidez de sus labios abrasando su pene. – Sigue. – Se sorpendió al notar que no era tan inexperta como imaginaba. Y luego los celos lo invadieron. Si durante 15 años había sido un peso muerto en la cama, ¿cómo es que de repente…?

La cogió del pelo tratando de leer en sus ojos pero fue ella la que lo hizo y sonrió adivinando sus pensamientos. Si, mi Rey, se dijo interiormente… no te he sido fiel, y jamás lo seré… pero mi secreto nunca lo podrás adivinar. – ¿Te gusta?. – Preguntó masajeando su erección con las manos.

– Continua… – Su voz prometía averiguar el misterio. Leek volvió a introducir su longitud en la boca y la lamió con fruición imaginando en su mente, que tenía en su boca algo muy distinto y que quien gemía debido a su atención no era sino su amante. Se divertía pensando en la locura de su posesivo marido buscando al hombre que la satisfacía y a quien satisfacía, pero le resultaba aún más emocionante e incluso excitante saber que no era un hombre, sino otra mujer, la que cumplía sus más tórridas fantasías. Si, la pequeña Reina ya no era una niñita de 14 años que casi fue violada por ese viejo que aborrecía, ella sabía como vengarse, y sólo era la punta del iceberg.

Aumentó el ritmo de sus movimientos moviendo la cabeza acuciada por las manos de Vegeta, que la sostenía quizás para castigarla, quizás para satisfacerse, o posiblemente por ambas cosas. El Rey la empujaba como si quisiera ahogarla con su pene en la garganta. Más fuerte, más fuerte, más intenso. – Más… Ahhh… – Leek le agarró de las caderas y ella misma se impulsó salvajemente sobre su erección chupándola con toda su potencia. No pudo sostener por más tiempo el ritmo y ella lo sabía, se corrió en su boca y su brava amazona bebió la esencia de su hombría. Luego se sentó sobre sus piernas y le besó dándole a probar el sabor intenso aún en su boca.

Vegeta la sostuvo del pelo forzando sus manos detrás de la espalda y así sosteniéndola pasó por su mente matarla allí mismo. 15 años privándole de estos placeres, haciéndole creer que era frígida. Leek le miró sonriendo levemente a pesar del dolor que sentía debido al agarre. Pero no le demostraría un ápice de debilidad, no a él. Luego tendría quien la cuidaría y calmaría sus heridas con besos. Cerró los ojos imaginando la clase de cosas que su querida amante le reservaría. Luego sintió el beso profundo de su marido, tan áspero, tan posesivo, tan desgarrador como la primera vez que la besó.

Cómo gritó esa vez entre las sábanas cuando la penetró, sabiéndola virgen, embistiéndola como una bestia. Era una niña, no le importó. Era inocente y le arrebató la inocencia sin remordimientos, y sin reparos. Ella no era fría, recordó haber amado un día. Pero ya no… juró no amar nunca a nadie más que a sí misma. La sangre que manchó las sábanas en su noche de bodas, fue la que brotó de un alma herida de muerte. Mató quien fue un día, y ella le devolvería el favor. Sólo la esperanza de la venganza la mantenía con suficiente fuerza día a día como para soportar el astío y la desventura de su destino.

La embistió como aquella vez, cómo si quisiera recordarle una y otra vez que era una posesión suya, un mero objeto que utilizar… y así se sentía, utilizada, usada por un bruto que jadeaba como un perro sobre ella. Tan distinto a su sutil amante, tan delicada, tan preocupada de darle placer. Sus memorias se perdieron al día que la sedujo.

No era una saiyajin, ni una esclava de placer, sino la doncella que la atendía en sus caprichos. Fue esa vez que salió de viaje con fines diplomáticos. La acompañaba un escuadrón de protectores y su doncella. Debió acudir a una recepción y le facilitaron un vestido extraño de los que se usaban en ese planeta, con quienes mantenían acuerdos de aprovisionamiento comercial. Ella ya se había fijado en la muchacha, le agradaba su sonrisa amable y sincera, a la par que su discrepción. Incluso se había sorprendido a sí misma mirándole el escote y había sentido un placer extraño fantaseando acerca de besar sus labios de rubí mientras estrechaba su cuerpo pequeño y dulce.

El vestido se abrochaba por detrás y tenía cientos de corchetes imposibles de ajustar sin ayuda. La llamó y ella acudió sumisa y complaciente, con su eterna sonrisa. – Mi señora, deje que le abroche. – Ofreció sin siquiera pedírselo.

Y entonces sintió el roce de sus manos suaves y delicadas, templadas y serenas. Pero acabó más pronto de lo que deseó que acabase. – Ya está, señora. – Agachó la mirada. – ¿Me requiere para algo más?. –

La Reina se volvió a mirarla y sin pensarlo acarició su mejilla con el canto de los dedos. Notó el calor del rubor bajo su tacto, y ella misma creyó haberse ruborizado. ¿Qué estaba haciendo?. ¿Acariciaba a otra mujer?. ¿De ese modo?. Y le excitaba… La muchacha le miró con sus ojos violetas tan dulcemente que la desarmó, y cuando quisieron acordar, estaban ambas besándose con la sutileza de dos mariposas que vuelan posándose en una flor al mismo tiempo.

El gemido del Rey la trajo de nuevo a su realidad actual, bajo esa mole de músculos que la avasallaba penetrándola una y otra vez. Sintió el último de los embistes. Sintió su semen invadiendola… Y notó la presión de su cola alrededor de su cintura aún sosteniéndola fuerte, casi asfixiándola. Pero algo la había contentado y es que ese grito significaba el final de su tortura. Como predijo, al instante se derrumbó al lado suyo y se quedó dormido.

Continuará…

Author: zedionne

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