El socorrista

Por
18 April, 2020 10:00 am

EL SOCORRISTA

Yo estaba excitadísimo. Oscar, mi compañero de clase,
mi admirado y guapísimo
Oscar había accedido a acompañarme a la piscina ese
sábado. El era un gran
nadador, y con esa disculpa yo insistía en invitarle a
la piscina de mi club,
para que me diera algunas instrucciones y mejorar así
mi estilo, aunque -en
realidad- yo sólo deseaba verle en bañador. En el
colegio, cuando hacíamos
deporte, estábamos demasiado vestidos y nunca había
clase de natación.
Imaginaba ese cuerpo dentro de un diminuto slip de
baño y me ponía a cien… Y
ya ni te cuento cómo me ponía cuando me imaginaba mi
cuerpo pegado al
suyo…uhmm… Yo, rubio de ojos azules, bronceado y
sin vello, delgado pero
marcado, un cuerpo adolescente en plena evolución, y
Oscar, algo más alto que
yo, moreno, anchas espaldas y fuertes brazos y piernas
de deportista, un
tiarrón, vamos, aunque aún fuera un crío como yo.
Yo estaba deseando atraerle a mi terreno porque sabía
que el vestuario de mi
piscina es diáfano, sin cabinas, y eso me permitiría
observarle
disimuladamente.
Cuando entramos en el vestuario, Oscar no se inmutó, y
-dejando la bolsa sobre
uno de los bancos de listones de madera que había
contra la pared como único
mobiliario- sacó su toalla y su bañador y comenzó a
desnudarse de inmediato. Yo
le imité sin decir palabra, pero sólo de pensar en que
al fin estabamos los dos
allí me empecé a empalmar, así que me quité el
pantalón y dejé la camisa para
que ocultara la evidencia. Oscar se había quitado ya
toda la ropa menos el
calzoncillo y al verme así se sonrió:
-Te voy a ganar… -me dijo con cierta ironía.
Yo le sonreí y continué quitándome el calzoncillo y
poniéndome el bañador,
mientras él hacía lo propio quedándose completamente
desnudo. Yo no quería
mirarle abiertamente, aunque podría haberlo hecho
porque estaba de costado,
pero me daba corte el cariz que estaba tomando mi
erección, que de seguro se
iba a notar bajo el bañador. Sin embargo no pude
resistir echar un vistazo
fugaz a su trasero, para vislumbrar un culito blanco,
duro y apretado que casi
me hace desmayarme…
Para cuando terminé de guardar la ropa y sacar la
toalla ya me había serenado
bastante, así que pude quitarme la camisa del todo y
ambos salimos al exterior.
Nos dirigimos a la piscina, y le señalaba yo todas las
instalaciones del
complejo mientras andábamos, para que lo fuera
conociendo, y así yo podía
recrearme en la visión de su cuerpo bajo el sol sin
que él lo notara. Estaba
realmente bien, bajo su cabeza perfecta y su fuerte
cuello un cuerpo musculado
sin exageración, pectorales marcados, vientre plano y
duro como un buen
nadador, piel tersa, bronceada y brillante sin nada de
vello y una armonía al
andar que le hacía parecer un ángel.
Al llegar a la piscina pensé que debía impresionarle y
llamar su atención de
algún modo y pensé que nada como un salto desde el
trampolín.
-Fíjate, Oscar. A ver si tú haces algo así -le dije
mientras subía a la más
alta de las plataformas-.
Yo era un buen saltador. Y estaba acostumbrado a
fijarme durante los
entrenamientos en los saltos de los compañeros. Veía
sus músculos estilizados
tensarse y el cuerpo evolucionar en el aire, y eso me
excitaba muchísimo.
Esperaba que a Oscar le pasaría lo mismo.
Estaba en lo alto de la plataforma cuando escuché un
silbato. Miré hacia el
lugar del que provenía y ví a un tipo que me hacía
gestos de que bajara de
allí. Oscar me miraba entre asombrado y divertido, y
yo pasé del tipo del
silbato.
Ejecuté un salto perfecto mientras escuchaba un nuevo
toque de silbato. Al
salir a flote vi en el borde de la piscina a Oscar
aplaudiendo y riendo, y a su
lado al tipo del silbato, señalándome con el dedo.
-Oye, chaval, está prohibido tirarse desde el
trampolín, ¿No lo sabes? -me
dijo.
Estaba enfadado y me miraba fijamente. Entonces reparé
en él. No me había dado
cuenta de que era un socorrista de la piscina al que
no conocía. Y era
guapísimo… Tendría unos 23 años, pelo rubio corto y
unos ojos frios y azules
que destacaban en su rostro anguloso y bronceado. Su
cuerpo estaba cincelado en
el gimnasio, con una musculatura perfecta y potente y
un diminuto bañador azul
aguantaba un aparatoso bulto que llamaba poderosamente
la atención. Me di
cuenta de que me estaba poniendo colorado, y agradecí
estar dentro del agua
porque me estaba empezando una erección.
-Pues… no, no lo sabía -balbucí, intentando no
mirarle al paquete-.
-Pues que sea la última vez, te lo advierto -dijo,
amenazador, y se dio la
vuelta sin esperar mi reacción.
Mientras se alejaba me quedé hipnotizado por su
cuerpo, esa espalda ancha y
tersa, esas piernas musculosas y -sobre todo- esas
nalgas duras, apretadas, que
se contoneaban bajo el nailon del slip…
Me despertó Oscar reanudando su aplauso.
-Bravo, Nacho, tio… ¡qué salto! No sabía que eras
tan bueno.
Al mirarle y ver su expresión de admiración recordé
para qué estábamos allí. Me
encantó ver en sus ojos esa mezcla de sorpresa y
envidia… ¿Le estaría
conquistando?
-¡Vamos, ven a nadar! -le dije-. En el acto, con un
grácil salto, se tiró de
cabeza a la piscina y desapareció bajo el agua. Cuando
estaba esperando verle
emerger cerca de mí, sentí unas manos que tiraban de
mis pies hacia abajo, y me
hundí en el agua de inmediato. Allá abajo estaba el
muy guasón mirándome, y
hasta se reía. Cuando se impulsaba hacia arriba para
ganar la superficie
alargué la mano para sujetarle, pero solo logré asirme
a su slip. Tiré de él y
se lo bajé hasta las rodillas, dejando al aire sus
preciosas nalgas blancas. De
inmediato detuvo su ascensión y se volvió hacia mí
sorprendido, y mientras
trataba de mantenerme alejado con una de sus piernas
tiró con fuerza del
bañador para subírselo. Pero al hacerlo no pudo evitar
mostrarme de frente una
visión celestial: su sexo. Bajo una pelambrera oscura
que se agitaba bajo el
agua se mantenían bien firmes sus huevos mientras una
polla de buen tamaño se
bamboleaba en libertad. La visión duró solo unos
instantes, pero al asomarme al
exterior pude ver la expresión de su cara y estaba
colorado, aunque con una
sonrisa entre pícara y avergonzada.
-Te vas a enterar… -amenazó, mientras nadaba hacia
mí a grandes brazadas y yo
trataba de huir entre risas.
Por supuesto me alcanzó, y nos enzarzamos en una
batalla acuática magnífica.
Tan pronto me hundía él como le daba yo una
ahogadilla, entre risas y manotazos
al agua, pero sobre todo era maravilloso comprobar que
