LA CASA DE ANA

Recibi un e-mail que me invitó a una casa donde me necesitaban para que alumnas travestis y futuras prostitutas de entre nueve y doce años practicaran las lecciones que Ana les enseñaba. La pasé de maravillas con semejantes “niñas” tan hermosas y tan putitas. LA CASA DE ANA

No lo pude creer cuando me lo propusieron. Fue por un e-mail que recibí de un amigo, quien me pidió absoluta reserva de la propuesta. En el campo, al norte de la ciudad, una travesti prostituta llamada Ana, tenía una granja-escuela donde preparaba a un grupo de quince “niñas travestis” para la prostitución de alto nivel. Para su entrenamiento necesitaban a alguien con quien la niñas practicaran las artes del sexo. Una de las condiciones que yo debía tener era que no fuera un super dotado. Ana no quería que las niñas se vieran lastimadas o se rehusaran a practicar cómodamente por el eventual daño que pudieran recibir. Yo estaba perfectamente capacitado para ello. Tenía 25 años y un miembro de dimensiones normales. Nada del otro mundo. Además, me encantaban las travestis, y cuanto más pequeñas, mejor.
Acepté el encargo y todo se preparó para que fuera hasta la casa de Ana, en las afueras de la ciudad. Al llegar por la mañana me recibió ella personalmente. ¡Dios mío! Era impresionante ver semejante preciosura. Ana era exuberante, de tetas enormes con una cintura afinada realmente asombrosa, de piernas largas y muy blancas. Recuerdo que su cabello era totalmente rojo y le caía lacio hasta la cintura. Su rostro era perfecto, de nariz pequeña y de labios muy carnosos. Sus ojos verdes estaban custodiados por largas pestañas que más adelante comprobaría eran de verdad. Me recibió vestida con un camisón transparente. Eso me sorprendió de entrada, me hizo pensar que la pasaría muy bien en ese lugar. A través de su camisón podía ver perfectamente sus enormes tetas y sus pezones puntiagudos. Parecían atravesar la tela fina y gris del camisón. No tenía puesta ninguna ropa interior por lo que se veía su miembro depilado entre sus hermosas piernas. Se lo veía espectacular, custodiado de dos testículos grandes y perfectamente redondos.
Se acercó a mí y me dio un beso corto pero intenso en los labios. Luego me tomó de la mano y me llevó a ver toda la casa, que era amplia y un poco lujosa, por cierto. Nadie más se dejó ver en ese momento, pero Ana pronto resolvió mi duda diciéndome que las alumnas estaban en sus habitaciones y que pronto me las presentaría. Una vez que estuvimos en su escritorio me comunicó mi misión en ese lugar. Yo debería ser el hombre con el que las niñas practicarían las lecciones de sexo que ella les impartía. Luego vinieron una serie de recomendaciones acerca del absoluto secreto de mi misión en cuanto al lugar y demás circunstancias y mi manera de comportarme en el lugar durante mis dos semanas de estadía.
Ana me observaba detenidamente y captaba mis pensamientos de excitación al verla casi desnuda. Me aclaró que ella siempre andaba así en la casa y que a veces incluso lo hacía totalmente desnuda. “Será muy difícil contenerme” le dije. Ella soltó una risa muy femenina y me contestó que no me apurara en desahogar mis ganas, que el momento apropiado llegaría para “todas”. Terminó la conversación cuando ella se puso de pie y me pidió que hiciera lo mismo. Se arrodilló frente a mi y bajó mis pantalones y mi ropa interior hasta que mi verga salió ya erecta y quedó justo frente a su rostro. Sin decir palabra alguna se la metió en su boca mientras me tomó los testículos con una de sus manos. Comenzó a masturbarme con su boca y su lengua. Era maravillosa. Tragaba totalmente mi pija y cuando la sacaba de su boca lanzaba un pequeño grito de satisfacción. Luego me dijo que necesitaba probar mi semen, por lo que me pidió que eyaculara en sus labios. Así lo hice, y tres largos chorros de leche explotaron en sus rojos y carnosos labios. Su rosada lengua salió de su boca y la pasó alrededor de los labios saboreando cada gota de mi esperma. Fue una imagen inolvidable. Se puso de pie y sonriendo me dijo que mi leche y mi verga eran muy sabrosas. Que era justo lo que estaba buscando.
