Gitanas

Las chicas gitanas poseen un aroma peculiar. Puedo oler su lujuria a kilómetros de distancia, incluso aún después que he terminado de bañarlas. Ellas son las preferidas de mi señor. En especial si se trata de alguna de cabello negro y tez pálida, una de los ejemplares más difíciles de conseguir. Al igual que las pelirrojas, de aquellas que no presentan ninguna peca sobre su rostro. Son todo un exótico bocado. Demás esta decir que son una presa fácil, sobre todo por las noches, que es cuando trabajo. Nadie va a echar de menos a estas dos, ninguno en el pueblo va a reclamar su desaparición. Son perfectas. Ojalá me las pudiera tirar yo también, pero me está prohibido.
Esta noche ha valido la pena. Estas dos chicas son un buen plato, sobre todo esta rubia de piel dorada, bueno casi todas poseen ese tono efecto de su vida al aire libre, pero son sus cuerpos los que están sobre el promedio, incluso la morena que espera que la saque de la bañera. Pechos y culo perfectos, firmes, esculpidos a mano. Para evitar cualquier alboroto las mantengo amordazadas y vendadas. Todo es parte de la técnica. Prepararlas es todo un arte. Luego de bañarlas debo revisar sus agujeros. Siempre empiezo por sus conchas, creo que eso me ha dado cierta especial sensibilidad a sus olores, se cuando tienen miedo, cuando desean ser cogidas, incluso puedo saber cuando a pesar de tener temor esperan ser tratadas como unas perras. Eso me lo ha dado la experiencia. Aquella que me ha enseñado cuando controlarme, incluso en aquellos breves momentos en que apenas puedo contener mis ganas de introducir mi lengua en ellas, pero sé que solo puedo palparlas con mi dedo meñique, esto con el fin de disminuir al máximo todo riesgo de dilatación inútil, al igual que sus culos, con ellos debo extremar mis precauciones. Podría costarme la vidaâ?Š

Les he puesto las túnicas rojas y las llevo hacia el cuarto de mi Señor. Van muertas de miedo, temblando de pavorâ?Šy tienen razón. Dicen que las gitanas tienen cierto poder de anticipar los hechos, alguna clase de magia, de predecir el futuro. Espero que lo que vean no las espante demasiado. El Cardenal me ordena que le quite la venda de los ojos a la chica rubia y que se la acerque hacia el ventanal, hasta donde pueda verla bien, ayudado por la luz de la luna que se cuela a través del vitral. Al momento que la venda cae al suelo se escucha un grito ahogado, de espanto, reflejado en sus inmensos ojos color canela. No sé si se los había dicho, pero mi apariencia es la de un monstruo. Es debido a ello que me refugio en las sombras. Tengo cero posibilidades de cogerme a una chica de estas a no ser que sea por la fuerza. Hasta una prostituta miope arrancaría de mí en el acto. Pero no me falta la comida ni el abrigo, todo gracias a mi Amo, el gran Cardenal. El mismo que ahora me ordena que ate las muñecas de la gitana y la cuelgue desde la polea dejándole en la punta de sus pies. Entonces él se acerca y, mientras entona una especie de plegaria dicha en latín, le va rasgando la túnica hasta dejarla completamente desnuda. Posando su mano sobre la frente de la chica que no para de temblar y de gemir. Haciéndola pasar rápidamente hasta uno de sus pechos, jugando con su pezón, dándole pequeñas palmadas, enrojeciéndolo. Una vez que ha terminado su oración se detiene y da unos pasos hacia atrás, alcanzando con su mano el látigo que tantas veces ha usado en contra de este tipo de chicas, nuestro tipo de chicas. Y lo lanza, de vuelta, sobre sus bellas tetas, estremeciendo todo su cuerpo entre sollozos y gemidos ahogados por la mordaza. Dejándolo marcado por pequeñas llagas que comienzan a sangrar de a poco. Está como un loco, ha dejado el látigo a un lado y nuevamente se acerca hasta ella tomándola de las piernas, levantando su sotana y clavándole brutalmente su miembro erecto entre las piernas, cogiéndola así como está, colgada, indefensa, a su disposición, como suplicando, entre lágrimas, que todo termine. Todo dura no más que un par de minutos, en un grito en latín que revela su orgasmo. Uno en el Nombre del Padreâ?Š

