Conocí a mi marido en el colectivo, frotándole la pija de arriba abajo con mi gran culo, a través del pantalón. Que es mi diversión preferida. Como llevo polleras amplias, me resulta fácil encajarles la pija entre mis nalgas. No suelo llevar braguitas, o si lo hago, son más bien del tipo hilo dental. Así que prácticamente les froto la poronga con el ojete. Y, por supuesto, masajeándoselas entre mis glúteos. Soy muy buena moviendo los glúteos. Conocí a mi marido en el colectivo.
Por Lado Oscuro (ladooscuro4@hotmail.com)

Capítulo 1. Como hacer acabar a un desconocido en el colectivo.

Conocí a mi marido en el colectivo, frotándole la pija de arriba abajo con mi gran culo, a través del pantalón. Que es mi diversión preferida. Como llevo polleras amplias, me resulta fácil encajarles la pija entre mis nalgas. No suelo llevar braguitas, o si lo hago, son más bien del tipo hilo dental. Así que prácticamente les froto la poronga con el ojete. Y, por supuesto, masajeándoselas entre mis glúteos. Soy muy buena moviendo los glúteos.
Les contaré como hago todo el asunto. Primero escojo al candidato. Me gustan jóvenes, pero no es imprescindible. Hay algo indefinible que me hace elegir a uno en vez de a otro. Misterios de mi naturaleza femenina, o quizá sea mejor decir â??misterios de mi culoâ?.
Una vez escogido el candidato, me voy arrimando a él, hasta que consigo que retroceda para cederme el lugar adelante suyo. Esto siempre lo consigo. Por lo general fácilmente, pero sino insisto hasta que mi víctima cede.
Conseguida esta etapa, comienzo la siguiente. Qué, como supondrás, consiste en irle arrimando el culo. Pero no así, a lo bruto, sino con pequeños roces y retrocesos. Hasta que percibo que algo comienza a ponerse duro por allí abajo. Entonces espero un poco, para ver que hace el quía. Algunos procuran disimular, otros se animan a empujar un poco, para ver qué pasa. Algunos se quedan lo más panchos. Si no apoyan directamente, les voy avanzando el culo, hasta que les queda bien patente que no me molesta sentir sus vergas paradas. Generalmente se quedan. Si alguno intenta irse, le atrapo las polla con mis glúteos, y ahí se queda. Ese momento me encanta, porque sé que sus vergas están a mi disposición. Y procuro prolongarlo unos momentos, manteniendo mis roces y apretones como para mantenerlos calientes.
Pero, más tarde o más temprano, comienzo a entusiasmarme. Y los apretones se hacen más profundos, y les hago entrar bien las porongas entre mis nalgas, que son algo tremendo aunque esté mal que yo lo diga. Por dentro son muy calientes, y por fuera son muy redondas, grandes y salientes. De modo que no tengo ningún problema, para ponerlos en problemas a ellos.
La tercera etapa es la más divertida. Con apretones de mis glúteos comienzo a ordeñarlos, y con frotamientos de mi ojete contra sus pollas paradas los voy llevando hacia el éxtasis, y puedo ver el progreso en el modo en que sus manos se crispan en el pasamanos. Y voy sintiendo sus respiraciones cada vez más agitadas, hasta que siento que ha llegado el momento, y enterrándoles bien a fondo sus pijas entre mis cachetes, los remato con una serie vertiginosa de apretones y frotaciones. Y se corren como locos. Y puedo sentir sus pollas pulsando entre mis glúteos, y el humor pringoso que atraviesa sus pantalones mientras con mis apretones los sigo ordeñando, de modo de llevarme algo de semen, lo más posible, entre mis nalgas.
Bueno, a Miguel lo conocí así. Al pobre nunca le había pasado algo semejante, así que se quedó boludo con mi culo.

Capítulo 2. Abusando de Miguel, mi pobre novio.

