BREVE HISTORIA DE MI PRIMER NOCHE COMO TRAVESTI

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7 abril, 2019 10:21 am

Me vestí como rockera a los 14 años y fui así vestida a un recital. conocí a Abel a quien amé por una noche.BREVE HISTORIA DE MI PRIMER NOCHE COMO TRAVESTI

No aguanté más y me decidí: quería ser una travesti. Tenía exactamente catorce años. Vivía en una familia muy formal y bien constituida que hizo por mí lo imposible por sacar mi amaneramiento y mis actitudes femeninas. Nunca lo lograron, por supuesto. La noche en que me transformé en una travesti por primera vez fue de las mejores de mi vida.
Todo comenzó aquella tarde en la que me enteré de una fiesta en un club donde pasarían cosas muy interesantes y donde tocaría una banda de rock. Decidí ir a ese recital ¡¡pero vestida de mujer!!. Compré la ropa que usaría y mis maquillajes con el dinero ahorrado que poco le costaba a mi padre darme, ya que era dueño de una empresa que funcionaba a la perfección.
Me encerré en mi habitación desde temprano para depilarme el cuerpo y pintarme las uñas de pies y manos. Luego comencé a maquillarme y a vestirme con una camiseta ajustada que tenía pintada una lengua de los Rolling Stones. Debajo llevaba un sostén con unas prótesis de látex que me hacían ver con un busto pequeño pero bien formado.
De tacos altos y minifalda y campera de cuero, salí a la calle escapada por la puerta de servicio de mi casa. Fui caminando a aquel recital, pero confieso que me costaba hacerlo por la falta de costumbre de caminar con tacos altos. Por eso lo hacía lentamente y moviendo el culo de un lado para el otro como si fuera una de esas prostitutas de películas americanas en New York. Sentía cierta brizna fría por debajo de la falda pero eso me gustaba. La fina tira de tela resbalando entre mis nalgas recién depiladas me daba mucho placer. A las pocas cuadras del club me detuvo un muchacho rockero que me preguntó si iba hacia al recital. Le contesté que sí por lo que de inmediato me propuso si quería que me acompañara. Sencillamente me derretí cuando me lo pidió.
Acepté de inmediato, y de inmediato fue el abrazo con el que me rodeó este muchacho que se llamaba Abel. No se trataba de un joven muy lindo, pero era flaco y de una estética singular que me atrajo al instante.
Antes de entrar al club, Abel me tomó de la cintura y me dijo sin más rodeos que para ser un chico era muy hermosa. ¡Dioses! me había descubierto. Pero no mostraba disgusto ni rechazo, seguía abrazado a mí y por momentos me tomaba de la mano. De esa manera entramos al salón donde la banda estaba a minutos de salir a tocar. Abel y yo nos sentamos en el suelo en un rincón, debajo de una especie de escalera que daba a una parte superior donde colocaban banderas que daban la posibilidad de ocultarse y donde algunos consumían drogas o directamente templaban sin vergíŒenza alguna.
Abel preguntó mi nombre por primera vez. A mí no se me ocurrió mejor nombre que el de Carolina, el nombre de una compañera de la escuela a quien envidiaba profundamente su belleza. A partir de allí fue que comenzó mi gran noche.
El joven rockero comenzó a acariciarme las piernas y a meter su mano debajo de la minifalda buscando mi culo, yo le dejé hacer todo lo que quisiera. Así, me metió sus dedos en mi boca buscando mi saliva, la cual usaría instantes después para lubricar mi culo. Primeramente me metió un dedo, al cual iba metiendo de a poco y en forma circular. Luego me metió un segundo dedo y en ese momento, cuando comenzó a tocar la banda, aproveché para dar unos grititos de niña que tenía atragantados casi desde que había nacido. Mi polla se había puesto tiesa y se había salido por el costado de mi pequeña braga. A él no le molestó, entonces comencé a masturbarme y a pedirle que me besara en la boca. Fue hermoso ese primer beso que recibí de un hombre. Dulce y apasionado a lo primero, luego se convirtió en un beso salvaje en el que su lengua intentaba llegar hasta mi garganta. El alto volumen de la música tapaba nuestros jadeos y el de las demás parejas que templaban debajo de las banderas.
Sus dedos bien metidos en el interior de mi culo me hacían doler, pero me gustaba. Me gustaba estar con un hombre. Ello era todo lo que había deseado desde hacía años y ahora allí lo tenía. Su lengua en mi garganta me excitaba sobremanera y entonces decidí que era el momento de tragarme su polla hasta donde más pudiera. Tomé la cremallera de su pantalón y al bajarla me encontré con un pedazo hermoso de carne que dejaba ver una cabeza enorme de color rosa. De inmediato la llevé a mi boca y la tragué lo que más pude. Era mi primer experiencia y no lo estaba haciendo muy bien. Pero igualmente me sirvió para darme cuenta de que en no muy poco tiempo sería toda una experta.
Abel no aguantó demasiado mi embate bucal y de pronto estalló su leche en mi paladar. La tragué toda, hasta la última gota. Me pareció sencillamente exquisita. El sabor más delicioso que había probado en toda mi vida.
Cuando llegó mi turno de eyacular, le pedí a Abel que me masturbara. í?l accedió gustoso y volvió a meter su lengua hasta mi garganta. Tomó mi miembro erecto y me masturbó desde el tronco, tomándome los testículos con un poco de firmeza. En la mitad de un solo de guitarra estallé en un grito orgásmico que ahogué en la boca de Abel que seguía trabajando con su lengua.
Los dos habíamos tenido lo nuestro. Luego nos pusimos de pie y nos paramos recostados contra una pared. El me tomaba de la cintura y besaba mi cuello. Yo era feliz, estaba calentando a mi primer macho que no paraba de manosear mi culo y de llenarme de saliva todo mi cuelo y mi rostro.
La noche terminó de manera abrupta. Alguien tomó a golpes a Abel. Nunca supe por qué. Seguramente viejas deudas de pandillas. Un gran temor de ser descubierta como varón me invadió todo el cuerpo. Pero aun en semejante situación lamentable para mi ocasional amante, tuve mi cuota de placer. Un fornido joven morocho me tomó del brazo y me apartó del lugar diciéndome que aquello no era asunto de putitas zorras como yo y que me fuera de allí si no quería que me partieran el culo a pingazos. Había pasado por una jovencita frente a tales gorilas urbanos.
Volví a mi casa en un taxi que me dejó a media cuadra de donde vivía. Entré a mi habitación con gran temor pero llena de excitación. Todavía tenía mi cuello húmedo por la saliva de Abel. No desperdicié el momento de calentura. Fui a la nevera de la casa y me llevé una enorme zanahoria que calenté con agua del grifo caliente de mi baño. La lubriqué con un gel para el cabello y vestida aún de rockera me arrojé sobre la cama y me la metí como si fuera un consolador una y otra vez. Sólo me detuvo el dolor extremo que me ocasioné y el llanto que brotó de mis ojos por no haber podido estar más tiempo junto a Abel.
Jamás volví a verlo, pero jamás me olvidé de ni de él ni de su lengua, ni de su saliva.

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