El Refugio

EL REFUGIO

Hemos llegado juntos al refugio de montaña, después de
una larga caminata bajo el sol. Estamos deseando
ducharnos y descansar, aunque mis pensamientos corren
vertiginosamente y me hago muchas preguntas: no en
vano es nuestra primera cita.
Después de inspeccionar la cabaña tú propones darnos
una ducha. La verdad es que no es una proposición sino
una instrucción, casi una orden: “Vamos a ducharnos,
¿vale?”, suavizada por esa consulta al final, que no
volveré a escuchar de tus labios. La verdad es que
organizas las cosas con tanta naturalidad que uno no
siente deseos de discutir. Así ha sido con la
excursión, que fue idea tuya. Ahora me dices que pase
yo primero mientras tú deshaces la mochila.
La ducha es de esas que cae al suelo directamente, sin
cortina, y la disfruto plenamente. Sin embargo, al
rato de estar bajo el agua, entras inesperadamente en
el baño, envuelto en una toalla. Me sobresalto un
poco, pero trato de mostrarme natural. Tú ni siquiera
me miras; pones los objetos de un neceser sobre la
repisa con calma y yo sigo a lo mío. Cuando terminas,
te quitas la toalla y vienes hacia mí. No sé por qué
me inquieto y mi corazón late más fuerte. No me atrevo
a mirarte abiertamente, hasta que te oigo decir: “La
verdad es que tienes un cuerpo magnífico, tío.” Yo
entonces aprovecho para contemplarte -admirarte más
bien- unos segundos y digo estúpidamente: “Tú tampoco
estás mal…” Tú te ríes abiertamente bajo el haz de
lluvia, más de mi torpeza que de la frase, y con toda
naturalidad me quitas la esponja y empiezas a
enjabonarme el pecho. Yo me dejo hacer, algo azorado.
Intento hacer lo mismo contigo con la pastilla de
jabón, pero me lo impides: “No, tú no me puedes
tocar”, dices con naturalidad. Me quedo algo
desconcertado con esa salida, pero no protesto, me
dejo hacer.
El caso es que al cabo de un rato me has puesto a cien
en el baño, enjabonándome con tus propias manos e
impidiendo que te toque. Y yo me abandono a mis
pensamientos y te dejo actuar.
Yo soñaba con algo así desde que nos vimos en el Cool,
¿recuerdas? cuando yo estaba en lo alto del podio
bailando y tu me mirabas desde abajo con una sonrisa
burlona, pero fijamente a los ojos. No te interesabas
en mirarme el cuerpo como todos, en llevar tus ojos a
las zonas por las que yo pasaba mis manos retirando
las ropas, como hacían los demás; tú te dedicabas a
mirarme retador directamente a los ojos, como
queriendo hipnotizarme, como diciendo: “No me preocupa
tu cuerpo, no me impresiona; ya lo tendré cuando
quiera”. Conseguiste ponerme nervioso, y cuando acabé
el número y bajé del podio en tanga, me sonreíste y
con un gesto me invitaste a la barra. Te seguí sin
darme cuenta de que estaba casi desnudo -cubierto solo
de ese triangulito con lentejuelas sujeto con “hilo
dental”-, de que todos me miraban con deseo y a ti con
envidia, y dejé que pidieras agua para mí al camarero
sin ni siquiera consultarme. Después solo recuerdo tus
miradas, tu expresión alternativamente dulce o
autoritaria, y tu invitación para ese finde. Y… como
te marchaste cuando yo ya esperaba que me invitaras a
salir contigo del Cool, dejándome en la barra con la
repentina sensación de estar desnudo.
Todo esto lo recordé en la ducha, mientras me
enjabonabas. De pronto dices que me vas a “mejorar”, y
te diriges a la repisa del lavabo. Tomas tu cuchilla
de afeitar y sobre la espuma que se ha formado con el
gel empiezas a afeitarme el pecho, bordeando con
cuidado los pezones que se han puesto duros, bajas por
el vientre y llegas al pubis, que también afeitas,
dejándome brillante y suave como un cochinillo. Yo
mientras puedo recrearme en la visión de tu cuerpo,
parecido al mío, menos musculado pero más fibroso. Y
en la expresión atenta de tus ojos, entre divertida y
fascinada, mientras me afeitas.
Después de aclararme bien con la ducha de teléfono,
dándome un masaje con la misma en la polla y los
huevos, escurres el agua pasando tus manos por mi
piel. Luego -tras recordarme que no debo tocarte-
comienzas a lamerme por toda la superficie de mi piel,
aunque evitando mi sexo, hasta dejarme casi seco. El
contacto de tu lengua me pone más cachondo y mi piel
se eriza. Luego me haces salir de la ducha y me dejas
de pie, mirando como te duchas tú, te enjabonas, te
extiendes bien la espuma mirándome con una sonrisa
retadora, envolviendo bien tu polla empalmada, y
finalmente te aclaras. Cuando tomas la toalla para
secarte, te la quito y comienzo a secarte yo. Intentas
protestar, pero no puedes negarte porque no te estoy
tocando con las manos. Paso la toalla suavemente por
tu piel y me entretengo sobre todo en tus axilas, en
los pezones, en la ingle y sobre todo en tus nalgas.
Sin embargo no te toco la polla, que se queda goteando
y agitándose como buscando mis manos. Tu respiración
se hace más agitada y cuando me ves desnudo,
arrodillado, con la espalda bruñida y brillante por
las gotas que aun la perlan, secándote suavemente las
piernas, levantas uno de tus pies y me lo colocas
despacio en la cara, pegando tu planta contra mi nariz
y mi boca. Es una invitación, así que saco la lengua y
comienzo a lamerte la planta del pie, untuosamente,
restregando mi gran lengua rugosa contra la áspera
planta de tu pie, ensalivándola completamente y
provocando que se te erice la piel de las piernas.
Luego cazo con mi boca tus dedos y los engullo,
jugando con ellos entre mis dientes con la lengua.
Cierras los ojos, respiras hondo, veo con satisfacción
que te gusta.