Y entonces comenzamos una relación, algo así como un noviazgo. Realmente el pobre era bastante ingenuo, sino ¡cómo iba a ponerse de novio con una putona como yo! Como no estaba acostumbrada a eso del noviazgo, hice lo único que podía hacer con ese individuo: lo acostumbré a sentar mi culo sobre su cara.
í?l estaba totalmente sometido a mi culo y mis deseos. Me aproveché bastante del caso. Entretanto seguía con mis entretenimientos de colectivos. Pero eso sí, éramos novios, de modo que no le ocultaba nada, bueno casi nada. Y mientras lo tenía bajo mi culo, le contaba a cuantos tipos me había culeado (es decir, pajeado con mi orto) ese día. Y como habían sido: el chico de 17, el señor de sesenta, el recién casado de treinta, y así. Miguel me escuchaba embobado, y yo podía ver como su polla se empinaba con mi relato.
Y así fue que nos casamos. Y lo pasé muy bien en mi matrimonio (y también fuera de el, claro). Cuando Miguel regresaba del trabajo, venía ansioso por meterme la cara entre las nalgas y escuchar mis anécdotas del día. Me escuchaba al palo y pronto se corría, sin necesidad de que yo lo tocara. Se corría en sus pantalones, ya que no se los sacaba de tan apurado que estaba por sentir mi culo encima. Era un matrimonio feliz.
Y después de la cena íbamos a la cama, donde yo seguía abusando de él. No mucho, porque al principio me quedaba hecho una piltrafa y a la mañana casi no podía ir a trabajar. De modo que procuraba que él me satisficiera principalmente a mí. Y al día siguiente yo me iba a cornearlo por ahí, así que podía tenerle esa consideración. â??Mi vidaâ? solía decirle, â??chupame la conchita, así no acabás y mañana podés ir a trabajar contento.â? Y me subía a horcajadas sobre su cara para que me chupara la concha. Igual se empinaba enseguida, y su boca me comía la concha con una pasión que me volvía loca.
A veces, en medio de eso el pobre se corría, y se quedaba medio desvanecido bajo mi concha. Entonces yo ponía mi parte de entusiasmo, y le frotaba la concha en círculos sobre su cara, y el clítoris de atrás para adelante. Y así un rato largo hasta que tenía el montón de orgasmos que deseaba. Le dejaba la cara empapada y medio desfallecido, y la pija al palo. Pero yo no quería seguir abusando de él. â??No te preocupes, mi vida, por continuar satisfaciéndome. Mañana por la mañana, saldré a hacerme coger por los primeros que se me crucen, y así seguiré toda la tarde. Mañana, seguramente, conseguiré alguna buena verga, bien gorda y dura, que me llene la concha y el culo. Y después te contaré.â?
Y el pobre se quedaba dormido con una sonrisa desfalleciente en su rostro agotado.

Capítulo 3. Las metidas de cuernos de cada día.

