ADIOS A MI INOCENCIA (TRAVESTIS)

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3 mayo, 2019 2:35 am

Hermosa historia de como se inició una travesti y mantuvo realaciones con el padre de su mejor amigaADIOS A MI INOCENCIA

Todas las tardes, a eso de las tres y media, esperaba a quedarme solo en casa, cuando mi madre se iba a limpiar casas ajenas. Entonces comenzaba verdaderamente el día para mí. Iba hasta un pequeño galpón en el fondo del patio y sacaba de debajo de unas maderas, un pequeño bolso que contenía mi felicidad. Allí estaba la ropa de niña que me había regalado Carolina, una compañera de escuela a quien le había contado mis amarguras de encontrarme con un cuerpo y vida de varón que detestaba. Y así comenzó todo como un juego, prestándome sus ropas y arreglando mi cabello y pintándome las uñas como ella misma había aprendido. Maquillaba levemente mi rostro y hasta recuerdo que me perfumaba con una fragancia suave para mujercitas.
Así pasaba toda la tarde, con su ropa y vestida como una niña bastante hermosa. Mi rostro se transformaba totalmente y mi nuevo ánimo me daban una estética provocativa que odiaba tener que dejarla cuando se terminaba la tarde. Carolina entonces me dio sus ropas para que las tuviera todo el tiempo que quisiera y para que me pudiera vestir a cualquier hora del día sin depender de que ella estuviera disponible.
Mi madre jamás sospechó durante mis once años lo que yo hacía o sentía. Llegaba agotada por las noches y apenas me preguntaba si había hecho mis tareas escolares. Era lo único que le preocupaba, que yo estudiara y no terminara como ella o mi padre que ni sabía por dónde andaba.
En esas tardes solitarias en mi casa, caminaba como una niña y hablaba y cantaba con la voz que realmente yo quería tener. Me sentaba con mis piernas cruzadas frente a un espejo y me miraba un y mil veces el rostro tratando de mejorarlo con un último toque de maquillaje. Me levantaba el corto vestid de Carolina para ver mis piernas y mi culo blanquito con la pequeña bombacha rosa metida en mis nalgas. ¡Qué feliz que me sentía entonces! Parecía que la vida comenzaba a tener sentido verdadero para mí. Había encontrado lo que buscaba.
Un día me animé y salí a la calle por la tarde vestida de niña para ir a lo de Carolina. Al entrar así a su casa se asustó de que alguien me viera en su casa con sus ropas y vestida de tal manera. Subimos rápidamente a su cuarto y nos tiramos en la cama a reírnos a carcajadas por mi locura.
Pero ella tenía razón en su temor, su padre me había visto y se había dado cuenta de lo que vio. Y allí comenzaría una especie de vida que encerró para mí más contradicciones de las que traía hasta ese momento. El padre de Carolina se apareció una tarde en mi casa golpeando la puerta de entrada mientras yo estaba vestida de nena. Intenté simular una ausencia total en la casa, pero él insistió diciéndome que sabía perfectamente que yo estaba allí.
Abrí la puerta con un profundo temor de encontrar a alguien encolerizado, pero me encontré una situación sorpresiva. El padre de Carolina traía un hermoso ramo de flores que ni bien me vio lo extendió hacia mí con una seductora sonrisa. Tomé las flores y lo hice pasar. í?l se sentó en un sofá que había en la sala ni bien se entraba a mi casa y no paraba de sonreírme. Me hizo una seña para que me sentara cerca de él y así lo hice. Ni bien me senté a su lado comenzó a acariciarme el rostro y a decirme lo hermosa que era, que estaba más bonita que una niña de verdad y que el vestido de Carolina me quedaba mejor que a ella.
Ahora al tiempo recuerdo todo la situación con una sonrisa, pero en ese momento confieso que en cierto modo me encontraba entre asustada y excitada por lo que sucedía, me gustaron sus caricias y sus palabras y esa primera actitud de traerme flores. Me preguntó cómo quería que me llamara y yo le dije que por favor me llamara Analía, que ese era el nombre de mis sueños. Luego tomó mi rostro con sus dos manos y me besó profundamente, lo hizo de una manera muy caballerosa y sensual. ¡Sabía cómo hacerlo! Sus manos se metieron debajo de mi falda y comenzó a bajarme la pequeña bombacha que su propia hija me había regalado. Sacó su lengua de mi boca y me introdujo un dedo indicándome que lo chupara. Así lo hice medio temerosa y medio excitada. Analía estaba con un hombre en definitiva. ¿Por qué no aprovecharlo después de todo? Entonces con su dedo lubricado por mi saliva me lo introdujo en mi ano totalmente virgen. Comenzó a meterlo de a poco y haciéndolo circularmente. Yo daba pequeños grititos que me di cuenta enseguida que lo excitaban terriblemente. Transformé mi pequeño dolor por un placer que comenzaba a descubrir. A los pocos instantes tenía todo su dedo medio metido en mi culito de niña. Sabía lo que venía y comencé a tener un poco de miedo.