Me agaché un instante para levantar mis pantalones pero me detuvo suavemente con su mano. Me dijo que ahora quería saber cómo era mi habilidad para chupársela a ella. Se levantó el camisón y dejó ver su pija bien parada con sus hermosos testículos bien redondos. Me arrodillé frente a ella y me pasé semejante miembro por toda la cara. ¡Oh! Estaba caliente y ella respiraba de manera agitada por lo que le hacía. Toda su pija fue recorrida por mi lengua hasta que de pronto la tragué casi totalmente. Mi mano estaba llena con semejantes testículos, a los que apenas se los apretaba una y otra vez. Ella se mantenía parada y con sus piernas bien abiertas en ángulo, por lo que pude meterle uno de mis dedos en su culo. ¡Fue lo máximo! Ella comenzó a decirme una infinidad de cosas lujuriosas hasta que repentinamente estalló su semen en mi rostro. Confieso que no me gusta tragar el semen de las travestis con las que mantengo relaciones, pero en aquel momento una especie de sensación inevitable hizo en mí que tragara una y otra vez su pija cubierta de leche.
Luego de aquél casting fabulosos por el que me hizo pasar, Ana comenzó a presentarme a la “niñas” una por una con sus nombres. Cada una de las pequeñas diosas había sido recogida de la calle, o entregada por alguna madre que no quería cargar más niños de los que tenía. Se las veía rozagantes y felices de verme. Estaban hermosas, todas vestidas con sus pequeñas faldas, sus medias y zapatos de escolar. Cada una había sido levemente maquillada y perfumada para la ocasión. Una era más linda que la otra. Tenían entre nueve y once años de edad y sus rostros no tenían el más mínimo indicio de pertenecer a un niño. De modales refinados y movimientos muy femeninos me saludaron una por una.
Le pregunté a Ana si había pensado en que era posible que alguna de ellas cuando creciera pudiera perder la belleza actual. Ella me contestó que sí, que era posible y que inclusive ya había expulsado a algún niño inadaptado y al que le veía futuro más de boxeador que de escort travesti, pero que este grupo ya era la selección final y que con ninguna de ellas ocurriría eso.
En ese momento le creí de verdad. Era imposible que esas criaturas pudieran transformarse ya en otra cosa que no fuera una travesti hermosa y excitante. Yo seguía pellizcándome para despertar del sueño. Era atendido en mi habitación por cada una de estas niñas, las cuales cumplían tareas diferentes. Cocinaban, lavaban la ropa, limpiaban las habitaciones y además de todo eso tomaban las lecciones por las tardes que la misma Ana les enseñaba. Eran clases en las que una y otra vez les insistía en ser femeninas, en acomodar sus voces, en caminar sensualmente. Era muy bello ver todo aquello. A los dos días de estar allí vi que otras dos travestis más jóvenes que Ana la ayudaban a enseñarles a las “niñas”. Eran muy bellas y serviciales con las alumnas y con Ana.
Las dos me fueron presentadas y con las dos la pasé de maravillas. Pero lo que deseaba de una vez por todas era partir uno de esos culitos que a cada momento se paraban frente a mí. Quería meter mi verga debajo de esas faldas escolares y hacerles sentir lo que era bueno.
El momento llegó una tarde en la que Ana entró a mi habitación acompañada de una de las travestis alumnas. Tenía exactamente diez años y era morocha, de rostro redondo y grandes ojos oscuros. Estaba vestida con su uniforme de todos los días, con un arreglo en su cabello con dos trenzas largas. Ana se acercó a mí y me dijo que aún no era el momento de penetrarla, que lo que quería era que practicara con ella besos en la boca y que la acariciara y manoseara por debajo de la falda. “Ya llegará el momento de lo otro”, agregó. Luego se sentó en un rincón de la habitación para controlar desde allí y evaluar a su alumna, a quien le hizo una seña de autorización para que se acercara hacia a mí. Su nombre era Cintia, y un poco temerosa, aunque sonriente, se sentó al lado mío. Yo la abracé y lentamente empecé a besarla en las mejillas. Podía sentir su respiración un poco agitada y nerviosa. Acaricié sus piernas suaves a la vez que empecé a pasarle mi lengua por su rostro y por sus labios. Luego la besé profundamente. Cintia respondió de inmediato tomando con sus dos pequeñas manos mi rostro mientras yo le metía mi lengua hasta el fondo de su garganta. Ana observaba todo desde el rincón y decía que continuemos, que la besara apasionadamente, con ganas. ¡No hacían falta sus indicaciones! Yo la estaba ahogando. Debajo de su corta falda mi mano se había llenado con sus testículos y su pequeña pija apenas erecta. Era maravilloso aquello, de pronto no aguanté más y saqué mi pija a punto de estallar. Ana se paró repentinamente y me detuvo. Me dijo que no, que Cintia no estaba preparda aun. “Es tarde”, le dije, y comencé a masturbarme frente al rostro de la “niña”. Mi semen estalló en su rostro y la pequeña, asombrada y mirando a su maestra, sólo atinó a limpiarse con su mano y a tragarlo. “Ya estás bien aprendida, mi amor”, le dije. Pero a Ana no le gustó mi actitud. Me reprochó que no había respetado la lección. Solamente le contesté que cuando trabajara de adulta nadie respetaría la lección.
