Caneza

Relato enviado originalmente por Caneza el 6 de Septiembre del 2000 a www.SexoServicio.com

Quiero dejar para la posteridad esta historia, que significó mucho en mi vida por el gran amor que a mis 23 años sentí por una mujer

mayor, y que fue ampliamente correspondido, pero que al mismo tiempo se convirtió en un dolor constante porque ella era casada, con

hijos, haciendo casi imposible que la relación fuera más allá de encuentros amorosos casuales. Y digo casi imposible, porque en mis

sueños de adolescencia, ella la mujer de mi vida, mi más grande anhelo.

Carolina era la esposa de mi vecino, en ese entonces tenía 40 años, rubia, piel dorada, piernas largas coronadas por unos gluteos

verdaderamente enormes, y senos grandes. Yo vivía en la planta baja de un edificio, y el departamento de Carolina estaba frente al mío,

puerta con puerta.

Mi familia vive en la provincia mexicana, en tanto que yo vivía sólo, debido a que realizaba mis estudios de preparatoria en la Ciudad de

México.

Desde que llegué al departamento en mención, recibí un trato amable de parte de Carolina, quien me apoyaba con las obligaciones que

teníamos los inquilinos, ya que por cuestiones de tiempo no acudía a las reuniones de vecinos. Debido a esta situación, regularmente ella

llamaba a mi puerta para ponerme al tanto de las cuotas que se tienen que pagar por mantenimiento, servicio de áreas comunes, etc.

Al principio, la relación era tan formal que solo cruzábamos dos o tres palabras, en la puerta de mi departamento, ella se despedía y

entraba al suyo, sin más; pero conforme fue pasando el tiempo, fuimos tomando confianza, hasta establecer una relación menos formal.

Carolina ya no se quedaba en la puerta, entraba y se sentaba relajadamente en la sala mientras me ponía al tanto de cómo se estaba

administrando el edificio y los acuerdos a los que había llegado la asamblea de inquilinos.

Estas visitas se hicieron más seguidas y se prolongaban cada vez más, por lo que de la platica formal, pasábamos a un agradable rato de

charla, sobre diversos temas. Sin darnos cuenta, nos fuimos encariñando a tal grado, que parecíamos dos amigos, sin diferencias de

edades, lo cual pues no era real. De mi parte, empecé a padecer una especie de inquietud constante. Cuando ella se iba de mi

departamento no podía dormir pensando en sus formas de mujer, que me generaban una excitación que al paso de los días se fue

volviendo incontrolable.

Nuestros departamentos están, como decía, en la planta baja, y los cajones de estacionamiento de ambos quedan frente a mi ventana,

por lo que una noche, con el silencio que provoca la misma, escuché que Carolina despedía a su esposo e hijos, que iban al cumpleaños

de sus abuelos y a pasar el fin de semana con ellos, fuera de la ciudad. Oí que Carolina le pedía a su esposo la disculpara con sus

suegros, pero que alguien debía quedarse a organizar arreglos que se hacían en su departamento, al tiempo que le pedía que le informara

telefónicamente el estado de sus bebes y de él mismo.

Luego de que se cerraron las puertas del auto y el motor se oía cada vez más lejos, escuché que se cerró la puerta del edificio, lo que me

indicaba que ella ya había entrado a su departamento.

El pensar que ella estaría sola en su casa me puso nervioso. Una erección empezó

crecer entre mis piernas de solo imaginármela en la cama, en ropa interior. Sin más, decidí que esa noche tenía que decirle lo que sentía

por ella, por lo que empecé a planear con que pretexto presentarme en su departamento. En esas estaba, cuando sonó el timbre del mío,

y vaya sorpresa que me llevé cuando abrí la puerta, ahí estaba ella, con cara de pena.

Se disculpó por tocar a esa hora (eran las 11:45 de la noche), pero me explicó que los arreglos que hacían en su casa le hacían incomoda

su estancia, por lo que se le había ocurrido dormir en el sofá que está en la sala de mi departamento, a lo cual yo no me negué, por su

puesto.

La invité a pasar y a sentarse, con lo que iniciamos una charla al calor de un poco de música y una copa de vino que yo serví. Al calor de

la música y debido al efecto de la bebida de uva, nos relajamos inmediatamente y la charla tomó un curso más íntimo, en donde

hablamos de nosotros, hasta que ella empezó a comentar de su matrimonio. Me dijo que era feliz con lo que tenía, pero que últimamente

su relación con su esposo no funcionaba bien en una parte. Ya en confianza, me explicó que la vida sexual en la pareja es una parte

importante y un complemento del amor, por lo cual era de entender que está situación la tenía algo triste.