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Una mirada suya me indica que es el turno de la chica morena. A ella debo colocarla sobre el potro, boca abajo y con su cola levantada. Nuevamente la plegaria. Esta vez sus manos están sobre las redondas nalgas de la chica, separándolas mientras introduce ambos dedos pulgares en su agujero. La chica se retuerce mientras los dedos entran y salen. La otra chica está más allá como desmayada. Y yo estoy que eyaculo. Y el Cardenal, como me lo esperaba, nuevamente lanzando sus latigazos esta vez sobre la cola morena, realizando su escena que parece tomada prestada de algún rito de purificación de la Inquisición. Claro que ahora él se dispone a sodomizarla bestialmente, sin ninguna consideración por la chica cuyo esfínter parece a punto de rasgarse. Esta vez se tarda un poco más y nuevamente su grito en latín. Entonces jadeando prepara el epílogo, la celebración de una misa que usa siempre como modo de elevar todo el rito a un nivel más espiritual. Me quiere como testigo, que lo oiga como lee algunos extractos de la Biblia que hablan sobre los placeres carnales y la lujuria, y sobre el arrepentimiento y la confesión, como levanta entre sus manos el cáliz de la sangre del Hijo del Padre y lo bebe en nombre de la Trinidad y su sagrado misterio. Luego tomando un cirio encendido y una gran cruz, me pide que me retire. Lo que viene me lo sé de memoria. Primero sacará las mordazas de ambas chicas y se acercará, primero a la gitana rubia, llevando la enorme cruz, exigiéndole su arrepentimiento, la confesión de sus pecados mientras le clava en forma invertida el gran crucifijo en su sexo, lentamente hasta que termine por ceder. Lo mismo con la chica morena, el cirio entrará poco a poco en su cola, entre los gritos desgarradores de dolor, haciéndola sangrar, hasta que casi desaparezca dentro de ella y consiga su objetivo, la conversión. Ahora mismo tengo que ir a doblar las campanas para ocultar los chillidos que acaban de empezar a oírseâ?Š

Ahora que estoy en mi cuarto me cuesta dejar de pensar en aquellas chicas. Por algún motivo ya no estoy tan de acuerdo con el Cardenal. Creo que el tormento que les hace pasar es demasiado, que va mucho más allá de sus buenas intenciones, pero quizás no yo sea el indicado para poner en duda sus métodos. Un simple mortalâ?Šdeforme.

Una serie de golpes en la puerta me sacan repentinamente de mi sueño. Son los guardias del Cardenal que me traen una nueva víctima. La recibo entre mis brazos. Me repiten que tengo que tenerla lista en una hora más, sin excusa. Les cierro la puerta y me acerco curioso por saber quién es la chica que tiene tan ansioso a mi Señor.

Entonces te tomo de las manos. Me preguntas con voz asustada quién soy. No te respondo. No sé que me pasa. Me has dejado de una pieza. Como si de pronto hubiese visto un ángel, uno de cabello oscuro y piel extremadamente pálida, peligrosamente adictiva. Me vuelves a repetir tu pregunta, que por favor no te haga daño, que no sabes que es lo que haces aquí, pero que por favor te ayude. Tu voz es demasiado suave para ser una gitana. En el tono menos áspero que puedo te respondo que no te preocupes que conmigo no corres peligro, incluso me sorprendo diciéndote que sí, que te voy a ayudar, que eres muy linda para estar aquí, que no dejaré que nada malo te pase, y sin medir las consecuencias, desato tus manos. Entonces tratando de tocar mi rostro me das las gracias. Te esquivo, no quiero que te des cuenta de quién o que es lo que está frente a ti. Algo muy extraño pasa conmigo, no sé como continuar, no sé que decir, no tengo ningún planâ?Šno puedo dejar de mirarte.

