Cuando mis melones apuntan

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â??Invité a Susana a cenar en casa, ¿te parece bien, Alberto?- Alberto me miraba con una sonrisa bobalicona. Subimos al colectivo. Estaba lleno. Y yo aproveché para ponerle las tetas en la espalda, y se las hice sentir bien. A los dos minutos, claro, el pobre tenía una erección de campeonato, y María no se daba cuenta de nada. -¡Ay!- dije yo- ¡Este colectivo se mueve mucho! ¿Les importa si me pongo entre ustedes y me agarro de Alberto?- y me puse frente a frente con él, clavándole mis tetas contra el pecho. El pobre se puso blanco y transpiraba. En una frenada le pasé los brazos por el cuello y le aplasté las tetonas y ya no lo solté más. Podía sentir su erección en mi pubis, y el temblor de su cuerpo por la tremenda calentura que le había hecho agarrar. Fueron veinticinco minutos de eso, yo refregándole las tetas por todo el frente, hasta que en un momento en que se apagó la luz, apreté mi gorda boca contra la suya y le metí la lengua, revolviéndola dentro suyo. Ahí fue cuando se corrió, mientras yo le daba apretones para ayudarlo. Fue como si con cada apretón de mi pecho contra el suyo lo estuviera ordenando. El manchón pringoso en sus pantalones iba desde el vientre (pues cargaba hacia arriba) hasta casi los tobillos. Cuando mis melones apuntan… por Lado Oscuro 4 (ladooscuro4@hotmail.com)

Cuando era chica me avergonzaban mis melones, y solía andar con los hombros encogidos. A los trece años ya tenía un desarrollo que producía alarma entre los chicos. Fue por ese entonces que descubrí mi poder. Estaba jugando con Carlitos, de trece, en el fondo de mi casa. Jugábamos al dinenti. Y cuando le gané por cinco veces seguidas me puse a saltar de gozo, para burlarme de él. Y, claro, mis tetas sin corpiño se movían libres debajo de la remera, y pronto me di cuenta de que los ojos de Carlitos estaban desorbitados. Se había puesto muy colorado, y me asusté. – ¿Qué te pasa Carlitos, estás bien?- Y como me pareció que se estaba por caer los sostuve entre mis brazos. Claro, al abrazarlo mis pechos se apretaron al suyo, y Carlitos se puso más colorado. Entonces tuve una intuición maliciosa, y sin estar muy segura de por qué, le refregué mis tetas a derecha e izquierda y a arriba y abajo. Y ahí se produjo: Carlitos se puso a temblar y de repente sentí en mi pubis como su polla, que estaba durísima, comenzaba a pulsar y a pulsar, y Carlitos se derrengó en mis brazos.
Durante los días que siguieron fui comprendiendo lo sucedido, y tomando conciencia de mi poder. La siguiente prueba la hice en el baile del colegio. Había un chico de 15 que me gustaba, y cuando me sacó a bailar le pegué mis tetas al pecho. Enseguida noté la erección en sus pantalones. Y empecé a frotárselas lentamente, mientras le hablaba de cosas tontas aparentando no darme cuenta del efecto que le estaba produciendo. Como las piezas se sucedían sin intervalo entre ellas, continuamos bailando sin separarnos el segundo tema. Y yo veía que su respiración se iba agitando. A llegar al tercer tema Eduardo ya sólo me respondía con roncos monosílabos, la respiración muy agitada. Y me di cuenta que podía rematarlo, así que me apreté más a su cuerpo, y ¡sás! el chico comenzó a venirse. Su cuerpo se convulsionaba y su pene pulsaba y pulsaba. Cuando me dejó en mi asiento, se fue tambaleante con una enorme mancha en sus pantalones.
Esa fue, de ahí en más, mi diversión preferida en los bailes que siguieron. Hice correrse a todos los chicos que me invitaban a bailar. Y sentía una divertida maldad al hacerlo.
