Confesiones de la niña que quería ser puta. | Capítulo I: Mi atracción por la prostitución.

NeoPene

¿Recuerdan cuando eran niños y sus padres les preguntaban ‘¿Qué quieres ser cuando grande?’? Muchas veces me hicieron esa pregunta y no sabía cómo responder. Me imagino que nací con una especie de distorsión, ya que aun siendo muy pequeña el sexo me llamaba la atención. Recuerdo que con mis escasos ocho años, solía revisar la habitación de mi hermano mayor en búsqueda de alguna revista o algún video pornográfico. Aún recuerdo a muchas de las mujeres que se mostraban desnudas, derrochando la sensualidad de su cuerpo y sintiéndose satisfechas y felices con un pene en sus manos, sus bocas o entre sus piernas. Pensaba que el placer obtenido allí no podía obtenerse de ninguna otra manera. Aún me pregunto ¿habrá algo más delicioso que una lengua recorriendo un clítoris?

NeoPene

Mis primeras masturbaciones me llevaron a otro planeta. La delicia que me provocaba tocar mis pequeños pechos y mi húmeda vaginita no tenía igual. Sabía que ése era mi destino y que era aquello a lo que debía dedicarme toda la vida. Pienso que aún no tenía claro lo que era la prostitución, tal vez había oído el término en una alguna película, pero no comprendía el concepto en su totalidad. Cuando lo hice, sentí una extraña felicidad en mi pecho: ‘Sí, aquello que tanto quería existe. ¡Puedo ser puta!’

Hubo un año en que misioneros católicos llegaron a mi humilde pueblito. Me sentí un tanto culpable, ya que ellos hablaban de la pureza del alma y de lo que estaba bien y mal. Me sentía confusa, no sabía si abandonar mi sueño o si ignorar lo que ellos decían. Repleta de dudas – y con tan sólo catorce años – acudí a uno de los sacerdotes que habían llegado a educar a la masa.

Entré a la Iglesia preguntando por el Padre Sarmiento, un hombre robusto de facciones toscas. Sus cabellos eran rubios y sus ojos muy morenos. Decían que tenía unos 50 años, pero la verdad es que no parecía, se veía muy jovial. Sus padres eran españoles y le habían inculcado la religión desde temprano edad. Con una sonrisa repleta de amabilidad, me invitó a pasar a su oficina. Me pidió que tomara asiento en uno de las sillas frente a su escritorio.

– Hija, me has dicho que deseas hablar conmigo de algo urgente. ¿De qué se trata?

– Perdóneme Padre, porque he pecado. – comencé.

– Ah, ya veo. Creo que tal vez deberíamos ir al confesionario. Espera, iré a ver si es que…

– No, Padrecito. Es que… más que confesarme, quiero hacerle preguntas. No me vaya a dejar sola.

– Está bien. Cuéntame, hija, ¿cómo has pecado? – me dijo el sacerdote, con una voz sutil y comprensiva.

– He cometido actos impuros.

– ¿Actos impuros? ¿Tú sola, o con alguien más? – me preguntó el sacerdote, mostrando un vivo interés.

– Yo sola.

– Cuéntame hija, y no omitas detalles, ¿cómo son estos actos que dices cometer?

– Me gusta tocarme, Padrecito. – dije con la voz más inocente que tenía.

– ¿Dónde, hija? ¿Dónde te tocas? – preguntó el Padre, sentándose en la silla que estaba junto a la mía.

– Aquí – le respondí, apuntando a mi vagina.

– Hija, este no es el momento de ser tímida. Tu alma depende de lo precisa que seas. Explícame, ¿cómo te tocas? Muéstrame, si es que así lo prefieres.

Al escuchar las palabras del Padre sentí un sutil ardor en mi cuerpo. Quería mostrarle y también quería que él me ayudara. (Las sensaciones fueron tan intensas que cinco años después, aun hacen que me moje entera.) Comencé con la demostración para el santo hombre:

– Cuando siento calorcito, comienzo despacito a subirme la blusita, me cubro completamente con las sábanas y comienzo a tocar mis tetitas. Me gusta cómo se sienten, porque son suavecitas, blandas y cálidas. Muchas veces meto mis dedos en mi boca para mojarlos y luego acariciar mis pezones. ¿Le muestro? – pregunté al Padre, que parecía exaltado con mi relato.