Su actitud me inspiró ternura, por lo que en un acto reflejo la abracé, siendo correspondido por ella. El abrazo se prolongó, por lo que

ambos pudimos sentir el calor de nuestros cuerpos y aspirar nuestros olores. Fue esto último lo que provocó que el abrazo se prolongara

aún más, y que ambos iniciáramos una leve caricia en las espaldas de ambos, en un movimiento de arriba hacia abajo.

La fuerza del abrazo creció y sentí en mi pecho sus dos enormes senos, lo cual me excitó generando una erección que casi se salía de mi

pijama. Al oír de sus labios salió un huuuuummm. prolongado, llevé mis labios a su cuello y lo besé con ternura pero con insistencia.

Del cuello pasé al lóbulo de su oreja, a la mejilla y entonces vi sus ojos cerrados y una expresión de complacencia en su rostro que aún

en estos días me hace acordarme de ella.

Sus labios rojos y carnosos estaban entreabiertos, por lo que me acerqué y los bese suavemente, los dibujé con la lengua y al llegar a la

comisura de su boca la introduje poco a poco, como fornicándola con la lengua. Esto la excitó y provocó que abarcará mi boca con la

suya al tiempo que me tomaba fuertemente por la nuca y acariciaba mis cabellos. Mis manos ya fe aferraba a su cintura, marcada por lo

ajustado del vestido que traía. Subí un poco las manos, y sentí, aún sobre el vestido, la tibieza de esos enormes senos que Carolina tenía.

Luego de un buen rato en que nos besamos y acariciamos todo lo que podíamos, baje mi lengua por su barbilla, y al descender la vista

sentí un deseo incontrolable al ver que entre su amplio escote (no muy común en ella), sobresalían dos enormes globos que parecían

querer romper la tela. Acaricié su cuello con las manos, al tiempo que besé su papada y la curva de su hermoso cuello, hasta llegar a la

base de sus senos, los cuales recorrí con la lengua viendo como al paso de la misma, los poros de su piel se hinchaban por el placer que

le generaba esta caricia. Bajé el cierre de su vestido y seguí lamiendo sus senos, que poco poco fuí sacando del brasier. Bajé primero la

copa que cubría el seno izquierdo, lo hice muy lentamente, por lo que primero me embelesé acariciando con mi lengua las pequeñas

protuberancias en la aureola que rodea al pezón, ensalibándola, hasta llegar a un rosado, arrugado y enorme botón, que al succionarlo,

hizo que ella gimiera. Desabroché su brasier y pasé al otro seno, que también succioné y lamí hasta sentir que el pezón no se doblaba con

mis caricias por lo duro que estaba.

Ella ya me había desabrochado la camisa del pijama y me acariciaba con fervor, mientras me decía “así, así, bésame más, hazme

sentirme mujer”, lo cual me excitaba más y me alentaba a continuar con la caricias en un erotismo que ya no veía limites.. De repente,

me levantó, me recargó en el respaldo de un librero que tengo en la sala, al tiempo que besó y chupó mis tetillas, el estómago y el

ombligo, bajando cada vez más. Se abrazó jalándome de las nalgas y pasó su mejilla sobre la tela del pijama, en la parte en que mi pene

daba brincos insistentes, como catapulta, debido al alto nivel de excitación que tenía. Desde mis nalgas, jaló la tela del pijama de tal

forma que hiciera presión sobre mi pene, y luego, siempre sobre la tela, subió lentamente su lengua desde la base del pene hasta la punta,

la cual mordió cariñosamente. Acto seguido, bajó lentamente el pijama, descubriendo primero el glande, que brillaba de tan rosado he

hinchado, acariciando y ensalibándolo dulcemente con su lengua. Recorrió la comisura del pene y fue bajando lentamente, mordiéndolo a

lo ancho, hasta llegar a la base, luego subió lentamente hasta llegar a la punta, que se introdujo poco a poco, hasta comerse casi la mitad

del mismo. Yo le acariciaba las mejillas y el pelo, mientras ella se metía mi pene hasta donde podía en una mamada que en mi vida me

han vuelto a hacer.

Acto seguido, se fue levantando poco, sin dejar de acariciarme con su lengua, la cual subió por mi estómago y el pecho, hasta llegar a mis

labios, fundiéndonos nuevamente en un besó lleno de pasión.