Y mis pechos continuaron creciendo. A los veintiún años superaron el tamaño de verdaderos melones. Y comencé a hacer estragos con ellos. Caminaba contorneándolos, y como no usaba sostén porque estaban bien parados, se bamboleaban a la vista de los hombres, que se quedaban mudos y desorbitados. En una ocasión me invitó a salir un señor mayor, cercano a los setenta años, que sucumbió al apabullante efecto de mis enormidades. Desde que nos encontramos y también mientras íbamos al reservado del bar, le hice todo el show. Mis tremendas tetazas se bamboleaban bajo el pullover. Para cuando nos sentamos pude observar su erección, bajo su pantalón. Cargaba fuerte el viejito. Y se podía ver cuanto se había calentado conmigo. – ¿Siempre andás con ese garrote al palo?- le pregunté con descaro. Ramón se sobresaltó un poco, pero reaccionó bastante rápido. â??No, preciosísima, hace años que no se me ponía tan dura, y eso te lo debo a vos.- -¿Ah síi?- le dije con mi voz más cálida. â??Y ¿por qué?- le pregunté moviendo un poco mis tetas que sus ojos siguieron como hipnotizados. Ramón tartamudeó: -es q-que que… – no pude decidir si es que no se atrevía a mencionar mis tetazas o se el efecto que estas le producían era más del previsto. Observé que se estaba poniendo colorado. â??¿es que qué, don Ramón?- insistí con mi sonrisa más perturbadora. Estiré mis brazos por sobre la cabeza y mis melones sobresalían en toda su plenitud, don Ramón consiguió hablar: -no lo tomes a mal, pero esos pechos tuyos me enloquecen, Susanita.- -¡Ramoncito! ¡Eso es un poco descortés para decirle a una chica! ¿No le parece? â?? le dije con voz mimosa, sentándome derechita, apuntándole con mis melones como con dos misiles. El viejito se lanzó: -¿me dejarías apretártelos?- su voz se había vuelto ronca y apasionada. â??¡Ay, no sé, mis pezones son tan grandes y rojos y sensibles, que temo que me haga daño!- Vi como sus ojos enrojecían de deseo. – ¡Susanita, yo daría cualquier cosa por chupártelos!- -¡Ay, Ramoncito, pero usted es un hombre casado, y yo soy una chica tan solita… !- Al viejo comenzó a caérsele la baba: -yo de podría dar plata… !- – ¿Para tocármelas y para chupármelas? ¿Y cuánto me daría si lo dejo tocármelas… ?- -¡Si me dejás tocártelas durante cinco minutos te doy cien pesos, nena!- – ¡Cien pesos! Está bien, lo dejo que me las toque, pero cinco minutos y ni uno más, Ramoncito. Avanzó sus manos ansiosamente. -¡Ah no, primero los cien pesos!- Su mano voló del bolsillo a la mesa con los cien pesos.
-¡Ahora sí! Tóquemelas un poquito… – Don Ramón no tardó ni medio segundo en comenzar a manosearme. Yo comencé a excitarme, pero él se iba enloqueciendo. Sus manos me sobaban uno y otro pecho, me los amasaba, acariciaba, y al sentir mis pezones duros me los pellizcaba y apretaba. -¡Vamos a un hotel, mi vida… !- Su voz era jadeante y ronca. -¡Ah no! ¡Eso sí que no! ¡Lo que tenga que ocurrir será acá!- dije plantándole la idea en la cabeza -¡Y además ya se acabaron sus cinco minutos!- agregué. Obediente, ante mi tono dominante, sacó las manos, y mirándome suplicante: -¡Te pago otros cien si me dejás tocártelas por debajo del pullover… !- -Por debajo del pullover son doscientos pesos, Ramoncito, yo no soy una cualquiera… – Los doscientos pesos aparecieron volando y los guardé junto con los otros cien, en mi monedero. Sus manos en un instante estuvieron acariciando mis senos desnudos. Yo estaba bastante excitada también, pero a él la presión le iba subiendo como en un ascensor. Jadeaba al tocar mis tetazas. -¡Que tetonas, que tetonas, mi nenita!- decía con la voz entrecortada. -¡Te doy otros doscientos si me dejás chupártelas… !- -¡Ay Ramón, pero usted tiene una esposa… ! ¡Trescientos más!- Y en un instante estuvieron en mi monedero.
Y Ramón comenzó a chupármelas, y yo a gemir. Ese guacho iba a hacerme acabar… Pero él también comenzó a gemir, y yo a refregarle las tetazas por el rostro, y sus jadeos se aceleraban, y yo le retiraba las tetas a su boca hambrienta, y se las volvía a poner, una y otra vez. Yo ya estaba por acabar de la calentura. Pero Don Ramón me ganó, envuelto en la suavidad, el calor y el perfume de mis tetonas excitadas, se conmovió y chupando comenzó a convulsionarse en una corrida interminable, que terminó haciéndome correr a mí también. -¡Ah, ah…, aaaahhhh… !- Y cayó sobre la mesa, derrengado. -¡Pero usted ha tenido un orgasmo, Ramón, eso no esta en el trato! ¡Son cuatrocientos pesos más!- dije aparentando indignación. Resignadamente, los cuatrocientos aparecieron sobre la mesa. Don Ramón estaba entregado, totalmente subyugado, y sin ánimos de cuestionar nada. Tardó un rato en poder levantarse de la silla, y tenía una tremenda mancha en el pantalón. Me reí por dentro al penar el papel que haría, al salir del reservado, y al llegar a su casa. A partir de esa tarde, estaba a mi disposición cuando lo llamara, y fue una muy buena fuente de ingresos, mientras yo seguía ejerciendo el poder de mis melones con otros hombres, jovencitos, maduros y mayores. ¡Hay que divertirse en la vida, si uno tiene unos melones como los míos!