– Claro. Claro. Haz lo que estimes conveniente.

Sus palabras me excitaron un poco más y comencé levantado mi blusa y realizar lo que estaba describiendo. Mi vagina se mojaba cada vez más y en los pantalones del Padre podía ver algo crecer. Mis pezones estaban completamente duros, por lo que levanté mi falda y continué:

– Entonces, me gusta acariciarme así. Con suavidad. Paso mis dedos sobre mi coñito sintiéndolo cada vez más húmedo. También disfruto de apretador mi clítoris con mis dedos. Así. Me toco con una mano los pechos y con la otra mi vagina, cuando comienzo a hacerlo así de rápido, siento como una explosión dentro de mí. Es deliciosa. Mi cuerpo entero se estremece y mi respiración comienza a agitarse.

En ese momento el buen hombre me detuvo, tomó mi mano llevándola hacia mi orificio me preguntó

– ¿Y nunca has metido tus dedos en este huequito?

– No. – me apuré en responder. – Nunca.

– ¿Y nunca has tenido a nadie que lo haga por ti?

– No, Padrecito. Nunca le he dicho nada a nadie. Ud es el único que sabe de esto.

– Muy bien, hija. No debes contarle a nadie. Debes limpiar tu alma primero.

En este punto me gustaría aclarar que en ese momento tenía catorce años, no era ninguna estúpida. El sacerdote, no me convencía con historia de la salvación del alma, lo único que sí logró fue ayudarme a que me dejara de preocupar por infiernos, después de todo, era tan fácil vivir el cielo haciendo lo que hacía. Aun así, me dejé llevar por él, ya que parecía ser el indicado para mostrarme otros placeres, y tenía claro que esta vez no tendría que lidiar con culpabilidades. Continué:

– Y, ¿qué tengo que hacer para quedar pura de alma?

– Hija, debes conocer el pecado. Tú aún no lo conoces, ya que nunca has metido tus deditos por ahí. ¿Por qué lo no haces ahora para que yo te pueda ayudar?

– Claro, Padrecito. Dígame cómo lo hago.

El Padre tomó mi mano y la llevó hacía mi agujero. Levantó mi dedo índice y lo introdujo lentamente en mí. La sensación era divina, aunque un poco dolorosa.

– No te detengas, hija. Debes tratar de meterlo todito. Continúa. Lo haces muy bien.

El sacerdote me alentaba, mientras mi cuero comenzaba a inundarse de un cálido deseo por seguir. Mi dedo se deslizaba hacia adentro, desapareciendo en mí, para luego escapar completamente húmedo.

– Se siente exquisito, Padre. Exquisito.

– Claro que sí, hija. Claro que sí. Oh, tu dedo es un tanto pequeño, hija. Así nunca conocerás tu pecado. Déjame a mí, yo te ayudaré.

– Bueno, Padrecito.

El Padre se puso de pie para arrodillarse frente a mí. Abrí mis piernas de par en par, el Padre acarició mi concha mojada y unas ves que sus dedos estuvieron bien húmedos los comenzó a meter en mi orificio.

– Oh, hija. Qué apretadita eres. No has mentido cuando has dicho que nadie ha pasado por aquí, hija. Eres una buena niña.

– ¿Lo soy? – pregunté ardiendo en deseo. Sabía que necesitaba algo más, por lo que agregué – ¿no me merezco un premio por eso, Padre?

– Claro que sí, hija. Te voy un regalo. Levántate bien la blusita. Quiero que te toques esos bonitos y frágiles duraznitos que tienes. Eso. Acarícialos muy bien. Yo me voy a ocupar de ti, mi niña.

El sacerdote comenzó a recorrer mi estómago con sus labios y su lengua. Me sentía como una diosa, como si el Padre me era devoto a mí y a nadie más. Sus manos apretaban fuerte mis piernas manteniéndolas bien abiertas, dejando expuesto mi virgen sexo. La lengua del hombre santo bajó por mis piernas, se detuvo en mis rodillas creando húmedos círculos con su lengua, para luego llenar de besos mis muslos. Sin piedad alguna, el sacerdote llevó su cálida lengua a mi agujerito. Lo recorrió entero, lo lamió y chupó de un lado al otro. Me sentía mojada, excitada. Mi cuerpo se contorsionaba mientras apretaba mis pechos. Mis labios se mordían entre sí para evitar gritar.

