«FANTASIAS CON MILA 2 – AMISTAD CIBERNí?TICA».

«De esta forma queda cabalmente acreditada la mala praxis en que incurrió la demandada»… Pulsé «guardar», luego «cerrar archivo», dando por terminado el trabajo pendiente. Me aparté de la computadora, satisfecho de haber terminado la demanda que debería presentar al día siguiente. Habían sido varias horas de ininterrumpida tarea, motivo por el cual opté por distraerme un rato. Tiempo atrás, en Internet, había encontrado un sitio de publicación de relatos eróticos. Por curiosidad, ingresé en él.

Leí algunos cuentos y me pareció patético, gran parte era pura basura, literariamente hablando. Historias absurdas, sin contenido. Sintaxis paupérrima, ortografía horrorosa. Tipos que contaban cómo habían cogido a una mina, y viceversa, y ahí terminaba la cuestión. En algún momento pensé «así, yo escribo diez cuentos en una hora». De vez en cuando me topaba con algo que valía la pena. Ya sea por la intriga, la fantasía, el misterio, el humor, el suspenso…

Estaba por volver a mi trabajo cuando una serie de historias me llamaron la atención. Pudo haber sido el sugestivo título («Crónicas desde Les-bos»), o el nombre de su autora, Melanie, idéntico al de mi propia hija. Lo cierto es que leí el primero de esos relatos. Me sorprendí. Había una distancia de años-luz con lo anterior. Decidí releerlo pausadamente. Efectivamente estaba muy bien escrito. Tenía, ¿cómo decirlo?, clase, misterio… Lo avanzado de la hora me volvió a la realidad. Los interrogatorios de la causa «Schroeder» estaban incon-clusos y faltaban dos días para el juicio.

Las jornadas siguientes fueron muy ajetreadas. Sobre el fin de semana volví a aquellos relatos. Leí los cuatro restantes y me pareció que su autora era alguien conocida de toda la vida, pese a no saber absolutamente nada de ella, salvo su nombre y su simpático apodo: «Mila».

Nunca antes lo había hecho, pero sentí la necesidad de felicitarla, de hacerle saber que a un completo desconocido sus cuentos le habían resultado sumamente agradables. Asimismo, le comenté cómo la imaginaba, qué idea me había formado de ella… El correo electrónico fue el medio.

Sorpresivamente, al día siguiente, por la misma vía, recibí la respuesta. En mi fuero íntimo pensaba que la destinataria de esas líneas quizás ni se molestaría en responder. Aunque vislumbraba cierta sensibilidad en esa extraña que me indicaba lo contrario.

Acerté misteriosamente en cuanto a la edad y otras circunstancias personales de ella quien, a su vez, demostró idénticas dotes adivinatorias sobre mí (tipo de trabajo, edad aproximada, que utilizaba anteojos, etc.). A partir de ese instante se generó un intercambio de mensajes, más formales en un comienzo, más distendidos después. Permutábamos opiniones, cuentos, interrogantes, confidencias…

Sin que formalmente se declarara, se estaba cimentando una verdadera amistad. Singular, por el hecho de que ambos no nos conocíamos física-mente, ni nunca habíamos escuchado la voz del otro. Existía, sin embargo, algo que nos vinculaba. La pasión por la literatura nos había acercado, pero ciertas características mutuas que descubrimos solidificaban ese aprecio compartido. Y creaba un clima de afecto.

A modo de juego, o entretenimiento, nos sugeríamos una situación equis, para que el otro construyera un relato. Hasta intentamos, con ese espíritu lúdico, narrar una historia en la cual, cada uno, a su turno, escribiera un capítulo, obligándolo al otro a hilvanar su continuación. En medio de ello, compartíamos inquietudes, intimidades, pedazos de nuestras vidas…

Una tarde, intenté hacerle llegar a Mila mi parecer sobre un cuento que ella me había remitido. Este fue mi primer llamado de atención. Resultó imposible que el correo electrónico se dignara a funcionar, pese a que la comunicación con otras personas resultaba normal. Recién al día siguiente pude lograr mi cometido. Me alegré doblemente. Primero, por haberme podido contactar (ya me había acostumbrado a esos diálogos). Segundo, pues debido a esa involuntaria interrupción pude advertir que una frase estaba mal redactada, y de no haberla cambiado, lo que pretendía ser un elogio a Mila, se transformaba en una vil ofensa.

Otra cuestión paradigmática, indicativa de que algo estaba funcionando extrañamente mal, ocurrió a los pocos días. Por un problema técnico, debí mandar a reparar mi computador. Me urgía enviarle una respuesta a Mila, razón por la cual visité a un amigo, requiriéndole el préstamo de su ordenador. Ingresé en él sin dificultades y al abrir mi correo electrónico me encontré con varias novedades. En mi «bandeja de entrada» no figuraba ningún mensaje de ella, pese a que creía recordar que no había borrado los de días anteriores. Después de enviar el mail en cuestión, una antipática frase apareció ante mis ojos: «Your message could not be delivered».

La gota que colmó la copa estuvo constituida por el hecho ocurrido al día siguiente. Una vez que me fue restituida mi PC, al revisar el correo, con estupor advertí que existía un mensaje de «Mila» que, por el horario, tendría que haber aparecido en la computadora de mi amigo. El otro acontecimiento revelador de lo anómalo de la situación surgía de que en la bandeja de entrada, efectivamente, había cuatro comunicaciones anteriores de ella que, misteriosamente, no aparecieron en el ordenador que me prestaran.

Luego las cosas se precipitaron. Por causas ignoradas la comunicación con «Mila» se tornó cada vez más tortuosa. Ya sea para remitir o recibir mensajes. Me lamentaba pues había descubierto que el nexo que me unía a ella era más importante de lo que suponía, que realmente necesitaba esa conexión con esa persona desconocida, con la que había logrado un entendimiento pocas veces alcanzado con mis amigos personales. A ella le había confiado intimidades no contadas a otros y me daba la impresión, a su vez, que «Mila» sintonizaba la mis-ma frecuencia.

El desenlace acaeció fortuitamente. Ese día me encontraba reunido con un cliente para arribar a un acuerdo por honorarios pendientes . Aquél, se de-dicaba al comercio de productos de informática y me propuso, en parte de pago, entregarme una nueva computadora, llevándose la que yo poseía. El trato fue aceptado con beneplácito, pues acabarían así los problemas que venían plan-teándose. La transacción se llevaría a cabo al día siguiente.

Esa noche, la última con esa computadora, terminada la jornada laboral, mecánicamente, pulse la tecla «apagar sistema». Con espanto observé que, en lugar de la habitual leyenda de cierre, sobre la pantalla de mi equipo, en letras titilantes, alcanzaba a leerse:

– «Â¡Â¡Â¡MILA, SOY YO!!!».

FIN

Dedicado a una persona muy singular… que inspiró esta ficción narrativa.

Marcelo

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