DOS DECADAS

El calor y la humedad hacían que esa tarde de febrero de 1978, se tornara irrespirable en Buenos Aires. El teniente médico Pablo Felieu fue convocado de urgencia al centro de detención clandestino «La Escuelita». Apenas traspuesto el grueso portón de ingreso, el sargento de guardia le informó:

– Se trata de «La Vikinga» teniente, comenzó ya el trabajo de parto.

-¿La Vikinga?, ¡Imposible, no puede ser!, aún le faltan veinte días.

-Compruébelo Ud. mismo señor.

Felieu se acercó a la incómoda camilla, sobre la cual estaba recostada una hermosa muchacha rubia, pálida, de ojos azules y grandes pechos. Su abultado y terso vientre marcaba el contraste entre la inminencia de una nueva vida y la muerte que se palpaba en esos calabozos.

-¡Que desperdicio!, comentó en voz alta Felieu, una pendeja tan preciosa que resultó atraída por los zurdos. Verificó su dilatación y al advertir que pronto pariría, procedió a llamar a su enfermera asistente.

Minutos más tarde, se hizo presente el Coronel Raúl Conesa quien, tiempo atrás, había puesto sus ojos en la detenida o, mejor dicho, en el fruto de su vientre.

-Teniente, apenas nazca la criatura quiero que en un móvil sin identificación sea trasladada a mi domicilio particular.

-Como Ud. ordene mi coronel, dijo Felieu luego de cuadrarse, ocultando una mueca de disgusto. ¡Qué paradójico!, su situación era idéntica a la ese superior al que aborrecía. Llevaba varios años de matrimonio, su mujer era estéril y en estas «guachitas marxistas» estaba la salvación de ambos. Máxime en casos como este, pues no se trataba de las «negritas quilom-beras» de las villas miserias, sino de una escultural rubia que, seguramente, por snobismo, o las raras ideas que circulaban en los claustros universitarios, había terminado siendo «chupada» por la gente del Proceso.

Solo una vieja enfermera lo asistió en el parto. Tres horas después de arribar al centro de detención, una regordeta rubia pasaba a engrosar la lista -nunca publicada-, de los nacidos en cautiverio. Con rapidez pinzó y cortó el cordón umbilical, verificó que las vías respiratorias de la criatura no estuvieran obstruidas y, luego de observar la pelusilla blanca que coronaba su cabeza, se la entregó a su asistente diciéndole:

-Higienícela, proceda a arroparla y en forma inmediata solicite al cabo Osat que la traslade, en la unidad Delta 15, al domicilio particular del coronel.

-Pero teniente, debo ayudarlo en lo que falta … Ud. me entiende…

-¡No me contradiga!, yo me ocuparé de lo restante, las instrucciones del coronel fueron precisas.

La enfermera abandonó el exiguo recinto y el teniente Felieu, luego de correr las mugrosas cortinas del único ventanuco y poner el cerrojo a la puerta, se dispuso a terminar su trabajo …

Tres meses más tarde, Felieu se encontraba en la quinta del coronel Conesa, invitado a un almuerzo criollo. Le disgustaba la compañía de ese hombre, pero su carrera militar lo había obligado a realizar cosas peores.

-Pablo- vociferó el coronel, palmeándolo -me alegro que hayas venido.

-Yo también coronel- refunfuñó.

-¡Qué coronel, ni coronel!, eso es para el cuartel. Aquí somos Pablo y Raúl.

Luego, lo acercó a una cuarentona regordeta, que acunaba en sus brazos a una preciosa niña rubiecita. Guiñándole un ojo, se dirigió a su subalterno:

– Te presento a mi señora, María Graciela, y a nuestra querubín. ¿No es un encanto?.

De mala gana Lefieu saludó a la anfitriona, efectuó un comentario de compromiso acerca de los ojos de la criatura y se retiró junto a unos compañeros de promoción, pensando que ya Graciela Engraff no era siquiera «La Vikinga», nombre de guerra que le fue asignado cuando estuvo en «La Escuelita», habiéndose transformado en uno más de los «N.N», vaya a saber enterrados en qué lugar.

Buenos Aires, martes 18 de enero de 2000.

Daniel estaba preocupado. Esa noche era el médico de guardia en la «Clinica Sol del Plata». No lo inquietaban las doce horas de arduo trabajo que tenía por delante, sino el extraño comportamiento de su novia.

Salía con esa enfermera de rasgos nórdicos hacía más de un año. Graciela era una preciosa rubia veinteañera, de ojos azul intenso, con cara de adolescente, alta, delgada, de generosos senos, estrecha cintura, largas y torneadas piernas y nalgas perfectas.