estaba agarrándole por
todos lados, le sujetaba por la espalda, le cogía de
un muslo, me abrazaba a
él, le hundía, o le arrastraba al fondo conmigo si él
me hundía a mí. Y el
hacía lo mismo, me sujetaba, me hundía, me
inmovilizaba, y al hacerlo me
tocaba, me rozaba el culo, el pecho, la polla… En un
momento dado llegué a
sujetarle por la espalda tan fuerte que no se podía
mover y yo apretaba mi
polla contra sus nalgas, al tiempo que notaba una
erección súbita y fortísima.
Pero no me solté. El se dio cuenta, seguro, porque
trataba de separar su culo
de mí, y cuando lo logró me miró sorprendido, jadeante
y sonrojado. Yo estaba
muy excitado, esperando que se acercara a mí para
continuar el juego, y
absolutamente decidido a pasar a la verdadera acción.
En cuanto se acercara le
metería la mano por debajo del bañador… y a ver qué
pasaba.
En eso sonó de nuevo un pitido que me devolvió a la
realidad. Allí delante, en
el borde de la piscina se encontraba el socorrista, en
jarras, mirándome
insolente y haciéndome un gesto para que saliera.
-Tu, fuera, ¡Sal ahora mismo! -ordenó-. No están
permitidos esos juegos en la
piscina.
-Pero, ¿Por qué? -balbucí mientras salía por la
escalerilla.
-Por seguridad. Deberías saberlo. ¡Vamos!
Me cogió del brazo y me acompañó sin violencia pero
con firmeza hacia los
vestuarios, ante la mirada atónita de Oscar desde el
agua.
-A ti se te ha acabado el baño por hoy, chaval. A ver
si aprendes a cumplir las
normas.
Me puse rojo de rabia. Si antes me gustaba este
hombre, ahora le odiaba por
haberme estropeado la tarde; me hubiera gustado
pegarle, pero lógicamente era
más fuerte que yo… Por el camino, me dijo que me
cambiara y me fuera y que la
próxima vez fuera más obediente con las normas. Su
tono era entre chulesco y
paternalista y me enervaba oirle. Así que cuando
llegamos al vestuario y me
repitió que me vistiera me encaré a él y le dije en el
tono más chulo que pude:
-Tengo derecho a ducharme para quitarme el cloro antes
de vestirme.
Por toda respuesta esbozó media sonrisa despectiva y
se dio la vuelta,
alejándose. No pude evitar volver a quedarme
hipnotizado con su culo,
moviéndose armónicamente bajo el slip azul.
Me metí en la ducha y disfruté de ella mientras
recordaba el buen rato pasado
con Oscar. Me enjaboné y hasta llegué a empalmarme
pensándolo. Tanto que el
pasar el jabón por encima del bañador me excitaba
enormemente.
De pronto, al darme la vuelta, me encontré al
socorrista apoyado en el quicio
de la puerta y mirándome fijamente. Las duchas no
tienen cortina, y no podía
ocultarme. Me pareció el colmo de la cara dura, pero
él no se inmutó, siguió
mirándome con su media sonrisa burlona. Tampoco me
urgió para que acabara
pronto; simplemente, me contemplaba. Al momento pensé
que sería una buena
venganza reirme de él, hacerle pagar por su chulería.
Hice como si no estuviera
allí y seguí enjabonándome, pero muy despacio,
voluptuosamente, hinchando mis
músculos al pasar la pastilla de jabón por ellos,
acariciándolos hasta formar
espuma y extendiendo esta por todo mi cuerpo. Le di la
espalda totalmente
mientras enjabonaba mis nalgas por encima y por debajo
del bañador. Sentía su
mirada a mi espalda, taladrándome. Y al mismo tiempo
me puse muy caliente, tuve
una erección tremenda y mi polla empujaba el bañador
queriendo traspasarlo. Yo
la enjabonaba de espaldas al mirón, le imaginaba
rogando porque me diera la
vuelta, y cuando me pareció que ya había recibido
bastante castigo, me volví y
quedé frente a él, mirándole retador y acariciándome
la polla por encima del
bañador, hundiendo mis dedos entre una nube de espuma.
Su expresión era un poema. Los ojos fijos en mi, la
boca entreabierta y la
respiración entrecortada. Me sonreí yo ahora,
disfrutando del momento, y decidí
mejorar la escena. Volví a darle la espalda y me puse
bajo el chorro de agua,
aclarandome el jabón de todo el cuerpo, y cuando me
pareció el momento… me
bajé el bañador, despacio, arrastrándolo ante su vista
sobre mis nalgas y
dejándolo caer hasta el suelo, mientras con mis manos
acariciaba mi culo para
eliminar los restos del jabón. Ahora sí, liberada mi
polla saltó hacia adelante
como un resorte y mis huevos se beneficiaron del
efecto relajante del agua
caliente. Cuando hube acariciado un rato mi culo,
comencé a pasar mi mano por
entre los dos cachetes, entreabriéndolos suavemente
para dejar correr el agua
hasta mi ano, mientras me amasaba los huevos y dejaba
que la polla recibiera la
lluvia cosquilleante sobre el glande, totalmente
descapullado e hinchado.
Entonces me volví y miré de frente al socorrista. Su
mirada se fijó de
inmediato en mi polla y sus ojos se abrieron un poco
más. Me di cuenta de que
se había empalmado y su polla asomaba por el extremo
superior del bañador,
hasta tocar su ombligo. El, mientras tanto, se
acariciaba los testículos con
una mano. Yo estaba cada vez más excitado, mis pezones
se habían puesto como
piedras y comencé a masturbarme sin dejar de mirarle.
Entonces se decidió y dio el primer paso… y otro y
otro. Se acercó hasta mí
mirándome a los ojos. Ya no era una mirada burlona,
sino decidida, resuelta. Se
metió despacio en la ducha y me acorraló en una
esquina empujándome en el pecho
con una mano, mientras el agua caía sobre su cabeza,
pecho y espalda. La mano
con la que acariciaba sus huevos agarró ahora los mios
con firmeza, como
queriendo comprobar su dureza. Aguanté la respiración
sin dejar de mirarle. Con
la otra mano agarró mi mandíbula y entreabrió mi boca.
Yo estaba inmovilizado.
Acercó su cara y sentí su lengua entrar en mi boca,
traspasar la barrera de los
dientes, restregarse contra mi lengua y hundirse en el
paladar mientras se
agitaba como si tuviera vida propia.
Cerré los ojos. Creí que me iba a desmayar. Nunca me
habían besado así, y en un
instante me sentí entregado, vencido, rendido ante ese
hombre. Estaba temblando
de pronto como un flan, y sólo pude echarle las manos
al cuello y apretarle más
contra mí, despertar a mi lengua y hacerla trabajar,
frotarse, luchar con la
suya… Me sentía como un poseso, sin poder dejar de
besarle. El se apretó
contra mí y sentí sus pezones clavándose contra mi
pecho, la dureza petrea de
su polla contra la mía. Bajé mis manos por su espalda
sintiendo cada músculo y
llegué hasta el borde de su bañador. Las metí allí
dentro y acaricié sus
nalgas, suaves y duras como mármol. Luego las llevé
hacia adelante y pellizqué
sus pezones, acaricié su pecho agitado, las dejé bajar