Y a la mañana siguiente, luego de despedir a mi cornudito con un beso en la cola, y mandarlo bien arregladito a su trabajo, salía resplandeciente a la calle a buscar algún buen mozo con una buena poronga. Miguel podía sentirse tranquilo conmigo, siempre cumplía con mis promesas, y él lo sabía.
El primer candidato que encontré era un hombre atractivo, de unos treinta y cinco años. Le eché un par de miradas y se me vino al humo. Lo dejé conquistarme y llevarme a un hotel. Y dentro de la pieza del hotel lo dejé cojerme con todo el entusiasmo que le había despertado con mi silueta y mi mirada de puta. Tenía una excelente verga, bien gorda, larga, dura e hinchada, con la que me hizo le concha y el culo, dejándomelos bien abiertos. Este muchacho se movía con mucha energía y todo su entusiasmo, por lo que me hizo acabar muchas veces. Y dejé que me dominara a su gusto, mientras yo pensaba en como se lo contaría a Miguel.
Le dije â??No me cojas tan fuerte, que soy casadaâ?, lo cual le produjo un curioso efecto, pues volvió a romperme el culo. Cuando me lo llenó de leche y me la sacó, le dije â??no sé si está bien que yo haga estas cosas, porque amo a mi maridoâ?, y la pija se le volvió a empinar, y poniéndola entre mis buenas lolas, la frotó hasta acabar nuevamente, esta vez en mi cara. Y se la chupé hasta dejársela limpita y nuevamente al palo. Me quedé panza arriba, con mis tetonas desparramadas sobre el pecho, y mi cabellos ensortijado desparramado sobre la almohada, y los restos de su semen sobre mi cara.
í?l parecía ya estar acabado, pues se había echado cuatro polvos, pero aún me miraba con el deseo en los ojos. Entonces le dije â??yo soy una señora casada y respetable, pero me gustan demasiado las buenas porongas y no me puedo resistir a un buen machoâ?. Y ahí empezó a cogerme otra vez, â??¡no tan fuerte, que estoy enamorada de mi marido… !â? Y se movía cada vez más rápido, y pronto me la clavó hasta el fondo, largando los últimos chorritos exangíŒes que le quedaban. Me vestí y me fui muy contenta, dejándolo para que pagara la cuenta. La última imagen suya que tuve, fue la de su cuerpo derrengado sobre la cama, y su cara que hubiera parecido en estado de coma, sino fuera por su expresión de éxtasis.

Capítulo 4. Aplastando a un galán con mi culo.

Salí a la calle muy contenta, porque el día me había comenzado bien. Fui a comer algo para reponer energías. Al terminar ya había comenzado la terde. Y salí a putanear por las veredas, caminando relajada, ya que no tenía tantas urgencias como a la mañana.
Pronto se presentó un galán callejero al que no había visto. â??Hola, preciosa, ¿qué hace una chica tan bonita paseando tan solita?â? me dijo con su mejor voz de galán. Yo suspiré interiormente â??¡Qué boludo!â? pensé, â??a este voy a tener que darle una lección…â?
