Mascarada

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25 septiembre, 2019 6:08 am

El salón es enorme, totalmente iluminado por unas gigantescas lámparas de lágrimas colgantes. Realmente parece sacado de una de las cortes francesas del siglo dieciocho, claro que sin los suntuosos trajes de corte victoriano. De hecho con mi vestido mini de lycra rojo ultra-ajustado, más parezco una cortesana moderna recortada de algún número especial sobre moda parisina publicado por la revista Vogue. Tan corto que tengo que acomodarlo hacia abajo para evitar que se me suba de atrás.
Mi idea es la de hallar a Pamela lo más pronto posible, pero con esto de que todos llevamos caretas va a ser bastante difícil. Debe estar odiándome. Quedé de estar aquí hace una hora, para acompañarla, para que no fuera la única en medio de esta mascarada que reúne a todo este montón de médicos y psiquiatras, una especie de logia de la cual su padre, que por cierto es psiquiatra, también es miembro. Aunque para la Pame no se trata más que de un club de viejos que tienen en común una serie de disfunciones sexuales y mucho dinero, claro.

Para llegar a la sala hay que bajar una escalera, de esas como de mármol, excesivamente larga, aunque tiene la ventaja de que todo el mundo te ve llegar. Lo que en este momento podría servirme para que Pamela sepa que estoy acá. Me quito la careta, tomo aire y comienzo a bajar, esperando que me haga algún tipo de seña, pero lo único que veo son rostros semicubiertos que siguen cada uno de mis movimientos. Miradas vacías que provocan que mi rostro se encienda de pura vergíŒenza. Seguro que se debe haber puesto del mismo tono que mi vestido. No puedo controlarlo. Que horror. Es como darse, de entrada, publicidad de perna, de chica que nunca pudo superar la pubertad. Odio que me suceda esto. Ponerme roja, claro. Al llegar abajo me vuelvo a poner el antifaz. Cero noticias de Pamela. Nada. Todo fue inútil. Me encuentro en la más absoluta soledad. No me queda más que esperar y seguir mirando.

Uno de los camareros, supongo que conmovido por mi patética situación, se me acerca y me ofrece algo para beber. Vino blanco, por favor. Gracias. En eso noto que uno de los enmascarados ha quedado frente a mí.

-Es claro que buscas a alguien ¿Te puedo ayudar? â??me pregunta con voz ronca.
-¿Tan obvio es? â??le contesto sin dejar de mirar a los invitados- Busco a una amiga, pero creo que va a ser inútil.
-Entonces espero que no te moleste que te acompañe un momento.
-Ehâ?Šnoâ?Šclaro. No me molesta.
-Mi nombre es José y creo que tu bajada por la escalera fue encantadoraâ?Š

Un poco avergonzada le sonrío. Me cuenta que lo suyo son las ciencias, pero que de algún modo le atraen las letras, de hecho el escribe algunas cosas al estilo épico medieval y siempre ha considerado que debió haber nacido en aquella época. El habría sido un gran Caballero. Después de un agradable rato, casi sin darme cuenta, estamos riendo, me dice princesa, que fue un honor haberme conocido, que lo he cautivado con mi belleza, que en este momento haría lo que fuera por mí.

-Una rosa de Versalles â??le digo.
-¿Cómo? â??me pregunta sorprendido.
-¿Me traerías una rosa desde los jardines del Palacio de Versalles?…

Entonces, usando unos movimientos de prestidigitación, hace aparecer, ante mi sorpresa, desde no sé donde, una pequeña rosa roja. Se disculpa diciéndome que si bien no es de Paris todo es cosa de tiempo, que él viaja mucho y que no me preocupe, que pronto la tendré en mis manos. No sé que decir, ni siquiera atino a tomar la rosa que me ofrece. Me siento como una boba, con una extraña sensación en el estómago, evitando mirarlo directamente a sus ojos, los que puedo sentir observándome fijamenteâ?Š incómodamente fijosâ?ŠEn eso se saca uno de sus guantes blancos y lo coloca en mi mano derecha. Se sonríe, que me queda bastante grande, pero que es una especie de recuerdo de esta noche, que no lo vaya a extraviar. Y me invita a bailar, que se ve que soy muy joven para este tipo de música de salón, pero que solo me deje guiar por él.

-¿Cuántos años tienes?
-Veinticinco â??miento.
-Te ves menor.
-Gracias.