hasta el ombligo, y más
aun, hasta que las coloqué sobre su polla y sus
huevos. Allí emepecé un masaje
por encima del bañador para acabar metiendo la mano
por dentro y notando su
piel, su vello, el calor de sus huevos y la tersura de
su glande. Estaba
deseando agacharme y besarle todo aquello.
Se separó un poco y cerró el grifo murmurando:
-Estás temblando, te vas a helar.
No me atreví a a decir nada, y le dejé que me tomara
de la mano y me sacara de
la ducha. Una vez fuera me llevó hasta el banco y
tomando mi toalla comenzó a
secarme la cara, el pelo, la espalda, el pecho,
despacio, mirándome a los ojos.
Veía sus brazos moverse, sus músculos tensarse bajo el
brillo y las gotas de
agua y pensaba que deseaba a ese hombre, y que no me
podía resistir a su
acción, a su iniciativa, no era capaz de detenerle,
frenarle o dirigirle.
Estaba totalmente entregado…
El se arrodilló ante mí y me secó los pies y las
piernas, y finalmente, el culo
y la polla, pasando la toalla por debajo de los huevos
con suavidad. Yo le veía
arrodillado ante mí en esa actitud y veía tensarse su
polla bajo su slip, la
veía debatirse y deseaba quitarselo y liberarla. Pero
cuando lo intentaba él no
me dejaba agacharme a hacerlo.
Finalmente, apartó la toalla y me dio la vuelta,
obligándome suavemente a
inclinarme sobre el banco. De ese modo, quedé
arrodillado en el suelo, con las
piernas abiertas, el pecho y los brazos a lo largo del
banco, con la cabeza
acostada sobre mis manos. Entonces él empezó a pasar
su lengua por todo mi
cuerpo, desde el cuello, bajando por la espalda hasta
mi culo, resbalando por
las nalgas y llegando hasta mis pies, así
repetidamente, y yo notaba como mi
piel se humedecía y se erizaba. Hasta que desvió su
lengua y la pasó
directamente por entre mis nalgas, hasta los huevos…
y sentí que se encogían
y -al tiempo- mi polla se estiraba, agitándose en el
aire. Y con sus manos me
abrió las nalgas y pasó su lengua por mi raja
despacio, llenándome de saliva,
hasta detenerse en mi ano, donde su lengua se
entretuvo durante una eternidad
de tiempo, ensalivándome y calentándome el agujero,
dilatándolo y volviéndome
loco de deseo… hasta que se hundió dentro de mí y me
hizo gemir de placer. Su
lengua se abrió paso dentro de mi cuerpo y yo no me
resistí, al contrario,
deseé que me penetrara con fuerza. Embestía con su
boca y yo notaba su nariz
entre mis nalgas, mientras su lengua se alargaba
cuanto era posible y me
llenaba el culo de saliva. Mientras tanto, su mano
empezó a trabajarme los
huevos, acariciándome con las uñas y poniéndome aun
mas caliente. Yo sólo podía
gemir y agarrarme al banco con fuerza para aguantar
las embestidas de su boca
contra mi culo, hasta que al fin se detuvo y me dio la
vuelta, tumbándome de
espaldas sobre el banco.
Abrió mis piernas y separó mis pies a ambos lados del
banco, mientras me
acariciaba los muslos y yo veía mi polla agitada,
tiesa, a punto de estallar.
Se colocó a mi lado, con su cara muy cerca de mi
vientre, y tomó mis huevos
entre sus dedos, jugando con ellos, masajeándolos. Yo
quería masturbarme pero
él me lo impedía apartando mis manos cada vez que yo
me acercaba. En eso, sacó
su lengua y la pasó por mi polla, desde abajo hasta el
glande, llenádomela de
saliva… y yo estuve a punto de gritar. Apretó mis
huevos y detuvo así la
vibración de mi polla que se agitaba como el mastil de
un barco a la deriva. Y
acto seguido aplicó su boca a mi glande y empezó a
chuparme la polla, la abrazó
con sus labios, la absorbió despacio, ensalivándola,
tragándola, hasta
engullirla entera y hacerme sentir el cosquilleo de su
barbilla en mi vientre y
la presión de su paladar en el glande. Yo sólo
acertaba a gemir y a pasar mi
mano por su nuca, acariciándole, ayudándole y
animándole a metérsela más y más
adentro, acompañándole en sus movimientos de arriba
abajo, a punto ya de
correrme como nunca en mi vida.
De pronto, me pareció oir un ruido y abrí los ojos.
Allí, de pie junto a la
puerta, con los ojos muy abiertos, estaba Oscar
observando la escena en
silencio. Debía llevar algún rato mirando porque
estaba muy concentrado en la
actividad del socorrista y -además- estaba
sensiblemente empalmado, y con su
mano se acariciaba sobre el bañador de un modo casi
inconsciente. Yo no tenía
fuerzas para hacer nada más que lo que estaba
haciendo, es decir, dejarme
hacer… por lo que no reaccioné de ningún modo, salvo
porque -de pronto- me
resultó muy excitante que nos estuvieran mirando, y
que fuera precisamente
Oscar el que nos espiara era aún más excitante
todavía.
Seguía concentrado en la actividad del socorrista, en
la mamada que me estaba
haciendo, en el orgasmo que me iba a provocar, cuando
noté que uno de sus dedos
se abría paso entre mis nalgas y me masajeaba el
agujero del culo. Crecieron
mis gemidos y dejé que mi ano se abriera para recibir
la caricia. Entonces
empezó a formar círculos con la yema de su dedo en mi
ano, resbalando con la
humedad que presentaba, dilatándolo. Yo me estaba
volviendo loco y mi polla
crecía por momentos, cuando de pronto empezó a
introducirme el dedo, despacio,
pero firmemente, en el culo. Sentí que me penetraba
una fuerza nueva y comencé
a sudar y a jadear como un poseso. Enseguida sentí sus
dientes en mi polla,
arañandome suavemente, a punto de provocarme un
orgasmo brutal. Y entonces
empezó a mover su dedo dentro de mí adentro y afuera,
despacio, suavemente, y
creí morirme. Abrí los ojos y me encontré la cara de
Oscar mirando boquiabierto
y acariciándose por encima del bañador. Entonces hundí
mi polla más en la boca
del socorrista, le empujé por la nuca contra mi
vientre… mi rabo explotó y me
corrí con un grito. La cara de Oscar fue de susto y yo
noté que mi esperma se
espandía por dentro de la boca del socorrista,
mientras él agitaba su dedo
dentro de mí, me apretaba los huevos y se tragaba mi
polla con más
fuerza,acelerando el ritmo de vaivén. Finalmente, la
soltó y la dejó en
libertad para que pudiera eyacular sus últimos chorros
de esperma que me
llenaron el pecho, la cara y hasta el suelo entre
espasmos y convulsiones de
placer, mientras mi socorrista tragaba la leche que
llenaba su boca y lamía la
que resbalaba sobre mi piel, erizándola
al paso de su lengua; y yo me preguntaba si él notaría
las violentas sacudidas
de mi corazón. Mantuve los ojos cerrados. No había
conseguido aún tranquilizar
mi agitada respiración, cuando la voz del socorrista
me devolvió a la realidad:

