Mi hermana de nueve años me provocó una tarde mientras cantaba una canción romántica italiana, al arrojarme un beso con su mano no me quedó otra opción que violarla.CECILIA, MI HERMANA, SUS NUEVE Aí?OS Y SU PRIMER BAí?O DE SEMEN.

Hoy, Cecilia, mi hermana, tiene ya veintisiete años. Es mi esposa y madre de dos de mis hijos. Por supuesto que ya no vivimos ni remotamente en nuestro pueblo de origen. Ni siquiera en el mismo país. No podríamos haber concretado nuestra relación de amor y pasión si nos hubiésemos quedado allí. Pero no quiero narrar la historia de nuestra hermosa vida juntos. Simplemente quiero que sepan cómo comenzó esa fuerte atracción mutua.
Fue una tarde de verano cuando ella tenía solamente nueve años. Sí, nueve años. Pero de una belleza inigualable, se trataba sin dudas de la niña más hermosa del pueblo. También la más provocativa. ¿De dónde habrá salido aquella motivación suya de mostrar permanentemente sus piernas y su ropa interior agachándose delante de cuanto varón se le cruzara? Nunca me lo contestó, sencillamente ha esbozado una sonrisa pícara cada vez que se lo he preguntado. Y aquella tarde de aburrimiento para ambos, cuando quedamos solos en casa, fue ella misma la que comenzó con el trabajito de seducción que terminó con ambos en la relación sexual más excitante que tuve.
Cecilia había desaparecido de la cocina en la que me encontraba leyendo el periódico mientras tomaba un café. La casa estaba silenciosa y nuestros padres se encontraban de viaje por un fin de semana en casa de un hermano de mi madre. De pronto sentí que mi hermana canturreaba en la sala contigua a la cocina, por lo que fui allí para ver qué estaba haciendo.
Confieso que jamás se me había cruzado por la cabeza hacerle algo a mi hermana, aunque sí reconocía que era hermosa y muy provocativa, aun con mis amigos que visitaban la casa. Pero en esa ocasión la vi como nunca antes. Su cabello pelirrojo suelto hasta la mitad de su espalda, su rostro lleno de vida, pecosa y con labios muy finos y sus ojos celestes plenos de alegría. Vestía una corta falda a cuadros rojos y negros y una camisa blanca muy ajustada que marcaba los rosados pezones de sus incipientes senos. Sus piernas largas tenían unas medias blancas hasta las rodillas y tenía puestos unos zapatos con un poco de taco que le daban una figura muy estilizada.
Había puesto un disco de música romántica italiana y estaba parada frente al aparato moviendo su cuerpo como si fuera la cantante, a la vez que tomaba con una de sus manos un micrófono imaginario.
Mientras movía su cuerpo de un lado al otro hacía pequeños movimientos que le levantaban la falda dejando ver su ropa interior de color rosado. Fue con ese movimiento que Cecilia despertó mi bajas intenciones. Ella me había visto parado en la puerta mirándola y me sonreía. Lo estaba haciendo para mí la muy zorrita. Cantaba moviendo su cuerpo y se pasaba sus manos por sus piernas agachándose y mostrándome su culito redondo y un poco gordito.
Cuando terminó la canción aplaudí y sonreí complacido. Me acerqué a ella y la besé felicitándola. Cecilia estaba muy contenta y se había desprendido de su aburrimiento de manera automática cuando la besé. Me quedé junto a ella para verla más de cerca. Puso otra canción y comenzó a hacer lo mismo que la vez anterior, aunque esta vez cada vez que terminaba una frase me lanzaba un beso con su mano, como si lo soplase hacia mí.
En un momento en el que se acercó al sillón donde estaba sentado, la tomé de la mano y la acerqué sujetándola de la cintura. Cecilia simplemente reía, pero yo no. La senté en una de mis rodillas y le dije que esa tarde estaba hermosa, que me gustaba, que me parecía la niña más bella que jamás había visto. Entonces su rostro cambió de expresión. Sabía que lo estaba diciendo en serio y que mi mano acariciando sus piernas estaban indicando que yo estaba pasando una línea de la que no volvería. Apenas pudo balbucear un «soy tu hermana», pero ya era tarde, mi mano estaba buscando su vagina con uno de mis dedos y sus primeros ruegos de que no lo hiciera no dieron resultado. Luego quiso zafarse de mí pero no la dejé. Volvió a pedir que no le hiciera eso, que ella era mi hermana y que tenía solamente nueva años. Pero fue peor, eso me excitó aun más. La besé en la boca profundamente mientras le manoseaba su vagina hasta el hartazgo. Ella abrió apenas su boca y entonces le metí la lengua hasta donde más pude.