Lo desconcertaba el comportamiento que ésta venía teniendo de un tiempo a esta parte. ¿Cuándo comenzó todo?, ¿hará tres meses?, o habrán sido cuatro?. No importaba … lo cierto es que las cosas no marchaban como al principio. Estaba tentado de consultar el tema con Federico, su amigo siquiatra, pero no se decidía.

Los recuerdos se agolpaban en su memoria. Su relación había comenzado a principios del año anterior. Ambos ingresaron a la clínica el mismo día (la primera de muchas más coincidencias). La falta de amigos o conocidos en ese lugar los acercó más rápidamente.

Compartieron momentos gratos y de los otros. Una noche de guardia, Daniel se encontraba agotado físicamente. Disponía de dos horas para descansar, a esa altura de la madrugada el movimiento de gente había decrecido. Cuando ingresó en su pequeño cuarto, Graciela estaba ter-minándolo de arreglar y se ofreció a efectuarle un masaje descontrac-turante. Desprendió la bata de él y sus cálidas manos se desplazaron por los hombros y el cuello del médico, por momentos con suavidad, de a ratos con firmeza. Describió círculos en sus omóplatos y descendió a lo largo de su ancha espalda. Acariciaba y apretaba. La tensión fue desapareciendo del cuerpo de Daniel, pero una excitación palpable fue creciendo en el ambiente. El perfume de ella se imponía ahora al cotidiano olor a desinfectante. Sus palmas, calientes, recorrían un cuerpo cuya temperatura se elevaba sensible-mente. Daniel notó la erección y pretendió disimularla. Graciela la observó y no pudo reprimir una fugaz sonrisa. Con su mejor voz profesional, exclamó:

-Creo que nos encontramos ante un cuadro de priapismo que pronto dege-nerará en una orquitis grave.

El médico la tomó por los hombros, la giró, la sentó sobre sus piernas y con gran suavidad besó sus carnosos labios. Un refrescante sabor a regaliz inundó sus sentidos. Ambas bocas, sincronizadamente, se abrieron y aco-plaron, las lenguas se buscaron -y encontraron- con desesperación. En un momento, varias prendas blancas en el suelo formaban un círculo alrededor del cual dos cuerpos desnudos se descubrían mutuamente.

Daniel la alzó y, sin dejar de besarla, la recostó sobre la pequeña cama. Cuando sus labios se posaron en el pezón, se oyó el primer gemido. La mano izquierda acariciaba el otro seno, mientras la derecha recorría el liso abdomen, las nalgas y la cara interior de los muslos dirigiéndose, pausada pero inexorablemente, hacia el apetecido sexo. Los dedos jugueteaban sobre una fina capa de vello y unos abultados y enrojecidos labios, cuando el cuerpo de ella se encorvó repentinamente, dejándose oír un segundo, y más prolongado, gemido.

Graciela recorría con la punta de sus dedos todo el cuerpo de Daniel, estrujaba, rasguñaba, acariciaba, apretaba. Cuando logró asir su dura verga, la anterior furia se transformó en delicadeza y dulzura. Sus movimientos se amortiguaron, pese a que sentía como ese falo seguía creciendo entre sus manos.

La boca del médico descendió y reemplazó en sus juegos a la mano; la lengua relevó a los dedos … ella sentía que algo en su interior explotaría. Como si lo hubieran ensayado previamente, de golpe se soltaron, se fundieron en un fuerte abrazo, mientras se producía la amalgama de sus húmedos sexos. Ambos suspiraban, gruñían, se comunicaban en un idioma inteligible, hasta que dos gemidos se escucharon al unísono.

Esa excitante experiencia la repitieron muchísimas veces, pero ya con mayor comodidad. Algún hotel, el departamento de él y, obviamente, el pe-queño cuarto de la primera vez. Nunca en la casa de ella. En realidad Daniel no la conocía, así como nunca había visto a sus padres. Graciela evitaba hablar de ellos, pero las murmuraciones de empleados de la clínica le indicaban que el progenitor de su novia era un coronel retirado, compro-metido en la época de la dictadura, que merced a las leyes de Obediencia Debida y Punto Final había resultado indemne.

No se acordaba bien cuándo noto el primer indicio que, luego, motivó su preocupación. Por la floración de los árboles seguramente había comenzado la primavera. Ese día debía realizar un trámite administrativo que lo llevó a un barrio al que pocas veces concurría. Para apresurar su regreso, pese a que odiaba la aglomeración, la claustrofobia y el calor típico del subte, se decidió por este medio de transporte. En el momento que se aproximaba la formación que él debía tomar, vio que Graciela descendía al otro anden, en compañía de una joven, desconocida por él. Subió al vagón que ya partía y desde una ventanilla abierta gritó su nombre, para saludarla. Graciela giró su cabeza, lo observó de forma extraña, y tímidamente levantó su mano, como por compromiso.