Te pido que salgas de la ducha, que te tumbes en la
cama y lo haces, boca abajo. Ahora puedo pasarte toda
mi lengua por la piel, notar tu vello en mis labios y
en mi cara, abarcando poco a poco toda la superficie
de tu cuerpo y provocando que se te ponga la piel de
gallina. Al llegar al culo noto que te arqueas un
poco, levantando las nalgas hacia mi cara y abriendo
un poco los glúteos. Eso me permite ver un pequeño
bosque de pelos circundando un agujero fruncido,
apretado y oscuro. Paso mi lengua por entre tus nalgas
y estas se abren más aun para mí, hasta permitirme
llegar a tu ano. Ahí mi lengua se entretiene y tú te
dejas hacer mientras emites un suave murmullo parecido
a un gemido y aprietas con tus manos los barrotes de
la cama. Luego subo por tus nalgas y tu espalda y te
lamo suavemente los hombros y la nuca. Estoy casi
encima de ti, aunque me mantengo despegado para no
tocarte, pero no puedo evitar que mi polla dura
descanse sobre tus nalgas, que tu abres y cierras como
queriendo aprisionarla.
De pronto te das la vuelta, tumbado sobre la espalda
bajo el arco de mis brazos, quedamos de frente,
nuestras pollas se tocan, me miras fijamente a pocos
centímetros de mi cara, como diciendo “atrévete a
besarme”, pero no me invitas, ni me besas, así que no
me atrevo
y comienza a lamer tu pecho, tus pezones, tu
vientre…
De pronto siento tus manos en mi cabeza. Tus dedos la
rodean y con una suave presión la empujan, la dirigen,
sin fuerza, pero con seguridad.
Como en el Cool, cuando apartaste al tipo aquel que
quería quitarme el tanga, un calvo grandullón con
gorra de cuero que no pegaba nada en el Cool y que me
estaba fastidiando el número, y al que tu apartaste
con suavidad, pero con tanta autoridad que se te quedó
mirando y -en vez de montar una bronca, como yo
suponía- se apartó y se quedó toda la noche en la
barra.
Con la misma autoridad en el gesto empujas mi cabeza
hacia tu polla. Es la señal. Me das permiso. La veo
frente a mis ojos, a escasos milímetros, palpitando,
irradiando su calor, y me relamo. Es como tus manos,
como todo tu cuerpo, todo en ti es más reducido, algo
más menudo que en mí, pero tiene -¿como decirlo?- una
tensión, una fibra, que compensa el tamaño; desprende
energía y atrae como un imán. El simple gesto de
acariciar el suave vello de tu piel me hace sentir
electricidad en las yemas de mis dedos.
Saco la lengua y la aplico a tu polla, lamiendo su
base como un poseso, arrastrándola por tu vello,
acariciando la bolsa, subiendo hasta el glande,
sintiéndola palpitar y agitarse, hincharse; por fin la
abrazo con mis labios y la dejo entrar en mi boca,
traspasar los dientes y hundirse en mi garganta. Mi
boca se inunda de su calor y siente cómo se agita
contra sus paredes. La rodeo con mi lengua y compenso
su presión mientras comienzo mi vaivén hundiendo mi
nariz una y otra vez en el vello de tu ingle.
De pronto, siento como tus manos apartan mi cabeza de
mi golosina, qué desilusión… tu polla queda ahí,
agitándose brillante de saliva en el aire. Te miro, tu
expresión es nuevamente directa, fría, y sin embargo
amistosa. Inspira confianza. Sin decir nada te
levantas y me empujas suavemente hacia el cabecero.
Quitas la almohada y me sientas a mí en su lugar, de
espaldas a los barrotes de la cama. Abres y extiendes
mis piernas y observas un segundo mi polla enhiesta e
hinchada, de un color cárdeno ya casi morado. Te
separas de la cama y te acercas a la silla sobre la
que hemos tirado nuestra ropa una hora antes. El
vaivén de tu culo al caminar esos pocos pasos me
vuelve loco.
De entre el montón de prendas extraes nuestros
cinturones y vuelves a mí sonriendo. Ya comprendo.
Siento un ligero temblor, pero no digo nada. Sin decir
palabra abro los brazos en cruz y tú con parsimonia
atas cada muñeca a un extremo del cabecero. Después
comienzas a actuar: tu lengua se acerca a mi cara y
empieza a lamer mi frente, mis ojos, mi nariz, los
pómulos, mi corta barba, las orejas, el cuello, la
barbilla… Siento la humedad y el frescor en mi piel,
el olor de tu saliva que me excita, y el contraste de
mis labios calientes, ansiosos, que tanto anhelan tu
boca. Por fin comienzas a mordérmelos despacio,
secamente, casi haciéndome daño, sin tocarme con los
labios. Me vuelvo loco. Me doy entonces cuenta de que
estoy inmóvil, atado y sin capacidad de reacción, sin
iniciativa, a tu merced. Cada vez que saco la lengua
tratando de alcanzarte te apartas rápidamente y me
castigas con unos instantes de separación, chistándome
como a un niño travieso. Luego vuelves de nuevo al
ataque. Finalmente devoras materialmente mi boca,
tragas mis gruesos labios con facilidad, hundes tu
lengua en mi garganta, casi me ahogas, mi nuca contra
los barrotes y mis brazos inmovilizados. Nunca un beso
me ha hecho sentir igual.
Después, tu lengua recorre cada centímetro de mi
cuerpo, como habías prometido, sin prisa, deteniéndose
en los lugares más insospechados dejando a veces jugar
a los dientes con mis pezones o pasándola lentamente
por entre los dedos de los pies… y dejando la polla
intacta… para el final. Curiosamente, echo de menos
tu lengua en mi espalda, o en el culo, que te son
inaccesibles y siguen esperando su turno, y me siento
como flotando, como recorrido por insectos, al
tratarse de suaves y húmedos lametones, al faltar la
caricia firme de los dedos, la presión de la mano
sobre mi carne. De ese modo, la incapacidad de mover
mis manos me hace sentir mucho más desvalido y
extraordinariamente excitado.