Ana no dijo nada y se retiró con la niña. Al rato volvió con otra alumna con quien debía cumplir la misma lección de besos y manoseos, esta segunda nena travesti se llamaba Claudia y era muy blanca y pecosa. Su rostro tenía un dejo de perversión y picardía, como si hubiera estado esperando con ansiedad ese momento. Ana regresó a su rincón, no sin antes decirme que al menos esta vez me comportara y realizara lo ordenado sin otro agregado de mi parte. Esta niña tenía también diez años, muy delgada y sorprendentemente con unos pequeños senos que le habían crecido producto de ciertas hormonas que Ana había comenzado a darle. Su cabello lacio y rubio caía suelto sobre sus hombros. La senté sobre mis rodillas y sin decir y hacer nada, ella misma enroscó su brazos sobre mi cuello y se lanzó sobre mi boca para besarme con pequeños besos que fue haciendo cada vez más intensos. Su lengua se metió en mi boca y una sensación maravillosa llenó todo mi cuerpo. Con mis dos manos tomé su durísimo culo a la vez que comencé a meterle uno de mis dedos por su agujero. Se contorneaba excitantemente cada vez que mi dedo entraba y salía. Ana le ordenó a su alumna, desde su rincón, que me pasara la lengua por el cuello y que no dejara de moverse de la manera en que lo estaba haciendo. Mi dedo cada vez iba metiéndose más adentro y la travesti niña gemía dulcemente sobre mi rostro. Era sensacional esa situación. Ella chupándome y lamiéndome por todo el rostro, con su ropa interior por la mitad de sus finas piernas y gimiendo como una gatita pidiendo por su madre. Hasta Ana comenzó a excitarse, tomando su miembro erecto y masturbándose lentamente. Yo aparté el rostro de la travesti alumna y le pasé mi lengua por todo su rostro. La pequeña Claudia sabía lo que hacía y también jugueteaba con su lengíŒita cuando yo le daba un respiro.
Le pedí me dejara ver sus tetas pero ella miró hacia Ana antes de abrir su camisa. Ana hizo un movimiento de cabeza como aprobando que lo hiciera. Entonces Claudia abrió un par de botones de su camisa y dejó ver sus senos pequeños. ¡Oh, dios! Qué imagen tan perfecta la de sus senos. Eran pequeños, sí, pero ya tenían sus formas perfectas con sus pezones turgentes y rosados. Mi boca se llenó con ellos. Mientras tomaba mi cabeza la apretaba contra su cuerpo. Mis dedos seguían entrando y saliendo de su culo al que cada vez se lo notaba más dilatado. De pronto sentí que Ana se paraba y se dirigía hacia nosotros. Pensé que la lección llegaba a su fin. Pero no. Ana se acercó y se agachó entre mis piernas sacando mis dedos del culo de Claudia y se puso a chuparlo desesperadamente. La pequeña seguía gimiendo y pedía por más. ¡Estaba excitada como una perra adulta a sus diez años! Ana era experta con la lengua por eso la alumna estaba tocando el cielo con las manos. Yo la aparté un poco y la dejé sobre el sofá en el que estábamos y mientras Ana seguía lamiendo el culo de su alumna, me puse a su vez detrás de Ana para chupar su miembro erecto arrojándome en el piso. Los gemidos de las dos travestis me excitaron terriblemente. ¡Sí que estaba en el cielo! La verga de Ana entró hasta mi garganta y sus testículos parecían estallar cuando se los apretaba con las manos. Ana dejó de lamer el culo de Claudia y la dio vuelta para meterse su pequeño miembro en su boca. La alumna mientras tanto se manoseaba sus tetitas y gritaba que quería chupármela. Gritaba a su maestra para que le diera permiso de probar mi pija. Ana accedió y yo saqué mi verga parada y la llevé a la boca de Claudia. Ella comenzó a pasarle la lengua desesperada y a metérsela de a poco, pero sólo le entró hasta la mitad. “Ana, déjame penetrarla”, le imploré. Ana estaba excitada y decía a todo que sí. La niña se sorprendió al ver el tamaño de mi pija, la imaginaba entrando dolorosamente en su culito. “No tengas