Bueno, le seguí el tren y el tipo cada vez más entusiasmado con su conquista. Yo me hacía la indiferente, pero lo dejé llevarme hasta su casa. Una vez allí atacó, comenzando a magrearme los pechos, mientras me besaba el cuello. Pronto me sacó mis enormes tetones al aire y con su boca me los besó y chupó mis gruesos pezones, como enloquecido. â??¡Nunca ví tetas así, nena…!â? me decía con ganas, y las seguía mordiendo y chupando. Una no es de fierro, así que me fui calentando cada vez más. Cuando sintió mis jadeos se entusiasmó todavía mas y arreció con su boca sobre mis tetas, para hacerme acabar, cosa que no tardó en ocurrir, pues me corrí como ya no esperaba correrme en ese día, ya.
Ese fue su error, ya que me dejó mucho más tranquila que antes. Pero él todavía no se había corrido, y me llevó a la cama, casi al arrastre. Ahí yo me puse difícil y mimosa â??Así, a lo bruto, noâ? â??Yo necesito un poco de mimos y juegos previos…â? í?l entendió â??Hagamos un sesenta y nueve, nenaâ?. â??Buenoâ? dije yo con voz mimosa y exigente, â??pero yo voy arribaâ?. El tipo aceptaba cualquier cosa, y se tiró boca arriba. Cuando vió bajar mi culo hacia su cara no pudo menos que exclamar â??¡Qué culo tremendo que tenés, nenita!â? Y eso fue lo último que pudo decir, porque le planté el culo sobre la cara, y me senté sobre ella.
El tipo esperaría mi boca sobre su nabo, o al menos una caricia. Pero se quedaría esperando, el muy necesitado, porque yo me quedé sentada sobre su cara, removiéndole el culo sobre la nariz. Y observé como su pija se empinaba aún más, ¡le estaba gustando… ! ¡el desgraciado estaba aprendiendo lo que era la sumisión! Nunca le habían sentado un culo en la cara, y se puso loco de lujuria.
Cuando comenzó a presentar los signos de asfixia, retorcer el cuerpo, crispar las manos y hacer esfuerzos por respirar, levanté mi gran culo un poco, para que pudiera respirar, luego de dejarlo dar varias bocanadas hambrientas de aire, volví a bajarlo sin sentir resistencia alguna de su parte.
Estaba totalmente enchufado y entregado. Y pude sentir su lengua lamiendo el interior de mis nalgas y el agujerito del ano. Entonces comencé suavemente a cabalgarlo. Su polla parecía a punto de explotar, y se agitaba impotente en el aire. Y su lengua lamía con frenética avidez. Cuando levantaba el culo para dejarlo respirar, lo dejaba caer sobre su nariz, cogiéndomela con el ojete. Llevábamos ya como quince minutos de eso, y yo aceleré mi cogida de nariz, con lo que él captó la intención y se calentó como loco. Su pecho se levantaba y bajaba con gran agitación, y su cuerpo comenzó a retorcerse de placer. Yo proseguí buscando mi propio placer y pronto alcancé un estruendoso orgasmo, durante el cual le apreté la cara con toda la pasión de mi gran culo, dejándolo seguro sin respiración.
Y fue ahí cuando acabó. Su pija parecía un surtidor revoleando semen en todas direcciones. Le di un respiro. Y los chorros continuaban a borbotones. Seguramente, nunca lo habían hecho acabar así. Antes de retirarle el culo le tiré un gran pedo, como para rematar la faena. Cuando, ya parada, lo miré estaba completamente derrengado en la cama, y tenía en la cara una embobada expresión de adoración. El galán había recibido su lección. De ahí en más todas sus pajas serían en mi honor. Y serían muchísimas. Tomé nota de su número de teléfono, para seguir divirtiéndome a su costa en otra ocasión. Y me marché.