– ¡Eh, tú! ¿Qué haces ahí?

Abrí los ojos enseguida, pensando que se dirigía a mí,
que me urgía a que le
procurara placer de inmediato, y levanté la cabeza
presto a sus deseos; pero me
encontré de frente con su nuca. El socorrista, todavía
arrodillado junto a mí,
acababa de reparar en la presencia de Oscar y a él se
dirigía de ese modo
perentorio, y sin embargo expectante.
A su vez, Oscar, demudado, no sabía qué decir, puesto
en pie junto a la puerta.
Su frente y su torso estaban perlados de sudor. Su
mano, ahora, no se
acariciaba sobre el bañador, tan sólo trataba de
ocultar su poderosa erección,
mientras sus ojos se fijaban alternativamente en el
socorrista y en mí, sin
acertar a balbucir una explicación.

– No, si yoâ?Š ya me ibaâ?Š-musitó, volviéndose hacia la
salida.

El socorrista se levantó de un salto y le agarró de un
brazo.

– ¡Quieto ahí! Tú no vas a ningún sitioâ?Š
– Déjame irâ?Š -murmuró Oscar.
– ¿A dónde? -repuso suavemente-. ¿Qué prisa tienes? Su
voz sonó cálida,
amistosa. Atrajo a Oscar hacia sí con firmeza, pero
sin violencia, mientras él
le miraba sin acertar a adivinar sus intenciones. Yo
les observaba, desnudo e
incorporado en el banco: dos cuerpos parecidos,
igualmente lampiños, bruñidos y
bronceados por el sol, de similar estatura, uno más
maduro y fornido, el otro
más terso y suave. Ambos con los músculos tensos por
la situaciónâ?Š y ambos con
el bañador inflamado por una erección. Pero mirándose
fijamente a los ojos.
El socorrista soltó el brazo de Oscar sin dejar de
mirarle, y suavemente le
cogió del cuello, tirando de él hasta que sus caras se
juntaron. Entonces abrió
su boca e hizo algo que para mí era familiar: engulló
los labios de Oscar,
literalmente, y comenzó a besarle con voracidad,
lenta, untuosamente, cerrando
los ojos y adelantando toda la cabeza, como a cámara
lenta, mientras mi amigo,
paralizado, abría los ojos y crispaba las manos
rendidas. Poco a poco, al cabo
de algunas embestidas de la boca del socorrista, los
músculos de Oscar se
relajaron, sus ojos se entornaron, ladeó la cabeza y
sus labios se acomodaron
al beso con toda normalidad, dejándose llevar, hasta
acabar entregado y
colaborando en la lucha entre las lenguas mientras su
piel se erizaba,
brillante de sudor.

Mirándoles me excité, y más cuando vi que el
socorrista -sin abandonar el
interminable beso- adelantaba lentamente su otra mano
y comenzaba a acariciar
el llamativo bulto de Oscar. Este, entonces, pareció
reaccionar y dio un
respingo, separándose.

– Me voy -dijo, sin demasiada convicción.
– Ya te he dicho que no vas a ningún sitio -susurró
lentamente el socorrista,
volviendo a asirle por el brazo.

Oscar intentó soltarse suavemente, y fue aferrado con
más fuerza. Se inició un
breve forcejeo entre ambos, pero con una rápida llave
el socorrista le sometió
y acabó tumbándole de espaldas en el banco.

– Sujétale las piernas -me ordenó.

Obedecí sin pensarlo dos veces, inmovilizando sus
piernas a ambos lados del
banco como antes había hecho conmigo el socorrista,
quien -sentado a horcajadas
en el banco- le sujetaba los brazos con fuerza.

– Dejadmeâ?Š -jadeó Oscar.
– Tranquilo, no te alteresâ?Š -le contestó suavemente
mientras pasaba sus piernas
sobre los hombros de Oscar-. Vamos, relájateâ?Š Le había
inmovilizado de tal
modo, bajo sus rodillas, que tenía las manos libres
para acomodar ahora la
cabeza de Oscar junto a su entrepierna, en pleno
contacto con su erección, y
pasarle los dedos por la frente y las mejillas, en un
suave masaje, sin dejar
de susurrar un sensual â??relájateâ?Šâ?.
Yo, sentado, mantenía mis pies sobre los pies de Oscar
y mis manos sobre sus
rodillas, y veía con envidia los dedos del socorrista
deslizarse sobre su piel
y alcanzar ahora el pecho agitado por la respiración
fatigosa. Se entretuvo en
circundar con un dedo los pezones, y al advertir que
se erizaba el vello
alrededor se animó a ensalivarse las yemas y
pellizcarlos suave pero
firmemente. En reacción, Oscar respiró hondo y cerró
los ojos, mientras
ante mí y bajo su slip, la erección volvió a empujar.

– Pobrecitoâ?Š ese bañador le está incomodando -me dijo
el socorrista-. ¿Por qué
no le liberas de él?

Me pareció una excelente sugerencia. Miré a Oscar,
esperando su reacción, pero
no se inmutó ni abrió los ojos. Seguía disfrutando de
las caricias que recibía,
así que me decidí a bajarle el bañador y deslizarlo un
palmo sobre las
rodillas, dejando a la vista esa franja de piel blanca
que enmarcaba su
magnífico sexo. Una vez en libertad, su polla se agitó
como expandiéndose y él
respiró hondo. Yo estaba fascinado ante esa visión tan
cercana de mi mayor
objeto de deseo. Su oscuro vello púbico estaba aún
húmedo, ensortijado
alrededor de esa polla oscilante, poderosa y nervuda,
coronada por un glande
sonrosado y brillante que emergía de un terso prepucio
arremangado. Su escroto
sostenía firmemente los huevos, dejándolos sin embargo
descansar sobre el
valle formado por los muslos. Tiré de las rodillas,
separándolas, para verlos
resbalar hasta la superficie del banco, pero el
bañador dificultaba la
operación, así que se lo quité totalmente levantándole
las piernas por encima
de mi cabeza. Luego volví a colocar una pierna a cada
lado del banco y las
separé más. Oscar se dejó hacer mansamente. Los huevos
se deslizaron sobre la
madera lentamente y la polla pareció aun más grande y
larga.

– Pues sí que estás bien dotado -dijo el socorrista
con cierta ironía y media
sonrisa.

Y acto seguido se inclinó sobre el pecho de Oscar y
comenzó a jugar con uno de
sus pezones endurecidos entre los dientes,
mordisqueándolo con suavidad sin
dejar de acariciarle los brazos, el vientre y el pecho
con las uñas. Después,
sacando una enorme lengua comenzó a lamerle a lo largo
de los brazos y a
ensalivarle el pecho, provocando que se le erizara la
piel de todo el cuerpo.
Yo no podía esperar más y comencé a acariciarle el
vientre y el interior de los
muslos, rozando sus huevos ardientes con mis meñiques,
sin atreverme a tocar
ese cetro vivo que me impresionaba y que ante mis
cercanas caricias se agitaba
aún más. Por fin me animé a agarrarlo, a rodearlo con
mis dedos, sintiendo su
dureza y su calor, mientras con la otra mano pasé a
sopesar sus huevos, igual
de duros y candentes. Mi erección se duplicó en el
acto. Oscar aspiró con
fuerza, silbante, y se arqueó un poco mientras sus
inmovilizadas manos se
pegaban al suelo. Comencé a masturbarlo despacio,
subiendo y bajando el
prepucio a lo largo de su polla y arrastrando los
pesados huevos en su vaivén,
mientras su glande se inflamaba y exudaba una gotita
transparente y brillante
que me dispuse a extender con mi dedo, provocándole un
ligero quejido.
El socorrista entonces le pasó un dedo por los labios
entreabiertos y algo
resecos, luego se lo introdujo en la boca y jugó con
su lengua; de ahí pasó a
meterle dos dedos y luego tres, removiéndole la
lengua, recorriendo los dientes
y los labios de Oscar, que pronto comenzó a besar esos
dedos, a ensalivarlos y
lamerlos, para acabar chupándolos con delectación como
si fuera un polo. Yo le
miraba, extasiado, sin dejar de masturbarle,
disfrutando de esa viva imagen del
placer, cuando el socorrista me dijo, burlón:

– ¿Esto es lo mejor que sabes hacer? ¿Es que no has
aprendido nada hoy?