-No puedo desatar mi venda â??me dices complicada con el nudo.
-Nudos de la guardia. Sólo yo te lo puedo desatar â??te respondo sin el coraje de hacerlo.

Te explico que no es el momento aún de que me veas. Te prometo que es mejor así, que vas a tener que confiar en mí, que te voy a guiar hasta la salida y que solo tienes que dejar que yo te lleve de la mano y nunca te apartes de mí. â??Nunca te apartes de míâ?, la frase queda resonando dolorosamente en mi mente. Pero no tengo tiempo de lamentarme, tengo menos de una hora para llevar a mi chica a la salida, esoâ?Šmi chica. Y eso me da ánimo y te susurro que me sigasâ?Š

A través de una serie de escalas ocultas que solo yo conozco hemos llegado hasta un subterráneo de la catedral. Te advierto que estás a unos pasos de la puerta de salida, que una vez que estés del otro lado sigas por la galería, que pasarás por debajo del Sena hasta la estación de Saint Michel, hasta el metro, ahí estarás segura, que corras sin detenerte, que no mires hacia atrás. Me preguntas que pasará conmigo y te digo que a mí nada, que lo importante es que salgas de aquí, que este lugar es muy peligroso.

-¿Eres gitana? â??te pregunto sin saber porque.

Te sonríes, me dices que nunca te habían hecho una pregunta como esa, pero que no, que más bien tu vienes del otro lado del atlántico y que por favor te saque la venda, que necesitas saber quien soy, conocer el rostro de quien la ha ayudado a escapar. Entonces y con el corazón bombeando a mil, te comienzo a desatar la pañoleta negra que llevas puesta. Mientras lo hago te advierto que lo vas a ver no es muy agradable, pero que tienes que prometerme que no vas a gritar, por mucho que te asustes, pero que pienses que nunca en mi vida podría hacerte algún daño, que quizás eso ayude.

Aprovechando el momento en que tus ojos se tardan en acostumbrar a la escasa luz que hay aquí dentro, me escondo entre las sombras. Desde aquí puedo verte mejor. No me equivocaba, eres demasiado linda, todos tus rasgos van acorde a tu delicada figura. Figura que contrasta odiosamente con la mía.

-Peroâ?Šno te puedo ver â??me dices casi como si fueras una niña- ¿Por qué te escondes allá?
-Recuerda tu promesa.

Entonces me muestro ante ti. Casi esperando que salgas huyendo despavorida, pero para mi sorpresa te quedas parada ahí en frente.

-Tonto â??me retas cariñosamente.
-¿Qué dices? â??contesto sorprendido.
-Claro, no eres un adonis, pero tampoco eres un monstruo. Creo que exageras.
-Gracias, pero tienes que irte. Se hace tarde y tienes apenas veinte minutos salir segura de aquí.
-Gracias a ti, pero no hay necesidad de que seas tan rudoâ?Š

Entonces me das un ligero abrazo y sales corriendo, como habíamos quedado. Dentro de mi turbación te grito que me digas tu nombre, que lo necesito para pensar en tiâ?Šcuando estés lejosâ?Š

Esta noche la luna sobre Notre Dame tiene una intensidad distinta. Ahora que estoy acá arriba apoyado sobre esta gárgola, mis únicas compañeras, el nombre de Melania retumba por todos lados, incluso es capaz de tapar los golpes que dan los guardias que están a punto de tumbar mi puerta, bajo las órdenes del Cardenal y lograr así, agarrar al jorobado traidor. Pero ya es tarde, estoy ya a miles de kilómetros de aquí, al otro lado del Atlántico junto a Melaniaâ?Šmi chica, aunque ella no lo imagine.

pablocox@hotmail.com

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