Al tiempo, mi polla se debate en el aire buscando
atención, acusando con ligeras sacudidas y espasmos
cada escalofrío que me provoca tu lengua sobre la piel
de las axilas, el ombligo, los pies, los pezones…
Hasta que al fin te apiadas y la acoges en tu boca
calida y blanda, húmeda y hospitalaria, provocando
corrientes eléctricas que me recorren de arriba abajo.
Son solo unos segundos, porque cuando pienso que estoy
a punto de correrme, la sueltas y te separas,
dejándola en el aire, agitada y salpicando como un
hisopo…
De pronto, tu expresión cambia, como si se te hubiera
ocurrido algo repentinamente. De vuelves de espaldas a
mí, de pie en la cama, te agachas despacio y me
ofreces la visión de tu culo. Estás tan cerca que casi
noto su calor. Trato de llegar con la lengua, pero
faltan unos milímetros. Con las manos te abres las
nalgas y veo tu ano acercarse a mi cara. Por fin, te
apiadas y me dejas llegar, primero a los cachetes
fríos, que lamo con toda mi lengua fuera; luego, poco
a poco, dejas que me hunda entre ellos y llegue al
orificio enmarcado en vello que quema mi boca. Ahora
sí, puedo hozar en tu cuerpo, lamer, llenar de saliva,
meter mi lengua dentro de ti mientras escucho tus
gemidos y aguanto la respiración con mi nariz
aprisionada entre tus nalgas. Tú acercas más tu culo a
mí y lo mueves de arriba abajo, restregándolo por mi
cara, mi frente y mi barbilla, presionando mi cabeza
contra los barrotes de la cama. Al tiempo veo como te
acaricias los huevos, apretados como una naranja y
sueño con que me desates para tocarlos, al tiempo que
alargo la lengua para alcanzarlos. Pero no llego,
Tengo que conformarme con disfrutar de tu culo
palpitante, aprisionando mi lengua, tragándola con
voracidad mientras tus vellos cosquillean mi nariz.
Al rato te separas, dejándome con la lengua fuera y la
cara empapada con mi saliva y tu sudor. Te agachas
frente a mí, con esa misma expresión extraña de antes,
algo inquietante. Tienes la facultad de inquietarme,
de hacer que me pregunte qué estarás pensando en cada
momento, por dónde saldrás ahora… y eso me excita.
Cierras mis piernas y te arrodillas frente a mí
tomando mi cara entre tus manos. Siento tu culo húmedo
sobre mis rodillas y tus huevos rozar mis muslos
mientras, acercando tu boca a la mía y mirándome
fijamente, susurras muy lentamente: “Ahora… te voy a
follar…”.
Respiro hondo. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo;
pero tu añades muy lentamente, apretando mis mejillas
con tus manos y sin dejar de mirarme: “No es lo que tú
te crees… Te voy a follar esta polla brutal que
tienes… me la voy a meter hasta que me canse de
ella; y no se te ocurra correrte -adviertes- antes de
que yo te lo diga…” Me siento confuso. Estoy
deseando que me folles, que me penetres, que me hagas
tuyo, y sin embargo tu prefieres gozarme de esta otra
forma. Me preocupa no poder aguantar sin correrme, de
tan cachondo que me tienes. Tú te acercas más y
empiezas a besarme los labios muy dulcemente. Cierro
los ojos y me abandono al placer de sentir la suavidad
de tu boca y el calor de tu aliento mientras tu mano
agarra mi polla -barnizada por tu saliva- y noto la
presión de tu ano contra el glande unos instantes,
hasta que cede y abre paso a mi carne rodeándola de
calor. Noto mi polla entrando en ti sin esfuerzo, poco
a poco, mientras un tenue jadeo se mezcla con tus
besos, hasta que por fin llega al fondo de tu cuerpo y
siento tus huevos reposar sobre mi vientre y tu culo
aprisionar con fuerza la base de mi polla. La siento
palpitar dentro de ti, y pienso que -en cuanto te
muevas unos milímetros- me voy a correr sin remedio.
Pero tú no te mueves. Te quedas inmóvil unos segundos
y luego rodeas mi cintura con tus piernas y sigues
besándome con dulzura los labios, la cara, el cuello.
Tus manos se desplazan con suavidad sobre mi piel y me
acaricias el pecho y los brazos. Luego comienzas a
besármelos mientras recorres mi espalda con tus uñas,
erizándome la piel. Estás un buen rato acariciándome y
besándome, mientras tus piernas van cerrando más el
abrazo y fundiendo nuestros cuerpos. Noto el calor de
tu polla palpitar contra mi vientre. Me siento feliz
dándote placer; sólo me faltaría poder abrazarte y
estrecharte contra mí, pero no me atrevo a pedirlo; al
menos puedo sentir tus labios en mi cuello, tu pelo
rozando mi mejilla y tus manos recorriendo mi espalda.
Al rato, comienzas a mover tu culo de arriba abajo
lenta pero rítmicamente, y siento que me va a explotar
la polla, que no puedo más. Te lo digo y te detienes.
Pareces algo contrariado. Te levantas, sacándome de tu
cuerpo, mientras replicas, burlón: “Vaya, no te ha
gustado, eh? A ver si esto te gusta más…”. Con en
gesto me indicas que me de la vuelta. No es fácil
ponerse boca abajo en esa cama, teniendo las muñecas
atadas al cabecero, pero a duras penas lo logro,
quedando con la cabeza sobre mis brazos, la mejilla
junto a los barrotes, la espalda y el culo a tu
merced, sobre todo cuando he tenido que retraer las
rodillas para conseguirlo. Logro acomodarme en una
postura que no es ni de rodillas ni a cuatro patas,
sino una mezcla de las dos, pero que parece gustarte
pues pasas tu mano suavemente por mi vello lumbar y la
bajas acariciándome el culo con un murmullo de
aprobación.