Luego de ese incidente, no merituado por Daniel en aquel entonces, pero que hoy cobraba relevancia, el trabajo de ambos impidió que se vieran durante varios días. La semana siguiente él hizo un pequeño comentario referido a esa estación de subte. Graciela efectuó el mismo mohín que él observó en aquella oportunidad, le dijo que se debería haber confundido, y cambió de tema.

Esa rara experiencia se mantuvo latente, pero nunca más afloró. Hasta el sábado pasado. Bueno, en realidad lo ocurrido era mucho más grave e inexplicable.

Todo empezó como un juego. Pese a que sexualmente se complemen-taban a la perfección, un día comenzaron a divagar acerca de cuáles eran las fantasías sexuales no llevadas a cabo por ellos. Charlaron sobre el particular y, dado que no se trataba de nada estrambótico, decidieron realizarlas.

Graciela le explicó que le encantaría repetir su primera vez con él, pero en otro ámbito. Daniel la miró sorprendido, y con cierta suficiencia le contestó:

-Creo que a esta altura es imposible.

-Si tonto, ya lo sé, pero me encantaría que me seduzcas nuevamente.

-¿Seducirte otra vez?, ¿y cómo carajo hago?.

-Mirá, sé que suena infantil, pero ya que se trata de un juego, te propongo lo siguiente. El sábado ambos tenemos franco. Yo te esperaré en un lugar pre-fijado, por ejemplo una confitería. Vos llegas y me conquistas.

-¡Pero si eso pasó hace casi un año!.

-¡Que poca imaginación!. Se entiende que en ese juego no nos conocemos, no sabemos nada uno del otro, ¿comprendes?. Te me acercas, entablamos conversación, me haces el verso, que sé yo, ¿o ahora tengo que enseñarte cómo debes levantar a una mina?.

– …

Daniel comprendió la mecánica del juego -que luego no sería tal-, y quedaron que el sábado se encontrarían a las 21 en la confitería «Cronos».

Sintiéndose medio incómodo, pero a la vez intrigado por la fantasía que desarrollarían, Daniel se dirigió a la confitería. El primer impacto lo sufrió al ingresar. El local estaba medianamente ocupado. Graciela se encontraba sentada, en compañía de la joven que él viera aquella vez, y que no sabía quién era. Su novia estaba vestida de una forma poco habitual, muy sexy; su peinado y maquillaje diferían un poco del tradicional.

Se encaminó a la barra, pidió un whisky, que paladeó pausadamente, mientras observaba a ambas jóvenes. Notaba que ellas lo miraban de reojo, cuchicheaban entre sí y sonreían pícaramente. Esa amiga ¿estaría al tanto del juego?, ¿tendría alguna participación en el mismo?. No podía ser, lo más probable es que se hubieran encontrado circunstancialmente. Su presunción se tornó más firme cuando advirtió que la amiga besaba en la mejilla a Graciela, se levantaba y se iba.

Daniel, con la bebida en su mano, se encaminó a la mesa. Se sentó en la silla que había abandonado la otra joven y le sonrió a Graciela.

– ¿Podría sentarme unos minutos contigo?-, dijo.

– Creo que la pregunta se formula tardíamente, ya te has sentado-, comentó Graciela, dándole a su voz un acento levemente afrancesado.

Este detalle le agradó a Daniel, quien esbozó una media sonrisa. ¡Bien!, pensó, si la cuestión consiste en fingir que no nos conocemos, nada mejor que impostar la voz.

El médico retomó el diálogo y mirándola fijamente, continuó:

– Estaba tomando una copa, un tanto aburrido, cuando me sentí impactado por la belleza de tus ojos azules. No me juzgues mal, pero una fuerza irresis-tible me impedía quitarte la mirada.

– Con mi amiga te habíamos observado, y me da la impresión que tus ojos se posaban unos cuarenta centímetros más abajo de mi humanidad, señaló, mirándose sus voluminosos pechos.

Daniel sonrió, festejando la ocurrencia y solo atinó a decir:

– Tanto unos, como otros, me parecen hermosos.

Graciela se ruborizó ligeramente y no pudo ocultar que se había sentido halagada. El médico aprovechó ese momento para avanzar.

– Mi nombre es Daniel, no quiero resultar cursi, pero ¿no nos hemos visto en otra parte?

– Si no fuera por que a mí me sucede algo parecido, tu frase me habría resultado muy remanida. Me llamo Grace.

