Haydee Ballhaus, la bruja agnóstica. Aurora Craft 1.

Haydee Ballhaus, la bruja agnóstica. Aurora Craft 1.
I. Una extraña y dolorosa modificación corporal.
El aspecto que ofrecía a simple vista concordaba a la perfección con lo que había dentro de su cabeza, negrura por fuera lobreguez hacia el interior, siempre había sido de esa forma la diferencia era que El Martillo la liberaba de la culpa, del miedo y hasta de la razón. Reconocerse a si misma como el anfitrión de una cosa que solo existía para la violencia, que se alimentaba del dolor ajeno, de las madrizas y del salpicar de sangre no era fácil pero aún mas difícil había sido el lidiar con el gusto por ello desde las sombras, tener que ocultar que al empezar el día cuando otros leían el horóscopo ella prefería la nota roja, que los clasificados eran las esquelas en el diario y la pagina tres del Ovaciones las contraportadas del Alarma. Lo mas doloroso no era ser un monstruo, era tener que ocultarlo pero eso, gracias al martillo no tenía que ser jamás.
Ingreso de canto a la bodega y el olor a adrenalina le hizo saltar el corazón, ella amaba esos momentos previos, la expectativa, las miradas puestas en el cuadrilátero improvisado que al igual que ella esperaban ver la sangre correr, oír el crujir de un hueso, el desgarre de un músculo o ya de perdida el gracioso volar de un par de dientes tras una patada descendente o una de giro bien conectada. El dolor de otros era su placer, por eso había elegido medicina como primera opción al momento de la elección de carrera, por eso las costillas rotas y fracturas expuestas le significaban un susurro delicioso a sus oídos.
A su modo de ver las cosas su presencia brindaba a la concurrencia nada mas que la estampa de un espectador, aún vestida de terciopelo púrpura, con botas militares, maquillaje dark, con todo y el collar de perro en el cuello y cuatro gemas dolorosamente incrustadas en las manos, dos por miembro y que podían pasar fácilmente por alguna extraña modificación corporal ella, Aurora Craft, el heraldo y anfitrión de un ente irlandés conocido como El Martillo era tan solo una inadaptada social de las que había muchas; nadie debía siquiera imaginar que de quererlo podía convocar un hambre sangrienta y hacer estallar y con solo pensarlo los órganos internos de la concurrencia con tal violencia de modo que las tripas saliendo a presión de las cavidades corporales hicieran tal estruendo que se escuchara a una cuadra de distancia, devorar las molleras de la concurrencia con un par de cubiertos elaborados con sus mismos huesos y otras tantas cosas horrendas que la gente de saberlo, de tan solo imaginarlo no se le acercarían como hasta entonces lo estaban haciendo.
La gente se arremolinaba fuera de sus autos para instigar a grito pelado el desempeño de los combatientes, otros, los mas discretos permanecían dentro de los vehículos pero sin despegar la mirada del par de hombres que por unos cuantos pesos, en realidad un par de miles se desvivían por ofrecer un buen espectáculo, dicho de otro modo moler a golpes al contrario hasta que éste perdiera el conocimiento ahogado en un charco de sangre o bien diera fin al encuentro con una palmada en el suelo gritando “basta¡”. Aquello no era deporte, no era espectáculo, era la reducción del hombre ante sus instintos mas primitivos, lo que El Martillo le había susurrado aún guardado dentro de la caja cuando todavía no corría su esencia dentro de ella como una marea de ira y tenía tan solo 10 años era que el hombre era una bestia, una animal sangriento y lleno de violencia que no necesitaba de mucho para conseguir inspiración pero cuando se le infundía de la manera adecuada, podía ser fuente de un placer que no necesita de intervención tan solo de espectadores.
II. Los “sucios” rumores que circulaban a su alrededor.
Apresuró el vaso de whisky y pagó antes de salir a la lluvia, en otras circunstancias habría preferido seguir bebiendo y solazarse con la comunidad y la buena música pero tenía asuntos que atender entrada la noche. Se trataba de un trabajo que le recordaba otros tiempos y que consistía básicamente en meter la nariz en asuntos que no le importaban en lo mas mínimo pero que exigían la asistencia de alguien entendido en asuntos fuera de este mundo. Así y por un falso sentido de responsabilidad profesional y gusto por los problemas ajenos dejó atrás el “Exciter”, bar de ambiente en la zona rosa por cierto de recién apertura y enfiló hacia donde tenía el sugus de uva.