Yo me retiré un poco de ella para desprenderme del pijama (en tanto ella se desnudaba también), y al levantarme admiré ese cuerpo tan

hermoso. Carolina se posesionó de mi pene y lo acarició con la mano. Entonces, viéndome a los ojos, me dijo que hacía tiempo me

deseaba, que su actitud de apoyarme con lo del edificio no era desinteresada, ya que desde que me conoció sintió, primero una ternura

que no se explicó, hasta que está se fue convirtiendo en deseo sexual. Bajó la vista hacia mi pene y me dijo algo que hasta la fecha sigue

siendo cierto (ahora tengo 34 años y continúo viviendo sólo, en otro departamento) que esa noche sería la noche de nuestras vidas, por

lo que teníamos que gozar infinitamente de nuestros cuerpos. Fue entonces cuando me jaló de tal forma que nuestros cuerpos giraron,

hasta quedar ella con su espalda recargada al respaldo del librero.

Estando ambos de pie, con una agilidad increíble, levantó su pierna izquierda y la colocó sobre mi brazo derecho, pidiéndome: “coloca mi

pierna sobre tu hombro”.

Levanté su pierna hasta mi hombro y ella prácticamente se colgó de mi cuello, pidiéndome que le introdujera el pene en su vulva, que

había quedado rozándome el glande (con esta posición arreglamos un poco la diferencia de estatura, ya que ella me llevaba unos

centímetros más).

Mientras la besaba apasionadamente, acaricié su pierna que tenía sobre el hombro, bajando hasta recorrer la redonda y enorme nalga,

tersa y suave, pasé mi mano por la rajada que empezaba desde la parte en que termina espalda, y fui bajando lentamente hasta llegar a

sus labios vaginales, los cuales acaricié suavemente, sintiendo la humedad de su agujero. Acto seguido, abrí con dos dedos los labios de

la vagina hinchada e introduje la punta de mi verga, con lo que cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, recargándola al respaldo del

librero, mientras decía “que rico papasito, méteme otro poquito de tu verga, que rica es papito, más rica de lo que pensaba, quiero

sentirla toda dentro de mi, dame tu leche, dame tu leche.”

Al oir esto, no pude contenerme más y de un golpe se la metí toda, hasta que estuve parado totalmente de puntitas y sentí como mis

bolas rozaban las puntiagudas nalgas. Empecé a entrar y salir de su vulva a un ritmo regular, y a cada embestida mía, ella gemía y

respiraba agitadamente con los labios entreabiertos.

Aumenté el ritmo y ella empezó a gritar con cada embestida, “ay mi amor, ay mi amor, ay papasito, cógeme más papito, méteme tu

verga tan rica papito”, hasta que estas frases tan cachondas se convirtieron en “me vengo, siento que me vengo papito, dame tu leche,

dame tu leche, tu leche, quiero tu leche” y terminó con un “ayyyyyyyy ayyyyyyyyyyyy.. aayyyyyyyyy mi vida” En ese instante

comprendí que ya había tenido su primer orgasmo y embestí más fuerte, hasta que sentí como la leche recorría el camino desde mis

bolas y salía expulsado por la punta de mi pene. Que sensación tan inigualable.

Al sentir el caliente líquido seminal en sus entrañas, volvió a gritar y a tener mas orgasmos, “tu leche mi amor, que caliente y rica está tu

leche, mi amor, ahaaaaaaaa ahaaaaaaaaaa, me has echo tan feliz mi amor, que felicidad de verdad”

Yo continué dentro de ella después de mi explosión, aún con la pierna de ella sobre mi hombro. Al agacharme un poco para aflojar la

tensión de mi cuerpo, vi como nuestros jugos escurrían por su pierna hacia la rodilla, por lo que subí la pierna que tenía apoyada en el

suelo y cargándola, con la verga aún adentro, la llevé al sofá y me senté con ella encima.

Me besó nuevamente como sólo ella sabe hacerlo, y entonces me percate que mi pene aún no bajaba, estaba igual de tieso pese a la

explosión pasional que había sufrido y bien metida en esa vagina llena de líquidos y de calidez. Mientras me besaba y acariciaba todo el

rostro me comentó: “mi vida, que hermoso eres, me has cogido como nunca nadie, y que hermosa verga tienes, tan rica, tan dura que

sigue dentro de mi, gracias mi amor, gracias por darme esto”.

Entonces se levantó lentamente, a tal grado que mi verga casi se sale de su agujero, lo cual ella no permitió atrapándolo con una leve

bajada, y comenzó a subir y bajar, jadeando de placer y gozo, que era correspondido de igual forma por mi.

Lo hicimos en el sofá nuevamente, en la alfombra de la sala, en la bañera y terminamos una apasionada noche en la cama, desde donde

vimos amanecer con los cuerpos fundidos en uno. Desde ese día, cambié, no soy el mismo. Sólo me queda un vacío: espero

pacientemente en mi departamento de la ciudad de México a que aparezca otra Carolina en mi vida.

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