Platos Sucios


Inicio sexual de preadolescentes. Particular lugar y momentoPlatos Sucios
Como todos los días, Liliana se disponía a lavar los platos, tarea ya habitual luego del almuerzo. La abuela Rufina, indefectiblemente se acostaba a dormir la siesta, y era este el momento mas esperado por Sebastián, su nieto.
Desde hacía ya bastante tiempo, Sebastián vivía con su abuela, y este cambio de hábitat no respondía a ninguna dificultad de convivencia con sus padres, que vivían a ocho cuadras, ni por la distancia a la escuela (que incluso quedaba mas lejos que desde su propia casa), tampoco se debía a un desmesurado cariño de nieto. El motivo simple y único era, Liliana.
Ella era una «nieta» adoptada a los ocho años y que ahora contaba con trece. Sebastián, de catorce años, atravesaba el mas crudo despertar sexual, y todas sus fantasías y su desbordada lujuria las materializaba con Liliana.
Todo había comenzado como un juego de niños, con roces, contactos de piel y alguna que otra caricia. El tiempo los fue haciendo adolescentes y el deseo carnal pasó a ser el mayor atractivo entre ambos.
Lo hacían a toda hora, momento y lugar, arriesgando incluso a ponerse en evidencia, o lisa y llanamente, a que los descubrieran en medio del acto.
Había ciertos horarios, situaciones o lugares, que ya eran clásicos y prácticamente tenían carácter de ritual. Uno de estos momentos, era la siesta, cuando la abuela dormía y Liliana lavaba los platos.
La cocina era contigua al dormitorio de la abuela, quien tenía una particular manera de conciliar el sueño, el mismo se daba escuchando la cadencia ininterrumpida de los movimientos y sonidos, que acontecen en una pileta de cocina llena de platos, cubiertos y cacerolas, cuando son lavados y enjuagados. El musical tintineo y chapoteo que se da en el recinto de la bacha, obraban a manera de somnífero en la abuela Rufina.
Descubrir esta clave fue para Sebastián, la llave que posibilitó el desarrollo de sus arremetidas sexuales.
Liliana, una morenita de mediana complexión, tenía buenas formas y una destacable cola, bien pulposa y erecta. Sus pechos estaban en pleno desarrollo, y prometían ser una delicia en pocos años más.
El procedimiento que seguía Sebastián, se iniciaba a los diez o quince minutos luego que su abuela se acostara, y cuando ya eran perceptibles los primeros y tímidos ronquidos de ésta. Al aproximarse ese momento, Sebastián era presa de una terrible erección, como preludio ya, de lo que sobrevendría.
Acto seguido, se acercaba a Liliana, que parada y apoyando su abdomen sobre la mesada, se dedicaba a la rutinaria tarea de lavar platos, vasos y cacerolas. La abrazaba por detrás (obviamente sin que Liliana hiciera ningún movimiento o acción activa, ya que esto podría interrumpir la cadencia del lavado y precipitar el despertar de la abuela), apoyando su palpitante verga en la pulposa cola de la ardiente lavandera. En primer término se dedicaba a hacer algunos movimientos lascivos y prontamente pasaba a la segunda fase. Tanto el procedimiento sexual en la cocina o cualquiera de los otros que practicaban en cualquier momento y lugar de la casa, tenían en común la velocidad, el alerta máximo y el terrible cagazo de ser descubiertos, circunstancias estas, que no hacían otra cosa más que aumentar y potenciar los terribles deseos lujuriosos de ambos.
Habitualmente Liliana usaba algún breve vestido, pollera o shorcito muy suelto (comportamiento este que no tenía nada de azaroso, sino que obedecía a facilitar las acciones de Sebastián en esta etapa), el que era descendido por el excitado nieto, junto también a la ropa interior (si es que la tenía, ya que en ocasiones también esta prenda era obviada por Liliana, a fin de facilitar los trámites), ahorrando de esta manera un paso y unos preciosos segundos de perdida de tiempo.
Con la cola a su disposición y el oído en alerta máximo, el desbordado nieto se arrodillaba y empezaba a recorrer con su lengua, el tentador surco que se le ofrecía. Digamos aquí la ardua tarea que tenía Liliana, ya que por un lado se entregaba al placer más crudo que le brindaba su seudo-sobrino, y a la vez debía concentrarse en su tarea, esto es no alterar la cadencia del tintineo y chapoteo del lavatorio, a fin de evitar las consecuencias ya descriptas. Con todo esto a cuestas, se las ingeniaba para imprimir un movimiento sensual y excitante a su cola, lo que enardecía más aún al arrodillado Sebastián.
Debido al riesgo que significaba esta situación, por la cercanía de la abuela, y porque cualquier imprevisto podría interrumpir o descubrir tal acción, esta fase al igual que la anterior, también era muy breve y fugaz (de treinta a cuarenta segundos). Desbordado ya de lujuria, Sebastián extraía su rojo miembro, y tras frotarlo verticalmente en el canal, lo enterraba con un fuerte empujón en la grieta babeante de Liliana. Era obvio que este era uno de los momentos que ambos perdían la noción del hecho en general y la concentración en la dormida abuela, pero acto seguido, y cuando ya se iniciaba el bombeo, nuevamente se concentraban, Liliana en el lavado y el escaldado Sebastián, en el alerta auditiva. La duración de esta fase dependía de varios factores, como ser la mayor o menor excitación y predisposición de ambos, y la actitud y estado de ánimo (pre-siesta) de la abuela. Así, cuando la veían nerviosa o preocupada, aceleraban todas las fases ya que la posibilidad de un repentino despertar era más probable. En cambio cuando la notaban distendida y tranquila, se tomaban mayor tiempo para la acción.
Sebastián aferrado a la cadera a Liliana hundía y extraía su pétreo pistón, a una velocidad intermedia, sincronizando con los movimientos de esa cola.
Debido a que el pervertido nieto vivía en un estado de lujuria y excitación casi permanente, (o como el mismo lo reconocía) en fase preorgásmica perpetua, a los pocos segundos o (más raramente) minutos, comenzaba el frenético bombeo de su ariete, sacando y enterrándolo casi por completo, mientras Liliana se retorcía sobre la mesada (sin que esto signifique abandono de tareas por su parte), y se mordía los gemidos.
Ya en la cresta del desborde, y sintiendo como se le aflojaban las piernas, el incendiado nieto, derramaba su lácteo líquido, con toda la potencia de sus hormonas. Este breve paso por el éxtasis, los obnubilaba por unos segundos, y acto seguido se producía el desacople, completando la acción con el reintegro de la ropa a la lavanderita, tarea realizada por Sebastián, a fin de que ella continuara sin interrupción, con la feliz tarea del lavado.
Alrededor de las tres y media de la tarde la abuela despertaba de su siesta, y como habitualmente lo hacía mientras preparaba su mate, recorría patios y galerías, regaba una plantita por aquí, o cortaba una hoja seca por allá. Durante este recorrido, era casi rutinario ver a su nieto, quien sentado en un sillón, con sus patas apoyadas sobre el tronco de una mora, se deleitaba leyendo un D`artagnan:
– Dormiste la siesta Sebastián?
El nieto fatigosamente y sin apartar la vista de su obra literaria, respondía:
– No abuela, estuve haciendo los deberes.

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