Comprendí de inmediato lo que quería decirme. La
verdad es que yo estaba
deseando en esos momentos meterme la polla de Oscar en
la boca, sentirla y
chuparla. Y así lo hice.
Mi amigo gimió levemente al notar mi lengua en su
glande, pero siguió chupando
esos tres dedos. Sentí el enorme calor que despedía
esa masa de carne, así como
la suavidad de su piel y el tenue palpitar que la
animaba, y me entregué a
rodearla con mi lengua, a empaparla en saliva, a
succionar sin descanso
mientras se hinchaba aun más. Al tiempo, con la otra
mano agarraba con fuerza
sus cojones, por los que resbalaba ya un hilillo de
saliva, aferrándome a su
dureza y tirando de ellos suavemente hacia mí. Pronto
Oscar comenzó a gemir y a
empujar las caderas acompasando sus movimientos a mis
chupadas. Su polla
llenaba mi boca y el glande chocaba contra mi paladar
y amenazaba ahogarme,
pero ambos estábamos encantados. El socorrista me
miraba con sonriente
aprobación, sin dejar de jugar con la lengua y la boca
babeante de Oscar.
Sacaba su mano y se la pasaba por el bañador, para
volver luego a meterla en la
boca de Oscar y de nuevo acariciarse su erección,
empapándose de saliva el slip
por encima de su bulto. Luego torció la cabeza de
Oscar y la puso en contacto
con su polla, hinchada bajo el bañador mojado. Retiró
entonces la mano
ensalivada y se dedicó a mojarse y pellizcarse a sí
mismo los pezones, que de
inmediato se pusieron duros y puntiagudos.
Oscar no necesitó abrir los ojos para adivinar lo que
rozaba y calentaba sus
labios. Primero besó ese bulto con suavidad, como
percibiendo su tamaño, lo
pellizcó con sus labios y lo recorrió de principio a
fin; enseguida sacó la
lengua y comenzó a lamerlo con toda la fuerza y
dedicación que le permitía su
inmovilidad. Una película de saliva saturó el fino
nailon y formó una
superficie anegada y brillante que se ondulaba por
efecto de las pulsiones que
se sucedían bajo la tela. El socorrista tensaba sus
pectorales al tiempo que
respiraba cada vez con más fuerza, y Oscar volvía la
cabeza y estiraba el
cuello al máximo para tratar de llegar hasta el último
pliegue de su golosina,
lamiéndole tan pronto la polla como los huevos y hasta
intentando bajarle el
bañador con los dientes, lo que el hombre impedía con
oportunos tirones.
Yo observaba la escena fascinado sin dejar de chupar,
cuando noté que los
movimientos de Oscar se hacían más violentos y su
glande se inflamaba aún más,
al tiempo que se hacían cada vez más largos y audibles
sus gemidos. Supuse que
se iba a correr cuando noté las palpitaciones de sus
huevos entre mis dedos, y
me preparé para recibir el estallido de su esperma en
mi boca como quien espera
degustar un manjar desconocido.
Sentí una mano empujando mi frente y separándome de mi
presa.

– Suéltale â??dijo el socorrista mientras me apartaba-.
No quiero que se corra así.

Me incorporé un poco y me quedé sentado mirando desde
arriba como la
enrojecida y chorreante polla de Oscar se agitaba en
el aire, descomunal,
brillante, mientras él tensaba los músculos, extendía
las manos inmóviles sobre
las baldosas, estiraba el cuello cuanto podía y
mordisqueaba ansiosamente el
bulto del hombre. Este ahora se retiró unos
centímetros dejando a Oscar con la
lengua fuera pugnando sin éxito por alcanzarle.

– Te gusta, ¿Eh? â??su voz sonó algo burlona.

Oscar miró al techo un instante, respiró hondo y
volvió a cerrar los ojos,
haciendo un leve gesto afirmativo con la cabeza.
Estaba brillante de sudor y su
expresión era una mezcla de sorpresa, ansiedad y
cierta angustia: no cabía duda
de que se lo estaba pasando en grande.

– Vale, te voy a dar una oportunidad, chico. Y si te
portas bien, tal vez
acabes teniendo un premio.

La voz del socorrista volvía a tener ese tono
arrogante que tanto me molestó
anteriormente. Había algo más que seguridad en las
palabras con que se
expresaba. Sin necesidad de alzar la voz o resultar
imperativo, conseguía
imprimir a sus frases un tono dominante. Era un chulo,
decididamente, y sin
embargo Oscar no se inmutó, no respondió, se quedó
callado y a la expectativa.

– Dale la vuelta-, me dijo sin mirarme, puesto en
jarras y sentado a horcajadas
sobre el banco.

Yo me quedé de una pieza, momentáneamente confundido,
sin saber qué hacer; y,
de inmediato, ante mi sorpresa, Oscar se incorporó sin
decir palabra, se dio la
vuelta y se tumbó boca abajo en el banco, aplastado,
dejando su barbilla
apoyada en la tabla central, a escasos centímetros del
jugoso paquete del
socorrista que perecía oler golosamente, a juzgar por
su respiración profunda y
sonora. Sus manos volvieron a posar las palmas
mansamente sobre el suelo y las
piernas se estiraban a los lados del banco, con el
empeine pegado a las losas.
Su espalda lisa y ancha, brillante de sudor,
presentaba marcas de los listones
del banco, al igual que sus nalgas redondas, duras,
blanquísimas, entre las
cuales vislumbraba yo el agujero fruncido, orlado de
vello oscuro.
La visión que me procuraba ahora Oscar de su culito
era maravillosa y me excitó
brutalmente hasta el punto de que comprobé que había
vuelto a empalmarme sin
casi darme cuenta y mi polla se agitaba señalando a
Oscar. El socorrista le
pasó las uñas por los brazos en un arañazo ralentizado
y provocó que su piel se
erizara desde el cuello hasta los muslos.

– Vamos, acércate â??ordenó a media voz.

Oscar tensó sus músculos y se estiró sobre el banco
para llegar con su lengua
al nailon que ansiaba, de modo que sus nalgas se
endurecieron ante mis ojos
formando sendos hoyuelos y bajo ellas, pegados a las
tablas del banco,
aparecieron sus cojones tersos, brillantes,
enrojecidos y semiaplastados,
mientras yo imaginaba su erección pugnando entre la
madera y el vientre. El
socorrista sonrió y se deslizó unos milímetros por el
banco al encuentro de la
lengua de Oscar, como para premiar su esfuerzo. Este
comenzó a ensalivar de
nuevo el bañador y aumentó la ya considerable erección
del hombre, de modo que
comenzó a aparecer un extremo de su rabo por el borde
del slip, el mismo que yo
ya había visto en las duchas. Pero Oscar no se
conformó y haciendo fuerza con
las manos extendidas en el suelo comenzó a tirar del
bañador con los dientes,
haciendo aparecer la casi totalidad de la polla por
arriba y los apretados
tersos y redondos huevos por un lateral inferior. En
un momento de arrebato
intentó alzar las manos como para ayudarse y el
socorrista se las pisó con
rapidez inmovilizándolas con las plantas de sus pies.
Oscar consiguió sin
embargo romperle el fino nailon del bañador a
dentelladas, y entre jirones
asomaron por fin dos gruesos huevos y una verga
enhiesta y brillante entre una
espesa mata de suave vello rubio. Por poco me desmayo.
De inmediato, Oscar
comenzó a lamer y besar esa aparición, recorriéndola
de abajo arriba, hasta que
el socorrista decidió ayudarle â??tirando de la nuca- a
metérsela en la boca,
poco a poco, haciéndola penetrar hasta el fondo. Oscar
logró dominar una arcada
cuando su nariz se hundió al fin entre el vello
pubiano del hombre. Entonces
comenzó un lento vaivén, engullendo y liberando la
verga ensalivada y cada vez
más hinchada, y mostrándome a mí, a su vez, bajo sus
nalgas musculosas, la
aparición periódica de los rotundos huevos aplastados
contra el banco. Como
estímulo, el socorrista pasó sus uñas por la espalda
de Oscar, dejando unas
líneas paralelas blanquecinas a su paso, y la piel del
culo se le erizó de
inmediato, provocándome una brutal excitación. Mi
expresión debía ser tan
franca que el socorrista me invitó con un expresivo
gesto de las manos a tomar
posesión de aquello que tanto me atraía, y me entregué
a acariciar esa piel sin
vello, esas piernas suaves, esas nalgas duras y
pálidas que se movían adelante
y atrás como un señuelo. Antes de darme cuenta â??y sin
dejar de acariciar sus
muslos- ya estaba lamiéndolas, ensalivando los
cachetes y recorriendo con mi
lengua la raja en busca del ano, como había visto y
sobre todo sentido hacer al
socorrista en mi propio cuerpo, tratando de provocar
en Oscar el inmenso placer
que yo había experimentado, y deduciendo de sus
gemidos que estábamos en el
buen camino. Comencé a presionar con suaves
lengíŒetazos ese agujero apretado y
pude ver que se dilataba poco a poco,
espasmódicamente, como abriéndose para mi
lengua.