Me alivia ver que te agrada. Tu caricia en mi culo
hambriento de contacto me ha erizado la piel. Arqueo
la espalda y levanto más mis nalgas ofreciendo mi culo
en pompa a tus caricias. Sonríes al deslizar tus dedos
por entre mis cachetes y comprobar que mi polla se
agita en el aire al sentir el contacto de tus yemas
orlando mi ano. Separo más las rodillas para abrirte
paso. La visión de mis huevos colgando en un duro
paquete te gusta, porque arañas mi escroto con tus
uñas. Abro mis nalgas cuanto puedo; mi agujero se
dilata rítmicamente como la boca de un pez. Con tus
dedos recuperas una gota que cae en forma de hilillo
desde mi glande y la aplicas a mi ano, lubricándolo
untuosamente y provocando mis gemidos. Abres más mis
nalgas y me escupes con fuerza y siento el salivazo
resbalando desde mi ano al escroto, mientras con la
mano abierta me das un fuerte cachete y otro y otro,
hasta dejarme el culo rojo. Arrodillado tras de mí
juegas con tus dedos en mi culo, metiendo y sacando la
yema, pellizcándome los bordes, tirando de mis vellos
hasta hacerme daño, mientras con tus dientes
mordisqueas hasta señalarlas mis nalgas erizadas y
brillantes de sudor.

NeoPene

Se ha hecho casi de noche. Los últimos rayos del
crepúsculo azulean tras la ventana de la cabaña. Te
incorporas y sacas algunas lamparillas de tu mochila
que vas encendiendo y distribuyendo. El ambiente se
vuelve más romántico y al tiempo yo puedo verte
deambular desnudo por la cabaña y disfrutar de la
visión de tu cuerpo.
– Tienes nombre de estatua… y cuerpo de estatua… y
cara de estatua…
Sonríes y vuelves a colocarte tras de mí. Me acaricias
los hombros y me besas el cuello. Cierro los ojos para
hacer mi confesión.
– No puedo más… Por favor, fóllame. Quiero ser tuyo
completamente, sentirte dentro de mí. Te lo ruego…
Ya lo he dicho. Te lo he suplicado. Y no me
avergíŒenzo, lo deseo tanto que no me importaría
gritarlo.
Entonces suenan unos golpes en la puerta. Los dos nos
sobresaltamos un poco, pero tú te levantas y caminas
con naturalidad hacia la entrada.
– Espera… -digo, logrando que te detengas un
instante-. Suéltame… -pero continúas hacia la
puerta. No entiendo nada. No quiero que quien quiera
que sea que venga me vea así. Te ruego-. Tápame, al
menos…
Vuelves sobre tus pasos y me cubres los hombros con la
colcha, esquivando mi mirada de perplejidad. Entonces
vas resueltamente hacia la puerta. Al abrirla se abre
paso un hombre calvo, grandullón, tocado con una gorra
de cuero que -tras volver a cerrar la puerta- se quita
y lanza sobre una silla. Le reconozco. Es el tipo que
estaba en Cool la noche en que nos conocimos. Entra
con autoridad, sin mirarte apenas. Se acerca de
inmediato a mí y se me queda mirando con una sonrisa
lasciva. Por su boca asoma un palillo de Chupa-chups
ensalivado que se mueve nerviosamente. Te miro,
esperando una explicación, pero tu esquivas mi mirada.
Tu expresión es nerviosa y contrariada.
– Bieeen… -exhala el gordo, haciéndome llegar su
aliento a caramelo de fresa-. Volvemos a encontrarnos,
y esta vez estás a mi merced, nada me impide
desnudarte completamente… -y termina la frase
arrancándome de un tirón la colcha que me cubre- o
cualquier otra cosa que se me antoje.
Nunca me he sentido tan desnudo. El gordo se queda
mirándome extasiado, taladrándome con los ojos, antes
de alargar una mano peluda y llevarla directamente
hasta mi culo, sobándome groseramente las nalgas y
agarrando después con fuerza mi escroto aun repleto de
deseo. Yo aprieto instintivamente los muslos para
cerrarle el paso a mi polla, que no ha perdido un
ápice de erección, y él me da un fuerte cachete en el
culo, endureciendo la expresión en señal de
advertencia.
-Tranquilo, nene…
Tú al fin reaccionas y le detienes, colocando una mano
sobre su hombro.
-Espera, tenemos que hablar. He cambiado de idea.
-anuncias. El te mira fijamente y aprieta los dientes.
-De eso nada, no hay cambios. Tenemos un trato y el
niño es para mí. Tú puedes irte.
-No, no me voy. Suéltale -dices con autoridad-.
Los dos te miramos. El se levanta de la cama y se
dirige a la puerta, calmosamente.
-Comprendo. Aun no te he pagado, ¿verdad? Es eso…
Tú niegas con la cabeza, pero él ya ha abierto la
puerta y a un gesto suyo entran dos hombres y te
sujetan por los brazos. Son dos chicos jóvenes y
fuertes. Uno, rubio, rapadete, con bigote y perilla y
unos fuertes brazos que te inmovilizan con facilidad.
El otro, negro, más fuerte aun y tan guapo como el
rubio. Para ser unos matones parecen salidos de un
casting de película porno.
Con parsimonia, el gordo se abre la bragueta y saca
una polla enorme, por larga pero sobre todo por
gruesa, y se acerca a mí sonriendo. Mientras yo
comienzo a temblar, los chicos te obligan a agacharte
y caes de rodillas.
-Abre la boca, nene -me ordena.
Yo te miro angustiado, y tú me devuelves la mirada con
expresión de impotencia. El gordo -a su vez-tuerce el
gesto, impaciente.
Al fin, obedezco y él me mete tres dedos de su mano
derecha y los pasea por toda mi boca, llenándolos bien
de saliva. Luego los saca y embadurna su enorme
miembro. Repite la operación dos veces, dejando en mi
boca el sabor acre de su sexo. Luego toma una almohada
y se acerca a ti, que observas la escena con
preocupación, aunque sin comprender. Se coloca tras de
ti, separa con un pie tus piernas y se arrodilla entre
ellas con dificultad sobre la almohada. Con sus
grandes manazas abre tus nalgas y escupe entre ellas.