miedo, Claudia, algún día ibas a tener que hacerlo, mejor hazlo ahora”, le dijo Ana. Sin embargo, antes de que comenzara a metérsela a la alumna, Ana se metió mi pija en su boca y la lubricó con su saliva. Luego la acerqué al agujero dilatado de la pequeña travesti y comencé a empujar lentamente. La pequeña cambió su gemido por un leve grito de dolor, pero Ana me ordenó que me detuviera, me gritó que se la metiera y que la partiera en dos. Claudia se tomaba sus testículos y su pequeña pija semi erecta y se masturbaba. Ana en ese momento se paró y metió su pija en mi boca. ¡Estaba penetrando a la pequeña y con la pija de Ana en mi boca! ¿Qué más podía pedir? De pronto todo se dio al mismo tiempo. Mi pija había entrado en el culito de Claudia, que gritaba aferrándose al apoyabrazos del sofá, la pija de Ana estaba toda dentro mío y la sentía en mi garganta. Ana gritó y eyaculó dentro de mí. Sentí su leche caliente bajar por mi garganta hasta el estómago. Yo también eyaculé dentro de la pequeña. Al sacar mi pija del culo de Claudia, por su agujero salía leche a raudales. Ana acercó su boca al culo de su alumna y comenzó a lamer la leche que salía de su ano.
La pequeña Claudia quedó muy dolorida, llorando en silencio con los ojos llenos de lágrimas. Ana tenía el rostro desencajado, aún duraba su excitación. Yo había quedado exhausto. Sin embargo aquello recién había empezado. Sin una gota de leche en mi cuerpo tuve que atender al resto de las niñas hasta entrada la noche.
Una a una fueron desfilando por mi habitación. Tuve que besarlas a todas y manosearlas hasta el hartazgo. Mis manos me dolían de tanto entrar en los culitos de las pequeñas travestis. Mi lengua estaba irritada de las mordeduras de las pequeñas putitas y mi cuello estaba lleno de moretones. Ana seguía ordenando desde su rincón. Así, hasta que la lección fue cumplida por todas.
Las pequeñas alumnas me habían dejado seco y agotado. Pero no me quejé, eso había sido el paraíso. Recuerdo sobre todo la lección que me tocó llevar adelante con una que se llamaba Greta. Era bellísima, la más femenina de todas las travestis. Tenía once años y ya era toda una señorita. Recuerdo su olor agradable, su saliva tan deliciosa y su culo pegado a mi rostro pidiendo que la chupara cada vez más. Gritaba y gemía como una verdadera puta excitada ¡y lo estaba!
Ana, al final de la jornada, me dijo que toda mi estadía allí sería igual que esa tarde. Solo tendría un descanso por semana. Sería agotador pero igualmente lo acepté. No podía rehusarme. Estar en el cielo y huir no era una buena decisión.
Mi estadía en la casa de Ana fue gloriosa. Quince niñas travestis para mí sólo. Las penetré hasta el cansancio y las dejé a todas satisfechas. Cada día que pasaba era increíble el avance de las muy putitas. Fueron más de dos semanas de las que me había comprometido. Permanecí allí durante un mes y medio.
El final de mi estadía llegó cuando escapé del lugar con una de las pequeñas travestis. Sé que Ana nunca me lo perdonó pues sé que todavía nos está buscando a pesar que ya pasaron cinco años de esto. Hoy vivo con mi novia travesti, alejados de aquel lugar para iniciar una vida juntos. Muchas fueron las complicaciones que me trajo pero sigue valiendo la pena el peligro de que me descubran acostándome con una travesti de quince años. Ella es Claudia. Sí la segunda alumna que pasó por mis brazos. Hoy es toda una mujer travesti. Con sus quince años y el entrenamiento de Ana se ha convertido en la prostituta más deseada de la ciudad donde estamos. Ella mantiene la casa y no deja que yo trabaje. Sigo siendo afortunado y a veces pienso en qué habrá sido de esas niñas putas y travestis que penetré una y otra vez hasta el cansancio. Por algún lado andarán repartiendo placer.

NeoPene

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