La muchachita rubia que me robó el corazón

Les voy a contar una experiencia bella que tuve

Tenemos una vecinita, una joven blanca de pelo rubio, tiene 18 años, bellos pechos, cara hermosa y un cuerpo que para que te cuento. Siempre la veía, desde mi cochera, hablar por teléfono (en el teléfono público) y yo hasta un día parado en mi cochera me masturbé viendo sus piernas hermosas. Me moría por ella, pero qué podía hacer. Era mucho para un lobo casado, pero ideal para el amor.

Yo siempre estaba pendiente de a qué horas llegaba a hablar por teléfono. Y se quedaba como media hora hablando. Hasta que mi oportunidad llegó. La muchacha (que se llama Ada) llegó, pero no tenía tarjeta prepagada para hablar por teléfono. Entonces se dirigió hacia la tienda a un lado de mi casa para comprar una, pero no tenían. Y para mi buena suerte estaba comenzando a llover. Y yo pensé: “esta es mi oportunidad”, y estaba solo en casa. Sólo imagínense a la muchachita rubia con un vestido corto y abierto por los pechos y mojadita de tal manera que la ropa se le pegaba al cuero y se le miraban las protuberancias. Le pregunté si quería hablar por teléfono, me dijo que sí, sentí cosquillas en mis entrañas al ver que insinuaba que le ofreciera el teléfono de la casa. Pues muy gentilmente me puse a la orden y aceptó. En todo esto la lluvia se intensificaba, así que rápidamente la hice pasar y cerré la puerta. Le ofrecí una toalla para que se secara y aceptó, pero no me quedé ahí, le ayudé a secarse. Ella con pena, pero no me rechazó el servicio. Aproveché y con mis manos, por encima de la toalla, rocé la parte superior de sus pechos con algo de disimulo. La sentí algo dócil, pero no me apresuré. Tomé suavemente su mano y la llevé al cuarto donde estaba el teléfono (aunque también había teléfono en la sala). El teléfono está ubicado a un costado de la cama y cerca de la computadora. Se sentó a marcar el número y yo fingí querer trabajar en la computadora, me metí a internet y comencé a jugar corazones. Otro golpe de suerte, el teléfono estaba ocupado. Le pregunté si ya había jugado corazones y me ofrecí a enseñarle. Se sentó en la silla y yo detrás. Me agaché para agarrar el mouse pegando mi cuerpo al suyo. Tanto ella como yo comenzamos a tener latidos fuertes de corazón y a acelerar la respiración. Rocé mi cara contra su cara y me sonrió y desde arriba miraba sus pechos jóvenes. Le pregunté si no se sentía incómoda con la ropa mojada y le ofrecí la secadora (de ropa). Le di una toalla grande y me salí del cuarto. Se quitó la ropa y se puso la toalla alrededor de su hermoso cuerpo, luego coloqué su vestido en la secadora y rápidamente regresé donde ella. Me puse delante de ella, le tomé ambas manos, miré fijamente sus ojos. Por unos segundos nadie dijo nada. Luego acerqué mi cara hacia su cara y suavemente le di un beso en sus labios. Sentí la gloria. Y ella me sonrió. Le seguí dando besitos suaves en los labios, en la cara y en el cuello. Me puse detrás de ella, levanté su cabello rubio y comencé a besar su cuello, y la toalla se cayó al suelo, aún llevaba ropa interior. Imagínense un hombre casado con una muchachita joven, rubia y sumamente bonita. Le comencé a dar masajes en la espalda, la volteé y nos besamos apasionadamente. Le pregunté si era virgen, me dijo que una vez había hecho el amor con su ex-novio. Le confesé que yo estaba como loco enamorado de ella y si quería ser mi amante (así en estas mismas palabras). Le encantó la idea y seguimos besándonos con más pasión aun. No quitamos poco a poco toda la ropa y yo ya tenía mi pene paradísimo. Del tocador saqué un condón, lo abrí y le pedí que me lo pusiera. Era inexperta. Le pedí que con sus labios y sus manos me lo intentara colocar y lo hizo. ¡Qué emoción! Me puse detrás de ella, la comencé a besar y tocar sus pechos. ¡Qué cosa más hermosa! Pechos blancos, firmes y tersos como la seda. Rozaba mi pene contra sus nalgas, ¡Qué nalgas! Hasta que sentí que estaba suficientemente excitada. La puse al borde de la cama bocabajo y comencé a rozar la punta de mi pene en su vulva al mismo tiempo que acariciaba sus nalgas y su cadera. Hasta que me dijo: “Metémelo, méteme tu pene, penétrame tu pene…” y ¿qué creen? Fui obediente. Pasamos unos minutos en esa posición. A veces me movía yo y a veces ella. Luego me dijo que le gustaba que besara sus labios y sus pechos, entonces la acosté bocarriba y yo encima. No costó para nada la penetración. Besaba por ratos sus labios y por ratos su cuello y sus pechos de mármol y de vez en cuando, con mis manos, acariciaba su cadera, panza y nalgas. Nos dimos un beso con intercambio de lenguas que duró como tres minutos. Y yo susurraba en sus oídos palabras dulces de amor y lo feliz que estaba al hacer el amor con una muchacha tan joven. Ella me decía: “¿Te gusta mujercita joven?, Yo te voy a dar mi cuerpo joven para que disfrutes. Yo voy a ser tu amante hasta cuando tu quieras…” Se intensificó la emoción hasta que ella llegó al clímax, pero yo aún no terminaba. Dejé mi pene dentro de ella, pero sin moverme. Seguía diciendo cosas tiernas y lo mucho que significaba ella para mí. La besaba suavemente hasta que comenzó a excitarse de nuevo. Esta vez ella se puso arriba y se movía diciendo cosas como: “Tómame, soy tuya, toca mis pechos, tócame en mis genitales, agarra mis nalgas, mis pechos, goza, disfruta…” ¡Qué bárbaro! Con sus palabras y mis caricias y los movimientos no tardamos ni dos minutos en sentir orgasmo (y sincronizado).

Ya han pasado tres meses desde aquella noche y seguimos como amantes. Hemos hecho el amor aproximadamente una vez cada día. Y de mil maneras. Claro todo a escondidas, nos encontramos en algún lugar y nos vamos a un motel y algunas veces en la casa (acuérdense soy casado).

Vieran lo dulce que es esto. Y ¿Saben qué? En estos momentos ella está aquí y juntos hemos estado redactando esta historia.

No me gusta que otra gente me la toque, pero nos excitamos mucho al escribir estas líneas.

Bueno, me despido de ustedes, ya que mi amante me está pidiendo que le haga el amor.

Atentamente, Alejandro

Comentarios al alejanderfu@terra.com


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