Puso en marcha el auto pero atendiendo a una corazonada lo abandonó en un estacionamiento subterráneo y encaminó hacia la estación del metro mas cercana pensando que esa, era la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo. Nadie conduciría en la lluvia, al menos nadie que apreciara en algo el valor de renunciar al tráfico, de desistir a enfrentar al mundo con todo y su alto índice de estupidez sinergizado por la lluvia, porque ella, Haydee Ballhaus de convicciones agnósticas y derrotistas se apegaba tanto a la nula creencia de toda creencia como a la pereza, siempre que ésta estuviese reconfortada por ganancias secundarias.
Encendió un cigarrillo light mentolado sin siquiera reparar en la extraña dupla que eso significaba porque su mundo era el del absurdo y el de los contrastes, de las decisiones apresuradas y cambios de ultimo minuto, y no es que lo hubiese planeado de esa manera tan solo viajaba al ritmo de las circunstancias. Es por ello que de la misma manera en que le importaba un carajo la aberración light/mentol en tanto supiera bien, tampoco se molestaba en reflexionar la razón por la que la línea del subterráneo que pretendía abordar, mediaba distancias entre una de las áreas mas exclusivas de la ciudad como lo era o cuando menos lo había sido la zona rosa en Insurgentes, con lo mas bajo y clase mediero-jodido de la Merced y Ciudad Neza. El numero de excusas cuando no justificaciones en un país como México podía llegar a ser infinito, involucrando desde el azar hasta un enfermo sentido de ironía urbanística. Su mundo era el de los contrastes, mundo extraño… su clase de mundo a todas luces y en el que ella se sentía a gusto aún cuando procediera de otra dimensión.
Dándose el tiempo necesario para ver el cigarrillo consumirse del todo, ingresó a las entrañas del monstruo naranja del subsuelo de la ciudad de la esperanza y que a falta de un nombre mas corto respondía al simplista vocablo de: “metro”.
Cuando el tren subterráneo llegó a la estación como pudo se hizo de un lugar en el vagón y entonces analizó los hechos a su disposición. Cierta chica llamada Aurora Craft, incipiente estudiante de medicina, de ascendencia irlandesa –según le habían informado cosa que hasta ese momento no entendía bien a bien por que era relevante- había desaparecido hacía cerca de dos semanas, lógicamente se había supuesto lo peor sin embargo, su compañera de cuarto y de nombre Cynthia Aide, también estudiante de medicina pero ésta jalisciense no irlandesa creía que algo extraño y peor aún que un secuestro o asesinato le había ocurrido a su amiga o “amiguita” si se prefería dar crédito a los “sucios” rumores que circulaban a su alrededor y que la jalisquilla no se molestaba en desmentir pues le agradaban.
De cualquier manera la suerte, que Haydee no podía catalogar de buena o mala para ella, había querido que Cynthia buscara asistencia “profesional” en una bruja del mercado de Sonora y que era ni mas ni menos que Renata, aquella autodidacta con la que había compartido un par de hechizos, el piso y hasta el cuerpo en mas de un sentido y en mas de una ocasión y que por azares del destino se había hecho de un local en la capital nacional de la magia: “Mi mercado Merced-Sonora” como se llamaba oficialmente desde su inauguración en septiembre del 57 durante el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines.
Como era lógico y nuevamente si podía dar crédito a lo que había escuchado, “aquello” era mas de lo que alguien como Renata podía manejar por muy locataria del mercado de Sonora que fuera, se trataba de algo gordo, serio y muy real. Algo que exigía de conocimientos amén de unos “tanates” mas grandes que los de Godzilla y era ahí donde Haydee hacía su entrada triunfal… conocimientos?, podía decirse que los tenía aunque la verdad era que ella podía hacer que las mentiras a fuerza de repetición se hicieran verdades y a una velocidad que cualquier político le envidiaría, así y aunque agnóstica su magia funcionaba como se suponía tenía que hacerlo. En cuanto a los huevos, modestia aparte se había visto las caras con duendes asesinos, gárgolas, dioses y hasta fantasmas; vampiros, hombres lobos, ángeles y demonios, tanto de los que tenían cuernos y cola como lo que no los tenían pero era iguales o peores que aquellos pues los avalaban los plebiscitos amañados y consultas fraudulentas por teléfono, así las cosas que podía haber en aquella chica con apellido de marca de aderezo que la pudiera asustar?