Me acuerdo cuando María de los Angeles, mi compañera ciega, me presentó a su marido. El sí tenía ojos, y se le desorbitaron cuando vio el tamaño de mis melones. No podía dejar de mirarlos, y yo le sonreía con mi más amplia sonrisa. María de los Angeles seguía con su presentación: -Susana es una compañera, Roberto- â??Mu-mucho bust… quiero decir gusto…â? tartamudeó el pobre de Roberto, evidentemente impactado. María no tenía la menor idea acerca de mis bombarderos.
â??Invité a Susana a cenar en casa, ¿te parece bien, Alberto?- Alberto me miraba con una sonrisa bobalicona. Subimos al colectivo. Estaba lleno. Y yo aproveché para ponerle las tetas en la espalda, y se las hice sentir bien. A los dos minutos, claro, el pobre tenía una erección de campeonato, y María no se daba cuenta de nada. -¡Ay!- dije yo- ¡Este colectivo se mueve mucho! ¿Les importa si me pongo entre ustedes y me agarro de Alberto?- y me puse frente a frente con él, clavándole mis tetas contra el pecho. El pobre se puso blanco y transpiraba. En una frenada le pasé los brazos por el cuello y le aplasté las tetonas y ya no lo solté más. Podía sentir su erección en mi pubis, y el temblor de su cuerpo por la tremenda calentura que le había hecho agarrar. Fueron veinticinco minutos de eso, yo refregándole las tetas por todo el frente, hasta que en un momento en que se apagó la luz, apreté mi gorda boca contra la suya y le metí la lengua, revolviéndola dentro suyo. Ahí fue cuando se corrió, mientras yo le daba apretones para ayudarlo. Fue como si con cada apretón de mi pecho contra el suyo lo estuviera ordenando. El manchón pringoso en sus pantalones iba desde el vientre (pues cargaba hacia arriba) hasta casi los tobillos. María de los Angeles había seguido hablando y hablando, ajena a todo lo ocurrido.
Cuando bajamos él me ofreció la mano para sostenerme, pero yo dí un pequeño salto aplastándole las tetas contra su cara. Y las fui bajando muy lentamente, restregándoselas al hacerlo. Lo sorprendí fuertemente, ya que cuando terminé de deslizarme hasta el suelo, Alberto estaba nuevamente al palo. A mi me encantó el efecto que le producía, de modo que me mantuve estimulándolo durante las seis cuadras hasta la casa. Ibamos una cada lado, prendidas de sus brazos. Sólo que de mi lado le hacía sentir mi tetón, apretándolo y frotándolo contra su brazo. Este muchacho llevaba pantalones amplios, por lo que mirándolo de reojo pude ver su enhiesto mástil, a noventa grados con su cuerpo, apuntando rígidamente hacia delante. Claro, eso le hacía frotar la cabeza contra el pantalón, y como yo lo obligaba a mantenerlo enhiesto con mis frotones, rozamientos y apretones, al promediar la quinta cuadra volvió a correrse sin poder evitarlo.
En otra ocasión fui a un salón de baile de muchachos jóvenes. Y me elegí uno apenas un poco más alto que yo. Cuando empezamos a bailar pasé mis brazos por su espalda, apretándolo contra mis pechos. Enseguida noté su erección. El boliche estaba bastante oscuro, y las luces giratorias y el bullicio que nos rodeaba, nos ocultaba completamente de cualquier mirada. â??Tengo una fantasía- le dije -¿alguna vez bailaste rock abrazado y saltando?- Y lo apreté fuerte mientras comenzaba a saltar. í?l me siguió inocentemente, pero pronto pude apreciar el efecto de mis rozamientos. A cada salto, mi pubis se refregaba arriba y abajo sobre su picha, que fue quedando parada hacia arriba, de modo que mis frotones eran como si estuviera haciéndole una paja. Y se le fue poniendo durísima. Entonces le dije â??quedémonos quietos que quiero disfrutar el momento- y lo abracé más fuerte aún. í?l comenzó a jadear. Y yo comencé a apretarlo y aflojar, apretarlo y aflojar, envolviéndolo con mi cuerpo, y haciéndole sentir la potencia de mis enormes tetonas. Sentía los latidos frenéticos de su corazón, que se aceleraban cada vez más. – ¿cómo te llamás, mi dulce?- le pregunté con mi voz más envolvente, y sentí que él estaba a punto de llegar. â??Ro-Ro-ber-to…- Balbuceó, -pe-pero me-mejor pa-paremos porque-que nno qui-quiero ma-mancharme los pantata…- Pero yo no dejé terminar, empecé a acariciarle la espalda con ambas manos, mientras le hacía sentir mis tetas al ritmo de mi respiración â??No entiendo por qué habrías de mancharte los pantata- le dije con voz ronca -y, a propósito: ¿qué son los pantatas?- y con mis manos le apreté sus dos nalgas con fuerza, que fue cuando acabó. Se estremeció, envuelto con mi cuerpo, en una serie de espasmos descontrolados. Cuando terminó de correrse, prácticamente tuve que sostenerlo. Cuando me separé pude disfrutar la vista de una enorme mancha en el frente de sus pantalones, que llegaba hasta sus muslos.
