Quizás el tedio, pensaba. Y es que durante el último tiempo sus recorridos nocturnos giraban absoluta e irremediablemente en el vacío. Como enganchados en una banda de moebius, en un movimiento marcado por la inercia y la insatisfacción. Cero sorpresa. La misma película en una función rotativa de la cual no podía escapar y que le dejaba atormentado, suspendido en el mismo y eterno coito interrumpido, repitiendo hasta el cansancio el mismo rito estereotipado de supervivencia. Su sed, aquel impulso primario, básico, urgente, reclamaba algo más que simple sangre…

Dentro de la fría habitación los gemidos de la chica se oían breves, pequeños quejidos entrecortados que se apagaban a medida que su vida se extinguía en cada embestida. Lestat, despegándose de su cuello, se había quedado un momento más sobre ella, aún dentro de su vientre, mirándola fríamente, esperando el instante, el apenas perceptible segundo en que la alcanzara la muerte. Entonces, y adivinando su último estertor, la besó sin prisa, pudiendo inmediatamente sentir el frío que empezaba a apoderarse de aquel cuerpo. Sin dejar de mirarla, se apartó con marcada indiferencia, dobló un par de billetes y los puso irónicamente en la boca de la prostituta y, dando un último vistazo al cuerpo destrozado, sin vida del cliente al cual habia interrumpido y que yacía a un costado de la cama, se acercó lentamente hasta el ventanal y, sin perder más tiempo, desapareció.

Parecía otra fría noche más en esta opaca ciudad en la que todo tendía a permanecer igual. Sentado sobre un descomunal aviso luminoso, ubicado en un alto edificio desde donde se podía obtener una amplia vista de Santiago, Lestat se dedicó casi sin pasión a su pasatiempo habitual, observar a los escasos seres que aún se mantenían despiertos, seres por los cuales sentía una extraña mezcla de desprecio y fascinación.

En una de las ventanas del edificio de enfrente, apenas disimulado por la semioscuridad del cuarto, el siempre puntual y sistemático anciano permanecía sentado al borde de la cama donde duerme aquella pequeña y dulce chica, mientras con sus ojos de voyeur ansioso, se reserva el placer de mirar febrilmente aquel suave y adolescente cuerpo apenas destapado, imaginando con desesperación la escena en donde sus manos la recorren, la cogen, la aprietan, sin control, sin restricciones, abandonado al violento deseo de poseerla…una de estas noches. Siempre lo mismo, siempre repitiendo el mismo fracaso con el secreto y profundo temor que todo algún día se haga realidad.

Unos pisos más arriba, juntas, abrazadas, tumbadas sobre la cama, dos chicas se juran amor eterno con un beso que se intuye de verdad, que deja excluidos radicalmente al resto de los seres, incluso a él mismo. Feroz promesa sellada con la piel aún tibia y húmeda que parece revelarle de golpe, brutalmente, su propia soledad. Aquella nietzscheana soledad inevitablemente ligada a su condición de depredador en el nivel más alto de la cadena…

Un leve movimiento proveniente de la azotea desvió repentinamente su atención. Agudizando aún más sus sentidos pudo reconocer la fugaz silueta de una chica parada muy cerca del borde, tan cerca que necesitaba solo un paso para caer al vacío. Algo en aquella etérea figura lo estremeció. En un segundo una serie de imágenes vinieron a su mente; una chica en el metro, otra frente a un cuadro en una galería, la misma bajando por una larga escalera de mármol, también por la de un burdel. Siempre la misma silueta sin rostro lanzada como en eco desplegándose infinitamente a través de su mente, un eco que sonaba inquietantemente familiar y que le hizo dirigirse, casi sin voluntad, hacia donde ella se encontraba…

Se puso a su espalda sin que ella lo notara, aguardando implacable el momento en el cual dejarse caer sobre su presa. Un enigmático perfume mezcla de sensualidad e inocencia lo retuvo, lo hizo dudar, algo en aquella figura envuelta totalmente en látex negro le paralizó, sin embargo, en un segundo y movido solo por un impulso, el de su inevitable deseo, puso su manos sobre los delicados hombros de la chica y se acercó, sangre y semen ardiendo, hasta su cuello…

-¡Nadie muerde a los de su propia especie…!

Interrumpido, sin entender, se sintió bruscamente apartado por una fuerza sobrehumana. La chica lanzando aquella inesperada sentencia, se había quedado mirándolo desafiante con un brillo altanero que le hizo comprender. â??Nadie muerde a los de su propia especieâ?…claro, pero solo si en ese pacto, aquel mítico pacto que sella con sangre el encuentro entre dos seres que habitan en la oscuridad, no incluye la promesa, la necesidad, del eterno lazo que los unirá en todas las noches que quedan por venir, un lazo que los condena a permanecer juntos más allá del tiempo, de la muerte …Lestat la miró una vez más, como buscando algún motivo que le hiciera dudar, pero era tarde, el hechizo lanzado por aquella hermosa chica había encadenado su alma. Entonces, sintiendo el fuego que empezaba a quemarle por dentro, dejó expuestos sus colmillos y comenzó a avanzar completamente cegado, casi corriendo hacia el fascinante y frágil cuerpo de Carmilla….

Inexplicablemente una densa neblina se dejó caer sobre Santiago, sobre esta opaca ciudad, sobre la azotea, sobre aquellas dos solitarias siluetas, ocultándolas del resto apenas un par de horas antes del amanecer…