III. Nadie daba medallas a equilibristas de la vida.
Aquella noche no era de las mejores para su negocio, eran mitad de vacaciones, finales de quincena, lluvia torrencial casi de proporciones bíblicas, el frío hacía castañear los dientes lo mismo que chirriar las articulaciones y para colmo la gente -la poca que abandonaba el hogar- tenía demasiada prisa como para echarle siquiera una mirada, nadie levantaría a una chica trabajadora de la Merced como ella en un lunes tan mierda.
Con tan negro panorama Alicia optó por abandonar el campo de batalla, dejar las calles, irse a dormir, perderse en la repetición de medianoche del noticiero del canal 40, cualquier cosa era mejor que soportar el clima, cualquier cosa con tal de olvidar que aquel día se las vería en blanco.
Con apenas una sonrisa y un agitar de la mano se despidió de las chicas y enfiló hacia la estación del metro bajando aquellas escaleras perladas de porquería y agua de lluvia con tal maestría que si caminar con tacones fuese disciplina olímpica ella estaría ya haciendo maletas rumbo a Atenas. Pero no, nadie daba medallas a equilibristas de la vida, el premio era sobrevivir, ganarle un día o dos a la miseria, al hambre, al olvido.
El andén estaba a medio llenar de almas y tuvo que esperar mas de los dos minutos reglamentarios hasta que por fin escuchó el ridículo tono del tren subterráneo llegando a la estación. Abordó el metro sin percatarse que a diferencia del resto de los vagones atestados aquel se encontraba vacío, lo que era anormalmente extraño pero que podía considerarse como normal en aquella ciudad, donde el absurdo no pagaba peaje porque para eso diosito había inventado el viaje de a mosca, donde pejelagartos convivían con niños-verdes y la legalidad era confundida con complots?.
Permaneció de pie frente a la puerta en espera de recorrer las seis estaciones hasta su destino y entre tanto, el reflejo le regresó una mirada familiar, una que conocía bien y que a menudo se le aparecía como un mal espectro. Era la mirada del cansancio en amasiato con el hastío, un tipo de mirada que una puta debía aprender a ocultar porque nadie pagaría por algo que tiene gratis en su casa, eso era un poco de sabiduría de la vida, de la de a de veras y no de la que mal retrataba Silvia Pinal en su programa de caricatura moralizadora.
-psss… psss…
Escuchó Alicia a su izquierda e instintivamente volteó sobresaltada creyéndose sola en el vagón, esbozando una mentada de madre mental recuperó el aliento cuando vio al artífice del intento de chiflido. Una chica solitaria ubicada en el extremo del carro, en el asiento reservado para discapacitados le hacía señas con su dedo índice invitándola a acercarse. Aquello era lo único que le faltaba, una “torcida” con un plan para no pasar fría la noche. Suspiró con tal fuerza que una gota de saliva fue a dar al vidrio de la puerta y por alguna razón se sonrojó.
En ese momento las puertas se abrieron e iba a dar pasó hacia fuera para cambiar de vagón pero no lo hizo, en su defecto miró el icono desdibujado anunciando la estación Candelaria y esperó a que el metro continuara su marcha para voltear. La chica seguía ahí, esperando por su arribo escurrida placidamente en el asiento plástico color verde, cruzada de piernas y con las manos ocultas en los bolsillos del abrigo esperando como el que sabe que tiene todas las de ganar y en consecuencia no tiene mas que estirar la mano llegado el momento.