A partir de ahí, por lo menos una noche por semana iba a buscar una víctima por los distintos boliches. Y fui refinando la técnica. Ahora, cuando nos abrazábamos con un chico, le pedía que no nos moviéramos por un momento, y lo apretaba, haciéndole sentir mis tetas, mi aliento, y el ritmo de mi respiración contra su pecho. Le apretaba la polla con la unión de mis piernas, que siempre está tan suave y carnosa, e iba sintiendo crecer su tamaño. Y le hacía sentir el calor de mi coño.
Esperame un poco, le decía, jadeándole en el cuello, que ya me estoy sintiendo mejor… Y teniéndolo bien agarradito, y apretando y aflojando cortito, apretando y aflojando, lo iba trabajando, hasta que sentía que estaba casi listo. Lo miraba a la cara que estaba cada vez más colorada, mientras continuaba apretándolo y soltándolo, y veía su mirada vidriosa, cuando comenzaba correrse, y mientras seguía corriéndose. ¡La de pantalones encastrados que dejé detrás de mío… !
Otras veces me disfrazaba de quinceañera ingenua, con mi pollerita tableada cortita, mi blusita blanca semitransparente, y mi cabello con dos colitas a los costados. Hablaba con voz de ingenua, mientras los dejaba apretarme. -¿Qué es esa cosa tan grande que tenés en el pantalón, una linterna… ?- y dejaba que me metieran mano en el culo, y por debajo de la pollera. Y se iban poniendo frenéticos de la calentura. -¡No, los pechitos no!- mientras arqueaba mi cintura para que les fuera irresistirme agarrármelos. Y me los dejaba apretar, y acariciar y amasar, mientras protestaba y gemía que no…, que no…, que mi mamá me había dicho que no me dejara hacer eso. Y ellos creían que me estaban seduciendo, y dándose el gran placer, a mi costa. -¡¡Nena, vamos a un lugar donde estemos solos… !!!-
-¡Noo … !- les suplicaba yo â??quedémonos acá, que yo vine a bailar… – Y los seguía magreando, o haciéndoles creer que estaban abusando de mi… hasta que ya era tarde para ellos, que habían pasado el punto de no retorno. Cuando veía que estaban listos les apretaba la polla, o les acariciaba el culo, o ambas cosas, fingiendo hacerlo sin intención, y se me corrían como pajaritos, sorprendidos y sin poder contenerse. A veces aprovechaba su confusión en ese momento, para acariciar su pantalón con fuerza, llevándome en la palma su pringosa acabada que había atravesado la tela. – ¡uy, perdón!- les decía mientras se quedaban mirándome como tontos.
También jugué ese juego con chicas. Y he dejado un tendal de chicas enchastradas con sus propios jugos.
A veces tenía ganas de hacerme tocar la concha. Y también me la hice chupar muchas veces. Era sólo cuestión de llevar al candidato o a la candidata, hasta el punto de locura, cuidar que no se corrieran, y mantenerlos así hasta que les hacía hacerme lo que se me ocurría. Los tuve arrodillados chupándome el culo, con un palo tremendo por efecto de la sumisión. Y también â??lasâ? tuve. Me senté en sus caras. Les obligué a pajearme sin dejarlos correrse. Las tuve chupando mi concha, o se las refregaba en la cara, especialmente mi gordo clítoris de casi cuatro centímetros de largo. Las chicas se volvían locas con mi clítoris. Y los tipos también.
