Una escultura viviente…“Pensándolo bien, ya jamás cae el sol” se repitió Diego. Las cosas habían cambiado muchísimo desde aquella ultima vez en la que la vio pasar por la plaza, frente a él, tan segura de si mima.

Victoria era la dulzura personificada, y no por que su trato fuera exquisito, pues en lo referente a los modales era una persona normal, de trato normal, con una educación normal. Era todo lo bueno que cabía expresar de una educación publica hoy en día, simplemente incertidumbre. Entonces, ¿qué había de interesante en ella? Que era lo que le deslumbraba tanto? No era una chica corriente, su cuerpo sin duda llamaba mucho la atención, de tez tostada y cabellos morenos, y su mirada… si su mirada era luminosa. No! Más bien era su cara, o el conjunto. Victoria era duda, e incertidumbre, pues en sus años de docencia, ni en la facultad de historia del arte, había podido ver una obra tan bella. Era como si a casa paso ella pareciera que fuera a volar. Una Nike, ¿tal vez? Eureka, si era como la Victoria de Samocracia, alada esbelta, con cierta magia… poco importaban sus rasgos, su rostro, su tez, sus brazos, las proporciones simplemente era un ángel.

Ahora, Diego instintivamente llevó su mano derecha a su barbilla, pensativo recordaba las palabras de su hermano mayor: “Las mujeres son esencia pura, en ellas no hay materia, son todo espíritu, éter imprevisible”… Quizás por ello su hermano, jamás se acerco a una, el era un poeta de la vida.

Ahora desde su habitación, en la misma Plaza Mayor, parecía que revivía ese momento, ya pasado como si fuera en este preciso momento. Diego estaba leyendo El Extranjero de Camus, sentado al lado de la ventana, y por unos segundos algo le atrajo a la ventana, a la realidad o al exterior?, y pudo observar como desde uno de los la dos de la Plaza las palomas iniciaban su vuelo como dejando paso a algo… era pronto, no había nadie por las calles de Madrid, y esta noche no había refrescado nada. Como digo, un misterioso se hacia paso entre las palomas que levantaban el vuelo y describían un circulo en la plaza cuadrada. Todo encajaba.

Ella lleva un vestido, ceñido, color crema y unos “tacos” negros, sin duda venia de alguna fiesta… un pañuelo prendía de sus brazos que riendo volar, dotándola de cierta elegancia. Sin duda era Victoria, tan segura de si misma. Su caminar era pura sensualidad, todo se movía a su compás, insinuando placeres prohibidos para él hasta el momento…

Quedó obnubilado por la visión por unos momentos, y regreso a su lectura pero ya no se podía concentrar, no podía permanecer extranjero a si mismo. Desistió. Y se fue a la cama, de un golpe cerro el libro, y durmió.

Al otro lado de la ventana de su mente, se inició la realidad. No sabía que decir, todo el mundo le miraba, y no podía apartar la mirada de esa chica. Sonó el timbre, y corrió a su despacho, tenía un intenso ardor por todo su cuerpo, sentía como su miembro palpitaba bajo el pantalón. Decidido entró a su despacho dio un portazo y detrás del escritorio inició el ritual, ya iniciado en su pubertad, se mantuvo. Se dio tanto placer, ante esa visión que no podía parar. Se abrió la puerta del despacho, y entro la chica. Se quedó absorto, bajo la mirada y ella pareció entender. ¿Habría tenido ella también la misma visión?

Soltó el pañuelo que prendía su vestido, y este cayo al instante, en un ligero silbido. Descubriendo esa piel tan especial, esos senos perfectos y una entrepierna rasurada. Se acerco a él, con ese movimiento tan provocativo que la distinguía y se arrodillo ente él, tomo su miembro entre sus manos y lo chupó, lo engullo, lo saboreo…. sacó la lengua y lo recorrió de arriba abajo y viceversa. í?l sintió como lo fallaban las fuerzas y como un intenso cosquilleo le recorría todo el cuerpo, pronto se le nubló la vista, y se encontró como aquella estatua perfecta se hallaba sobre el. Moviéndose, con su miembro bien húmedo, en aquella vagina.

Ella no podía evitar dejar escapar pequeños grititos, parecía como si quisiera contener todo un raudal de placer, Diego puso las manos sobre los senos de Victoria, su boca se hacía agua.

Cómplices en el pecado, se miraron fijamente y la energía paso de uno a otro con creces, hubo una gran explosión, millones de estrellas a la vez y llego la calma, Se miraron diciendo ahora “yo tengo lo que te hace falta”.

Dejaron de oír sus corazones.

http://www.uc3m.es/uc3m/dpto/HC/ESCUL/victoria_de_samotracia.jpg