El socorrista seguía tirando de la nuca de Oscar hacia
sí, y parecía querer
ayudarme cuando ordenó con la suavidad de quien no
duda en que será obedecido:

– De rodillas!

Oscar, sin dejar de chupar, recogió las piernas y se
apoyó en las rodillas,
ofreciendo un culito más levantado y abierto, que me
encandiló.
A su vez, al no estar ya recostado en el banco,
permitió a su polla liberarse de
la presión del vientre sobre la madera y pude verla,
enorme y algo amoratada,
frotándose sobre el banco en sus idas y venidas,
arrastrando dos cojones
dispuestos ya a explotar. Volví a aplicar mi lengua y
Oscar ronroneó
largamente, al tiempo que su ano se dilataba y
permitía el paso de mi lengua.
Comencé a penetrarle con mi lengua y hallé el paso
franco. Entraba hasta el
fondo. Aprovechando la cercanía, deslicé mi mano por
debajo y así fuertemente
sus huevos, que parecían de piedra y les acompañé en
su frotación por el banco,
provocando de paso una mayor hinchazón en su polla,
que ya había impregnado de
líquido preseminal el asiento del banco. Separé mi
cara de su culo y observé el
agujero entrabierto, palpitante y mojado sin dejar de
amasarle los huevos.
Oscar se rebullía ya como una perra en celo, movía su
culito en pompa como si
buscara que lo violaran y me estaba excitando como
nunca nada ni nadie en toda
mi vida.

En esto, de pronto, el socorrista alzó la mano que
tenía libre y la descargó
con fuerza sobre las nalgas de Oscar en un sonoro
azote que me sobrecogió. Mi
amigo se detuvo con un respingo, su piel se erizó y
una impresionante marca
roja con la forma de una mano abierta brotó de
inmediato sobre una de sus
nalgas. El socorrista sonreía cuando â??tirando de su
nuca- le dijo: â??No pares.â?
Yo tenía la polla de Oscar en mi mano y, mientras veía
enrojecer su piel con un
rictus de dolor, pude comprobar â??no sin sorpresa- que
su erección aumentabaâ?Š
Oscar prosiguió su labor, yo miraba alternativamente
su marca en el culo y su
agujero abriéndose y cerrándose como la boca de un
pez, y a los pocos segundos
el socorrista descargó un nuevo azote en la otra
nalga, esta vez más fuerte que
el anterior, a juzgar por la marca que dejó; pero
Oscar ahora no se
interrumpió, apenas emitió un leve gruñido y, como la
vez anterior, su erección
aumentó. Yo miré asombrado al socorrista que pareció
leerme el pensamiento y me
dijo con naturalidad: â??Le gustaâ?. Y luego,
dirigiéndose a Oscar le preguntó con
desinterés: â??¿Verdad que te gusta?â? No hubo
contestación alguna. â??Dale un
azoteâ?, me ofreció, e insistió ante mi cara de
asombro, â??Vengaâ?. Yo le di un
cachete suave, no quería hacerle daño, y Oscar
prosiguió sin detenerse. â??Así
no, eso es una caricia, le gusta un poco de dolor.
Dale más fuerteâ?. Obedecí y
dijo: â??Otroâ?. Y luego otro, y otro, y otroâ?Š Yo le daba
cada vez más fuerte,
hasta que llegué casi a igualar la intensidad de los
dos primerosâ?Š y su
erección aumentó en cada azote. Al tiempo, el ano se
dilataba y contraía
constantemente, así que al terminar los azotes comencé
a masajearle con mi
dedo, quería compensarle en parte, y su culo mojado de
saliva recibió mi dedo
como un regalo. Empujé despacio y entró hasta los
nudillos, así que probé con
dos dedos a la vez. Costó más pero poco a poco fue
entrando el par de dedos
hasta el fondo, momento en que Oscar emitió lo que me
pareció un ligero
murmullo de satisfacción. El socorrista insistió en
que combinara esa
penetración con nuevos azotes, y así lo hice. Al rato,
Oscar tenía ya el culo
enrojecido pero lo seguía moviendo provocativamente.

-¿Ves como le gusta? Ya te lo dije. ¿A que te gustan
los azotes, perrita?

Oscar no cambió de actitud y siguió chupando- Sí, lo
sé, te gusta. Conozco a
las de tu clase y tú eres una buena perrita, cachonda
y obediente. Por eso te
voy a dar tu premio, el que te prometí si eras buena.

Me miró y repitió el gesto de invitación. â??Es tuyoâ?,
dijo con naturalidad,
â??fóllateloâ?.

Cuando me repuse de la sorpresa miré a Oscar, por si
advertía algún gesto de
repulsa, pero él seguía sin interrupción succionando
la enorme verga de la que
goteaba abundante saliva, y sobre todo continuaba
moviendo el culo en un
provocador y rítmico contoneo. De un salto me pegué a
su culo, sentado como
estaba, y acerqué mi rabo a su agujero. Mi calor debió
quemarle porque se
retrajo un instante, pero en seguida volvió a
ofrecerse apretándose contra mi
polla. Se le veía haciendo un esfuerzo por acercarse a
una polla con la boca y
a la otra con el culo, así que me aproximé y enfilé su
agujero. Le costaba
entrar, así que dejé caer saliva sobre mi polla y
empapé bien su ano,
ayudándola a entrar y lubricándolo con mis dedos. De
ese modo comenzó
a entrar despacio y sin interrupción durante unos
segundos, hasta que llegó
al fondo y Oscar gruñó quedamente y se detuvo, aunque
sin abrir la boca.

– ¿Te duele? â??pregunté, alarmado, deteniéndome en
seco.
– No, no le duele, descuida. Y tú, perrita, no te
pares.

Oscar prosiguió y en su movimiento me animó a mí a
seguir. Sentía su culo
apretado y caliente alrededor de mi polla a punto de
explotar. Pasé mis piernas
por delante de sus muslos y le abracé así, tirando de
él, y a la vez con mis
manos en sus caderas le apretaba contra mí, mientras
mis huevos resbalaban
sobre el asiento del banco lubricado con su líquido
preseminal y se estrellaban
contra sus nalgas en cada embestida.
Yo estaba en una nube. No podía creerlo, estaba
follándome a Oscar, mi admirado
y guapísimo Oscar, veía su espalda bruñida por el
sudor y notaba mi polla
prieta, rodeada de su carne: el polvo de mi vidaâ?Š

– A ver, de pie, estoy a punto- se apresuró el
socorrista, y levantó a Oscar
del suelo, sin soltarle la cabeza.

De hecho, los tres nos levantamos a la vez y
continuamos en pie, con una pierna
como siempre a cada lado del asiento, aunque Oscar con
las manos directamente
apoyadas en el banco. Esa postura nos permitía
imprimir una mayor energía a
nuestro ritmo y empezamos a embestir con fuerza,
tratando de acompasarnos. Yo
seguía tirando de las caderas de Oscar, mientras que
el socorrista lo hacía de
sus orejas.

– ¿Te gusta que te follen, perrita? ¿A que te gusta mi
premio? â??bramó el
socorrista con un rictus-. Te estoy follando la boca,
te voy a regalar toda mi
leche, verás como te gusta. No vas a dejar ni una
gota.

Mi amigo musitó unos gemidos y se llevó una mano a la
polla, comenzando a
masturbarse.

– No te toques, perrita, las manos en el banco, ¿Me
oyes?

Oscar obedeció y volvió a apoyarse en el banco,
temblando. Yo estaba a punto de
correrme. El socorrista tensó aún más todos su
músculos y aumentó el ritmo de
las embestidas hasta que una convulsión me anunció que
se corría.

