La monja

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10 July, 2020 2:00 am

Parecía una santa, pero escondía grandes secretos que compartió conmigo. Esta es la historia de cómo una monja cayó en el pecado de la lujuria.Fue hace como un año que la conocí. Yo vivía en un departamento de interés social en un barrio humilde; cerca de ahí había un convento y una escuela de monjas, en un predio bastante grande.

Todas las mañanas, cuando me dirigía al trabajo veía a las niñas entrando a la escuela de monjas todas muy bien arregladitas, peinaditas y con sus uniformes impecables; las madres, orgullosas, veían a sus hijas entrar a la escuela y cuando se cerraban las puertas se iban; normalmente yo pasaba a esa hora porque había varias señoras de muy buen ver, y yo lo que hacía era darme un â??taco de ojoâ? con ellas.

Algunas niñas no iban con sus mamás, sino con la sirvienta o con el Papá; por cierto, que algunas niñitas ya eran un poco grandes y ya empezaban a verse también bastante guapas, pues en la escuela había primaria, secundaria y creo que hasta preparatoria, por lo que las más grandes ya llamaban mucho la atención de quienes las veíamos.

En lo personal me gustaban dos personas: Una señora como de Treinta y cinco o treinta y seis años, muy bien formada, bastante guapa y que siempre llegaba a la escuela en una camioneta grande con una niña como de cinco años, muy bonita también; alguna vez les contaré lo que sucedió entre esta señora y yo; la otra persona que me gustaba era una muchachita de unos 16 años, gíŒerita, bastante bonita y delgada, de facciones muy finas y de cabello recogido siempre en una cola de caballo y su uniforme impecable; lo que más me llamaba la atención era esa faldita tableada que dejaba ver sus bellas piernas e incluso parte de sus bien formados muslos.

Pero en esta ocasión no hablaré de ellas, pues ahora deseo platicar de lo que sucedió con quien menos lo esperaba:

Las niñas siempre eran recibidas en la puerta por una monja de edad avanzada, como de 60 años con anteojos y su infaltable hábito; era una buena persona, pues siempre estaba sonriendo y en sus ojos se notaba que había bondad en su corazón; tal vez por eso a veces volteaba a verme con mirada de enojo, pues no le gustaba que estuviera viendo a â??sus niñasâ?, lógicamente era su deber protegerlas. Un día, pasé como siempre por la escuela y me quedé como cinco minutos baboseando en la acera de enfrente, como era mi costumbre; pero noté que la monja que recibía a las niñas no era la viejecita dulce de siempre, en esta ocasión las estaba recibiendo una monja joven, de unos 24 años o menos; muy bonita, aunque su hábito no dejaba ver nada de su cuerpo, mi imaginación voló y de inmediato la imaginé desnuda; ella estaba ensimismada recibiendo a las niñas y no notó mi presencia hasta el final, cuando todas las niñas y muchachitas hubieron entrado, y ella quedó al final para cerrar la puerta; volteó a todos lados de la calle y me vio ahí parado como estúpido sin quitarle la mirada de encima; para mi sorpresa, me sonrió. Vi sus hermosos ojos color miel y de inmediato me prendí de esa cara dulce y angelical y de esa mirada tierna y bella que me miró no de la manera como lo hacía la anciana, sino con una dulzura infinita y de esa sonrisa que no olvidé en todo el día.

Las puertas del colegio se cerraron y me di cuenta que se me había hecho tarde para el trabajo, por más que corrí, llegué con retraso y recibí una buena regañiza de mi jefa, la cual, dicho sea de paso, estaba bastante bien, yo siempre había querido algo con ella, pero ella no daba pié a nada; pero bueno, el caso es que me puso â??como lazo de cochinoâ?, como dicen por ahí.

Durante todo ese día estuve pensando en la monjita, realmente me impresionó y sentía que debería de conocerla, pero el saber que era monja hacía que mi conciencia me detuviera en pensar en algo más; pero aún así, decidí que tenía que conocerla, pues no se me hacía justo que una chica tan bonita le dedicara toda su vida â??al Señorâ? y peor aún, que quedara virgen para siempre y sin probar las mieles del amor.

Así pues, decidí conocerla a como diera lugar y encontré en la viejecita un pretexto para ello: Al día siguiente me levanté más temprano que de costumbre y me apuré en mi casa para salir aprisa; llegué a la escuela como diez minutos antes de la hora acostumbrada y vi como las niñas empezaban a entrar al colegio, antes de llegar, a una de ellas le pregunté como se llamaba la viejecita que las recibía siempre y me dijo que era la Madre María Trinidad; con esta información me acerqué a la monja joven y con un acara de estúpido y, según yo, de bondad, le pregunté: Disculpe ¿La madre María Trinidad?. Ella me respondió que la madre María Trinidad estaba muy enferma y que no podía atenderme, que ella me atendería cuando terminara de recibir a las niñas, me invitó a pasar a la oficina que estaba dentro de la escuela. Entré a la escuela junto con algunas niñas y atravesé el patio, sin dejar de mirar a algunas de las muchachitas más grandes que ya se empezaban a desarrollar bastante bien.