La estaba violando, la estaba ultrajando a mi hermana, mi única hermana menor de nueve años. Pero yo tenía ya diecisiete años y mis ganas de mantener una relación de ese tipo me estaban haciendo perder toda lógica. Le desprendí su camisa y le chupé con fruición sus pezones. Ella gemía en una confusión de susto y excitación que más me ponía loco. No hubo palabra que dejara de decirle mientras la chupaba por todo su cuerpo y le metía mis dedos por su culo y su vagina: perra, diosa, mi puta, mi amor, mi princesa…
Saqué mi verga erecta y se la comencé a pasar por todo su rostro pecoso. Estaba enorme y a punto de estallar. La tomé de los cabellos y le grité que la chupara. Ella obedeció y se la metió de a poco en su boca. Yo la forzaba a que le entrara toda. Pero su pequeña contextura no se lo permitía. Ella daba arcadas como si fuera a vomitar y pedía guturalmente que no le hiciera eso. Pero ya era tarde y entonces eyaculé en su garganta una catarata de leche que se tragó hasta la última gota.
Saqué mi verga de su boca y ella comenzó a llorar terriblemente, «no soy una puta, no soy una puta», repetía mientras un hilo de semen se le escapaba por la comisura de los labios. La obligué a ir al baño y a la lavarle la boca. Luego le refresqué su rostro con agua fría y la volví a llevar al mismo sillón donde estábamos. Comencé entonces a meterle un dedo por el culo, cada vez más y más hasta que se perdió completamente dentro de ella. Su agujero se dilataba a lo largo de los minutos, mientras ella dejaba de llorar para comenzar con unos gemidos muy leves que daba mientras metía y sacaba mi dedo de su culo.
Tuve una segunda erección y entonces decidí que había llegado el momento de partirla en dos. Ya nada me importaba, lo que ocurriera conmigo o con mis padres o con ella. Allí estaba su agujero dilatado y mi verga erecta dispuesta a entrar hasta el fondo de sus intestinos. La penetración fue intempestiva, repentina. Cecilia gritó desgarrada, pero allí estaba mi verga metida en su culito. Fue hermoso, era una sensación de penetración que hasta el día de hoy no he superado.
La tenía tomada de su pequeña cintura y sus piernas largas casi quedaban en el aire cuando embestía dentro de ella. Grité muy excitado cuando tuve mi segunda eyaculación dentro de su culo. Saqué mi pija aún erecta y bañada en una mezcla de semen, mierda y sangre del culo de mi hermana. Ya estaba hecho. Y no había vuelta atrás.
Luego la besé profundamente en la boca, la bañé, la cambié y traté de calmarla. Le puse una crema suavizante en su culo y la llevé a la cama. Pronto se durmió y yo me quedé pensando en lo que había hecho. Llegué a dos conclusiones, la primera fue que había sido un acto de bestialidad violar a mi hermana y con tan sólo nueve años. Pero la segunda conclusión a la que llegué fue que aquello había sido maravilloso y que si ella no hablaba con nadie de esto, lo repetiría cuantas veces fuese posible.
Al regreso de mis padres notaron a mi hermana un poco enferma y sin ganas de salir de su cuarto, pero no indagaron más allá de lo que ella les dijo acerca de algo que le había hecho mal al comer unos días atrás.
Cuando me di cuenta de que Cecilia no me acusaría con mis padres, subí a verla y hablé con ella. Me arrodillé frente a su cama y le pedí perdón por lo que le había hecho.
Aunque también le dije que lo había hecho porque me gustaba de una manera irresistible, que ahora ella sería la mujer más importante de mi vida. Acerqué mi rostro al suyo y la besé en la boca como si se tratara de una esposa. Ella tomó mi cuello con sus manos y me dijo tiernamente que me perdonaba pero que por favor, no le dijera más que era una puta.
Hoy la veo a Cecilia con los hijos que hemos tenido juntos y la sigo viendo como la pelirroja de mi vida.
¡Ah! para quien quiera saberlo. La desvirgué por la vagina unos dos días después de que le pidiera perdón.