Animadamente continuaron conversado. El juego que a Daniel se le había antojado ridículo en un principio, le resultaba cada vez más interesante. Quizá ello obedecía a que Graciela intercalaba datos reales de su vida, alguno de los cuales antes había omitido (por ejemplo que su padre era mili-tar), con otros producto de su inventiva (que durante muchos años había residido en Francia, habiendo regresado al país, en compañía de su madre, hacía seis meses; que trabajaba para una revista de modas, etc.).

De la confitería se trasladaron al departamento de él. No alcanzaron a cerrar la puerta y ya estaban besándose con pasión y lujuria. Se amaron sobre el sofá del living, pues la excitación de ambos no les permitió llegar hasta el dormitorio.

Graciela prácticamente le arrancó sus pantalones y engulló la turgente y palpitante verga, como si tratara de la primera vez. La besó y lamió de punta a punta, volvió a envolverla con sus labios y comenzó a succionarla con fruición, mientras sus propios jugos corrían entre sus piernas … Daniel sintió una necesidad imperiosa de penetrarla, cuando comprendió que acabaría en la boca de ella, impidiéndole esto continuar con los prolegómenos. La jaló bruscamente de las axilas, desprendió su minúscula falda, desgarró sus bragas y de un envión se introdujo en su cálido, húmedo y acogedor interior. Por un instante permanecieron inmóviles, unidos por sus bocas y sexos. Luego, comenzó un balanceo pausado pero continuo, que trocó en un fre-nético vaivén, escuchándose sólo los jadeos de ambos y el singular chapoteo que producía el mete-saca cada vez más intenso. Nuevamente ambos cuerpos se detuvieron, cuando un potente chorro abrasó el interior de Gra-ciela, quien hundió sus uñas en la espalda de su amante.

La fantasía culminó cuando Graciela se despidió de él, besándolo pro-fundamente y sugiriéndole un encuentro similar el sábado entrante. Ya en soledad, Daniel encendió un cigarrillo y antes de dormirse, concluyó en que el juego sugerido por su novia, que en un principio se le antojó ridículo, había sido altamente estimulante. No sólo pareció la reedición de su primer encuentro, sino que notó a Graciela más impetuosa, un tanto distinta…

Los problemas serios habían comenzado ayer. Se decidió a llamar a Graciela, a quien no veía desde la espectacular madrugada del domingo. Advirtió un comportamiento frío y distante. Ella, antes de cortarle brusca-mente, solo alcanzó a decirle:

– Se trataba de un juego nada más, una fantasía, ¿tanto te costaba darme el gusto …?. Luego, hoy por la mañana, una enfermera amiga de ambos le había comentado que su novia estaba furiosa, se sentía burlada por haberlo esperado más de dos horas en una confitería. Daniel no entendía nada … o prefería tratar de no entender. Su formación profesional le indicaba que la única explicación plausible era que su novia sufriera algún trastorno psíquico. Y esa noche debían reunirse, pues coincidían en la guardia de la clínica «Sol del Plata».

Apenas se encontraron, Graciela echando chispas por sus bellos ojos. con dureza, se dirigió a él:

– Te agradezco lo del sábado, ¡muchas gracias!, solamente te había sugerido un juego.

– Creo que tan mal no estuvo, por lo menos desde mi punto de vista.

– Mirá, quizá veamos las cosas de manera diferente, para mi no resultó nada grato estar sentada en una mesa dos horas, como una boluda, teniendo que aguantar a cuanto tipo baboso circulaba por «Cromos», creyendo que yo estaba de levante.

– ¿De qué carajo me estás hablando?- levantó la voz Daniel. Dejémonos de bromas. Primero y principal la confitería era «Cronos», y no «Cromos»; según-do, repito, me parece que tan mal no la pasamos.

– O vos estas chiflado, o sos un reverendo hijo de puta. Me tratás como una loca, cuando yo tuve que aguantarte la vela dos horas en «Cromos».

En ese momento la mente de Daniel hizo un «clic». Algo sumamente raro estaba sucediendo. Volvía a imponerse el médico al hombre, su novia estaba padeciendo un trastorno grave. Para colmo el día siguiente tenía que concu-rrir a un congreso en Mar del Plata, del que no regresaría hasta el viernes. Como si no faltara nada, la operadora de turno lo estaba convocando para asistir a un herido. Daniel inspiró lentamente, la tomó a Graciela de los hombros y, con el mayor cariño posible le dijo:

– Te amo profundamente. No quiero perderte. Aquí no podemos seguir discu-tiendo. Vos sabes que mañana viajo por lo del congreso y recién regresaré el viernes a la noche. Tomemos las cosas con calma y el sábado a las 21 nos vemos en «Cronos», con ene, recalcó.