Entré en la oficina y llamé a mi trabajo desde el celular, como todavía no era la hora de entrada, dejé un mensaje en el buzón de mi jefa, inventando que había llevado a mi Madre al hospital porque se había enfermado y que llegaría tarde.

Después de unos diez minutos entró la monja joven a la oficina y se presentó como Sor Alicia y me preguntó en que podía ayudarme; inventé una historia rápidamente de que me interesaba hacer algunas donaciones de ropa a su institución y que me habían dicho que hablara con la madre María Trinidad, así que ahí estaba para ver si podía hacer dichas donaciones. Sor Alicia me respondió que si se aceptaban donaciones de todo tipo, pues ayudaban a algunos pobres, pero que preferían las donaciones en dinero para dar mantenimiento a la escuela, pero que lo que yo diera sería bien recibido.

Mi plan iba bien, pero ahora, ¿ cómo hacía para decirle a la monja que me gustaba y que quería invitarla a salir? La respuesta me la dio ella misma; me dijo que yo llevara la ropa ahí al colegio en la tarde que no había clases o que en su defecto ella iría conmigo a donde la tuviera en la camioneta de las monjas si no tenía en que transportarla. Le dije que esta última idea era la mejor, pues yo no tenía auto y era mucha ropa y algunas cosas más las que quería donar. Quedamos en que yo iría a las 4:00 p.m. a la escuela para que nos fuéramos en la camioneta al lugar donde tuviera yo las cosas y allí la cargáramos.

Salí contento y preocupado el colegio de monjas; contento porque podría â??salirâ? de algun amanera con la monja y estar a solas con ella fuera de la escuela y preocupado estaba porque no sabía de donde sacar las â??donacionesâ? que le había ofrecido. Así que en todo el camino me puse a pensar que hacer y al llegar a casa me encontré a mi madre, quien se sorprendió de verme y le dije que â??de casualidadâ? había hablado con la monja y que ella me había dicho que estaban muy necesitadas de ropa para la gente pobre, que por favor la ayudara y que como era una causa noble, me había regresado a la casa a ver que podía juntar para entregarles. Mi madre, viendo mi bondadoso gesto, me dio varias prendas que ella ya no usaba y me dijo que buscara entre unas cajas de ropa vieja que había ahí, mientras ella salía a hablar con sus vecinas y amigas para que se juntaran más cosas. Cuando se fue ella, me puse a pensar en que lío me estaba metiendo y que tal vez no saldría como yo quería, pues mi idea era seducir a la monja y si la llevaba a la casa, con mi madre ahí no podría hacer nada y tal vez ella terminarían platicando y tomando chocolatito; eso a mí no me convenía; pensé y di con la solución. Cuando mi madre llegó, le dije que tenía que llevar la ropa a un convento que la monja me había indicado y que ahí la vería; ella se ofreció a acompañarme, pero le dije que mejor se quedara por si llegaban a llamar por teléfono. Después de mucho trabajo la convencí de que se quedara y de que me prestara su auto para llevar las cosas. Eran muchas y apenas cupieron en el auto. Me llevé todo a una casa abandonada que tenía mi madre un poco lejos, con la intención de llevar ahí a la monjita y a ver que pasaba.

Fui por ella, pero dejé el carro en otro lado para que ella no lo viera y llegué caminando a la escuela a las 3:55 p.m.; ya me estaba esperando y me dijo que tendríamos que ir solos, pues la madre María Trinidad se sentía muy mal y las otras monjas la estaban cuidando, yo, para no parecer descortés le dije que si gustaba otro día íbamos por las cosas, pero ella me dijo que no, que ya eran muchas molestias las que me estaba tomando por ellas â??â??si supieraâ?- pensé yo. Nos subimos a la camioneta y nos fuimos, ella manejaba, por cierto que lo hacía bastante mal, y yo la guiaba, cuando vio que nos alejábamos un poco de la zona donde estábamos, me preguntó porqué y le dije que porque todas las cosas las tenía desde hacía tiempo en un lugar un poco abandonado; después me habló de su religión, de que se hizo monja por una decepción y para darle gusto a sus padres, pero que sentía que esa era su vocación e incluso me regañó cuando supo que yo jamás iba a las misas.