Capítulo 5. ¡Qué mundo! ¡Hasta un recién casado puede ser infiel!

Otro caso que me gustó mucho fue el de un muchacho muy lindo, recién casado. Yo estaba en el hall de un hotel, esperando que se presentara algo, cuando veo a este muchacho acompañando a su novia, que todavía llevaba el vestido de novia, para entrar al ascensor. Se despidieron con un beso amoroso y él se fue al otro ascensor.
Entonces llegué yo, desparramando sensualidad con mi look de putona. Como tengo grandes tetas, gran cadera y pollerita cortita, al muchacho, desprevenido se le desorbitaron los ojos, mirándome golosamente. â??Qué porquería que son los hombresâ? pensé mientras arqueaba la cintura para adelantar más mis exuberantes melones, para ir demoliendo su moral, sonriéndole con desfachatez.
Entramos solos en el ascensor. â??Qué bonita es tu noviaâ? lo abordé con mi voz más ronca y sensual. El se puso colorado â??Síâ? reconoció, â??y nos queremos muchoâ?. â??Así debe serâ? dije yo, acercándomele a pocos centímetros de su cuerpo. â??La cuestión es si sabrás hacerla felizâ? agregué, deteniendo el ascensor. â??¡N-no entiendo!â? dijo él â??¿q-que hace…?â? Me acerqué aún más. â??Para hacer feliz a una chica no alcanza con ser atento…â? â??Hay que ser muuuy atento con la chica, colmarla de atenciones…â? â??¿Atetenciones? Y-yo siempre le compro flores y, y…â? Lo corté: â??Y los pechos, ¿qué tal los acaricias? A ver, mostrame con los míosâ? le dije avanzando mis exorbitantes melones.
í?l se puso un colorado como un tomate. Y espiando para abajo pude ver que su sangre estaba fluyendo también para otro punto de su organismo. En su pantalón se estaba formando una carpita. ¿â?¿Qué esperás, Boludo? ¡Tocámelas ya!â? Y agarrándole ambas manos se las puse sobre mis turgentes enormidades. Ahí vencí toda su resistencia, comenzó a amasármelas y apretármelas con pasión. Las saqué afuera, y ante la abundancia exuberante de mi carne, se puso a acariciármelas y a besarlas, enloquecido. Su carpita ya era una carpa en toda la línea.
Yo le acariciaba la cabeza y se la pasaba de un pezón al otro. Su respiración se enardecía, como sus chupadas. Y yo, para enardecerlo aún más, le hablaba echándole en el oído mi aliento cálido y húmedo. â??¡Asíii, cielito… ! ¡…Qué feliz la vas a hacer a esa chica si se las chupas así… !â? Y antes de lo que yo preveía él abrió más la boca, y entre jadeos se corrió. Tremenda mancha en sus pantalones. â??¡Ah no no no…!â? le reconvine, â??¡Eso está muy mal! ¡Si vos te corres antes que ella la pobre chica se va a quedar insatisfecha… !â? í?l me miraba un poco desenfocado. Le bajé la cabeza hasta mi entrepierna y levanté mi falda, poniéndole mi peluda concha frente a la cara. â??Vas a tener que ayudarla de otro modo…â? dije, avanzándole mi concha. â??¡Y-yo yo nun-ca-ca hice eso!â? dijo con una expresión mezcla de asco y deseo. â??¡Pobre chica…â?, exclamé escandalizada, â??¿querés decir que nunca le chupaste la concha? ¡Ah, noo! ¡Ya mismito comenzás a practicar!â? Y le empujé la cabeza sumergiéndola en mi peludo montículo. â??¡No te hagas problemas morales, chiquito, chupar una concha no es ser infiel. Si no hay penetración, no hay infidelidad!â? Y comencé a restregarle mi concha abierta contra su rostro. Bien restregada, para vencer toda su reticencia.