Una vez estaba con una chica en el baño, y le pedí que me acompañara a uno de los cubículos, que quería preguntarle si tenía algo malo, ya que sentía un picor, y no podía vérmelo yo misma. Las hacía sentar sobre la tapa del inodoro, y entonces me levantaba la pollera sin bragas, y me abría los labios dejándoles ver mi enhiesto clítores, tan gordo y colorado. Era cuestión de acercárselo un poco a sus caras, â??para que pudieran ver mejorâ?, para tenerlas enseguida chupándomelo, y chupándomelo. No podían resistirse, tal vez el olor a sexo de mi concha tuviera algo que ver, ya que a la distancia en que les hacía mirar mi clítoris, no podían menos que embriagarse con su olor. Algunas me pedían permiso para tocarlo, y pronto estaban lamiendo. Mujeres de todos los tipos y edades, casadas, solteras, separadas, viudas, todas se volvían lesbianas una vez que les acercaba mi coño a tres o cuatro centímetros de sus bocas. Cuando las notaba un poco tímidas e inseguras, les preguntaba si me podían dar un beso ahí, para sacarme el picor. Y listo. O les daba la orden: -¡chupame!, se los chantaba directamente en la boca. Y se prendían. Una vez una, de alrededor de cincuenta años, muy bien vestida y con un aire de mujer â??decenteâ? pretendió indignarse, pero rápidamente le agarré la cabeza con ambas caras y le refregué mi concha sobre ella, moviéndola en círculos y pronto se entregó. Cuando acabé en su cara, al retirarme note la lujuria y la pasión en sus ojos, y sus mejillas coloradas y brillantes por mis jugos, mientras su lengua se relamía los costados de su boca. Allí abajo, a la altura de mi concha. â??No te vayas a creer que yo acostumbro a hacer estas cosas… – dijo tratando de salvar algo de su dignidad, pero no la dejé terminar, le puse otra vez mi concha en su cara se la volví a refregar. Después senté mi culo sobre su rostro y la obligué a sentir el sabor de mi ojete con su lengua. Y cada dos por tres le tiraba un tremendo pedo, y la sentía estremecerse. Yo acabé como cuatro veces, pero creo que ella acabó más veces que yo, sin necesidad de que la tocara. Cuando ya no tuve ganas de seguir más con eso, le cagué la cara, y me fui, dejándola tirada. Estaba acabando nuevamente.
Otros días cuando pasaba al lado de su mesa me seguía desesperada con la mirada, sin atender a su compañía. Varias veces abandonó su mesa para seguirme al baño y chuparme lo que yo dejara que me chupara. Era la más sumisa de mis amantes. También le exigía que me diera plata, y obedecía, y metía su cara en mis lugares más bajos.
Me encantaba dominar a los demás. Y no he fallado nunca, en hacerlos acabar en sus pantalones o en sus bragas, y en hacerles hacerme lo que quisiera. Chicas con novios. Señoras con esposos. Chicos con novias. Señores con esposas. Abuelos, abuelas. Y hasta niños. Recuerdo un niño de 10 años, flaquito, que siempre que viajábamos en el ascensor trataba de no mirar mis tetas, que obviamente lo obsesionaban. Una tarde le pedí que me ayudara a llevar mis paquetes hasta mi departamento. Tuvo que entrar para dejarlos sobre la mesa. Y le ofrecí una coca. Nos sentamos en el sofá, y lo dejé un momento para ponerme â??algo más cómodoâ?. Una remera roja con tremendo escote que obligaba a mirar mis tetazas, y una tela finita que permitía ver mis gordos y amplísimos pezones. Una pollerita tableada, cortita, sin bragas. El pelo suelto, cayendo abundante hasta mi culo. Me volví a sentar alegremente y comencé a tomar la coca, como si no advirtiera el efecto que le estaba produciendo al nene. Y, claro, mis melones se movían libremente bajo la remera. Y el nene estaba colorado y confundido, y no podía dejar de mirar. Ya estaba, era sólo cuestión de unos momentos convertirlo en mi completa víctima, en mi completo esclavo. Me fui acercando a él hasta casi ponerle mis enormes melones en la cara. Pude ver la carpita que le estaba creciendo aceleradamente bajo el pantalón. Entonces, mientras le hablaba pavadas, comencé a apretarle el muslo con el mío. Al pobrecito se le entrecortaba la voz. -¡Ay, qué calor tengo! ¿Te molesta si me saco la remera?- Y me la saqué, quedando mis melones prácticamente rozándole la cara.