Tú intentas resistirte, lo supongo por la cara de
espanto que pones, pero sobre todo porque el gordo
hace un gesto a los chicos y estos retuercen tus
brazos haciéndote humillar más, llegando casi a rozar
el suelo con la barbilla. Cesa tu resistencia y el
gordo dirige la caída de su saliva a lo largo del
palito del chupa chups sobre su glande mientras
comienza a abrirse camino entre tus nalgas con su
enorme miembro. A pesar de su saliva y la mía, tu cara
denota el dolor que te produce su embestida, que el
acomete sin que su tranquila expresión se vea
minimamente afectada. Comienza a moverse rítmicamente
mientras sujeta tus caderas y murmura algunas palabras
distraídamente acerca de los pagos aplazados, al
tiempo que tu expresión se va calmando y -a juzgar por
la erección que recuperas- comienzas a acostumbrarte.
A mí me asombra que no te esté destrozando con ese
tamaño y que -al contrario- parezcas disfrutar, y al
momento siento con estupor nacer en mí la excitación
que me provoca asistir a la escena de tu violación. A
una orden del gordo, el rubio te suelta -en realidad
ya no te resistes- y se desnuda con cuidado. Veo
aparecer sus músculos, su piel bronceada y cubierta de
un suave vello rubio, transparente, su duro culo
blanco y respingón y una considerable verga en
descanso. Debe notarse mi expresión admirada porque el
rubio me mira y se sonríe. Sus ojos, de un azul
clarísimo, brillan de deseo. Ya desnudo, se acerca a
la cama y sube a ella de un salto, colocándose frente
a mí sentado en el borde del de cabecero. Sin dejar de
sonreír abre mi boca y mete toda su enorme verga,
fláccida y caliente, hasta la campanilla. No espero
sus órdenes para empezar a chupar. Se da cuenta de mi
glotonería y sonríe aun mas, mientras su verga
comienza a crecer dentro de mi garganta al compás del
vaivén que le imprime. Estoy tan hambriento que me la
tragaría. Por el rabillo del ojo veo como el negro
deja de sujetarte y comienza a desnudarse. Tú -acodado
en el suelo- ya no ofreces la menor resistencia, al
contrario, tus jadeos y el modo en que recibes las
embestidas del gordo dan buena idea del placer que te
está procurando. El negro, desnudo, ofrece una visión
magnífica: un cuerpo espléndido, lampiño y bruñido,
enmarcando un miembro ya empalmado, largo y bien
formado, algo menos grueso que el del gordo pero
sensiblemente mas largo. Se acerca a mí y me pregunto
si se dispondrá a meter esa verga en mi dilatado,
húmedo y hambriento culo, y advierto que contemplar
tal posibilidad no me inquieta en absoluto. Sin
embargo, al llegar al borde de la cama el rubio saca
su miembro de mi boca y deja el puesto a su compañero
que, en su afán por llenarme la boca con su carne
llega a dilatar mi garganta con su embestida. No
contento con ello, coloca su mano en mi nuca y dirige
mis movimientos hasta imprimirles el ritmo deseado. El
rubio, mientras, se acerca a vosotros y se queda
frente a ti. No necesita decir nada. Tú te incorporas
un poco sobre las palmas de tus manos y tragas su
polla de una vez. El tira de tu nuca para llegar hasta
el fondo de tu garganta y se acompasa al ritmo del
gordo, que sigue embistiéndote sin gran entusiasmo. Yo
chupo con delectación la polla del negro que crece
dentro de mi boca quemándome el paladar y haciéndome
salivar por las comisuras de los labios en regueros
que descienden serpenteando por mi cuello, mientras me
excito viéndote de reojo disfrutar al ser penetrado
por todas partes. Mi polla oscila, agitándose en el
aire furiosamente, golpeando mi vientre y repartiendo
salpicaduras transparentes mientras mi ano se dilata y
se contrae ansioso de ser penetrado. El gordo lo nota
y hace un gesto al negro, que saca su miembro de mi
boca. Yo ruego para que me folle, pero me da la
espalda y se aproxima a vosotros. Se coloca junto al
rubio y comienza a magrearle el culo. Este sonríe y le
besa, metiéndole una enorme lengua y restregándose
contra su boca. Finalmente le coge la polla, aun
brillante de mi saliva y -pegándola a la suya- te
golpea suavemente los labios. A esa señal, abres
golosamente la boca y tratas de engullir ambos
caramelos. Te cuesta, por lo que debes ayudarte con
tus manos. Cuando al fin lo consigues comienzas a
chupar ambos miembros y a sopesar con tus palmas los
huevos de ambos muchachos. Ellos sonríen y te follan
la boca al unísono.
Yo estoy muy excitado, babeando y sin perder ojo de la
escena en que dos hombres te follan la boca mientras
otro te encula. Daría lo que fuera por tener una mano
libre para masturbarme. El gordo me mira disfrutando
de mi impotente ansiedad, una mirada sádica que es
casi una promesa. Al rato, los movimientos del grupo
se hacen asíncronos y el gordo saca su enorme pero aun
fláccido miembro de tu culo con un gesto desdeñoso,
dejándote el ano dilatado y rojizo exudando una gota
viscosa y brillante hacia el interior de tu muslo. Yo
me pregunto cómo será esa polla que ahora se acerca
oscilante a mí, cuando esté realmente empalmada, y
tiemblo. Al llegar hasta mí, vuelve a meter sus dedos
en mi boca como hizo antes; cuando se los he empapado
se coloca tras de mí y me empieza a dilatar el culo
con mi propia saliva. No necesita trabajar mucho
porque mi ano está ansioso y traga sus dedos sin
dificultad. Luego saca su chupa-chups de la boca y lo
pasea por mi raja untuosamente; poco a poco noto como
mi ano se vuelve pegajoso por efecto del dulce. Es una
sensación muy excitante. Mete el caramelo más en mi
culo, lo introduce casi a tope y yo cuido de abrirle
paso pero sin succionar, no sea que me lo trague… Al
rato, lo saca con dificultad, pues la saliva azucarada
se esta secando, y presiona mis nalgas con sus manos;
noto como se fusionan los bordes del ano, las paredes
de mi culo y hasta los cachetes, unidos como con
pegamento. Para asegurar la unión me propina unos
azotes y presiona obligándome a apretar. Luego sopesa
mi escroto hinchado, lo acaricia y lo araña,
provocándome un deseo in controlado que me hace gemir
una vez más. Trato de dilatar mi ano, de abrirlo a una
posible caricia, pero no puedo; está totalmente
sellado. Me siento como cosido. El gordo entonces
comienza a lamerme despacio, suavemente desde el borde
interior de mis nalgas hasta el ano, ensalivándome
bien a lametones que acompaña de jadeos bestiales.
