La argentinita

Juegos de niñosâ??La argentinitaâ?

Un relato de Charles Champ dÂŽHiers

Era tan guapa que no se lo podía creer. Y no es que él fuera feo, tampoco era eso, pero en los últimos meses se había descuidado bastante, mientras que ella era simplemente perfecta. Merecía la pena cruzar el charco una y cien veces para volver al lecho de aquella diosa argentina de metro ochenta, cuerpo de escalofrío y pelo azabache.
Ahora dormía. Ahora, porque hacía un rato… Era morena, de piel suave y tersa, no debía tener más de veinticinco y se llamaba Laura. No era mucha información, pero le bastaba. Tenía gracia, pero toda aquella situación parecía sacada de uno de los relatos eróticos de su amigo Charles: aquella chica, como se habían conocido en una fiesta en casa de unos amigos comunes, como habían dado esquinazo a su novio, como habían pasado las últimas diez horas sin salir de aquella cama…
– â??¿En que pensás?â?- Laura había despertado. Ni rastro de remordimientos, solo hermosura y felicidad.
– â??En muchas cosas: en nosotros, en lo que hemos hecho, en como nos escapamos ayer de la fiesta, en un amigo mío…â?
– â??¿Un amigo…?â?
– â??Sí, pensaba en un amigo que dice escribir relatos eróticos (N. Del A.: le perdono esta ironía porque hace mucho que no le veo y porque hoy estoy de buen humor). Seguro que un â??encuentroâ? como el nuestro no se lo hubiera imaginado ni en un millón de añosâ?.
Por unos instantes Laura permaneció callada, mirando al techo como si fuera el infinito. De pronto, volvio la mirada hacia Luis, y mientras le regalaba una sonrisa pícara le dijo:
– â??Así que a mi galleguito le gustan los relatos eróticos… ¿Querés oír uno?. Pero no os riás, jamás se lo conté a nadie…â?
– â??Lo prometoâ?
â??Yo tenía catorce añitos y quería ganarme un poco de plata para el verano, así que me decidí por el trabajo más â??fácilâ? para una chica de mi edad: â??canguritoâ?. Encontrar unos padres que se fiaran de mí no fue difícil, mis padres conocían a una pareja que tenía dos hijos de doce y ocho años y que, aunque no me darían mucho, si prometían tener mucha paciencia conmigo. Acepté.
Los niños se llamaban Andrés, el mayor, y Marcos el pequeño. Eran lindos de veras, y muy educaditos. Así que comencé a pasar las tardes en su casa. Los recogía en la escuela, los llevaba a casa, les preparaba la merienda, jugábamos un rato y luego les acostaba y esperaba a que llegaran sus padres. Como la casa era enorme podíamos jugar a todo. Además sus padres les habían comprado todo tipo de juguetes.
Un día decidimos jugar a los indios. Marquitos se vistió de vaquerito y Andrés de indio. A mí me tocó hacer el papel de la prisionera de los indios, así que me ataron a una columna del recibidor y quedaron en que Marcos tendría que esquivar a su hermano y tocarme para que yo quedara libre.
Tenías que ver al pobre Marquitos!. Parecía un conejito tratando de zafarse de Andrés. Pero claro, era demasiado pequeño como para conseguirlo, aunque lo intentó una y cien veces, no logró siquiera rozarme.
Aunque yo le animaba para que lo intentase de nuevo, las enormes risotadas de su hermano le enfurecieron tanto, que finalmente, enfadado, me lanzó a una pierna una escopetita de metal que llevaba. El no quería hacerme daño, solo â??tocarmeâ? para â??liberarmeâ?, pero el caso es que yo llevaba faldas y la escopeta me arañó un poco la rodilla.
Andrés se enfadó mucho al ver lo que me había hecho y le pegó. Marquitos se marchó llorando a su habitación, y aunque le llamé, no quiso volver. Como yo estaba atada tampoco podía ir, así que le pedí a su hermano que me soltara.
Sin embargo Andrés estaba demasiado enfadado para hacerme caso. Era un niño bueno, y no tenía ganas de que sus padres se enfadaran por algo que había hecho Marcos, así que hizo lo que tantas veces había visto hacer a su madre: sacó su pañuelo, lo humedeció de saliva y comenzó a pasarlo delicadamente por la herida.