– ¡Ay, como me mirás! ¿Nunca viste unas tetas tan cerquita? ¿te gustaría chupármelas?- Y le acerqué el pezón a la boquita. El nene ya no tenía salvación posible. Abrió la boca lo más grande que pudo y empezó a comerme el pezón. ¡Cómo chupaba el desgraciadito… ! Y yo le sacaba un pezón de la boca y le ponía el otro. Y al hacerlo le acariciaba la cara con todo el peso de mis tetonas. El pobrecito jadeaba de calentura. Y entonces le agarré la cabeza y le apreté mis tetas contra ella. Creí que lo estaba asfixiando, pero pude ver que la carpita en sus pantalones temblaba y pronto apareció en la cúspide una mancha que se derrababa hacia abajo. Pero el nene seguía al palito. Entonces le dije que quería que me cogiera. Le saqué el pantaloncito y dejé su pijita al aire, completamente dura y parada. Me saqué la ropa y el nene se puso bizco al ver mis tremendos muslos. – ¡Vení, precioso, subite arriba mío!- Y me coloqué panza arriba, con su minúsculo cuerpito sobre ella. – ¡¡¡Chupame un poco más las tetas, papito!!!- Una vez que lo tuve colocado empecé a ver cómo hacía para que me cogiera. Estaba calentísima. Abrí bien las piernas, con las rodillas levantadas, hacia los costados. Y lo fui bajando hasta que sentí su pijita entrando en mi conchaza. Y comencé a mover mi concha, caliente haciéndola entrar y salir. Pero eso fue demasiado para él, y se corrió nuevamente. Entonces lo levanté, lo giré y comencé a chuparle el pene, que en instantes se puso durito de nuevo. Entonces lo fui bajando hasta que llegó a mi peluda concha, y a mi clítoris. Y ahí lo mantuve, hasta que se decidió y comenzó a besármelo, y se empezó a entusiasmar, y me lo besaba y chupaba y chupaba, y tuve un tremendo orgasmo. Pero él seguía entusiasmadísimo, y siguió y siguió y yo me estaba volviendo loca. – ¡¡mi viida!!- grité -¡¡¡besame el culito, por favor!!!- y levantando más las piernas le envolví la cara con los globos de mis glúteos. Sentí como su pija se endurecía aún más. Y su lengua comenzó a lamerme, y pronto me estaba chupando el ojete. ¡Qué lengíŒita divina! Otra vez me hizo correr. Después me di vuelta y le senté mi culazo en su carita, y mientras sentía su lengíŒita moviéndose con loco frenesí en mi ojete, le chupé la pijita con mis carnosos labios y mi caliente boca, y lo hice soltarme toda su lechita que tragué completamente. Cuando quise ayudarlo a vestirse, ví que seguía caliente y al palo. Así que le hice el show completo. Le restregué mis tetazas por el pito, por la cara, por el culito, mientras le amasaba la pijita con mis manos. Le froté la cara refregándole mi culo. Y lo besé de lengua, mientras mis manos lo apretaban por todo el cuerpito. Le froté la concha por la cara… Hasta que al final acabó, derrengándose en el sofá. Quedó hecho un trapito. Entonces lo metí en la bañadera con agua caliente, le enjaboné todo el cuerpo (volvió a parársele, ¡qué cosa este chico…), lo sequé con una toalla esponjosa, le dí un café con leche con tostadas, lo dejé dormir un poco. Y cuando me pareció que estaba repuesto, lo mandé para su casa con el pantaloncito lavado de su semen, para que su mamá no sospechara nada.
A partir de ese día, venía a pedirme que le dejara chuparme lo que yo quisiera. Ese era nuestro secreto. Y bien que lo exploté. Le hice conocer mi concha bien por dentro y por fuera. Y lo ordeñaba varias veces, cada vez. Lo hice acabar chupándome los pezones, refregándole los melones y hasta escupiéndole la boca, el culo, la pija y lo que se me diera la gana. Estaba absolutamente perdido por mí. Y casí siempre ojeroso. Un gusto, verdaderamente.
Con el novio de la del segundo, lo mismo. Cuando lo metí en mi departamento me lo cogí de todas las formas que se me ocurrían. En la primera tarde lo hice correrse seis veces. Quedó completamente seco, el pobre, creo que me excedí un poco. Sobretodo porque lo agarré antes de que fuera a ver a su novia. Salió boludo de mi casa, y caminaba como un zombi, con pasos inseguros, hacia el ascensor.
A la hora me tocó el timbre. Le había dado una excusa a su novia, que estaba muy cansado porque había dormido mal y había trabajado mucho (y ya lo creo) y aunque, me dijo, ya no le quedaba leche por sacar, quería que yo le siguiera haciendo cosas. Y pasar la noche conmigo, por favor. Yo me sentí compasiva y se lo permití. Pasamos toda la noche en mi cama. Y por la madrugada le reproché: -¡Era mentira que no te quedaba más leche… ! ¡Esta noche te echaste cuatro polvos más! ¡¡Me engañaste!!- y para castigarlo le puse otra vez mi culo en la cara y lo culié hasta que me eché dos polvos más. Aunque este chico casi no respiraba, pude ver que la picha se le había puesto dura de nuevo. Y entonces me senté sobre ella, y cabalgándolo con mi ojete, seguí un buen rato, hasta que mis frotaciones y apretones anales lo pudieron, y sentí unos débiles espasmos de su nabo en mi orto, y unos débiles chorritos claudicantes.
Entonces me paré frente a su cuerpo yaciente y lo reté: -¡con lo que te saqué esta noche, podías haber dejado muy contenta a tu novia! ¡¡egoísta !!- El pobre apenas podía abrir los ojos y me miraba con mirada turbia. Sin saber muy bien de que le hablaba. Lo hice vestirse y lo eché de mi casa con cajas destempladas. Se fue al trabajo, pero me pareció que no estaba muy seguro de donde quedaba. Ni de quién era él, ni nada.
La que me preocupaba era su novia, pobrecita, debía estar caliente y necesitada. Tenía que hacer algo por ella. Así que me fui a su departamento. Vivía sola, y estaba llorando.