Se la movía en círculos, y también atrás y adelante. Claro, empecé a jadear, y a entrecortáseme la voz. â??¡A… a… síii, pa… pi… toooo… !â? Y me eché un polvo de novela en su cara, llena de mis jugos. â??Limpiámela bien, mi cielo, tragate todo…â? Y él, obediente, me la lamió con fruición. Podía ver, desde mis alturas, que estaba nuevamente empinado. â??Está bien, chiquito, sacala afuera así estás más cómodo, pero ni se te ocurra metérmela, ¡porque eso sería infidelidad!â? Y él sacó su tremendo nabo al aire. Era muy tentador…
Me di vuelta poniendo mi culo ante sus narices. â??Besame el culo, nene…â? Y agarrándole la cabeza con ambas manos se la apreté contra mis nalgas, y comencé a moverlas con movimientos rotativos. Cuando se apartaba para respirar, enseguida se la empujaba contra mi orto. í?l me lo besaba y lamía como loco. Y hacía todo lo que podía por hacer llegar su lengua hasta mi ojete. Decidí ayudarlo y le apreté la cabeza con mi culo contra la pared del ascensor. Ahí empecé a culearle la cara, con rápidos empellones cortitos, que lo dejaron fuera de combate. Su nabo al aire empezó a saltar salvajemente, chorreando para todos lados.
Quedó sentado en el piso del ascensor, con la mirada extraviada. â??¡Ves qué fácil, mi ángel! ¡Y no le fuiste infiel a tu amada noviecita, pues no hubo penetración… !â? le dije recordándole el tema, mientras le movía mi adorable culo frente a sus ojos. Su media erección comenzó a pararse nuevamente. â??¡Quiero cogerte el culo… !â? dijo con voz ronca por el deseo. Yo se lo seguí moviendo frente a sus ojos en forma juguetona. â??¡Pero eso estaría mal, mi vida… ! ¡Muy mal… !â? í?l se había puesto a mis espaldas, enfilando su nabo contra mi orto. Pero yo, juguetona, se lo esquivaba moviendo mi culo de un modo pícaro, cacheteándole el miembro con cada esquive de mis glúteos. â??¡Porque eso sería â??penetraciónâ? y tu pobre noviecita no merece eso… !â?
Pero él agarró mis glúteos con sus dos manos, para fijarlos, y abriéndolos me la clavó con fuerza. â??¡Ahhh… !â? exclamé de placer, moviéndome alrededor de su choto. â??¡Esto es… tá… muy maaal!â? Y le apretaba el choto, masajeándolo con mis glúteos, mientras movía el culo adelante y atrás. Sus manos se agarraban, crispadas, de mis caderas, que yo ondulaba como una poseída. Pronto su verga comenzó a hincharse aún más. El tipo estaba por llegar por tercera vez.
Entonces comencé a ordeñarle el nabo con mi culo, con rápidos apretones, mientras le decía â??¡Lo importante es que no acabes, porque así no sería â??verdaderaâ? infidelidad… !â? Y lo seguí ordeñando implacable, hasta que sentí que su nabo se había enterrado rígido contra el fondo de mi culo, y con intensas pulsiones me llenó el orto de chorros de semen. â??¡Eso no estuvo bien!â? le dije mientras le daba los últimos apretones para sacarle hasta la última gota, â??¡Debieras avergonzarte!â?
El muchacho quería seguir chupandome toda, el culo, las tetas, intentó volver a chuparme la concha, pero yo nada. Me arreglé la ropa, apreté el botón para reanudar el avance del ascensor, mientras él, de rodillas trataba de agarrarme el culo. Al llegar al piso 15 salí ante la gente que aguardaba para entrar al ascensor, que pudo ver a este muchacho, con la camisa desarmada, la cara empapada con mis flujos, y el pelo totalmente revuelto, con la pija parada al aire. â??¡Es un degenerado!â? les dije, â??¡No saben lo que trató de hacerme!â? Y me fui con pasos firmes y decididos hacia el otro ascensor.