Esto me excita como nunca. Poco a poco me va
liberando, despegando; noto como mi culo vuelve a
abrirse poco a poco y su aliento me vuelve a penetrar,
seguido de su lengua. Es una sensación única y
advierto que su lengua se abre paso por mi esfínter
sin dificultad hasta penetrarme profundamente. Yo
quiero más, me gustaría sentir esa enorme polla que ya
no me asusta, al contrario, taladrarme; pero el gordo,
cuando advierte mis contracciones se separa de mí y
deja mi culo empapado y boqueante. Luego, despacio, me
desata -¡por fin!- y sentándome en la cama me toma por
los hombros con un brazo mientras con la otra mano me
soba groseramente, a su estilo, aunque sin rozarme la
polla para no provocar mi ansiado orgasmo.
Ambos observamos con más comodidad y atención la
escena de tu acoplamiento. Excitados por nuestra
curiosidad, los chicos deciden cambiar de postura y
sacan sus miembros al unísono de tu boca. El negro se
tumba en el suelo y tomándote por la cintura te sienta
sobre su polla empapada que se hunde de inmediato en
las profundidades de tu cuerpo mientras un gemido
desgarrador delata tu abandono y tu placer. Tú te
tumbas sobre su pecho y le lames la boca
voluptuosamente mientras acaricias su cabeza rapada y
haces entrar y salir rítmicamente su brillante polla
de tu culo. El rubio se arrodilla tras de ti y
acaricia tus nalgas y tus huevos, atraído sin duda por
su suave movimiento de sube y baja, sin dejar de
pajearse.
El gordo y yo miramos la escena sentados en la cama,
con la espalda contra el cabecero. El observa mi
erección, mi polla cimbreante que ahora intento
agarrar con mi mano recién liberada. El me da un
cachete disuasorio que me detiene y luego dirige mi
mano a su polla. Yo apenas la puedo abarcar con la
mano y eso que no está erecta. Comienzo a masturbarle
sin dejar de mirarte, esperando provocarle una
erección que ambos deseamos. El rubio ahora decide
pasar a la acción y decide que en tu culo hay sitio
para él también, por lo que comienza a presionar en tu
ano con su polla. Tú te das cuenta y te detienes,
dejándole hacer, y levantando un poco más tus nalgas,
aunque sin dejar salir la polla del negro. La presión
de tu vientre contra el del negro hace asomar ahora
por un lado el extremo de tu verga, enrojecida y
brillante. El rubio empieza a introducirte su miembro
con dificultad, y un ligero rictus en tu boca hace
suponer que la presión es completa. Sin embargo,
pronto consigue meterla del todo y tu expresión pasa a
ser de placer absoluto. Ahora no te mueves, son ellos
los que te penetran acompasando sus ritmos.
El gordo no ha perdido detalle de la escena y de hecho
ha experimentado una ligera erección, suficiente para
hacer crecer ligeramente su polla, pero todavía sigue
blanda a la presión de mis dedos. Entonces se levanta
y entra en el baño, volviendo en seguida con un tarro
de crema. Yo creo ya llegado mi momento y tiemblo de
excitación. Con la crema no me dolerá su penetración,
y por blanda que la tenga me hará sentir como en mi
vida con esa polla. Sin embargo, el gordo extrae una
generosa ración de crema del tarro y me embadurna con
ella mi mano completamente. Ante mi extrañeza, me
explica en pocas palabras lo que espera de mí, y
rápidamente se quita los pantalones. Sube a la cama y
se arrodilla frente a mí, ofreciéndome su culo enorme,
cubierto de pelo y abierto de par en par a dos palmos
de mi cara. Yo observo la boca de esa caverna con
aprensión y veo su polla y su escroto balancearse
mientras sigo cuidadosamente sus instrucciones
susurradas.
Formo una piña con las yemas de mis dedos pringosos de
crema y los acerco a su ano boqueante. Este los
reconoce y se apresta a recibirlos, logrando
engullirlos en pocos segundos. Lentamente mi mano va
entrando en esa cueva ardiente como si se hundiera en
arenas movedizas. Los dedos primero y los nudillos
después hasta lograr hincarle el puño poco a poco
hasta la muñeca. El interior está caliente y
palpitante y tengo la impresión de estar asistiendo al
parto de una vaca. Me pide que siga y yo le penetro
más, centímetro a centímetro, hasta tener medio
antebrazo en su interior. Luego comienzo un ligero
movimiento de vaivén acompañado de suaves giros, como
un experto jugador de futbolín. Vosotros tres
observáis la escena sin dejar de moveros a vuestro
ritmo. El gordo comienza a jadear y yo noto que me
gusta la escena, pues me empalmo más.
Sorprendentemente el escroto que tengo ante mis ojos
se tensa y los testículos se hinchan notablemente. La
manguera que el gordo arrastra sobre la colcha
comienza a engordar y se estira logrando una
progresiva erección. Me siento orgullosamente
sorprendido de la eficacia de mi acción, que también
parece satisfacer a su receptor pues comienza a mover
su culo al encuentro de mi brazo.