Cristina era una linda chica, con una gran necesidad de sexo, como todas. Me contó que su novio apenas había estado un ratito anoche, y que no había querido tener relaciones. Y que temía que no la quisiera más, que no la deseara más, y que hubiera otra. La abracé, para que llorara en mis hombros. Y claro, empezó a sentir el volumen de mis pechos calientes. Y, claro, comenzó a elevarse su temperatura. Yo, entretanto, le acariciaba con cariño la espalda y la apretaba más contra mis melones.
– ¡Llorá tranquila, Cristinita! ¡Los hombres son unos cretinos que no nos comprenden ni satisfacen… ! ¡Las mujeres tenemos que apoyarnos y consolarnos mutuamente… !- Y hablando de apoyar, la seguía apoyando, comencé a notar como su respiración se agitaba. Había dejado de llorar, le levanté la cara y recogí sus lágrimas con mis carnosos labios, y le besé los ojos con mi boca húmeda y caliente. Sentí que se había calentado. Y se los seguí besando. Su respiración se iba haciendo más rápida. Yo la mantenía apretada contra mis melones, y aprovechando los vaivenes de nuestras respiraciones, se los iba restregando contra los suyos, más pequeños pero ricos. Pude sentir que sus pezones se habían puesto duros. -Yo te tengo mucho cariño, Cristina, siempre me has parecido una chica muy dulce… – Había que entrar por el lado de la ternura, claro. Sus manos comenzaron a aferrarse a mi espalda. Puse mi rodilla en medio de sus piernas, y le apreté el sexo. Lanzó un suspiro. Y sus manos parecían pequeñas garras tensas sobre mi espalda. Yo hacía como que no me daba cuenta de nada. Y aprovechando pequeños movimientos de nuestros cuerpos le frotaba su sexo con movimientos mínimos. Comenzó a aferrarse a mi cuerpo. Y yo seguí dándole suaves besos en la cara y alguno que otro en el cuello. Su boca se abría anhelante, pero yo hacía como que no me daba cuenta. Y comencé mi rutina de apretar y aflojar, apretar su cuerpo con el mío, y aflojar y volver a apretar. Sus manos se crispaban en mi espalda. Y el perfume de mis pechos la estaba embriagando. Amén del aroma que emanaba mi concha, que ella absorbía sin advertirlo. -¡No te preocupes por ese malo!- mi voz era mimosa y cálida. Y mientras tanto seguía con los pequeños rozones en su pubis. La tenía completamente en mis manos. Y no pudo resistir mucho más. -¡¡¡…Su-sa-na… ahh…!!!- gimió, derramándose en mis brazos. La ayudé a llegar hasta su sofá. Allí la recline contra mis pechos. Me miró con ojos donde se mezclaban, la vergíŒenza y la sumisión. Inclinándome le chanté un beso cálido y húmedo en su boca. Se quedó entregada. Y volví a besarla. Y la besé otra vez, ahora con lengua. Se dejó y me entregó su lengua. Pronto nuestras lenguas se entremezclaban con pasión. Y sus manos se agarraron a mis tetas. No podían cubrirlas y eran como pequeñas garras que las recorrían con fruición. Se agarraban a los enormes pezones, y los pellizcaban, y apretaban y acariciaban los enormes globos. Y se veía que todo eso estaba causando estragos en su psique. Era la primera vez que sentía algo así con otra mujer, y la misma situación la excitaba enormemente. Yo me saqué la remera, dejando mis rebosantes pechos en libertad. Sabía que, además, la estaba dejando fuera de combate con su aroma. La pobre chupaba mis pezones como una poseída. -¡¡¡Qué graaandeees… !!!- decía con voz entrecortada. Y cuando aumenté la presión empujando el pezón dentro de su boca hambrienta, aplastando el melón contra su cara, empezó a estremecerse y se corrió entre jadeos. -¡Pe-perdoname Susana… ! ¡No quería llevarte a esto… ! ¡No sé como me ocurrió…! ¡Es que me sentía tan sola…!- La pobre creía que todo había sido idea suya.