Al principio no le di la menor importancia, aunque no soportaba que mi madre me hiciera eso. Pero a medida que Andrés se tranquilizaba por lo de su hermano yo notaba como iba poniéndose cada vez más inquieto.
Al cabo de un rato, como la herida estaba ya más que limpia, le dije que parase, pero él pareció no escucharme, y siguió pasándome su pañuelito por la rodilla. Al principio se conformó con la rodilla, porque en seguida empezó a subirme la mano por los muslos, metiendola poco a poco, a través de mi falda.
Yo, allá atada, no podía explicar muy bien que me ocurría (podés tener seguro que jamás había estado con ningún chico aún), pero no deseaba que parase. No sabía como podía estar Marquitos, y la verdad es que tampoco me importaba mucho.
No sé si Andrés notó mi placer, no sé si pensaba en que estaba haciendo o solo estaba hipnotizado, allá, de rodillas frente a mí, pero el caso es que cada momento que pasaba se volvía más atrevido, y las suaves caricias en los muslos comenzaron a subir hacia mis â??bombachasâ? (Qué me mirás así, jamás oíste esa palabra?)
Para ese entonces yo ya estaba casi en la luna y hacía rato que había notado que me estaba humedeciendo, pero Andrés lo notó entonces, cuando las rozó con sus suaves dedos. Yo estaba cada vez más nerviosa y excitada, aunque creí por unos momentos que la cosa no pasaría de allá.
Me equivoqué, ya que al poco, su curiosidad le llevó a apartarlas a un lado y comenzar a explorarme con sus dedos por todas las comisuras de mi â??conchitaâ?. (¿Qué, tampoco os gustá esa palabra?… pues si que sos…)
El caso es que yo no pude ni supe ocultar más mi excitación y comencé a suspirar y a gemir. Aunque no sé si él notaba eso, porque parecía demasiado concentrado en sus nuevos descubrimientos.
Pronto noto que había un â??sitioâ? en el que sus dedos se hundían y no dudo en entrarlos por él. Ahí si que ya no pude más, y comencé a gemir más y más, mientras él me metía los dedos cada vez más dentro, cada vez con más decisión.
Era todo nuevo para mí. Jamás había sentido ese calor, esa sensación dentro de mí… No es que me gustara, es que me volvía loca. Creí que el corazón se me iba a salir de su sitio.
No se atrevió a acercarme la boca… posiblemente ni se le ocurrió. í?l tan solo estaba ciego por meter y sacar sus dedos dentro de mí, y aunque no fue muy delicado (tampoco creo que supiera como serlo) yo estaba tan excitada que en ningún momento sentí dolor.
Tan solo sentía un enorme placer dentro de mí que no deseaba que acabase jamás, mientras apoyaba con fuerza mi culo y mi espalda contra aquella columna.
Y fue así, atada y en la casa de unos amigos de mis papas como tuve mi primer orgasmo con un â??hombreâ?. Andrés, esta vez si sintió que algo pasaba cuando me noto temblar y estirarme, sacó sus dedos con cuidado y me miró sorprendido.
Yo estaba un poco avergonzada. Le pedí que me soltara, y cuando lo hizo, le mire a los ojos… no sabía que decirle… él tampoco sabía que decir.
Entonces volvió Marquitos. Dios! Lo había olvidado completamente!. Ya se le había pasado el enfado, y aunque notó que algo raro pasaba entre su hermano y yo, no le dio mucha importancia.
â??Tengo hambreâ? dijo.
Respiré profundo, y me encaminé hacia la cocina con los dos para prepárales la cena.
Volví a la casa durante casi tres meses más… pero no volvimos a jugar a los indios. Imagino que aún éramos demasiado pequeños los dos para entender bien que había pasado.
Y así fueâ?
– â??¿Y que fue de Andrés?â?- preguntó Luis intrigado
– â??Le dimos esquinazo hace once horas… es mi novioâ?- dijo ella sonriente.
Luis la miro lascivo:
– â??¿Querés que te ate?â?
– Mmmm, sí, pero hacéme un favorsito… no imités mi acento, que lo hacés fatal gallego, jajajajaâ?

(Para Luis, y para todos los argentinos que teneis la desgracia de soportarle. Animo a todos!)

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