-Toma, perra, toma! Trágatelo todo, come de mí,
aliméntate de mi lecheâ?Š
-concluyó.

Oscar emitió un gemido largo y agudo y su culo se
cerró aún más alrededor de
mi polla. Se le oía tragar sin descanso y eso me
excitó definitivamente hasta
provocarme el orgasmo con un alarido ahogado, mucho
más fuerte que el anterior.
Sentí mi leche brotar y llenar su culo, y él debió
sentirla penetrar en su
interior porque atenuó sus movimientos y los acompasó
a los míos al tiempo que
volvía a gemir con un gorgoteo. El socorrista sacó su
polla de la boca y se la
meneó con fuerza para acompañar a sus últimos chorros
de esperma, que se
estrellaron contra la cara y los ojos de Oscar
mientras yo seguía corriéndome
en su interior. Tiré de los brazos de mi amigo y
estreché su espalda contra mi
pecho sin dejar de agitarme, él puso sus manos en mis
nalgas y tiró más de mí
contra él, y en ese momento se corrió sin tocarse con
un bramido apagado y
movimientos espasmódicos incontrolados. Su semen saltó
hasta el pecho y los
brazos y piernas del socorrista, que le miró con una
sonrisa entre sorprendida
y burlona. Yo le tomé la polla y le ayudé a terminar,
sus últimos brotes de
semen resbalaron sobre mis dedos. Antes de que Oscar
terminara de eyacular el
socorrista se dio la vuelta y se metió en las duchas.

Cuando ambos acabamos saqué mi polla despacio y le
besé en la espalda. Se fue a
la ducha sin decir nada. El socorrista volvió y se
marchó tras dedicarme media
sonrisa y un â??hasta la vistaâ?.

Oscar y yo nos vestimos dándonos la espalda, en
silencio, y abandonamos el
club. Pero al salir pude ver una lágrima resbalando
por su mejilla. Pensé que
tendríamos que hablar de esta experiencia.

Durante varios días estuve como ausente en casa y en
el colegio, sin poder
pensar en otra cosa que no fuera mi experiencia en los
vestuarios del Club con
Oscar y el socorrista; trataba de revivirla en mi
mente, sin omitir detalle y
recordando cada sensación… y acababa masturbándome
irremediablemente.
Deseaba más que nada en el mundo volver a encontrarme
a solas con Oscar. Sin
embargo, pasaron los días sin que pudiera verme con
él. De hecho, le veía en
clase, pero era imposible hablarle. Me pareció que me
evitaba; así que decidí
ir a su casa a buscarle después de clase.
Me abrió la puerta su madre, vestida para salir.
– ¿Vienes a buscar a Oscar? -preguntó-. Acaba de
llegar del gimnasio. Pero
pasa, que está en la ducha. Y dile que he tenido que
irme y que le he dejado la
merienda en su cuarto.
Y se fue. Entré sin dudarlo, y me guié por el ruido
del agua para llegar al
baño. Llamé a la puerta y Oscar contestó:
– Mamá, no hay toalla. Acércame una, porfa…
Me hizo gracia su petición infantil y entré. Me
acerqué a la ducha y descorrí
la cortina de un golpe. Oscar se volvió hacia mí,
asombrado, pero cuando
realmente me vio ante él, sonriendo, se quedó
boquiabierto, sin saber qué
hacer. El agua caía sobre su piel erizada y hacía que
sus cabellos cubrieran su
frente y taparan sus ojos, por lo que tardó un poco en
reconocerme.
– ¿Qué haces tú aquí?- preguntó, perplejo, mientras
cortaba el agua. Yo le
recorrí, sin contestar, de arriba a abajo con la
mirada, disfrutando de cada
palmo de visión, de cada músculo tenso y brillante, de
su piel de gallina
bronceada y lampiña. Sin embargo, había algo raro en
ese cuerpo, algo nuevo que
lo hacía diferente. Enseguida me di cuenta de qué se
trataba: no había ni un
solo vello sobre esa piel. Oscar era lampiño, sí, pero
hasta entonces no tanto.
Tenía vello oscuro en el pubis y en el sexo, como yo,
como casi todos. ¡Y se lo
había afeitado! La verdad es que me sorprendió tanto
que no supe qué decir y
disimulé.
– Tu madre ha salido. ¿Dónde están las toallas? -me
ofrecí, sin dejar de
admirarle.
– En ese armario -contestó, comenzando a temblar.
Saqué una toalla y empecé a secarle la espalda,
encantado de sentir su
musculatura bajo la felpa.
– ¿Por qué tiemblas? ¿Tienes frío?
– Siempre me ducho con agua fría al volver del
gimnasio -contestó con voz
débil.
– Descuida, te haré entrar en calor- dije comenzando a
frotarle con fuerza la
espalda-. ¿Así va bien?
No contestó, pero salió de la bañera. En silencio,
continué mi labor, mirando a
la vez discretamente su sexo afeitado â??como si fuera
un bebé- y me excitó mucho
la visión de esa gran verga sin su orla de vellos.
Seguí por el pecho, los
brazos, las piernas, con todo el entusiasmo de que era
capaz, y algo más
suavemente cuando alcancé sus glúteos, duros y
flexibles; pero cuando me tocaba
llegar a su sexo vi que este empezaba a empalmarse y
que Oscar se ponía
colorado, así que pasé directamente a la cabeza, como
si no me hubiera dado
cuenta, y friccioné con fuerza su cabello. í?l, al
momento, me detuvo, tomando
mis manos en las suyas, y, dejando caer la toalla al
suelo, me miró fijamente y
colocó sus manos alrededor de mi cuello. Me atrajo
hacia él y comenzó a besarme
lenta pero firmemente, haciéndome cerrar los ojos,
recorriendo mis labios de un
extremo a otro, pellizcándolos con los suyos,
dejándome alguna vez sentir sus
dientes y acompañando su acción de jadeos
entrecortados que -poco a poco- me
excitaron y acabaron poniéndome muy cachondo…
Alargué mi mano hasta agarrar su polla, que ya estaba
dura y ardiente como roca
volcánica, mientras que con mi lengua trataba de
traspasar la barrera de sus
dientes. Se estremeció y me separó de él, comenzando a
andar y llevándome de la
mano -sin decir palabra- hasta su cuarto. Una vez
allí, en penumbra, comenzó a
quitarme la ropa rápida, ágilmente, sin dejarme
actuar, tocarle ni ayudarle
siquiera, hasta dejarme totalmente desnudo. Luego, con
suavidad, me llevó a la
cama y me tumbó sobre ella. Cada vez que yo intentaba
mover una mano o abrir la
boca… Oscar me lo impedía. Así que decidí dejarle
hacer.
Me dio la vuelta suavemente y me tumbó boca abajo,
colocando una almohada bajo
mi ombligo, con lo que mi culo se alzaba como un
montículo. Con las manos
separó mis piernas y sentí un dedo suyo recorrer mi
raja suavemente, lo que me
hizo gemir. Me abandoné a su eficaz labor. Se levantó
y tomó un tarro de la
mesa del que extrajo un ungíŒento que empezó a repartir
por mis nalgas para
terminar en mi ano. Eso me excitó machismo, pero más
me excitó cuando empezó a
pasar su lengua y chupar esa crema. Al tiempo, me
introdujo esos tres dedos en
mi boca y me hizo chuparlos. Entonces me di cuenta de
que ese ungíŒento era
crema de chocolate, y de que él estaba merendando
sobre mi culo… Chupé sus
dedos mientras sentía su lengua recorrerme, limpiarme,
abrillantar mis nalgas y
mi agujero, que se dilataba bajo la acción de su
lengua, mientras con sus uñas
arañaba mis huevos, duros ya y a punto de explotar.
Cuando estuve bien limpio del chocolate, me dio la
vuelta y acercó el tarro a
mi polla, que estaba tan tiesa y dura que brillaba. Me
aplicó directamente el
tarro al glande -como haría un jugador de billar con
la tiza en el taco- y lo
dejó bien embadurnado. Comenzó entonces a chuparlo con
delectación,
golosamente, mientras metía despacio un dedo untado de
chocolate en mi culo, y
yo comencé a gemir. Con un gesto, atraje su culo hacia
mí. Me entendió, y sin
dejar de chupar se volvió y se acuclilló sobre mí,
ofreciéndome su ano
entreabierto a escasos centímetros de mis ojos. Pude
verlo todo afeitado, como
un pequeño cráter húmedo y palpitante, y acercando mi
lengua comencé a lamerlo
con fruicción. Su tacto sin vello me excitó muchísimo.