Al cabo de unos segundos la erección del gordo es ya
un hecho. Me pide que pare y se evade lentamente de la
posesión de mi puño, que sale sin demasiada dificultad
dejando su dilatado ano fruncido y arremangado,
mientras se masturba rítmicamente para mimar su
deseada erección. Baja de la cama y se acerca al grupo
dándome la espalda. Al llegar, sin mediar palabra,
abre la boca del rubio y trata de meter ahí su
miembro, pero apenas le cabe. Viendo tu expresión de
voracidad la saca y te la mete en la boca sin
dificultad, donde tú -al borde de la asfixia-
completas la mejor penetración de que has sido objeto
en toda tu vida. Cuando comienzas a ponerte colorado,
el gordo la extrae de tu boca y comienza a masturbarse
violentamente. Los chicos dejan de embestirte y se
ponen en pie. Tú te tumbas boca arriba en el suelo y
-liberada tu polla de la presión de los cuerpos-
comienzas a masturbarte con delectación, barnizado de
sudor. Ellos me dan la espalda ofreciéndome sus nalgas
fruncidas y se la menean sobre tu cuerpo que acaricias
convulsivamente con la mano libre. Yo -sentado en la
cama y con mi antebrazo aun brillante de crema-
observo la escena anonadado e imagino tu punto de
vista: tres pollas, una gigantesca y dos enormes, se
agitan a un metro de tu cara dispuestas a verter su
precioso líquido sobre tu cuerpo. Al cabo de unos
segundos comienzan los gemidos -estertores en el caso
del gordo- y comenzáis a eyacular. Los chicos son los
primeros en cruzar sus chorros de esperma sobre tu
piel, decorándote la cara, el pecho, las piernas
-aunque sin llegar a entrar en la boca que abres
desmesuradamente como un pollito recién nacido- y que
tú repartes con la mano embadurnando tu cuerpo
untuosamente. A continuación es el gordo el que
eyacula ruidosamente, salpicándote la cara y el cuello
y acertando a llenarte el paladar con su abundante
semen, que tú deglutes golosamente entre gorgoteos de
bebé. Casi a la vez, ahogando un quejido que es casi
un grito, te corres entre convulsiones, esparciendo tu
leche y alcanzando en las piernas a tus donantes,
mientras recuperas con los dedos los chorros que
siguen lanzándote y los llevas a tu lengua ávidamente.
El final de la escena no lo vi., pues pude
sobreponerme al hechizo de la visión y comprender que
ese era el momento oportuno para escapar de allí.
Ninguno os disteis cuenta cuando salí subrepticiamente
en la noche con mis ropas hechas una bola. Con las
prisas me dejé los zapatos, y tuve que correr descalzo
por el monte hasta la carretera, hiriéndome los pies
con las piñas y las piedras.
Pero llegué al asfalto. Me vestí y caminé con
dificultad en dirección al primer pueblo. Al cabo de
unos minutos, a mi espalda, los faros de un coche se
aproximaron. Me detuve a hacerle señales.
Cuando, al detenerse el coche y bajar la ventanilla,
veo que estás tú al volante me quedo paralizado por
unos instantes. Siento que la sangre comienza a
hervirme y por un momento acaricio la idea de darte un
puñetazo en plena cara. Tú me miras con la expresión
desencajada y un rictus de dolor.
– Sube… anda -musitas.
Curioso ejercicio de modulación: la primer palabra ha
sonado como una orden; la segunda como una súplica.
Prefiero ignorarte a vengarme, así que continúo
caminando con decisión. Tú pones el coche a mi lado y
me acompañas, sin parar de hablar desde tu asiento y
sin que yo te haga el menor caso.
-Vamos, por favor… sube… te llevo a donde quieras,
al pueblo, a tu casa, a donde quieras… déjame que te
explique… para, escúchame, por favor… Mira, toma,
te he traído tus zapatos; entra al coche, siéntate y
póntelos.
Oír hablar de mis zapatos, cuando tengo los pies
destrozados, me hace dudar, pero no dejo de caminar
mirando al frente. Tú los sacas por la ventanilla y me
los tiendes. Los cojo y me detengo a calzarme, momento
que aprovechas para bajar del coche y acercarte a mí.
-Venga, hombre, escúchame; no puedes seguir caminando.
El pueblo está lejos… Hazme caso, sube y te llevaré
yo. Esta carretera está desierta, no va a pasar nadie
en toda la noche…
Termino de calzarme y continúo la marcha. Tú intentas
impedírmelo sujetándome el brazo, pero me zafo de un
tirón y me revuelvo contra ti, amenazándote con el
puño cerrado, deseoso de golpearte.
-¡No me pongas la mano encima, hijoputa! No me toques
que te mato a hostias aquí mismo!
-¡Perdóname, joder, perdón! Siento lo ocurrido, de
verdad, lo siento mucho. No lo había calculado así, te
lo juro. No tenía ni idea de que fuera a pasar lo
que…
Estás casi sin habla, ni siquiera te atreves a mirarme
y tu expresión es tan vencida y avergonzada que casi
me das pena. Descargo mi puño sobre el techo del
coche.
-¡Me vendiste, hijo de puta! ¡Me vendiste! Yo confié
en ti, pensé que te gustaba y tú me entregaste a un
cerdo, para que hiciese conmigo lo que quisiera… ¡y
además atado! Eres un cabrón y un miserable…
-Lo siento… ya lo sé, no debí hacerlo, pero es
que… él no me dio a entender que fuera a hacer lo
que ha hecho… y no me dijo nada de traer gorilas…
de verdad. Además, te he defendido, no? Has visto que
le he parado los pies al gordo… te hubiera defendido
hasta el final, si hubiera venido él solo; pero yo no
podía contra los tres.
Tu expresión es lastimera y pareces decir la verdad.
Siento curiosidad.
-Y ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has cambiado de
idea?
Respiras hondo antes de contestar y me hablas
despacio, mirándome intensamente al fondo de mis ojos.
-Porque después de lo que hubo entre nosotros esta
tarde ya no quería venderte… ni cederte, ni siquiera
quería compartirte. Porque antes no te conocía y ahora
me he dado cuenta de que nunca he estado con nadie
como tú. Nunca he visto, tocado o acariciado un cuerpo
como el tuyo. Con nadie he estado tan excitado en la
cama como contigo. Nunca nadie en toda mi vida me ha
puesto tan caliente como tú hoy…
Te quedas mirándome en silencio, con expresión
suplicante. Yo estoy sin habla, siento que me pongo
colorado. Tras unos instantes en silencio, alargas la
mano y me la pones en el antebrazo, murmurando:
-Perdóname, por favor…
Tienes los ojos húmedos. Presiento que vas a llorar.