-dos sesenta manita…
Dijo Alicia con voz clara y fuerte la suma mucho mas alta de lo que acostumbraba cobrar y no porque no los valiera, de buenas y con ganas valía cada centavo y tal vez hasta mas pero pocos de sus clientes podían pagarlos y ella necesitaba trabajar. Los buenos lugares costaban, las esquinas de prestigio tenían muchos bolsillos a su alrededor y aunque también y como en cualquier lado su área tenía muchos vivales con ínfulas de empresario la competencia era mas leal y un tanto menos encarnizada, podía ser conciencia de clase trabajadora o nada mas suerte pero lo cierto era que prefería abaratarse, para ella era mejor la camaradería que la guerra de guerrillas, era por eso que elegía la merced y cobrar poco que cobrar caro y que el producto de su esfuerzo se lo repartieran cuantos hijodeputas pudieran estirar la mano.
-si pero acércate, quiero verte…
Alicia tragó en seco y miró sus ojos cafés abiertos como platos en el reflejo de la mica haciendo las veces de vidrio para luego y tras armarse de valor caminar sobre aquellos improbables tacones altos hacia la chica aumentando un par de grados de dificultad a su andar etéreo gracias al trajín del metro. Miró de cerca y lo que vio le agradó, no es que tuviera predilección por los clientes de su mismo sexo en realidad prefería estar con hombres pero reconocía que un cliente era un cliente y después de todo la mujer era bonita y eso siempre facilitaba muchísimo las cosas; automáticamente recordó lo que en las calles se decía: “si te vas a comer un plato que detestas lo mejor que puede pasar es que tenga una buena vista”.
Por su parte ella, “la puta”, no estaba tampoco mal, vestía conforme a los rigores de su profesión o lo que ella entendía debía ser su atuendo de trabajo; de sur a norte: zapatillas baratas de tacón alto –a los hombres les gustaba que usara tacones altos y era mejor si no se los quitaba no sabía muy bien por que-, falda color rojo, muy corta y mas allá de la mitad del muslo y pegada al cuerpo, blusita halter entre lo ilegal y lo discretón pues no tenía mucho que ofrecer en aquel departamento para finalmente y en los interiores, una tanga de esas que metidas en las nalgas hacían las delicias de cualquiera era lo único que podía contar, del peinado era mejor no hablar, trencitas y mechones morados a ambos lados de la cara que en nada pedían en horripilantes a la boina ridícula de la ojiverde completaban el guardarropa. En resumen su atuendo era como para morirse… de frío pero morirse, tales era los rigores de su profesión.
IV. Hasta hacerle caer agotada.
Dejando de lado las pasarelas y los prejuicios y mas por orgullo profesional aceptó los tres billetes de cien que le extendió la ojiverde con una sonrisa, entonces a mitad de una mezcla de repugnancia y atracción entendió o quizás imaginó por que aquella chica de mirada extraña conservaba las manos dentro del abrigo. Dos joyas del tamaño de una canica bombacha le atravesaban de lado a lado la palma de la mano amoratando los bordes de la piel donde aquellas bolas de cristal colorido se había incrustado.
-aquí no. Protestó enérgica Alicia cuando la chica ya iba con las bragas hasta la altura de las rodillas.
-a esta hora no hay nadie y soy rápida si tu eres buena.
Aquellas ultimas palabras “Si tu eres buena” ensordecieron la mente de Alicia que sin argumentar nada mas se limitó a torcer la boca y esperar aún de pie a que San Lázaro fuera un borrón para luego arrodillarse frente a la chica, las bragas a la altura de las rodillas fueron a dar a los tobillos y las piernas de la ojiverde ocuparon un lugar entre sus mejillas. Con lentitud, olvidando que no tenía todo el tiempo del mundo fue metiendo la cabeza entre los muslos, a veces era un beso, otras una tímida lamida muy cerca de la línea que formaban las nalgas… caricias previas antes de hacer llegar su lengua al lugar donde era requerida.
Comenzó a chupar perezosamente mientras manejaba la lengua de arriba hacia abajo para ir abriendo los labios ya húmedos, sintiendo un calorcillo especial en su lengua y que mágicamente se conectaba en su propia entrepierna que para entonces comenzaba a dar muestras de humedad no precisamente ambiental.