Cuando sentí que me iba a correr se lo dije, y se
detuvo. Se incorporó. Volvió
a embadurnarme la polla con el tarro, y entonces se
sentó despacio sobre ella,
abriéndose las nalgas con las manos, mientras su
enorme polla se erigía,
balanceándose ante mis ojos y dejando resbalar una
gota preseminal por el
frenillo. Noté como su culo engullía mi polla poco a
poco, pero con avidez,
mientras él cerraba los ojos y dejaba escapar
sincopados suspiros. Cuando la
tuvo dentro toda entera -apretándola fuertemente con
su esfínter- comenzó a
moverse despacio, arriba y abajo, y yo agarré su polla
y empecé a meneársela
con las dos manos. Estaba a punto de correrme, me
arqueaba para apuntalar la
embestida y le clavaba aún más mi verga en su cuerpo.
Noté que me iba a correr
y se lo dije. Por respuesta exhaló un quejido,
mientras sentí su polla
convulsionarse entre mis dedos y vi saltar un espeso
chorro de semen hacia mi
cara. Pasó de largo y fue a confundirse con el gotelet
de la pared, pero le
siguió otro y otros más que me alcanzaron en la cara,
el cuello y el pecho. Con
la lengua yo recuperaba cuanto podía y lo degustaba,
mientras el resto de su
semen se deslizaba sobre mis dedos que no tardé en
chupetear con avidez,
notando ese sabor entre dulce y salado que me estaba
poniendo aun más cachondo.
Cuando no pude esperar más me abandoné, sentí que me
corría y dejé mi polla
explotar dentro de su culo. El también lo notó, porque
volvió a gemir con
sorprendida felicidad, comenzando a lamerme su propio
semen de mi cara y mis
hombros sin dejar de mover su culo alrededor de mi ya
casi exhausto rabo.
Tras pasar unos minutos abrazados, medio adormilados
el uno sobre el otro, nos
levantamos y nos duchamos juntos. Mientras nos
vestíamos le pregunté si le
había gustado, y me dijo que sí. Entonces me animé a
preguntarle por qué me
esquivaba esos días.
-Está bien; te lo voy a contar todo â??dijo con un tono
entre lúgubre y
misterioso que me intrigó y me hizo prestar la máxima
atención.
Nos sentamos y en voz baja y con expresión grave
comenzó el relato de lo
ocurrido en los últimos días:
Me explicó cómo â??efectivamente- la experiencia de la
piscina le había marcado,
hasta el punto de haberse convertido en una obsesión
para él. Cuando aquella
tarde salimos de aquel vestuario y yo adiviné una
lágrima en su mejilla, Oscar
se sentía dolido, humilladoâ?Š y sorprendido por su
propia actitud hacia la
experiencia sufrida, porque creía que en realidad
había sentido más placer que
otra cosa, y ello le hacía sentirse confuso. Por la
noche, en su cama, rememoró
el episodio de nuevo y comprendió que la actitud
altiva y suficiente del
socorrista, lejos de indignarle como a mí, le atraía,
le excitaba. De hecho se
masturbó recordándolo todo. Pero no estaba seguro de
qué era lo que le
resultaba más atractivo y excitante.
Así que a la tarde siguiente encaminó sus pasos de
nuevo a la piscina y entró
directamente en el vestuario. Allí, solo,
completamente vestido, se sentó en el
banco de madera y estuvo reflexionando. De pronto,
creyó sentir una presencia a
su espalda y se volvió. Allí estaba él, apoyado en el
quicio de la puerta y
sonriendo burlonamente mientras le miraba directamente
a los ojos, haciéndole
esquivar su inquietante mirada.
-¿Qué buscas? ¿Algo que te dejaste ayer? â??le preguntó
cínicamente el
socorrista. Oscar quiso replicar tímidamente, pero no
se lo permitió-. Lo que a
ti te ocurre te lo voy a explicar yo, pero antes vamos
a ver lo que necesitas.
Se acercó a él lentamente sin dejar de taladrarle con
la mirada. Llevaba un
mínimo speedo rojo y debía estar recién salido de la
piscina, pues su piel
bronceada estaba aún salpicada de gotas y olía desde
lejos a agua clorada.
Oscar se excitó de inmediato, mirando de reojo ese
cuerpo perfecto, armónico
que se le venía literalmente encima. En efecto, el
socorrista se le acercó
hasta estar frente a él, y llegó a aproximarse tanto
que su paquete quedó a
unos milímetros de la boca de Oscar, que veía
rebullirse bajo el nailon una
verga que conocía bien. Lentamente adelantó la cara y
los labios hacia el
bañador. Realmente debía reconocer que le atraía, lo
deseaba, no le importaba
el trato brusco y algo despectivo que le infería, lo
daba por aceptable a
cambio de volver a sentir en su boca aquella golosina.
Sin embargo, el
socorrista se retiró bruscamente en el momento en que
iba a alcanzar su
objetivo y se alejó unos metros.
-Desnúdate, -ordenó displicente-.
Oscar se quedó algo turbado, pero el socorrista le
miraba fíjamente, serio y
espectante. Se levantó y obedeció la orden, dejando la
ropa sobre el banco,
perfectamente doblada, y quedando en pie, inmóvil,
mientras el socorrista le
observaba caminando alrededor suyo y haciéndole sentir
vergonzosamente desnudo.
-No está mal, no está mal -musitó sin entusiasmo. Y a
continuación ordenó: -De
rodillas.
Oscar obedeció y vio como el socorrista recogía su
ropa y tras introducirla en
una bolsa de plástico la metía en una taquilla que
cerró con llave. A
continuación salió del vestuario y dejó sólo al
muchacho, que rogó para que
nadie entrara y le encontrara así, sin una sola prenda
con que cubrirse y
arrodillado en el suelo. Fueron unos minutos de
tormento que le parecieron
siglos, pero â??al fin- regresó el socorrista y sin
mediar palabra se colocó
frente a él y volvió a ofertarle su paquete a escasos
centímetros, aunque algo
más alejado que antes. Oscar se sintió agradecido de
que hubiera vuelto antes
de que entrara nadie. No se atrevió a preguntar lo que
debía hacer ni a acercar
sus labios al bañador con vida propia, hasta que
escuchó un reproche:
-No tenemos toda la tarde. Si no espabilas, los de la
clase de natación vendrán
a ducharse en unos minutos y te pillarán así. ¿Te
gustaría?
Oscar lo entendió como una invitación, o una orden, y
â??alargando la cara y el
cuello- comenzó a lamer con toda su energía, mientras
sentía crecer la enorme
verga bajo el nailon. Su propia erección no tardó en
hacerse notar y se dispuso
a masturbarse a la vez que hacía su trabajo, pero una
orden le detuvo:
-¡No se te ocurra tocarte, recuérdalo! Yo te diré
cuando puedes hacerloâ?Š si es
que te lo ganas. ¡Las manos atrás!
Yo estaba escuchando el relato absolutamente fascinado
por la historia, así

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