El padre de Carolina sacó su enorme miembro y lo puso frente a mi cara, pasándolo excitado por todo mi rostro hasta que me ordenó que lo metiera en mi boca. Esa, mi primera vez que me metí un miembro en mi boca, fue inolvidable para mí. Sentí que me poseía totalmente y me tenía a su merced. Pero que un poco también él era mío, porque podía darle placer con mi lengua y dominarlo a mi modo. Luego, cuando su miembro estuvo erecto en su totalidad, me dio vuelta y levantándome la falda comenzó a introducir su miembro en mi culo. Un dolor profundo invadió todo mi cuerpo y de repente sentí que ya lo tenía adentro mío. Lloré de verdad pidiéndole alocadmente que me la sacara para pasar a decirle de repente que me la metiera y que lo amaba y que era un hijo de puta por lo que me hacía. Tomándome de los cabellos me la sacó y la puso una vez más frente a mi rostro. Sacó de su miembro un preservativo que no había visto ponérselo y de repente me metió nuevamente la verga en mi boca y me la llenó de semen, no dejándome que se me escapara ni una sola gota, gritándome que me la tragara, mientras me decía putita y yegua de mierda.
Fue mi primer tragada se semen y una de las más excitantes, por cierto. El padre de Carolina se tiró exhausto sobre un costado, agitado y satisfecho por su eyaculación. De pronto, a los pocos segundos volvió a meter su mano debajo de mi vestido y comenzó a manosear mis testículos y mi pequeño miembro. Yo seguía llorando entre emocionada y dolorida, cuando de repente se arrodilló frente a mí y se metió todo en su boca mientras volvía a meterme sus dedos en mi culo. Yo lo tomé de los pelos y lo apretaba contra mis piernas. Comenzó a tener otra erección a la vez que se masturbaba sin sacar de la boca mis huevos y mi verga de travesti pequeña de once años. Estuvo chupándome y metiendo sus dedos durante un largo rato hasta que le pedí por favor casi a los gritos que no me hiciera más daño en mi culo. Se puso de pie y nuevamente metió su miembro en mi boca, estallando a los pocos segundos e inundándome nuevamente de semen casi hirviendo.
Después de eso me puso de pie tomándome por la cintura y me llevó hasta el baño donde lavó mi boca y mi culo dolorido. Me pidió perdón por el dolor provocado mientras me sonreía de una manera dulcísima. Volví a maquillarme con lo que su hija me había regalado y otra vez fui una Analía sonriente y un poco provocativa.
Una larga charla siguió a aquella primera relación. Yo conté mis sentimientos y necesidades y él contó sus fantasías con travestis de poca edad. Su beso de despedida fue uno de las más largos y profundos que recibí en mi vida. La relación que mantuvimos duró casi tres años, durante los cuales terminé mi escuela primaria para no pisar más un establecimiento educativo. Al año siguiente de lo que acabo de contar, le confesé todo a mi madre, quien no salió, todavía hoy, diez años después, de su asombro. Pero su falta de carácter o su resignación lograron que yo impusiera mi voluntad de transformarme en una travesti de trece años, feliz con mi nueva vida.
El padre de Carolina dejó de ser mi amante cuando un día casi me mata a golpes al encontrarme con tres jóvenes del barrio penetrada y con el rostro lleno semen, luego de una búsqueda desesperada por toda la ciudad sabiendo que ya no le estaba siendo fiel. Ahora lo comprendo aunque no le perdono el daño que me hizo. Carolina se peló conmigo espantada por lo que ella misma había contribuido a hacer.
Hoy llevo su nombre un poco en su homenaje, un poco por recordarla y por cierta envidia sana de su hermosura. Aunque no puedo ni debo quejarme, he alcanzado una belleza que jamás pensé se podía alcanzar desde un cuerpo de varón. Mis atributos son sorprendentes y mi femineidad es absoluta. Y para quien llegue a conocerme podrá darse cuenta que todavía sigo tragando el semen de mi pareja como aquella tarde inolvidable en el sofá de mi casa a mis once años.

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