Repentinamente noto que la sangre se me sube a la
cabeza y, sin mediar palabra, te doy una bofetada con
la mano abierta. Tu la recibes sin defenderte,
cerrando los ojos y aguantando estoicamente, si bien
la fuerza del guantazo te desequilibra y caes de
bruces sobre el capó.
-Eso, discúlpate, pídeme perdón, cabrón, en vez de
contarme lo cachondo que te he puesto…
Te incorporas pesadamente y yo te agarro del cuello de
la camisa gritándote a escasos milímetros de tu boca,
sin que tú -los brazos caídos y los ojos cerrados-
intentes defenderte.
-Mientras yo estaba atado y aterrorizado por el gordo
tú estabas poniéndote a mil a mi costa, so cerdo. Y
luego, mientras yo aguantaba, atado, las manazas de
ese puerco tú te desahogabas con los otros dos, como
una perra en celo… ¡puta!
Un nuevo empujón mío te lanza contra el coche. La
mitad de tu cuerpo entra por la ventanilla y das con
la cara en el asiento, mientras tus pantalones caen un
poco hasta dejarme ver el comienzo de la raja de tu
culo. No te quejas, pero cuando intentas incorporarte
te lo impido presionando tu espalda con una mano.
-Perdón…-murmuras- perdón…
De un tirón te bajo el pantalón, casi lo arranco. No
llevas slip. A la luz de la luna, la visión de tu culo
ofrecido a mi merced reaviva el deseo que me ha
acompañado toda la tarde y siento una erección.
-Y mientras tanto yo estaba tan cachondo como tú y sin
nadie con quien satisfacerme…
Sin dejar de sujetarte -aunque no opones resistencia-
me quito el cinturón y mis pantalones caen hasta el
suelo, liberando mi verga que enseguida se hincha. Sin
embargo, al tener el cinturón en la mano se me ocurre
una idea que será una buena forma de vengarme.
-Más alto, puta, no te oigo pedir perdón.
El primer cinturonazo que te doy te provoca un grito
ahogado y un poco más de volumen en tus súplicas de
perdón, al tiempo que tus nalgas se contraen y
muestran una tira de piel enrojecida que las surca.
Verlo me excita. Comienzo a golpearlas rítmicamente, y
a cada zurriagazo contestas con un “perdón” a media
voz; es más que un susurro, casi un estertor ronco, y
oírlo me pone muy cachondo, así como ver que tus
carnes tiemblan bajo el castigo y tu piel torna del
rojo al cárdeno por efecto de los latigazos. Sin
embargo, observo sorprendido que no sufres, pues entre
tus piernas asoman tus apretados huevos y crece tu
polla reptando hacia el asfalto sobre la chapa de la
portezuela, como una babosa. A su vez, tus nalgas se
entregan al castigo, dejan de estar en tensión y se
abren, dejando entrever un ano rojizo, aunque bien
fruncido, recuperado ya de las dilataciones de la
tarde.
-Perdón… perdón… -insistes en un lamento que
revela tu placer-.
No aguanto verte disfrutar más, y ya no puedo esperar
a follarte. Dejo el cinturón sobre el techo y enfilo
mi polla entre tus amoratados glúteos mientras
presiono sobre tus hombros para impulsarme.
-Ahora es mi turno, zorra, lo que he estado esperando
todo el día… -murmuro secamente mientras comienzo a
penetrarte-. Te voy a partir en dos…
Tu ano está húmedo, por lo que la cabeza de mi polla
entra sin dificultad, aunque algo justo. Siento cómo
contraes tu esfínter para circundar mejor la
penetración y empujo con fuerza hasta sentirla
completamente hundida en tus entrañas, mientras tú la
recibes con un leve estertor.
No puedo ni quiero andarme con contemplaciones.
Embisto con fuerza y furia chocando mis caderas contra
tu culo rocoso y sintiendo golpear mis pelotas contra
las tuyas al final de cada acometida. Tú, con los ojos
cerrados y la cara aplastada contra el asiento,
acompañas cada embate con un gruñido de placer. Al
rato, sacas tus manos por la ventanilla y te abres más
las amoratadas nalgas buscando una mayor penetración.
Eres un pozo sin fondo.
-¿Te gusta, zorra? -jadeo con rabia-. Estabas deseando
que te partiera el culo, ¿eh? Pues disfruta, que ahora
viene lo mejor; me voy a correr…Te voy a rellenar
con mi leche; y tengo tanta que voy a estar una
eternidad bombeando dentro de tu culo. En la postura
que estás vas a notar su sabor antes de que yo haya
terminado de correrme.
No he acabado la frase cuando una especie de explosión
interna se opera en mi escroto y desde la base de mi
polla se abre paso un surtidor de esperma hacia tus
entrañas. Por un momento tengo la tentación de liberar
mi polla y verla expulsar mi semen sobre tu espalda,
tu cabeza y los asientos. Pero no, quiero follarte
hasta el final, disfrutar de tu culo hasta la última
gota… Y sin un sólo ruido. Me concentro en eyacular.
No quiero desperdiciar fuerzas con jadeos ni espasmos,
quiero colmarte con mi leche y empujo a fondo con más
fuerza que antes mientras siento los chorros sucesivos
que estamos trasegando. Casi al tiempo, tú te agarras
al volante y al freno de mano y comienzas a jadear
entre gorgoteos. Comprendo que te estás corriendo. Tus
gemidos acompañan mis últimos embates. Tras unas
convulsiones te quedas inmóvil. Cuando me siento vacío
yo me detengo también y apoyo mi cabeza en el techo
unos instantes para recuperar el resuello. Después
saco despacio mi polla de tu culo, que se resiste a
dejarla escapar, y me alejo dos pasos para contemplar
la escena a la luz de la luna: tu culo tumefacto se
asoma a la ventanilla rezumando mi esperma a la luz de
la luna…
En seguida veo las luces de un coche que se aproxima
en sentido contrario. Sin dudarlo, le hago señas y
subo al asiento del copiloto en cuanto se detiene, sin
volver la vista atrás.

YOSOYNACHETE@YAHOO.ES

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