Luego de probar con inseguridad dentro de las piernas metió de canto la lengua, cada vez mas adentro hasta que no dejó nada de ella fuera, entonces labios dieron de lleno contra labios descubriendo que éstos apretaban un clítoris pequeñito sobre del cual dormía un arillo metálico de sabor indeterminado. En aquel momento a la lengua se sumaron las manos y en medio de un frenesí ajeno a ella se sintió acariciando las caderas, los muslos que temblorosos le rodeaban el cuello, se dejó llevar por el respirar con ansia y metiendo las manos entre el asiento y las calientes nalgas levantó las caderas para a la vez que chupaba el clítoris le dejaba abierto el campo para mojar un dedo dentro de la vagina, dedito explorador al cual se sumaron un segundo y tercero en un chapoteo vaivén de penetración.
En medio de aquellos muslos ofrenda de un calor reconfortante sintió la puerta peligrosamente abierta y en un respiro trató de incorporarse pero entonces las dos manos de la chica que en aquellos momentos le parecieron dos gélidas garras se asieron a su cabeza con tal fuerza que le obligaron a bajar la cabeza, así fuertemente asida por las orejas muy pronto evocó Alicia que las mujeres aunque muy diferentes en trato y sabor como clientes tenían muchas cosas en común con los varones.
En tamaño conflicto de intereses Alicia comenzó a sentir en sus sienes un calorcillo incómodo producto de la presión de las gemas sobre su cabeza y que –de alguna forma para ella desconocida- le instigaban de la misma forma en que lo harían las puntas de un látigo sobre su espalda, a seguir trabajando con su lengua sobre el coño de la extraña. Entonces lamió, chupó, mordisqueó los papaloteantes labios vaginales de la mujer como si en ello se le fuese la vida, saboreando un extraño flujo que no era como el que había probado en otras mujeres o en si misma pero que le resultaba delicioso y que le hacía en el colmo de un paroxismo idiota buscar con los labios las partes mas sensibles de aquella labia aniñada accediendo a una fuente de placeres líquidos insospechados y que sin saberlo eran condimentados con su propia sangre.
En efecto, Alicia comenzó a sangrar orondos ríos de vitae por la nariz mismos que al contacto del flujo de la extraña adquirían un buqué de niveles angustiantes y que le hacían sentirse asquerosamente sucia y hambrienta, así la chica arrodillada agotadas sus reservas de dignidad buscó, relamió, chupó del exterior como una sanguijuela hasta que éste no le ofreció nada mas, entonces buscó dentro de la caliente cueva su alimento así como lo haría una mariposa para llegar hasta el néctar de una flor y al no encontrarlo buscó un poco mas abajo, ahí donde nunca ni aún estando drogada se habría atrevido a poner la lengua.
Los ojos extraños ojos de la chica de las joyas en las manos se abrieron y su cara se transfiguró conforme Alicia pasada de las tímidas caricias de lengua en el exterior, a meterle por completo su apéndice por el ano, chapándoselo y penetrándola con el talento del que no ha hecho algo así por primera vez. Empapando en saliva, sangre y flujo vaginal Alicia le comió el culo a la chica, una y otra vez relajándose a veces para luego disfrutar como poseída de la ansiedad que le provocaba aquella repugnante tarea. Entonces la chica ensartada como estaba, con un par de dedos en la vagina y una lengua en el ano jadeó, gritó, prácticamente se derritió en el asiento a mitad del orgasmo. Alicia sintió las piernas temblar alrededor de su cuello y como el resto del cuerpo vibraba con fuerza transmitiéndole un extraño desvanecimiento que a la vez que el hambre se iba esfumando por fin y poco a poco hasta hacerle caer agotada.
Para cuando abandonó el metro en la estación-terminal Pantitlan, Haydee Ballhaus de oficio bruja agnóstica notó como algunos curiosos se arremolinaban a escasos cuatro vagones y como un grupo poco menos numeroso pero consistente de guardias de seguridad corrían alertados con radiolocalizadores en las manos, así y por un momento y solo por un momento al escuchar casualmente a su espalda algo acerca de “una puta muerta que acababan de encontrar” tuvo la curiosidad como para detenerse un instante en su rumbo a la salida, luego al recordar que tenía otras cosas en las cuales ocuparse aquella noche abandonó la terminal, no adivinaba nada sobrenatural en el aire así que cualquier cosa que hubiese ocurrido ahí no era asunto suyo ya se enteraría luego por las noticias si se trataba de algo importante.

Concluye en Haydee Ballhaus, la bruja agnóstica. Aurora Craft 2.
El autor: [email protected]

Author: josepmaria

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