Me coloqué arriba de su cuerpo, con mis tetas desnudas sobre las suyas, claro que al ser mucho más grandes, las tenía casi sobre su cara. Yo seguía calentándola. -No te sientas mal, Cristina… No importa como pasó. Si te hacía falta, yo te puedo comprender… Para eso están las amigas… A mí tampoco me había ocurrido – mentí- -algo así con otra chica. Pero nos sentimos muy bien y eso es lo que importa.- Me levanté, para que ella pudiera admirar mi voluptuoso cuerpo en todo su esplendor. -¿Te molestaría si me saco la pollera y la bombacha y me quedo desnudita? Porque me quedé muy mojadita con lo que hicimos… hay que ver que yo no acabé… – dije, plantando la idea de la reciprocidad en su cabecita. -¿no-no acabaste… ?- -No, mi cielo, pero no importa… claro que quedé calentísima, porque vos me hiciste sentir mucho, pero… – -¿ca-calentísima?- -Claro, tontita, ¿querés ver lo húmeda que me quedó la conchita?- -no, si yo te creo… no hace falt… – Pero le chanté mi conchaza frente a sus ojos, separando mis labios para que viera mi enorme clítoris enhiesto y gordo. Sus ojos se desorbitaron. – ¡Ma-madre mía… que clitoritazo!- tartamudeó entreabriendo sus labios estupefacta. -¡Gracias, mi cielito, ¿no quisieras darle unos besitos para aliviarme?- y se lo acerqué hasta que puso su boca en â??oâ? y comenzó a chupármelo. Ahí estábamos, yo de pié, ofreciéndole mi clítoris y ella arrodillada, chupándomelo. La hora de la â??ternura entre mujeresâ? ya había pasado. Y había llegado la más desenfadada lujuria. Me tiré en el sofá con las rodillas levantadas y abiertas. -Así vamos a estar más cómodas- le dije -vení a seguir chupándomelo. Pronto tuve su cabeza pegada a mi coño, y chupando, chupando, lamiendo, chupando.
La chica se había puesto fuera de sí. Estaba sacando mucho placer de su chupada, casi tanto como yo. Entonces cambié nuestras posiciones, y sentándome a horcajadas con mi concha sobre su cara, comencé a moverla en círculos lavándola con mis jugos. Cristina no daba abasto, chupando, lamiendo y gimiendo. Y se corrió por tercera vez. -¡Qué barbaridad!- le dije enojada -¡Otra vez me dejaste de a pie! ¡Ahora me vas a tener que chupar el culo, como castigo!- Y le senté mi culo en su cara. Comenzó a lamerme el interior de las nalgas, y el ojete. Yo le apretaba el culo contra la cara, pero me separaba lo suficiente como para dejarla respirar, y volvía a aplastarla.
-¡Ay…, cómo me calienta, mi cielo!- y le revolvía el culo sobre el rostro. Cristina se había vuelto mi esclava sumisa. Nos pasamos el resto de la tarde cogiendo, o más bien dicho, cociéndomela una y otra vez. A eso de las ocho de la noche me dijo que mejor dejáramos, porque podría llegar su novio, pero yo sabía que el pobre debía estar tirado a pata suelta en su propia cama, y que no había la menor posibilidad de que se levantara por ese día. Y como se podía ver que el pedido de ella venía más del lado del temor que de el deseo, me puse en tren de seducirla, doblegando su voluntad con la mía y despertando nuevamente el deseo en su ya desordenada mente, continué seduciéndola y subyugándola, hasta que volvió a someterse absolutamente a mí. â??Total, si viene ese tarado- le decía entre besos- no le abrís y listo.â? Y ella se dejó hacer. Y empezó a correrse y a correrse. Y yo a frotarme sobre ella y a correrme también. A las seis de la madrugada, las sábanas eran un chiquero, y ella quedó hecha un estropajo de tanto placer dado y recibido. Si no conté mal, había superado ampliamente los once polvos que su novio me había echado el día anterior. Yo creo que por lo menos se corrió 18 veces, pudieron haber sido más, porque en algunos casos me distraía con mis propios orgasmos. La dejé planchada sobre la cama, completamente destruida. Como si un camión le hubiera pasado por encima. Bueno, como si yo le hubiera pasado por encima. Ahora era mi esclava. Me fuí, rebozarte de energía, para mi departamento. Me sentía contenta y fuerte.
Y con su novio seguiríamos viéndonos, había mucha leche por sacarle. Y no iba a desperdiciar a ese esclavo. Y agotándolo así, ya no podría seguir con su pareja. Pero le hice jurarme que jamás le contaría lo nuestro, sino no lo iba a dejar más que pusiera su cara bajo mi culo. Me juró sin dudar un segundo. Y a él también lo conchié a gusto, y fue el primero en beber mi pis, y le culeaba la cara varias veces por encuentro, hasta que se iba a su casa hecho una piltrafa.
Cristina nunca supo lo que pasó, pero no le importaba porque se había vuelto adicta a mi dominación. Así que a ella también la ultrajaba poniéndola debajo de mis lugares bajos y satisfaciendo nuestros aún más bajos instintos.
Cuando no la veía a ella ni a su ex-novio, entraba al nene en casa y le refregaba mi concha, mis tetas y mi culo por todo su cuerpito. Pero eso sí, por lo menos una vez a la semana me iba a algún boliche para hacer que se fuera en seco alguna víctima más, apretándolo implacablemente hasta que se corría irremisiblemente.
Tengo mucho más para contarte, pero por hoy es bastante. ¡Que tengas buenas pajas!

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