Así, platicando, llegamos al lugar; como la zona estaba bastante alejada y sola, ella se vio desconfiada al principio, pero luego me dijo que confiaba en mí y que fuéramos por las cosas. Yo abrí el portón del lugar y ella entró con todo y la camioneta. Una vez adentro se bajó y la llevé al fondo, donde yo mañosamente había puesto todo para tener que ir hasta ahí. Comenzamos a ver la ropa y lo demás y me pidió que escogiéramos la que estuviera limpia y en buen estado, yo empecé a ayudarle, pero solo estaba esperando el momento oportuno para acercarme a ella.

Y ese momento se dio pronto, pues Sor Alicia se distrajo viendo algunos trapos hincada y me fui acercando a ella, haciendo como que escogía cosas buenas. Una vez que estuve a su lado, â??accidentalmenteâ? mi mano rozó la suya y sentí su suave piel, ella volteó y me sonrió, al parecer sin darle importancia. Volví a acariciar su mano y entonces se me quedó viendo: â??¿Qué hace?â?, me preguntó. â??Algo que deseaba hacer desde que la vi, tocarlaâ?. Ella apartó la mano y se levantó rápidamente; me dijo: â??Usted sabe que soy una religiosa, dígame la verdad de porqué me trajo aquíâ?. Le dije que solo quería estar con ella, que no se enojara, que lo de la donación era verdad, pero que también deseaba estar a solas con ella para poderla acariciar. Todavía me duele el bofetón que me plantó al tiempo que me gritó que era una mujer de dios, que ella era una religiosa y yo un pervertido, que se iba y que no quería saber más de mí.

La alcancé corriendo y la detuve de un brazo, le pedí que me perdonara por lo que había hecho, pero que estaba impresionado por su belleza y que no se enojara, que solo deseaba darle un beso si ella me lo permitía, que no iría más allá. Ella me miró furiosa y me dijo: â??Que no ve mi vestimenta, esto es un hábito y por eso Usted debería tenerme más respeto, no soy una cualquiera para andarme besando con el primero que se atraviese y no le voy a pagar de esa manera el favor que nos está haciendo, creí que Usted de verdad hablaba de buena voluntad, pero veo que…â? No la dejé terminar, le di un beso en la boca que aun recuerdo, esos labios carnosos y tibios juntándose con los míos; ella intentó zafarse al principio, pero la abracé muy fuerte y poco a poco se abandonó a la caricia que yo le hacía.

Duramos un buen rato besándonos y entonces mis manos comenzaron a recorrer su cuerpo por encima del hábito, ella un poco espantada intentó retirarse, pero seguí abrazándola con fuerza hasta que sentí que no oponía resistencia. Cuando despegamos los labios, me dijo que por favor la dejara ir, que entendiera su situación, pero ella misma me volvió a besar, para después decirme que siempre había tenido deseos de un hombre, que por las noches se masturbaba en silencio en su celda cuando las demás monjas dormían y que quería hacer el amor desde que el padre Antonio le tocó las nalgas, según él â??sin quererâ?.

Le pedí que se quitara el hábito; al principio se negó, alegando que era pecado, pero después de mucho insistir lo hizo poco a poco, de verdad era estorboso; también lo que usan en la cabeza, que no tengo ni idea de cómo se llame; quedó ante mi semidesnuda, solo con su pantaleta puesta, pues tenían prohibido usar brassiere y con el cabello suelto, me pareció que estaba viendo una diosa; mi imaginación se quedó corta cuando creí desnudarla; era tan hermosa, sus hermosos ojos enmarcados en esa cabellera negra ondulante, un cuello delgado sobre unos hombros redondeados perfectamente, sus pechos redondos y firmes culminaban en unos pezones rosados que estaban erectos, no se si por frío o por excitación; los cuales ella cubría con un brazo, su diminuta cintura y sus caderas grandes terminaban en un par de piernas muy bien torneadas con una bella forma, no como las de las modelos actuales que parecen tubitos, no, estas eran unas verdaderas piernas de mujer y al centro, un triangulito con una matita de vello ensortijado que se adivinaba por debajo de la pantaleta.

Me llamó la atención su pudor, lógico en una monja pero no en las mujeres con quienes yo estaba acostumbrado a tratar.

Me dijo que estaba muy confundida, que quería estar conmigo, pero su educación religiosa se lo impedía, aunque sabía que varios curas ya habían tenido sus aventurillas con mujeres de la colonia e incluso, con algunas monjas. Me contó que sabía que tarde o temprano tendría que acostarse con el padre Antonio, pero que prefería ser desvirgada por otra persona, pues el cura no era muy delicado según le habían contado.