Sábado 22 de enero de 2000.

Como la semana anterior, Daniel entró en la confitería, pero hoy no se trataba de un juego. Divisó a Graciela junto a una ventana, se sentó junto a ella y trató de retomar la conversación que el martes había quedado incon-clusa.

Comenzó a balbucear unas palabras, cuando advirtió una rara expresión de pánico en el rostro de su novia, que comenzaba a desencajarse, hasta ponerse lívido. ¿Qué le ocurriría?. Al reparar que era inminente su desmayo, pues parecía encontrarse en trance, intentó hacerla reaccionar. Se en-contraba en esa tarea, cuando escuchó una voz a sus espaldas.

– Si no me siento inmediatamente, tendrás que asistir a dos personas.

Daniel se volvió y quedó anonadado. ¡No podía ser!. Sus sentidos esta-ban jugándole una mala pasada, esas palabras las había pronunciado, de pié detrás de él … Graciela … quien a su vez se encontraba exánime en la silla que tenía al frente (?).

De un golpe apuró su trago. ¿Qué clase de broma macabra era esta?. Estaba sentado frente a dos jóvenes idénticas. ¡Eran dos gotas de agua!. Nadie pronunciaba palabra alguna, un pesado silencio caía sobre los tres. Ambas chicas se observaban, como si estuvieran frente a un espejo.

Cuando todos comprendieron que no se trataba de un sueño, o mejor dicho, una pesadilla, de la cual pudieran despertar, atropelladamente empezaron a articular palabras incoherentes.

Algunas cosas quedaron en claro. ¿En claro?. Efectivamente gran parte de la adolescencia de Graciela, es decir «Grace», había transcurrido en Paris, donde su padre, hoy fallecido, ofició de agregado militar de la embajada. Ella se desempeñaba en una afamada revista de modas que, por trabajo, la había mandado a Buenos Aires, seis meses atrás; era hija única y había nacido en febrero del 78. Graciela tampoco tenía hermanos, su padre también era militar, y había nacido una semana antes que su «clon».

Daniel no había vivido aquella época pero, de los tres, dado su falta de antecedentes castrenses, era quien más conocía sobre los días aciagos de la dictadura militar. Inmediatamente creyó poder desentrañar ese intríngulis. Le expuso a ambas su teoría … Graciela, ni remotamente, podía tratar ese tema con sus padres. «Grace» pensó inmediatamente en su madre … allí podía estar la clave.

Decidieron ir los tres a conversar con ella. Se encontraron con una elegante mujer de poco más de cuarenta años. Su perplejidad fue evidente cuando su hija se presentó con una copia carbónica de ella. Allí conocieron la mitad de la historia. La señora Felieu, entre lágrimas, relató que su esposo, en 1978 se desempeñaba como médico en el ejército. Que en aquella época era moneda corriente que las criaturas de los subversivos, fueran recogidas en «hogares decentes». Que ellos no podían tener hijos. Que en su certificado de nacimiento habían alterado en una semana la fecha del parto. Ignoraba que pudiera existir una gemela. Siempre le había llamado la atención que su esposo insistiera en que le pusieran el nombre de Graciela, pues a ella no le agradaba en principio, y no tenía ninguna connotación familiar.

El resto de la historia pudieron deducirla poco después, merced a la ayuda de un amigo de Daniel, que integraba la organización Madres de Plaza de Mayo. De sus registros no surgía la certeza de ninguna secuestrada encinta que esperara mellizos en febrero de 1978. Un posterior análisis de ADN corroboró que Graciela Engraff era la madre de ambas, debía dar a luz en marzo de ese año y era la única secuestrada-embarazada que poseía antecedentes familiares de partos múltiples.

Febrero de 1978.

Luego que el teniente médico Felieu se aseguró que nadie podía observar lo que ocurría en esa improvisada sala de partos, se dispuso a terminar su tarea. Antes de administrarle la inyección letal, como era de estilo, se dispuso a recibir a la segunda criatura que daría a luz. Los milicos no llevaban registros de nada de lo que ocurría, sólo él sabía que se trataba de un parto múltiple y no permitiría que ningún otro superior le escamoteara su oportuni-dad. Por fin alcanzaría la plenitud en su matrimonio … nunca nadie sabría la verdad. Antes de abandonar el cuerpo exánime de «La Vikinga», con un bulto bajo el brazo, le dirigió una última mirada prometiéndole en silencio, pues algo le debía, que la criatura llevaría su nombre.

FIN

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