El baile es una especie de coreografía new age. Vamos girando con los brazos extendidos. En cualquier otra ocasión esto mismo me habría resultado ridículo, me habría provocado náuseas solamente de imaginarme este cuadro, pero esta noche es distinto, odio admitirlo, pero es como un sueño. En un momento la música se hace más lenta y él me toma de la cintura suavemente, le agradezco ese delicado gesto apoyando mi mejilla sobre su hombro, sintiendo mi respiración agitada. Entonces trata de darme un beso, le digo que no, que todavía no, que no es que no lo desee, pero que me entienda. Me pide disculpas, que a veces es muy impulsivo, pero que está muy a gusto conmigo yâ?Šlo callo con un pequeño beso en los labios y vuelvo apoyarme sobre su pecho. Hasta que la música termina y nos quedamos parados en medio del salón, todavía abrazados. En eso me toma de la barbilla, levantándome el rostro, despejándolo, ordenando mi cabello, mientras lo miro hacia arriba desde atrás de mi antifaz. Entonces me dice que lo acompañe un momento, que volvemos de inmediato, le propongo que mejor lo espero acá, pero es que no quiere dejarme sola, que confíe en él, que es todo un Caballero del Norte y que tiene su honor. Le creo y lo acompaño.

Voy detrás de él por el corredor, uno que se ve muy largo, con una serie de puertas a los costados. Un tanto nerviosa intento detenerlo un momento, le digo que acá hace mucho frío, además que está súper mal iluminado. Me calma diciéndome que es en aquella puerta, aquí, donde nos detenemos. La abre y me hace pasar. Para mi sorpresa adentro hay cuatro enmascarados sentados en semicírculo. Me doy vuelta de inmediato, tratando que me explique. Sin mirarme les habla a ellos. Que aunque no le tenían mucha esperanza está acá con la chica, conmigo, que ha ganado la apuesta y que mientras va por otra carnada se diviertan para que aprovechen el dinero que acaba de sacarles. Entonces me empuja hasta donde están ellos. Me vuelvo a mirarlo como suplicándole que termine la broma, pero no, sin mirarme siquiera se da media vuelta y se va cerrando la puerta detrás suyo. Desesperada corro hacia ella, tomando la manilla, girándola con todas mis fuerzas sin que pueda abrirla, golpeándola, terminando con mi frente apoyada sobre ella, repitiendo con voz ahogada por mis lágrimas malditoâ?Šmalditoâ?Š Apenas, destrozada, me doy la vuelta, apoyándome sobre la sólida madera, viendo con horror como los cuatro hombres se han levantado y se dirigen, con sus caretas puestas, hacia donde estoy yoâ?Š

Recuerdo que intenté golpear al que primero se acercó, pero sin lograrlo, luego entre los cuatro me inmovilizaron. Uno de ellos me comenzó a insultar mientras daba pequeños pellizcos, por encima del vestido, en mis pezones. Al mismo tiempo, el que me tenía agarrada desde atrás mordía mi cuello y juntaba mis manos por la espalda para que otro me las pudiese atar. Finalmente alguien empezó a desvestirmeâ?Š

Me dejaron en medio de la habitación desnuda, solo con el antifaz y mis zapatos de taco alto. Comenzaron a dar vueltas a mi alrededor pasando sus manos y sus bocas por todo mi cuerpo, jadeando como animales en celo. Con mis ojos cerrados, sentí como separaban levemente mis piernas y como colocaban una de sus vergas sobre mi ombligo y comenzaba a bajar lentamente, en un suave zigzag, hasta llegar a mi sexo, hundiéndose entre mis labios. Podía escuchar sus asquerosos resoplidos, sintiéndolos caer directamente sobre mi rostro y como iban aumentando en intensidad a medida que me embestía cada vez más rápido. Recuerdo que me tomó bruscamente del mentón y me dio un repugnante beso justo antes de vaciar su semen dentro de mí. Inmediatamente otros brazos me lanzaron sobre el sofá, colocándome boca abajo y con unos almohadones bajo mi pelvis. Entonces sentí como si fuera ensartada por un hierro al rojo vivo, una serpiente en llamas entrando profundamente a través de mis intestinos, devolviéndose y volviendo a entrar, cada vez un poco más adentro. â??Hasta que te haga sangrarâ? escuché que me decía al oído. Entonces me desmayé.

Cuando desperté me encontraba al lado de otra chica en un cuarto apenas iluminado. Me tenía abrazada. Me decía que no me moviera demasiado, que el dolor pasaría de a poco, que tuve suerte en desmayarme porque eso los asustó y se detuvieron. En cuanto a ella había tenido que soportar más de una hora con los cuatro. Me dijo su nombre. Zaida o algo así y me mostró una rosa roja que tenía en su mano, idéntica a la que llevaba dentro de mi puño, en el de la mano en que llevaba puesto el guante blancoâ?Š

Comentarios, críticas, saludos, escríbanme a
melaniemilos@hotmail.com

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