Capítulo 6. Trabajando de puta por hobby, antes de volver al hogar.

Todavía me quedaban tres horas para volver a casa, así que decidí aprovechar el tiempo haciendo la puta, para llevar unos pesos al hogar. Fui por los autos estacionados proponiéndoles mi uso bajo pago. â??Por cien pesos te hago la paja con mi orto, papitoâ? y â??papitoâ? al verme el orto, aceptaba. â??Por cincuenta pesos te hago una chupada que te va a hacer acabar en cinco minutos, papiâ? y â??papiâ? aceptaba y en menos de cinco minutos estaba tragándome su semen y dejándolo con expresión soñadora. Hacer la puta era algo sucio que me trastornaba. En esas tres horas, tres y media si vamos a ser exactos, hice más de cuatrocientos pesos. Dos señores mayores, dos señores casados, tres jovencitos y una lesbiana. No me hice mucho problema por la tardanza porque cuando le explicara a Miguel, él comprendería. Además yo también aportaba al hogar.

Capítulo 6. Un cornudo anónimo no tiene tanta gracia. Engañando a Miguel con toda su oficina. El señor García.

El problema, para mi gusto, y seguramente el de Miguel, era que lo nuesto era casi un secreto, en el sentido de que sus amistades y compañeros de trabajo lo ignoraban. Decidí ponerle remedio a esa deficiencia.
A los cinco meses de casados comencé a pasar por su trabajo. Los ojillos ávidos de sus compañeros pronto me seguían sin separarse de mis abundancias desfachatadamente expuestas, durante todo el tiempo que estaba allí. Y yo les devolvía sonrisas y miradas pícaras, a uno por uno. Hasta que logré que todos en la oficina estuvieran re-calientes conmigo.
Pero decidí tirarme primero a su jefe. Entré en su despacho con la excusa de averiguar como andaba Miguel. Y pronto me invitó a tomar un café afuera. â??Me voy a tomar un café con el señor García, Miguel, después a la noche te veo en casaâ? le dije viendo las miradas de gozada que intercambiaban sus compañeros, envidiosos de la â??suerteâ? de su patrón.
El jefe no dejó de hacer sus avances, tomándome las manos, que yo me dejaba tomar, y diciéndome piropos, cada vez más insinuantes, que yo asimilaba con una sonrisa entre tímida y desenfadada, observando como el tipo se iba enardeciendo cada vez más al ver que sus avances no eran rechazados y que parecía que pronto podría cogerse a la esposa de su empleado.
Yo, entretanto, me cuidé de dejarle bien en claro que me interesaba que Miguel mantuviera el puesto, y con un aumento de sueldo. El tipo me decía que sí a cualquier cosa. Y al final hizo su gran avance y lo dejé llevarme a un hotel. â??¡No sé qué pensará de mí, señor García, yo no soy de hacer estas cosas, ¡le soy muy fiel a Miguel!, pero usted es tan persuasivo y tan seductor…!â? â??Llámeme Hector, Señora, y no tenga temor de lo que yo pueda pensarâ? dijo, mientras me hundía su salame enhiesto en mi húmeda concha. â??Ahh…â? exclamé al sentir la penetración, â??¡Héctor… qué amable es usted…!â? Su salame entraba y salía enérgicamente. â??Es que usted me parece una dama encantadora…â? Yo suspiraba, totalmente mojada por sus movimientos. â??¡Es que usted es tan caballero… !â? â??¡Héctor… !â? exclamé avanzando mi concha para acompañar sus empellones. Y así estuvo serruchándome unos pocos momentos más hasta que derramó en mi interior una serie de rígidos chorros que parecían shots cargados de semen. Los dos acabamos entre gritos y exclamaciones. Ya acostado a mi lado, él se deshizo en halagos edulcorados.
â??Lo que sí, Héctor, que nunca se entere Miguel de lo que tenemos, ni ninguno de los otros empleados, porque Miguel no podría soportar esta humillación. ¿A usted no le pasaría lo mismo si su esposa lo supiera… ?â? Con lo cual le dejé las cosas bien en claro.
Cuando se repuso me quiso hacer el culo, y después de aparentar una decorosa resistencia, lo dejé meterme su grueso tronco por ahí. Yo fingí un poco de dolor, para excitarlo más, ya que el ojete hacía ya mucho tiempo que lo tenía bien, pero bien abierto. Y él pudo sentirse el gran violador de culos de esposas de sus empleados.
Y cuando su dura poronga comenzó a pulsar dentro de mi orto, que yo apretaba para enloquecerlo, echó una gran cantidad de leche en el fondo, pulsando y pulsando, hasta dejármelo lleno. â??Sos un brutoâ? le dije en mimoso reproche, â??nunca nadie me había hecho esoâ? mentí, riéndome por dentro. â??¡…Si mi marido supiera… !â? terminé fingiendo horror. Mientras, le había agarrado el aparato y se lo puse nuevamente parado. Y con suaves apretones y caricias lo fui pajeando casi imperceptiblemente. â??Señor García, Héctor, usted ha abusado de míâ? y seguía pajeándolo. â??Usted seguramente quiere seguir humillándomeâ? y seguía con los apretones. â??Está bien, si usted quiere que se la chupe se la chuparé, pero sepa que eso no está bien y que me avergíŒenzaâ? Y metiéndome su poronga en la cálida cavidad de mi boca se la chupé un buen rato, hasta que no pudo mas y se corrió abundantemente.

Capítulo 7. Pasándome a todos los compañeros de trabajo. Y contándole a Miguel, luego.