Aun con su lengua recorriendo mi sexo, el Padrecito comenzó a introducir sus dedos en mí. Dos de ellos se dedicaron a trabajar mi vagina, mientras uno más estaba en mi ano.

– ¡Qué rico, Padrecito! ¡Qué rico!

– Quiero que explotes mientras te lamo, hija.

– Voy a explotar prontito, Padre. Ah, ¡qué maravi…!

Mi frase se vio interrumpida por el delicioso orgasmo que invadía mi cuerpo. Nunca había tenido uno tan poderoso. Podía sentir que dentro de mi vagina los dedos del Padre se sentían apretados. Por instantes, una exquisita sensación de latidos en mi vulva hacían vibrar mi cuerpo entero provocando unos intentos de orgasmos. Eran riquísimos.

El Padrecito sacó sus dedos con mucha delicadeza. Se veía satisfecho y con una sonrisa enorme.

– Hija, debes marcharte ahora. Tus padres deben estarse preguntando por ti.

– Pero… pero…

– Lo sé. Tu alma aún no está del todo limpia. Por lo mismo, debes venir mañana temprano. Evitemos decirle esto a tu familia, así que no vayas al colegio, ven directo a mi oficina. Te estaré esperando. No se te olvide.

– Claro que no, Padrecito.

De camino a casa, comprendí que le daba mi cuerpo al sacerdote y a cambio él me daba el perdón que necesitaba mi alma. Me causaba mucha gracia. Fuera del teatro que el Padre y yo habíamos creado (él diciendo que iba a salvar mi alma, y yo diciendo que le creía), comprendí que aquel simple acto, había sido mi primer paso a la prostitución.

El Padre y yo continuamos con nuestro secreto por un largo tiempo, llegando a ser incluso mi primer chulo.

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12 comentarios en “Confesiones de la niña que quería ser puta. | Capítulo I: Mi atracción por la prostitución.

  1. 👿 Que padre tan pendejo mejor yo le hubiera metido la verga por el grandote y el chiquito: Hija mia siente el pecado crecer dentro de ti ooohhh ooohhh lo sientes? 😆

  2. Muy rico y erótico, de estos casos ocurren a cientos y es cierto que hay niñitas viciositas y deseando que las satisfaga un hombre maduro, unas veces es un cura, otras un vecino y todos los que estan cerca y tienen la oportunidad. Así ha sido por los siglos de los siglos y así seguirá siendo.

  3. WAOOOO ME IDENTIFICO CON TU HISTORIA UN VECINO A LOS 9 AÑOS ME TOCABA Y ME CHUPABA LOS SENOS EL NO ME GUSTABA PARA NADA ME DABA ASCO PERO PASO MUCHO TIEMPO USANDOME SIN PENETRARME A LOS 10 AÑO ME ENAMORE DE SU MEJOR AMIGO Y UN DIA SU AMIGO Y YO ESTAVAMOS JUNTOS EN UN CAYEJON EL ME BESO Y YO NO SABIA BESAR ME MAMO LOS SENOS Y LO DEJE DESDE AHI COMIENZA UNA VIDA DESENFRENADA EN ESE EN ESE MISMO AÑO AÑO CONOZCO A EDUAR ESTABABA CON EL Y CON OTROS MAS ERA VIRGEN EN ESE TIEMPO PERO ACIA DE TODO ASTA QUE LE DI MI VIRGINIDAD A EDUAR Y DESDE AHI HE ESTADOS CON TANTOS HOMBRES ME HE PROSTITUHIDO DE TANTAS MANERAS AHORA ESTOY CASADA Y SIGO SIENDO LA MISMA PERRA LE HE PEGADO TANTOS CUERNOS AMI MARIDO TODO EL QUE QUIERE SEXO CONMIGO LO TIENE NO SE DECIR QUE NO CREO QUE TENGO PROBLEMAS MENTALES O VAGINALES

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