La besé, pues no paraba de hablar, me imagino que para distraerse y retardar el momento de que lo hiciéramos; pero mis labios la callaron y mis manos comenzaron a recorrer su cuerpo con lujuria; besé su cuello, mientras con una mano le acariciaba las tetas, jugando con sus pezoncitos y con la otra acariciaba sus nalgas para después pasarla al frente y tocar su clítoris por encima de la pantaleta, su respiración se hizo más agitada y sentí como se estremecía; tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta en completa entrega. Esa entrega me pareció maravillosa, de una mujer inocente y candorosa como ella y entonces metí la mano en su pantaleta; ella pegó un pequeño brinco, para después abandonarse a la caricia y gemir de placer. Besé sus pezones y la oí suspirar, sentí su mano tocando el bulto que se adivinaba debajo de mi pantalón; ella misma bajó el cierre y metió la mano en mi trusa, acariciándome el pene de una manera deliciosa; bajé por su cuerpo hasta hincarme frente a ella y con las dos manos le quité la pantaleta, dejándola totalmente desnuda frente a mí; con mi lengua jugué con su clítoris mientras mis manos agarraban sus nalgas y bajé un dedo a su rajadita, sobándola por afuera y sintiendo como sus jugos vaginales empezaban a fluir.

Me levanté y me desnudé rápidamente y le pedí que me besara el pene y los huevos; ella se espantó y me dijo que eso era muy sucio, que no lo haría, le contesté que solo lo probara, que si no le gustaba lo dejaríamos así. Se hincó y lo metió un poco en su boca; sintió el sabor y se retiró un poco; volvió a chuparlo una vez, como queriendo probar de nuevo y entonces me dio la mamada más rica que había yo sentido hasta ese momento; sus labios virginales besaban y chupaban mi verga y mis huevos como nunca creía que lo hiciera una religiosa. Una de sus manos agarraba el garrote que chupaba mientras la otra acariciaba mis nalgas y me sorprendí cuando introdujo un dedo en mi ano, brinqué un poco, pero luego sentí un gran placer y le pedí que se detuviera, pues estaba a punto de venirme, ella no me hizo caso y me vine en una gran descarga mientras agarraba sus cabellos, pegándola lo más posible a mi verga para que se tragara el semen; ella lo hizo con gran deleite para sorpresa mía.

Mi pene se puso flácido y ella se levantó, le dije que no debería haberme venido, pues son concretaríamos nuestra unión y ella me dijo que no había prisa, que tomara aire y me recuperara, que ella me esperaría en la camioneta.

La vi alejarse de mí desnuda y recoger su hábito en el camino; casi inmediatamente me volví a excitar, pasó menos de un minuto y mi verga ya estaba en todo su apogeo de nuevo; ayudó el que yo recordara que estaba a punto de cogerme a una preciosidad virgen y me encaminé hacia la camioneta rápidamente. Cuando llegué, ella estaba acostada en el tercer asiento de la camioneta, con su hábito encima tapándola solo un poco, una de sus manos acariciaba su clítoris mientras la otra sobaba sus pechos son suavidad; tenía los ojos cerrados y gemía de placer. Al verme llegar abrió las piernas y pude ver su hermosa rajada virgen con algo de líquido escurriendo; me llamó: â??ven, te estoy esperandoâ?, me dijo y de inmediato me subí a la camioneta, me iba a colocar un condón, pero ella lo miró y me dijo: â??no, eso esta prohibidoâ?; para mi mejor, pensé y me coloqué en medio de sus piernas y con una mano dirigí mi verga erecta a la entrada de su vagina. Metí un poco la punta para que se fuera acostumbrando, ella abrió la boca y frunció un poco el ceño, al parecer le dolió un poco, me quedé inmóvil para no lastimarla y después poco a poco fui metiendo más la verga hasta que la empalé toda, comencé un vaivén de mete saca en su vagina y supe que había dejado de ser virgen; ella al principio estaba muy dura, pero poco a poco se abandonó al placer y después de un rato empezó a moverse al mismo ritmo que yo, puse mis codos a los lados de su cabellera y nos movimos despacio primero, y después con un loco frenesí y un ritmo agotador; no se cuanto tiempo pasó, pero después de un rato sentí como su vagina me apretaba más de la cuenta y un estremecimiento más intenso, su respiración y sus gemidos se hicieron más profundos y me di cuenta que había llegado al orgasmo; me seguí moviendo dentro de ella hasta que sentí que no podía más y me vine con una descarga muy intensa, inundando de semen su vagina y teniendo un orgasmo muy prolongado.

Me levanté y nos sentamos en la camioneta, estábamos exhaustos y sudorosos, relajados y felices los dos, poco a poco nos invadió el sueño y nos dormimos.

Cuando despertamos ya era muy tarde, los dos nos espantamos de lo que pudieran pensar en el colegio y en mi casa, claro, no queríamos que nadie supiera lo que había sucedido; nos vestimos rápidamente y subimos casi todo a la camioneta, cuando le pregunté porque no subíamos todo, ella sonrió y me dijo: â??¿Es que acaso no habrá mas donaciones?â?. Y claro que hubo más, pero ya serán motivo de más relatos.

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