Bueno, con Héctor seguimos viéndonos. Y él no dijo nada en la oficina, ni por supuesto en su casa. Pero yo cuidaba que sus empleados, los compañeros de Miguel, me vieran cada vez que entraba en la oficina del señor García, lo que ya no parecía tener ninguna justificación ni decoro, más cuando siempre nos â??íbamos a tomar el cafecitoâ? y el señor García tardaba como cuatro horas en volver. Pronto el bochorno para Miguelito era total. Y era sólo el comienzo. Poco a poco fueron cayendo, uno a uno, todos sus compañeros, siempre con la conjura de silencio, de modo que el señor García no se enteró nunca, y debió haber sido el único.
El proceso de encamarme con toda la oficina llevó su tiempo, en primer lugar porque eran muchos y en segundo lugar porque cada caso quería disfrutarlo durante un tiempo antes de que empezara a compartirme el siguiente.
Con uno le dejé hacérmela chupar, con otro lo hacía hacerme acabar de sólo meterme mano, ya que â??no quería serle infiel a mi marido, así que nada de penetraciónâ?, el tipo se iba en seco a cada rato y después vivía a pura paja en mi nombre. A otros les hacía chuparme la concha. A otros cogerme el culo. ¡Hay que ver como se aferraban a mi culazo serruchando con pasión hasta que se corrían entre grandes chorros… ! Yo me sentía más puta que nunca, y Miguel más cornudo que nunca. Y a algunos les cobraba por el servicio. Siempre exigiendo el pacto de silencio. Con varios de ellos verifiqué anteriores experiencias acerca de como se corre un hombre cuando tiene dos dedos metidos en el culo cogiéndoselo.
Y por las noches, ya en casa, con Miguel bajo mi culo, le contaba las andanzas del día, quién me había cogido por el culo, quién me había hecho chupársela, cuanto le había hecho pagar a este, y como me había hecho mamar la concha. Y Miguel cada vez más subyugado por mí.

Capítulo 8. Pis para Miguel.

Una noche le solté un chorrito de pis mientras me chupaba la concha, y descubrimos un nuevo placer en nuestro matrimonio. A Miguel le encantaba que lo meara en cualquier parte del cuerpo. A veces se corría de puro gusto al sentir mis chorros de pis caliente. Y cuando le ponía la concha en la boca y le lanzaba el chorro, se quedaba con la boca abierta aprovechando los breves intervalos entre chorro y chorro para lamerme, hasta que llegaba el nuevo chorro y seguía tragando y bebiendo. â??Soy tu esclavo…â? me decía, â??Si querés cagarme, también me lo como…â?
â??No exageremos, Miguelitoâ? le decía yo â??Nunca te dejaría comerme la mierda…â? Bueno, yo decía eso, pero al final lo dejé. El abría la bocota y de mi agujero salía un grueso chorizo de caca que él iba tragando golosamente. Nunca se quejó, siempre quería, seguramente porque mi caca no tenía mal olor. Aunque mi pis era amarillo y fuerte, e igual lo tragaba con delectación.

Capítulo 9. Tan â??románticosâ? como al principio.

A veces subíamos a un colectivo y repetíamos la actuación con que nos habíamos conocido. Es decir, yo me ponía delante suyo, y lo hacía acabar con mi culo. Así de románticos somos.
Después subíamos a otro colectivo y Miguel miraba como yo hacía mi acto con cualquier víctima que escogía. Cuando terminaba me decía, â??¡¡¿viste el tremendo manchón de acabada que le quedó al frente del pantalón?!!â? â??¡Pobre tipo, ni sabe lo que le pasó!â?.
â??Mi vidaâ?, le dije un día, â??¿vos sos conciente de que te hago cornudo?â?
Y Miguel, mi esposo me miró sumiso â??Claro, mi cieloâ?.

Si te ha gustado este relato y quieres escribirme a ladooscuro4@hotmail.com tendré gusto en contestar tu carta. Por las dudas te cuento que soy un macho heterosexual, bastante depravado. Pero esto, seguramente, ya lo habrás adivinado.